lunes, 4 de octubre de 2010

Alteraciones inexplicables

Digna cosa de verse son los parias de esta ciudad. Ese harapiento grupo compuesto de mendigos de todas las calañas, con diversas aptitudes, ya sea para el canto (actividad monopolizada casi enteramente por los ciegos), los versos, la venta de baratijas y piratería, o incluso para la recitación de profecías apocalípticas. Como el que la otra vez congregó una multitud a su alrededor en la Alameda, muy cerca del Palacio de Bellas Artes. Un hombre cuya edad oscilaba entre los 35 y los 60 años, con los cabellos cayéndole en percudida cascada hasta la cintura, y que en el rostro se le confundían con una barba hecha de yerbajos color ceniza. Vociferaba a la manera de los profetas antiguos, un Elías citadino que, mediante cambios inesperados de ritmo y ademanes enérgicos, denunciaba las mentiras de las grandes corporaciones alimenticias con una voz que me hacía pensar en hojalata arrastrando por el asfalto. Cuando finalizó, estuve a punto de aplaudirle; sin embargo, el lloriqueo con el que cerró su performance para pedir las consabidas monedas me disuadió y continué con mi triste camino.

Mas no ha sido ése el vagabundo que más ha logrado impresionarme. Ni siquiera aquel otro que se arrastra sin piernas por los vagones del metro, al tiempo que se aferra a los zapatos de los espantados viajeros; tampoco aquella mujer cuya cristalina voz de soprano eriza los cabellos del más flemático cuando uno descubre que las cuencas de sus ojos están vacías; menos aun aquél que muestra impúdicamente un pie gangrenado hasta la rodilla mientras mira a todos con desprecio. No, señores, nada de eso se compara a una inquietante dama que, vestida con indescriptible elegancia, una vez me abordó dentro de mi auto en la colonia Roma. Ocupado en estacionar un vocho dentro de un espacio ínfimo, comenzó a contarme una historia fantástica, llena de absurdas casualidades, todo para explicar que se había quedado “sin un quinto” para poner gasolina a su auto, con lo que, de la manera más atenta, me solicitaba “prestados” 200 pesos. El saber que la cuota había dejado de ser voluntaria, y que además era una tarifa estratosférica para mis medios, me sobrecogió de terror. Pero algo raro sucedió, un instante lleno de bruma y eternidad, porque de pronto me percaté de que mi mano obsequiaba un billete de 100 a otra más pequeña, cuajada de anillos, mientras que en la cara (me vi segundos después en el retrovisor) una mueca en forma de amable sonrisa me torcía los rasgos.

¿Qué había pasado? En el mundo tendría que haber una serie de trastornos inimaginables si yo no era capaz de procurar 5 ó 10 pesos a un verdadero necesitado, uno de esos andrajosos de mirada ausente que pululan sin cesar en las calles, mientras que a esta distinguida señora le otorgaba 100 casi sin parpadear. El desasosiego me duró hasta que por azar regresé al mismo sitio varios días después. Así fui testigo de que la dama de marras no sólo seguía allí, sino que arrojaba su elegante discurso a otro ciudadano que, al igual que yo, intentaba estacionar su auto en un espacio diminuto. Cuando observé el aterrorizado rostro del automovilista me tranquilicé un poco, en especial al notar que su mano alargaba un billete de 200 pesos a la delicada dama, quien agradecía la generosidad con una respetuosa inclinación de cabeza.

No quise quedarme a ver cuántos desconcertados ciudadanos le ofrecerían el tributo solicitado, sobre todo si pensamos que en esa calle la actividad vial es incesante. Lo que me desconsoló fue la certeza de que mientras ella seguramente “trabajaba” máximo un par de horas para mantener una situación desahogada, yo debía estar durante todo el día frente a una computadora para conseguir apenas lo que ella quizá gasta en insondables caprichos un martes cualquiera. Pero en fin, nadie dijo que la vida era fácil.

* Imagen: Detalle de Bebedores de absenta (1876), de Edgar Degas

2 comentarios:

GAB dijo...

Quiza esa hipnotica cualidad, venga relacionada directamente relacionado con lo inquietante que era. Aun recuerdo como caminando en medio del trafago cotidiano, dos ojos bellos me solicitaron dinero para el camión y mi mano se rebelo contra el corazón aferrando unas monedas que se quedaron en mi bolsillo.

Un abrazo.

Rey Mono dijo...

Lo malo (o lo bueno) de esas monedas que se quedaron en el bolsillo, es que pudieron irse en tonterías o en una gran torta que alivió el hambre de un día cualquiera... pero, ¿y si esos bellos ojos hubieran generado una historia?