viernes, 15 de febrero de 2013

Los mejores libros de 2012… según mi librero


Justo ahora que finalmente terminó la fiebre de listas a lo mejor del año, les voy a recetar la mía de los mejores libros que leí en 2012. Esta lista es sumamente heterogénea: no está basada en categorías particulares (por ejemplo, libros que vieron la luz durante el año, o los que fueron editados en México, o de cierta temática especial, o alguna otra cosa semejante que ya hicieron en muchos otros espacios), sino en que a mí me parecieron los mejores siete que leí en el año de una lista de treinta. Por otra parte, el único factor común que tiene mi lista es que cada uno de esos libros «eligieron» ser leídos aleatoriamente durante 2012 desde la comodidad de mi librero, sin importar el país del autor o la época en que fue escrito. No más. El orden de aparición es el mismo en que yo los leí.

1. El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati.

Ah, buenas gentes, ¿quién de ustedes (y yo me incluyo) no ha creído alguna vez en su vida que un “gran destino” les aguarda? Una gloria tan magnífica y deslumbrante que gracias a ella quedará exiliada cualquier frustración. Sin embargo, la vida se escurre sin pausas y sin importarle nuestros sueños, con lo que al final quedarán muchas ilusiones postergadas y sin posibilidad de reivindicación, tal como sucede a Giovanni Drogo, quien ve pasar sus mejores años en espera de una gloria que llegará justo cuando él ya sea incapaz de recibirla.

2. Oblómov, de Iván Goncharov.

No recuerdo muchas obras maestras que hayan tenido a la abulia como protagonista. Iván Goncharov no sólo toma el reto de presentar el retrato de un hombre prodigiosamente inútil, sino que además lo hace combinando un humor sin concesiones, la denuncia social contra los vicios de la aristocracia en la Rusia decimonónica y el perfecto equilibrio entre objetividad y empatía con un personaje que bajo cualquier otra circunstancia sólo podría producir repulsión.


Compuesto por 19 relatos escritos en diversos momentos de su vida, este libro es un abanico que muestra los temas recurrentes en la obra de Platónov: las utopías, los sueños que parecían acudir en bandadas con el régimen comunista y su realidad poco o nada ideal, la sencillez y la “pureza” del alma del campesino ruso, las vidas trágicas con alguna reivindicación de mayores o menores vuelos, el sacrificio personal para el beneficio común, o esos personajes que apenas se notan en la cotidianidad debido a su sencillez y humildad, pero que podrían ser vitales para que la sociedad no quede atrapada en un remolino de odios y locura estéril. El espectro del humor va desde la sátira hasta la tragedia y, cosa curiosa, no desentona en ningún momento, con lo que se vuelve una obra inolvidable.

4. Un puente sobre el Drina, de Ivo Andrić

La crónica del puente que se construyó en la bosniaca ciudad de Višegrad, basada tanto en sucesos históricos, como en leyendas e historias populares, es uno de los regalos más hermosos y terribles que la literatura ha recibido en los últimos 100 años. La novela arranca en el siglo XVI, cuando el territorio pertenecía al imperio otomano y concluye con la “estratégica” destrucción que sufriera el puente durante las batallas de la Primera Guerra Mundial. El personaje principal es el puente y con ello las vidas humanas toman una dimensión mucho más cercana a lo que realmente son: meros parpadeos frente al paso colosal de los siglos.

5. Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz

La recreación del villismo —esa vertiente tan singular de las ramas revolucionarias en México— tuvo una obra maestra que hoy es un tanto soslayada por el “gran público” debido a la película que Fernando de Fuentes hiciera en 1936. Sin embargo, la versión cinematográfica, aunque basada en la novela de Rafael F. Muñoz, dista mucho de las complejidades psicológicas que muestran tanto Tiburcio Maya —arquetipo del soldado villista—, como el propio Pancho Villa, mientras que en el estilo de Muñoz, se pueden detectar las figuras retóricas que más tarde retomarán escritores de la talla de Agustín Yáñez y Juan Rulfo.

6. Ramaiana, de Vālmīki

La milenaria historia del divino príncipe Rama, quien junto con su esposa Sita y su hermano Laksmana es desterrado a los bosques de la India por su propio padre, es una de las historias más fulgurantes que he tenido la fortuna de encontrar durante mi vida como lector. Ravana, rey de la isla de Lanka (Sri Lanka) y de los raksasa, tiene la ocurrencia de secuestrar a la esposa de Rama, con lo que desatará su propia perdición, aunque no sin antes librar una delirante guerra entre simios superpoderosos y demoníacos raksasa, en la que podremos ver todas las posibilidades que pueden caber en una historia: guerra, aventura, amor, odio, amistad, envidia, humor, ternura, tragedia, ira, filosofía, religión y un largo etcétera.

7. Yo serví al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal

El ascenso de un mísero botones hasta llegar a ser el dueño de un elegante hotel y su posterior caída (y reencuentro consigo mismo) da pie a una novela en tono satírico, alegre y juguetón que, al discurrir por diversos momentos históricos de la hoy República Checa, sirven como anclaje para hacer una revisión de lo que significó la primera mitad del siglo XX para una sociedad soslayada en Europa hasta límites inconcebibles. Las aventuras de Jan Ditie, el protagonista de la novela, desembocarán en desgracias o en episodios tan terribles que, si no fuera por el estilo de Hrabal, habrían dado forma a una historia rocosa, densa, oscura y, por qué no decirlo, en tonos dostoievskianos.

viernes, 8 de febrero de 2013

De la espera y otras banalidades



A veces pienso que todos tenemos algo de Vladimir y Estragón, ese par de imbéciles que, de la mano de Beckett, se la pasan aguardando a un tal Godot. Es decir, esperamos algo que quizás nunca habrá de llegar, y que, sin embargo, permanece todo el tiempo latente, a tiro de mirada interior, por decirlo así. Y esa espera puede ser cualquier cosa que tenga que ver con la vida diaria, un aumento de sueldo, por ejemplo, o unas buenas y merecidas vacaciones, los cuales, en caso de que se consigan, sólo nos mostrarán que no era eso en realidad lo que esperábamos, sino algo más y por lo pronto inexplicable. Pero no, la espera a la que me refiero se asocia más a lo maravilloso, a un “algo” que quizás nos llene durante toda la vida y que de todas maneras, discúlpenme que lo diga, nunca habrá de llegar.

Pero eso, por supuesto, no lo sabemos (ese es el chiste de las esperas) y por ello todo resulta aún más absurdo. Si desde un inicio tuviéramos la total certeza de que nunca habrá de llegar ese día, persona o lo que sea que tanto anhelamos, quizás el porcentaje de sinsentido que le otorgamos a la vida aumentaría de forma dramática, y con ello descenderían proporcional y simétricamente las ganas de vivir. Y es que, ¿qué tan valiosa sería la existencia en nuestro imaginario si, como Moisés, tuviéramos la seguridad de que nunca pondremos los pies en la tierra prometida de nuestros anhelos?

A consecuencia de ello, y tal como sucede con Vladimir y Estragón, nuestra vida consiste sólo en hacer tiempo en lo que llega la muerte. Crecemos, estudiamos, viajamos, conseguimos un empleo, la mayor parte de las veces malpagado, pero que nos quitará la carga de 8 o más horas diarias de consagración absoluta a la espera; nos casamos, tenemos hijos, depositamos nuestras angustias en un Dios que está demasiado ocupado creando nuevos cielos y nuevas tierras o, más terrible aún, en una abstracción como la ciencia, que ha demostrado ser más capaz de generar problemas que de resolverlos; incluso podemos llegar a ser famosos y millonarios mientras en secreto aguardamos la llegada de ese «algo» que llenará el lujoso vacío de nuestra vida. ¿Y todo para qué?, para que el día en que expulsemos nuestro último aliento la muerte muy probablemente se burle de nosotros y de nuestro anhelo principal con esa mueca descarnada que tan bien conocemos, aunque quizás sin pizca de sarcasmo, como sucede con los padres que sonríen sin maldad ante los disparatados deseos de sus hijos.

La espera parece tener la extraña misión de dotar de sentido a la existencia. En cambio, la materialización de lo esperado tiene una importancia secundaria, porque, en caso de conseguirse algún sueño, de inmediato nacerá otro, so pena de caer en la desilusión, de cuyos efectos hablé ya más arriba. Y como de cualquier forma todos llegaremos a ser un montón de huesos sin otra cosa que hacer más que «esperar» con toda la paciencia del mundo, sugiero que mejor nos precipitemos desde ahora en una búsqueda suicida de ese «algo» maravilloso que hemos anhelado, así tropecemos con un sinnúmero de decepciones y nuevos anhelos, y es que, si lo vemos desde un punto de vista práctico, se perdería el mismo tiempo en ello que en esperar que todo llegue a nosotros sin molestarnos en mover siquiera el meñique. O el dedo gordo del pie. O el que gusten ustedes.