Hace ya varios años, una arqueóloga tica que conocí durante la realización de un importante museo en San José, Costa Rica, me salió con que me tenía una «sorpresa»: sacó un fólder de su portafolios, removió algunos papeles y entonces extrajo una fotografía impresa. Era la imagen de un clérigo decimonónico costarricense. Verla y sentir un extraño vacío estomacal fue todo en uno, sobre todo porque lo que empezó a repetir con un tono de adolescente burlona, yo lo noté casi enseguida: «¡Es tu doble, es tu doble!». Decía ella muy divertida, y ambos reímos y bromeamos lo que podría considerarse un tiempo respetable, aunque yo anhelaba cambiar de tema porque estaba teniendo una creciente sensación de malestar, una suerte de inaprensible incomodidad cada vez que mis ojos recaían en la fotografía.
Es decir, sí nos parecíamos mucho, malditamente demasiado, de hecho. Al grado de que esa sensación de incomodidad me duró varios días. ¿Por qué demonios nos parecíamos tanto? ¿Era una suerte de broma genética? ¿Un guiño malicioso de la existencia? De pronto pensé que eso de tener un doble, o al menos gente muy parecida a uno, quizás era más natural de lo que nos gusta creer, siempre adoctrinados por la vieja creencia que tanto ha explotado la publicidad capitalista, aquello de que somos «únicos e irrepetibles». ¿O acaso era que en el mundo sólo hay una cantidad finita de apariencias en el ser humano, y cada tanto deben ser retomadas aleatoriamente en los nuevos seres que habrán de nacer por todo el planeta? Eso en el caso de que sólo tengamos un doble, porque también podría ocurrir que exista un puñado de gente que tiene nuestros mismos rasgos y una vida inimaginable para nosotros, sin importar que dichos individuos hayan vivido en diferentes épocas, como en el caso del clérigo, que vivió prácticamente cien años antes de que yo naciera.
Y ya que estaba en esas, recordé que una noche ubicada muchos años antes de aquel episodio con la arqueóloga tica, mientras jugaba a la ouija con un grupo de amigos entre cerveza y porros, se me ocurrió preguntarle al supuesto espíritu que nos respondía si yo había tenido alguna vida previa (y por «yo», me refiero a eso que nos hace ser nosotros mismos, más que a la apariencia que pudiéramos tener), y para mi sorpresa, me respondió que yo había sido una mujer en la Palestina del siglo XIII, es decir, en los revueltos años de la última Cruzada. La respuesta era demasiado compleja para que pudieran haberla inventado mis amigos, quienes apenas habían abandonado la adolescencia o al menos estaban por hacerlo, así que me perturbó de igual forma, o quizás aún más que haber visto el retrato del clérigo costarricense, sobre todo por la imposibilidad tanto de averiguar más al respecto, como de olvidar fácilmente una idea tan inesperada.
Estoy seguro de que este par de anécdotas darían suficiente material para escribir relatos al estilo de Papini (o Borges por extensión), pero más allá de eso, lo que me sigue intrigando es el hecho mismo de la repetición, de lo cíclico… es decir, ¿la apariencia de una persona es proclive a reciclajes, lo mismo que su alma? El budismo y el hinduismo dirían que sí sin dudarlo, y no sólo eso, sino que agregarían causas y efectos de índole moral, lo cual complicaría aún más las posibles razones para que tales reciclajes se efectúen en esa hipotética maquinaria espiritual. Así que me quedaré hasta aquí, luego de haber liberado ante ustedes, buenas gentes, mi enigmático malestar. Y que cada quien piense lo que quiera de los seres que, en algún lugar del planeta, ostentan sus rasgos para bien o para mal. De todas maneras, uno nunca estará seguro de si es el original (aunque nos guste pensar que sí), o si es apenas un paso más —casi seguramente fallido— en el proceso de perfeccionamiento de unos rasgos que habrán de continuar con sus repeticiones mientras los seres humanos nos sigamos reproduciendo.
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viernes, 5 de abril de 2019
lunes, 8 de septiembre de 2014
Gran escritor, maestro...
Entre las célebres, rabiosas, y también —por qué no decirlo— divertidas peleas de escritores contra escritores, hay una que me causa especial placer por haber sido llevada más allá de las simples y valentonas declaraciones. Se trata del inolvidable duelo que Witold Gombrowicz relata en Trans-Atlántico (1952), novela escrita desde su exilio en Argentina. Allí se ve cómo cierto “Gombrowicz” es obligado por sus compatriotas polacos a enfrentarse a un venerado intelectual argentino para demostrar que «los polacos no son menos que nadie» aun cuando estén en tierras extranjeras, y pese a que ellos mismos no lo creen del todo. Según Ricardo Piglia, las alusiones podrían referirse a los escritores Eduardo Mallea, Manuel Mujica Láinez o, cosa por lo menos curiosa, al personaje borgiano Carlos Argentino Daneri. Sin embargo, también parece clara la alusión a la sacra sapiencia de Borges, que ya bañaba todos los recovecos en la Argentina de finales de la década de 1940 (cosa que Piglia parece resuelto a no dejar entrever más que oblicuamente, a través de un personaje y no del propio autor), sobre todo si pensamos en el “Maten a Borges” que dio como solución Gombrowicz cuando le preguntaron, justo antes de embarcarse a Europa tras 24 años en suelo sudamericano, cuál podría ser la forma para que los escritores argentinos alcancen la madurez literaria. En la escena de Trans-Atlántico, descabellada hasta la demencia, el personaje “Gombrowicz” pierde el duelo (llenando de oprobio a sus compatriotas) al quedar “despojado” de cualquier idea propia cuando el erudito argentino declara que ya todo ha sido dicho por diversos autores, llegando a la pedantería de citarlos en ese mismo momento… Sin embargo —y ahí justamente el meollo de este post— la descripción que hace del intelectual argentino y su entorno podría ser un retrato de cualquier «vaca sagrada» sin importar el país o el año en que se quiera situar:
«De pronto vi que entraban nuevas personas, y que no se trataba de invitados ordinarios, pues enseguida percibí un soplo de Reverencias, Veneración y Honores hacia ellas.
»La primera en entrar fue una dama, envuelta en una capa de cibelinas, con plumas de avestruz y de pavorreal y una gran bolsa de mano; la rodeaban algunos Aduladores, los Aduladores iban seguidos de algunos Secretarios, luego algunos Escribanos y unos Bufoncillos tocando Tamboriles. Entre ellos iba un hombre Vestido de Negro, por lo visto una persona muy importante, porque tan pronto entró se oyeron voces:
»—Gran escritor, maestro…
»—Maestro, maestro…
»Y era tal su admiración que por poco caían de rodillas; sin embargo, prefirieron comer pastelillos. En seguida se formó una rueda de oyentes y él se puso a Celebrar intensamente en medio del círculo.
»Aquel hombre (era la primera vez que veía a un individuo tan raro) era de lo más sofisticado y para colmo se sofisticaba cada vez más. Cubierto con un abrigo, oculto tras grandes anteojos Negros, que lo aislaban como una cerca de todo el mundo, llevaba al cuello una bufanda de seda con puntos de color medio perla, en la mano un par de guantes negros de cefir de medios dedos, en la cabeza un sombrero negro de medias alas. Vestido y aislado de esa manera, se llevaba de cuando en cuando a la boca un frasquito pequeño, se enjugaba con un pañuelo negro el sudor de la cara o lo empleaba para abanicarse. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles, folletos, que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros. Era de una inteligencia extraordinariamente sutil que destilaba sutileza; todo lo que decía era tan inteligentemente inteligente que provocaba chasquidos de lengua de admiración de parte de las mujeres y los hombres (aunque éstos no hicieran sino mirar los Calcetines y corbatas). Bajaba la voz constantemente, pero mientras más Bajo hablaba más resonaba, porque los demás, bajando la voz, lo escuchaban aún más (aunque no lo escuchaban); y así, con su Sombrero Negro parecía conducir a su grey hacia el Silencio Eterno. Consultando a cada momento sus libros, sus apuntes, perdiéndolos, revolcándose en ellos, bañándose en citas raras, condimentaba su pensamiento y Se divertía haciendo las Cabriolas más extrañas, y todo aquello como si sólo a él estuviera destinado, como si fuese un eremita. Debido a las piruetas que hacía con los papeles y a los caprichos de su Pensamiento, se volvía cada vez más inteligentemente inteligente, y su inteligencia, multiplicada por sí misma, a caballo de sí mismo, se volvía a tal punto inteligente que… ¡Jesús, María…!»
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Imagen: Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya
lunes, 21 de junio de 2010
Inocentes palabras
No puedo evitarlo. Cuando empiezo a hablar de escritores, siempre adquiero una figura corporal que, aunada a un tiple un tanto gangoso, suele sacar de quicio a más de uno. En aquella ocasión, charlando con esta mujer bellísima, chillaba yo con voluptuosidad acerca de La Cultura, El Estilo, La Forma, El Lenguaje, y pronto los grandes nombres comenzaron a salir de mi boca en ráfagas que descomponían ligeramente su exquisito peinado: Tolstoi, Joyce, Camus, Cortázar, Paz…Sin embargo, después de sorber con un ruidillo burbujeante mi taza de té, que para mi mala fortuna aún no tenía una temperatura bebible, la conversación recayó en Borges, con lo que todo pareció adquirir un aire sagrado en la cafetería. Me sentí, por decirlo así, en mi hábitat, como si estuviera destinado a oficiar una fastuosa misa: celebré lo inaprensible de su prosa, sus giros inesperados, la minuciosa búsqueda de las palabras, las indispensables referencias, y me entusiasmé tanto, que no dudé en lanzar abundantes loas a su “majestuosa envergadura”. Ella permaneció boquiabierta, embelesada, con unos ojos en los que de seguro se asomaban los secretos más profundos de los mares. Mas en cuanto hice la pausa para sorber nuevamente de mi té, después de que las últimas dos palabras quedaran resonando en el ambiente por algunos segundos, de pronto su semblante cambió: se sobresaltó y me observó con una especie de ofendida curiosidad, enseguida palideció y un segundo después estaba tan roja como las luces típicas de los lugares prohibidos. Antes de que pudiera seguir con mi panegírico, su palma ya se había estrellado en mi mejilla con un ruido como el que producen ciertas pistolas antiguas. A manera de limosna me dejó los restos de su perfume y un dramático “¡Cómo te atreves, el pobre…!” y de inmediato se alejó, llevándose con ella sus magníficas piernas.
Yo me quedé allí, por supuesto, sentado sobre mi culo como si nada hubiera ocurrido, dando vueltas con una cucharita al verdoso líquido que humeaba en mi taza y pensando en mil locuras que nada tenían que ver con el lugar en el que estaba. Un mecanismo de autodefensa, supongo. Por lo demás, a lo largo del par de horas que di vueltas con la cucharita a las diversas tazas que me llevó un camarero cada vez más enfurruñado, me fui convenciendo de que las palabras, aun aquellas que parecen más inocentes, en todo momento son acechadas por el sonriente demonio del malentendido.
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