viernes, 14 de enero de 2011

Por la calle Ermou



Aquella vez caminábamos por la calle Ermou (Ερμού), en Atenas. Una calle peatonal ancha, llena de gente y escaparates con toda clase de mercaderías, aunque la mayor atracción era una iglesia bizantina en perfecto estado de conservación, plantada oníricamente en medio de dos filas de construcciones cuadradas, funcionales, como una misteriosa flor surgida, sin saberse cómo, justo en una grieta del asfalto. Entre el continuo fluir de los transeúntes, a cada paso encontrábamos músicos, mimos, acróbatas, africanos que vendían baratijas o piratería, y también, por supuesto, magníficos mendigos que lloriqueaban mientras hacían sonar unas cuantas monedas adentro de un mugroso recipiente. Cuando nos detuvimos para sacar dinero de un cajero automático (el cual nos cobraba abrumadoras comisiones), vi a un niño de unos ocho años sentado en la acera, justo frente a una cafetería. Parecía griego, aunque lo mismo podía ser búlgaro, turco o armenio, incluso mexicano, si alguien me apura. El caso es que en la mano tenía un vaso de plástico en el que se adivinaban las pocas monedas, casi todas céntimos de euro, que había conseguido a lo largo del día entonando una lastimera oración, ininteligible para nosotros, pero que seguramente no distaba mucho de las que suelen escucharse por estos rumbos. Junto a él estaba un negro formidable, de casi dos metros de altura, que ofrecía discos compactos (piratas, naturalmente) sobre una manta que quizá en algún momento fue blanca, y que además tenía dos tiras de tela cruzadas en forma de X, de tal suerte que si aparecían los siempre amenazantes elementos policíacos, podía retirar su precario tenderete de un solo tirón y formar un práctico fardo con el que podía huir ligero como el viento. La gente fluía sin cesar y sin reparar mucho en ellos. El niño parecía cada vez más aburrido. Enormes bostezos casi le descoyuntaban la mandíbula, mientras que abundantes lágrimas de tedio le llenaban los ojos. De pronto miró su vaso con las pequeñas monedas... ¡y de qué forma las miró!, como si fueran bichos hallados en el hueco de un árbol o un fila de hormigas arrieras, de ésas que siempre van cargando pedacitos de hojas. Entonces volteó el vaso con una lentitud sólo explicable por ese mismo aburrimiento, y las monedas cayeron, una tras otra, emitiendo breves y diminutos centelleos, justo antes de perderse en una coladera ubicada bajo sus pies con un quejidito metálico. Pese a lo anterior, lo fascinante era ver al gigante moreno que, a un par de pasos de él, intentaba, con inaudita fuerza de voluntad, no mirar el insensato divertimento del niño; y sin embargo no lograba controlar sus descomunales miradas de soslayo, llenas de un indescriptible sufrimiento, como si en cierto momento hubiera deseado con toda su alma arrancarle el vaso de las manos al mocoso y arrancar asimismo la coladera del piso con sus poderosas manos, rescatar, en una palabra, los minúsculos discos de metal que yacían, acaso para siempre, entre las vastas inmundicias de la ciudad. Todo duró apenas unos instantes, porque el niño enseguida tiró el vaso, se levantó de la acera después de bostezar una vez más, y se alejó arrastrando los zapatos por la atestada calle Ermou…

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