viernes, 6 de julio de 2012

La telenovela presidencial

Finalmente se eligió presidente en México… y ganó el candidato que se nos anunciaba con un inigualable aparato mediático desde hace ya varios años: Enrique Peña Nieto. Pese a las casi diarias muestras de la corrupción galopante, tanto de él mismo como de su partido, ganó. Así lo quiso la televisión, así lo anunciaban a diario las encuestas –que al final terminaron sospechosamente lejanas de la realidad–, y así lo quiso también el sistema que diseñó su partido desde la década de 1920. Peña Nieto ganó a pesar del repudio de los sectores más informados (clase media por lo general, con acceso a noticias que llegan a escasos nichos de prensa nacional) y de haber emprendido una campaña populista en la que, aprovechándose de la pobreza que el propio sistema político mexicano ha creado –léase el PRI–, compraron votos con dinero en efectivo y mediante tarjetas de débito efectivas en varias tiendas de autoservicio. Ganó también después de que algunos de sus simpatizantes ejercieran violencia y represión en diversos puntos del país –en los estados gobernados por el PRI, por supuesto– sobre personas opositoras a sus quimeras. Ganó a pesar de que en diversos medios, sobre todo internacionales, se documentaran sus maquinaciones en connivencia con Televisa y otros “socios” tanto nuevos como tradicionales. En fin, ganó a la manera priísta, con trampas a plena luz del día, con “alquimia electoral” y arreando al también tradicional ganado político.

Ganó Peña Nieto con una ventaja de más de 3 millones de votos, ventaja nada despreciable en términos democráticos, a menos de que a uno se le ocurra revisar las advertencias acerca de ciertos planes de compra y coacción de votos por parte de una de las líderes sindicales más corruptas que ha existido en este país: Elba Esther Gordillo. Así fue como ganó Peña Nieto. Ni siquiera el golpe de aire fresco que significaron los jóvenes del movimiento #yosoy132 logró modificar las cosas, pese a que ellos mismos advierten que no han pronunciado la última palabra aún. 

 Y quizás eso explica el poco entusiasmo que reina en diversas ciudades de México. Una especie de resaca metafísica instigada también por los patéticos reportes y videos –difundidos no en la TV, sino en las redes sociales– de las innumerables trampas perpetradas, de la gente que “confió” en la deshonestidad del PRI para venderle su voto y que al final ya no recibió el dinero prometido o bien recibió una cantidad muy cercana a la limosna. Peña Nieto, por supuesto, lo niega todo, en particular ante la prensa internacional. Afirmó categóricamente a la BBC que "el PRI no compró un solo voto", lo que nos habla tanto de un cinismo preocupante como de que su imagen ante los mexicanos ya no le importa gran cosa: ya obtuvo lo que buscaba y ahora parece más interesado en que esa imagen que tan bien le creó Televisa, sea la misma que tengan de él fuera de México. No quiero decir que sólo el partido tricolor haya incurrido en esa deleznable práctica: según cifras de Alianza Cívica, del total de casos de compra y coacción de voto, el PRI acaparó el 71% de los casos, el PAN el 17%, el PRD 9% y PANAL 3%. Todos contribuyeron en mayor o menor medida a que estas elecciones fueran lo suficientemente insalubres como para que el ciudadano común (yo me incluyo) desconfíe de cualquier partido político. ¿Y teníamos otra opción? Desgraciadamente no. Al final muchos dirigimos nuestra esperanza hacia el candidato que, según lo mostrado hasta el momento, es honesto y estaba dispuesto a gobernar escuchando la voz de la ciudadanía: Andrés Manuel López Obrador. 

Trato de no ser ingenuo. Sé que por más buenas intenciones que tuviera AMLO, él solo no habría sido capaz de resolver los problemas que los mexicanos tenemos muchas veces debido a nuestra extraña psicología. Sin embargo, me habría gustado experimentar la sensación de al menos no tener que preocuparme por que desde las más altas esferas gubernamentales se solape y se fomente la impunidad como un requerimiento del propio sistema. Así, la democracia mexicana una vez más confirma su desamparo y vulnerabilidad ante los intereses del poder, mientras que, por el contrario, la maquinaria de la corrupción está perfectamente aceitada y es capaz de llegar a los más inhóspitos lugares para hacer su detestable oferta a los pobres que ella misma ha generado. 

Y sin embargo, entre toda esa montaña de inmundicias hay algo que sí podemos rescatar: gran parte de la ciudadanía se deslinda de los discursos baratos de los partidos políticos y no parece dispuesta a aceptar los atropellos una vez más. El hartazgo se trasluce en las redes sociales, en donde se reúnen tanto el desconsuelo como la ira, la resignación y el hambre de justicia, la impotencia y las palabras incendiarias. Y aunque el porcentaje de la población que expresa allí sus puntos de vista es bajo todavía, con el paso del tiempo ese porcentaje, y por ende la conciencia ciudadana, aumentará. Por lo pronto, en los próximos días se llevarán a cabo en varias ciudades del país, una serie de manifestaciones de descontento y repudio social ante lo que se percibe como la imposición de algunos medios de comunicación. Es temprano aún para vaticinar los escenarios que se avecinan, o si se logrará modificar en algo lo que ya parece perdido, pero si se trata de encontrar algo bueno de todo esto, no me parece desdeñable que una izquierda apartidista y sumamente crítica haya nacido a contracorriente de la deshonestidad tradicional de este país. Y lo mejor de todo: con una excelente salud. 

Por último mi buen deseo, seguramente cándido para muchos, aunque deben considerar que lo arranqué de entre un pantano de abatimiento: ojalá que con la madurez ciudadana que hemos logrado, seamos capaces entre todos (incluidos aquellos que se identifican más con la derecha) de refrenar los excesos que el PRI seguramente intentará perpetrar a costa de todos nosotros y encauzarnos por rumbos más cercanos a una verdadera democracia. Yo digo que ya estuvo suave de que veamos a la corrupción como algo "normal" o incluso "necesario". Pero no sé si estoy debrayando. 

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