
La idea de adentrarme en un país que sólo conocía por algunas lecturas sedujo mi imaginación, así que decidí embarcarme a ese nuevo continente. No contaba con que mi salida de la Unión Europea habría de ser trabajosa a consecuencia de un malentendido con respecto a los meses de mi estadía. Al final, gracias a una apurada comunicación en inglés, pude salir casi ileso de aquel embrollo. Repito, casi ileso: después del estira y afloja con las autoridades, llegamos al acuerdo de que no podría regresar a Grecia durante los siguientes cinco años, so pena de pagar una multa cercana a los dos mil euros.
Sin embargo, y esto no lo podía saber en ese momento, los problemas relacionados con la lengua apenas comenzaban. En las oficinas turcas de migración, después de más de una hora de señas vehementes y contradictorias explicaciones por parte de un dudoso traductor, que se desvivía por hacerme entender, en una jerga compuesta por palabras en turco, inglés y alemán, que tenía que pagar por una visa; claro, si es que realmente quería entrar al país. Cubrí por fin una altísima cuota que, horas más tarde, mientras caminaba bajo mi enorme mochila en las calles de Marmaris, me dejó la sensación de haber sido la inocente víctima de un atraco.
Entre más me internaba por Turquía, a lo largo de pueblos anónimos, rara vez agitados por extranjeros tan remotos, el idioma se fue volviendo un problema serio. El punto más difícil fue producto, por una parte, de la natural barrera lingüística; y por la otra, de mi propia soberbia. Estando en la región de Capadocia (una zona semidesértica al centro del país), me enteré de que había un cañón de más de doce kilómetros de largo, en cuyos altos peñascos habían sido talladas algunas capillas cristianas en la temprana Edad Media: el cañón del Valle de Ihlara. Me informé lo mejor posible en las oficinas turísticas acerca de los recorridos que se hacían por la zona y encontré que, en efecto, hacían una escala obligatoria en dicho cañón.
Sin embargo, el precio me resultaba estratosférico (era el equivalente al gasto de tres días con sus noches incluyendo la comida) a cambio de detenerse allí por sólo una hora. Indignado por la avidez comercial, decidí que emprendería mi propio recorrido. En Göreme, un turco que hablaba italiano, me contó que existía un poblado cerca del cañón y que seguramente habría algún lugar para pasar la noche. Hice algunos cálculos y concluí que me saldría en menos de la mitad de lo que costaba el tour, contando una noche y las comidas en aquel pueblo. El único problema consistía, según el turco, en que debido a la época del año (el invierno en sus últimos estertores), el transporte hacia aquella región aún estaba suspendido. Tendría que apelar a la buena voluntad de los automovilistas, si es que realmente quería llegar por mis propios medios. En fin, me dije, no será la primera vez.
Al otro día, mientras esperaba a las afueras de un pueblo de nombre impronunciable, sentado en mi mochila, sin un sólo árbol a la vista que menguara aquel sol aplastante, me di cuenta de que era un imbécil. ¿Dónde estaba? ¿Qué rayos hacía allí? ¿Por qué había caído en la necedad de querer hacerlo todo por mi cuenta? Había sido muy difícil pedir informes a la gente del pueblo, sobre todo a las mujeres, que lo miraban a uno con aire entre atónito y burlón, diciéndose cosas entre sí y riendo con risillas cómplices. Los hombres me clavaron miradas ceñudas, aunque al mismo tiempo indiferentes, como si fuera una de esas cosas que sólo a veces arruinan los días, igual que el granizo o las nubes de polen. Finalmente, a un tipo le sonó conocida la palabra “Ihlara”, a pesar de mi pésima pronunciación, y me indicó las afueras del pueblo. Y allí estaba, justo donde me había señalado su dedo, y sólo después de interminables horas en las que pude comprobar que, en promedio, pasaba un automóvil cada veintitrés minutos, de pronto apareció un punto que se acercaba fatigando lentamente la carretera. Transcurrió mucho tiempo antes de que pudiera distinguir a un hombre que pedaleaba una bicicleta. Cuando al fin llegó, después de frenar sobre la gravilla con las suelas de sus zapatos, comenzó a hablarme animadamente, en turco por supuesto, mientras hacía una visera con la palma de la mano y miraba al horizonte, en dirección al pueblo. Me disculpé (para todo las disculpas, aun cuando no tengan razón de ser) y le dije que no le entendía. Sonrió con una boca llena de pequeños huecos entre los dientes. Lo dije en inglés, en español, en mi precario francés, en italiano. El tipo sólo sonreía. Siguió hablando y hablando, siempre en turco. Poco a poco, aquella retahíla de palabras incomprensibles me fue anegando en una densa soledad, lo mismo que un baño de aceite: supe, en un momento de extraña lucidez, que no había nadie que pudiera entender una sola de mis palabras en muchos kilómetros a la redonda. Más aun: no había nadie a quien pudiera importarle. Era una soledad absoluta, como nunca antes la había sentido. La soledad del idioma, de la identidad, de la voz que se sabe desahuciada y deviene en simple aliento manchado de sonido. ¿Cómo salí de aquella situación? Sería cuento largo. Y lo que me interesa en estas líneas es hacer un breve sondeo en aquella sensación de desamparo, en aquella soledad tan particular que sólo podía haber nacido en los inciertos reinos del lenguaje.