miércoles, 16 de diciembre de 2009

El odioso sinsentido

Fue en uno de esos días que suelen estar manoseados por todas las estaciones del año. Por la mañana el sol era de tal intensidad, que hasta el más pesimista presagiaba, no sin melancolía, un día espléndido; sin embargo, por allí del mediodía bandadas de hojas secas comenzaron a corretear tanto en el cielo como en la tierra. Y al poco rato cayó, sin que viniera a cuento, una granizada terrible y fugaz, con trozos de hielo del tamaño de las ciruelas. Duró apenas unos minutos, porque enseguida volvió a emerger un sol triunfante y soberbio que derritió los fríos cúmulos en menos tiempo del que se emplea para separar entre sí todos los gajos de una naranja. De cualquier forma, la granizada me obligó a refugiarme en una cafetería atestada, donde los ojos de los parroquianos, guarecidos bajo los pórticos de las cejas, arrojaban torvas palabras que sus propias bocas retenían. Bebí algo para evitarme la invitación a largarme, y cuando después de una media hora salí del lugar, de inmediato tuve la sensación de que alguien me seguía. Caminé algunas calles acechando de soslayo los pasos de la figura que iba tras de mí. No estaba para jueguitos idiotas, así que lo esperé en una esquina y, sujetándolo por las solapas del saco le pregunté a bocajarro: “¿Quién eres, cabrón?, ¿por qué me estás siguiendo?

Sin perder la compostura, el tipo me dijo que eso no tenía importancia y enseguida guardó silencio, como si no hubiera nada más que discutir. Insistí con una crispación que sospechaba me llevaría a la violencia de un momento a otro. “Está bien, si realmente quieres saberlo… soy el Sinsentido de tu vida”, me espetó después de bostezar, y lo dijo como si hablara del clima. Lo solté. A pesar del vertiginoso estremecimiento, traté de mantenerme ecuánime. “Pensé que habías muerto”, le dije imitando la frase de alguna película o libro que en ese momento no recordaba. Hizo un ademán desdeñoso y dijo: “Ñaaaa”, y acto seguido continuó con su caminata como si sólo se hubiera detenido para atarse las agujetas del zapato.

No estoy seguro si me acompañó a mi departamento o si yo lo acompañé a él. Pero de inmediato se instaló sin pudor y en los días subsecuentes se apropió de mi vida con una desenvoltura de la que yo siempre he carecido. Se puso a conquistar con toda calma a las mujeres con las que alguna vez intenté salir, empezó a cocinar mi propia comida con una sazón que me provoca ávidas aglutinaciones de saliva, canta con una admirable voz de barítono cuando se ducha, e incluso abre la puerta del baño cuando se dispone a cagar, “para que platiquemos con más comodidad”, según me dice, aunque de alguna manera siempre sabemos lo que el otro dirá. Se ha adueñado del mejor lugar de mi propia cama, si bien es cierto que a mitad de la noche tiene la cortesía de abrazarme por la espalda en posición fetal; se pone mis mejores camisas y veo con horror que está a punto de vaciar un frasco de loción en la que gasté más dinero que en una noche de juerga. Lo peor es que, sin llegar a espiarme abiertamente (al menos eso creo), siempre me sorprende, con una sonrisa piadosa, eso sí, cuando en la oscuridad de mi habitación practico desenfrenadamente el pecado de Onán.

No sé cómo echarlo de casa. Tampoco sé si él terminará echándome a mí. Lo que es seguro es que este odioso sujeto ha llegado a mi vida en el momento menos oportuno, justo cuando creía poseer en un puño las riendas de mi propio destino. Lo que más me molesta es el parecido físico que está empezando a tener conmigo, lo cual me deja la enojosa sensación de no saber quién podría ser el doble de quién. En bonito lío me he metido a estas alturas de mi vida…

3 comentarios:

Gustavo López dijo...

Cuando leí la ocurrente réplica: Pensé que habías muerto, de inmediato vinieron las breves páginas de La muerte de Iván Ilich a mi cabeza.
El sinsentido, ese hermano siamés.

Rodrigo dijo...

Vaya! a mi me pasó algo semejante, solo que era una mujer que decía serla estupidez de mi vida...

efimero dijo...

Feliz Navidad y próspero año nuevo.