lunes, 23 de mayo de 2011

Muros


Por aquellos días me tocó vivir en un departamento ubicado en la planta baja de un edificio pequeño. Era un lindo espacio, con un diminuto patio trasero en el que durante el verano se dibujaba un rectángulo perfecto de ardiente luz solar, pero que en el invierno permanecía hundido en una sombra gris, fría, melancólica, lo cual también sucedía en el cubo situado justo frente a las ventanas de la estancia, en donde había una cisterna exterior, semejante a un tinaco gigante, que estorbaba la vista del departamento de enfrente, en el que vivía una pareja de recién casados. Gracias a dicha cisterna, el yeso de las paredes se llenaba de un salpullido nocivo, una humedad malsana que enrarecía el ambiente durante los lúgubres días invernales, por más sol que se derramara en el exterior, con lo que una tarde aciaga me di cuenta de que en el pecho algo me crujía, como si en lugar de huesos tuviera trozos de madera podrida…

En fin, la cosa era que compartía varias de esas paredes leprosas con la pareja de recién casados, quienes, debido a la orientación del edificio, gozaban de un sol abundante durante el invierno y de una sombra benéfica en el verano. Como en aquellos días yo permanecía en casa por las mañanas, pude darme cuenta de que la chica únicamente salía para hacer las compras para la comida. El resto del tiempo lo dilapidaba observando telenovelas latinoamericanas con religiosa puntualidad. ¿Qué cómo sabía esa clase de detalles? Repito que compartíamos varios muros, entre ellos el de la recámara, el del baño y el de la cocina, los cuales parecían ser singularmente delgados, al grado de que yo podía escuchar, tan nítidamente como si estuvieran en mi propio departamento, los patéticos diálogos que arrojaba su televisor. Después del mediodía, yo tenía que acudir a una agencia de publicidad y conseguir mi subsistencia creando frases pegajosas –y no pocas veces estúpidas– para productos y servicios, y por las noches, cuando regresaba ahíto de tedio y con los nervios de punta gracias al ritmo frenético del trabajo y a la permanente histeria de la bruja que fungía como mi jefa, lo único que lograba relajarme era recostarme en silencio entre las tinieblas de mi habitación.

Así pude comprobar que el joven esposo llegaba tarde (el noticiero ya estaba en la televisión) y casi siempre de pésimo humor. Solía irritarse con su joven esposa por cualquier nimiedad, aunque con el paso del tiempo se sosegaba, casi seguramente después de cenar. Yo trataba de no hacer ruido: una especie de pudor me lo impedía. Incluso escuchaba música colocándome audífonos para evitar cualquier sonido que delatara mi presencia. Y entonces sucedió varias veces que, pasada la media noche, cuando naufragaba en un sueño sin sueños, los sonidos de una especie de agonía me despertaban. De inmediato se apoderaba de mí una vigilia frenética, y acercaba el oído al muro lo más que podía para escuchar mejor aquella suerte de gozosos lamentos. Por supuesto, no era eso lo único que escuchaba, sino que alcanzaba a discernir la voz del joven marido mascullando obscenidades, o como en ciertas ocasiones en que escuché la implorante voz de la chica, casi como si me lo hubiera dicho a mí: “No, nene, así no…”, y él, hosco e imperturbable: “A ver, cómo chingados no, ven acá…” y entonces una muchedumbre de resortes se ponían a rechinar de forma lastimera, y poco después empezaba una larga serie de gemidos aún más vehementes, los cuales varias veces desembocaron en un llanto inconsolable, mientras que, a la par, se producían sonidos extraños que iban en constante aceleración, como si alguien batiera palmas rítmicamente, con entusiasmo, todo lo cual obraba un efecto fatal en mí, porque entonces la imaginación sobrepasaba mi voluntad y… bueno, en cierto momento incluso colocaba una mano –la que me quedaba libre– en el muro, y quizás presa de mi propia imaginación desbocada, creía sentir un calor que yo de inmediato atribuía a la mano de ella, colocada acaso en la misma posición que la mía, con lo cual intentaba una suerte de comunión silenciosa, incluso metafísica, en aquel instante de convulsa y dramática semiinconsciencia.

Y así también solía ocurrirme en el baño, a donde yo llevaba mis libros para leerlos con toda tranquilidad, cuando de pronto escuchaba los terribles ruidos que producían las entrañas de alguien que no era yo del otro lado del muro. Y entonces, sobre todo por la mañanas, cuando estaba seguro de que era ella, imaginaba a mi hermosa vecina colocada justo frente a mí, ambos sentados en el retrete con gesto de profunda concentración y la mirada fija al frente, como en un espejo. En otras ocasiones la escuchaba llorar en algún lugar indeterminado, porque hasta mí llegaban sus sollozos un tanto apagados, quizás porque los iba depositando uno por uno en la profundidad de su almohada, o, más improbablemente, escondida en el closet. Sólo un par de veces nos encontramos a la entrada del edificio, y ella, con exquisita educación, me saludó con un impersonal “Buenos días” sin apenas mirarme, mientras que yo le dediqué intensas y significativas miradas, como queriendo hacerle ver que podía confiar en mí por encima de todas las cosas.

Poco después fue necesario mudarme. Los ruidos de mi pecho se hacían cada vez más inquietantes, mi respiración se había llenado de agudos silbidos, e incluso mi piel ostentaba un color verdoso que nada bueno auguraba, según me advirtió el doctor al que acudí. Necesitaba que el sol y un aire menos viciado resecaran todo el moho que había incubado en el pecho durante aquellos meses. Así, en los últimos días que pasé en ese departamento, me pegaba totalmente a la pared para que, si ella se acercaba, sintiera mi calor como un aliado para todos esos momentos llenos de pequeñas e inexplicables tristezas que aún le aguardaban en la vida. Y me concentré tanto en ese pensamiento que, durante un instante de mi desvelada última noche, sentí claramente una serie de golpecitos en la pared, casi imperceptibles, seguramente hechos con las yemas de los dedos. Cuando contesté a los golpecitos, cometí la tontería de hacerlo con los nudillos, con lo que aquéllos enmudecieron de inmediato, y pese a que continué en vela el resto de la noche, adosado al muro, ya no se escucharon más. Aún por la mañana, mientras los vigorosos cargadores de la mudanza iban y venían con mis escasos muebles, traté de poner atención a la pared de la recámara y del baño, e incluso atisbé por el fragmento de ventana que dejaba libre la cisterna, pero fue inútil, el silencio se había instalado definitivamente.

Y ya no la vi más.

Me esperaba mi vida en otro barrio, entre el hueco de otras paredes...

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