domingo 30 de octubre de 2011

Lo inesperado


Increíble aquella madrugada: uno de esos sueños que me recuerdan los asuntos pendientes, tu piel muy cerca de mi tacto, y sin embargo una respuesta renuente se materializaba en mis manos. Fue algo extraño, porque si algo he anhelado desde hace tres pares de años ha sido ese contacto precisamente. Y así desembocó el sueño en la mañana de un martes de otoño, con un frío sutil escondido en el reverso de la luz del sol. Los movimientos y rutas que transita la vida diaria. El paso de las horas como un desfile de sombras, y el regreso al lugar en donde descanso el cuerpo y pongo a remojar los pensamientos. La oscuridad y el ansia de reacomodar la osamenta. Y cuando salí del perímetro del hogar, después de cruzar uno de esos flujos llenos de luces y motores, la visión de una figura que sobresalía extrañamente del paisaje acostumbrado: franjas blancas y rojas, la superficie de un color café como de tierra seca, unas gafas que escondían a medias la insistencia de una mirada que poco a poco se fue instalando entre mis recuerdos: ¿dónde he visto antes esos ojos?, ¿y esa sonrisa muda que acariciaba las palabras antes de verterlas por un teléfono? Como una palabra atorada en la punta de la lengua, un puñado de pasos inciertos sin poder mirar atrás, y entonces el titubeo, el baño de adrenalina desde los cabellos hasta la punta de los pies: ¿acaso era ella disfrazada de oscuridad?, ¿mi anhelo doloroso, mi temor?, ¿era ella en verdad, colocada a la mitad de mi ruta cotidiana? No lo corroboré, por desgracia, aunque en el pecho sentía el frenético batir de una respuesta afirmativa. ¿Eras , mujer de mar, colocada justo en la puerta de mi vano deseo de olvido...?