Confías demasiado en el tiempo, en que la vejez te esperará sonriente hasta el borde de los sueños cumplidos, en que la vida sólo está obligada a acariciarte con bondades y buenas nuevas. Pero te olvidas de que los espejos no mienten, y hoy, que se cumple El Sexto Ciclo con aterradora exactitud, veo que sigues delegando tu albedrío a los caprichos de la postergación, a un azar que se resiste a permanecer atento. El tiempo sigue marchando tercamente hacia el pasado y no nos perdonará el habernos dejado seducir por la abulia del espíritu, el haberlo abandonado todo a la ebria voluntad de las estrellas. No sé si lograré escapar en algún momento a las tormentosas trampas de la memoria, a aquella tarde fulgurante y ambarina en que te vi sin sospechar cuán desgarradores serían muchos de los días venideros, días que alimentarían algo monstruoso, alegre, lacerante, dentro de mí... El desamparo me ciega. Y ya no sé cómo dejar de oír esa voz que me incita a seguir urdiendo catastrofes disfrazadas de esperanzas, ni cómo hacer para que el olvido me abrace con ternura y me impida seguir en este papel de triste idiota. Y mientras tanto el tiempo seguirá marchando sin que podamos recuperar más que esa piel muerta que abandona en el camino y que es la materia de la que se tejen los recuerdos. Créeme, ya no sé cómo huir del espejismo de tus pasos...
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