viernes, 21 de enero de 2011

Temor de las tormentas


Una gran tormenta se avecina
para alumbrar tu vida con su rostro estriado de resplandores,
una tormenta llena de soledades extenuadas,
raídas, con hilachos de versos susurrantes
caminando en el azul.
Una tormenta que te hace ceder a su canto aún doblado,
que te hace odiar tu propia figura
cuando extiendes su explosión
aún sumergida en las quietudes del papel.

Y después, todavía entre el olor incesante de las palabras
vuelves el alma hacia las huellas acostumbradas:
los inevitables saludos,
cada vez con menos arco iris en su trayectoria de gotas,
los dolores previsibles, siempre negros,
las despedidas intercambiables.
Y en días como esos
el amor se vuelve secretamente una noticia devaluada,
abandonada en las páginas centrales de un libro abandonado.

¿Por qué no eres todos los hombres
para que me violentes y después te humilles?
¿Por qué sólo una manera,
las más necia, de cruzar los brazos?
Sé que has ido por la vida desechando los años y las mujeres,
aunque de ello no tenga más que lejanos ecos,
imágenes desenfocadas.
Me miras con el sobresalto
de quien no sabe reconocer el propio sonido de la voz.
Muy bien, espero, ¿y después?
¿Seguirás mirando de soslayo los sonidos cotidianos?

No te asustes,
pero ha llegado un poetastro
que me acosará con unos cuantos versos
que se colará en las horas más comunes del día
y en los momentos más inoportunos del sueño,
mas siempre flotando río abajo,
como una certeza que atravesara lentamente un lago revuelto,
dejando un rastro de dudas y enredaderas.
Intentará mostrarme alturas secretas,
algunas inesperadamente conocidas,
aunque con olores de tierra,
otras minuciosamente inexploradas.

Pero yo te veré y temeré,
porque mi vida entera se acumulará en tus manos
como un castillo de cenizas en una polvareda,
y entonces,
acallando inexorablemente las voces
que me rodearán mostrando sueños enfebrecidos,
escaparé como sólo se puede escapar del amor:
con el rostro bañado de lluvias inútiles,
con el galope evaporándose de los músculos…
y la huida me hará parecer ejemplar ante ti
y ante quienes siempre juzgan sin preguntar.

No es sólo cuestión de inclinaciones estériles:
en mi viaje diario al anonimato de las multitudes
florecen innumerables rostros femeninos,
y yo, colmado ya de esta soledad sin soledad,
anhelo conocer los gestos de esos rostros en las horas del amor,
las palabras impronunciables que permanecen sólo como gemidos,
como gemas en estado salvaje.

Mas todos esos rostros serán amores de crepúsculo,
de última vista,
anécdotas de sueños
sin resquicios en ninguna puerta
por donde se hagan caber hasta la vida diaria.

Mejor,
que sean mirados siempre con la conciencia de lo inalcanzable:
los paisajes que se observan a través de la ventanilla.
Será en otra ocasión el detenerse y explorar.

Me desconcierta el poetastro:
es como si yo caminara todo el tiempo sobre sus ojos,
y cuando una comezón me hierve en la espalda,
me da miedo de que sea su mirada.
¿Cuál es el poder sobrenatural de las palabras
para sentirme acechada por ellas?
Ha lanzado unos cuantos versos al viento
para que se distribuyan entre la tierra que me rodea
y parecen tan diáfanos e inofensivos,
que me veo perseguida por fantasmas.

Son vino blanco:
casi dorados, casi evanescentes,
embriagantes de significado.
Me caminan en la mente como insectos cosquilleantes,
y cada que presiento su verdadera naturaleza
escapan dejando solamente sus espectros,
como la serpiente
que abandona en el camino sus sombras transparentes.

Detesto pensar tanto en el poeta
y después mirarte con la máscara de rutina.
Pero temo al cambio,
al endurecimiento del corazón,
al odio que se encuentra
justo a la mitad de mi propia vida.

No te apresuras, mujer de mar, y haces bien,
porque la historia de mis días irá goteando lentamente,
perforando lentamente el caracol de tus oídos.
Y en la costumbre de enlazar las miradas,
la sorpresa será un camino imprescindible,
cálido y cambiante como el baile del fuego.
Las manos,
peces ciegos,
buscarán los cuerpos
hurgando en la profundidad.
Y los días caerán como pétalos.

Pero también la tristeza caminará con nosotros,
el moho invasor entrelazado con el brillo,
la hiedra que entona su canción envenenada
contra los recios muros de las fortalezas,
mientras cobija oscuridades insomnes
que corretean con mil patas.
Y es que hasta la luna tiene su leyenda negra
y oculta su desnudez del mundo
durante algunos soles,
para después lavar nuevamente las noches
con sus vellos de plata.

Al final las horas están fragmentadas,
y las frases se hacen acostumbradas,
y las rutas del sexo,
que en el desamparo parecían tan ambiciosas,
terminarán por ser cartografías aprendidas,
bostezos que se miran de soslayo.
Y entonces el terco fantasma del “hubiera”
deambulará tras nuestros pasos
cuando temerosos esperemos
el día en que todo concluya.

Sí, mujer de mar,
una linda muerte para la hermosura.

2 comentarios:

Gustavo López dijo...

Dice un personaje de Pavese: ¿Por qué hay una relación entre los cuerpos desnudos, la luna y la tierra? ¿Por qué habría también una relación entre una tormenta eléctrica, el amor y unos versos inútiles?

Toby dijo...

Great!