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jueves, 26 de julio de 2018

Stalker y los tontos de Dios

Hoy por fin vi Stalker de Tarkovsky.
No diré nada nuevo sobre una película tan icónica como ésa, por supuesto, sobre todo si no he leído el libro en el que está basado el filme. Así que me limitaré a enumerar apenas algunos elementos que aún permanecen resonando en mi cabeza:

1. El tono dostoiveskiano en las interminables reflexiones entre el Profesor y el Escritor, que en varias ocasiones me recordó a Los hermanos Karamazov.

2. El hecho de que el stalker encarne el concepto de “los tontos de Dios”, tópico judío que, si no recuerdo mal, establece que en todo el mundo existe un puñado de personas puras de corazón, y que son quienes aplacan la ira divina, que de otra forma ya habría desencadenado la catástrofe final sobre los seres humanos,

3. Los deseos pueden ser una maldición, o al menos pueden carecer de utilidad una vez que se está en el umbral de su realización; y

4. Dos frases que intercambiaron el Escritor y el Profesor, y que transcribo de memoria, por lo que podrían no ser exactamente así: “Mi conciencia quiere que triunfe el vegetarianismo, pero mi subconsciente anhela devorar una carne jugosa”, y “Lo que se conoce como «pasiones humanas» no es más que el roce del alma con el mundo exterior”.

Es todo. Aunque también sé que no es todo.

lunes, 7 de octubre de 2013

"Parábola del trueque", relato de Juan José Arreola


Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

—¿Por qué no me cambiaste por otra? —me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.

Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

—¡No me tengas lástima!

Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:

—¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.

Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

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Imagen: Eduard Ansen-Hofmann, En el mercado de esclavos (Am Sklavenmarkt)

viernes, 29 de junio de 2012

Amor de hule




Amor de hule

La escuadra navega hacia Hawai, en orden de batalla. Fred Atkinson, segundo maquinista, y Joe Tuddy, el nostramo negro, se encuentran frente al armario de las muñecas, en el tercer puente de estribor de la nave almirante. Abren juntos los batientes: una sola muñeca en todo ese espacio: reluciente, risueña, desnuda, silenciosa como el amor.

Momento de tremendo pasmo.

Que el comandante conserve para sí la muñeca más bella, no se discute: es el comandante. Que una decena de muñecas muy selectas estén a exclusiva disposición de los oficiales, ni hablar. Pero sólo doce muñecas, y no de primera clase, ¡fíjense nada más! Sólo doce muñecas para los trescientos hombres de la tripulación, tres de ellas descompuestas y algunas ya viejas e inservibles, tras veinte días de navegación, en pleno verano y en el paralelo ecuatorial, lo hace a uno pensar en una sórdida voluntad de economía en los mandos supremos, en un escaso conocimiento de las necesidades fisiológicas del hombre, o en un premeditado fin de fomentar riñas y amotinamientos.

Atkinson fue el primero en amarrarla. El negro, fulmíneo, le detuvo el brazo. Su mano derecha se alzó y quedo suspendida sobre la cabeza del maquinista: empuñaba un cuchillo. Pero el negro, quién sabe por qué, cambió de idea. El arma no se abatió sobre el adversario, sino sobre la muñeca de hule, que, abierta en canal, cayó en dos pedazos a los pies de los litigantes.

Atkinson y Tuddy, como idiotizados, sin aliento, se le quedaron viendo a la asesinada.

El tajo negro, preciso, había dejado al descubierto las complicadas tuberías que proporcionaban la tibieza humana en aquel cuerpo insensible, pero procaz.

Dos gruesas lágrimas, como huevos de cristal, asomaron en los ojos del negro; otra resbalaron por las mejillas tiznadas del maquinista. Desesperados sollozos resonaron entre las paredes de acero. Se abrazaron frenéticos, se besaron, se mordieron, aullaron como hienas fustigadas.

Y  la sangre humana manchó a la mujer de goma.

La escuadra se detiene, espumante, en medio del océano rutilante de sol.

Abajo, en los sollados de la enfermería los dos culpables gimen como perros, se retuercen bajo las correas que los sujetan a las literas de hierro.

Cuatro hombres, los más distinguidos de la tripulación, transportan en el puente a la muñeca asesinada, y entre las salvas de los cañones y el saludo de las banderas la sepultan lentamente en el mar.

En ese mismo instante emerge galopando un caballo negro; se vuelca, y en medio del blanco de la gola aparece el enorme agujero de la boca dentada en forma de serrucho.

Pero antes de que el monstruo engulla a la trágica protagonista de ese drama de amor, para llevársela al silencio espectral de las grandes florestas submarinas, ella tiene tiempo de dirigir una mirada postrera a las naves, al océano, al cielo, con sus ojos brillantes y fijos, que no se cierran nunca, ni para dormir ni para morir.

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Alberto Savinio, "Amor de hule" en Aquiles enamorado, Sexto Piso, México, 2004.
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viernes, 18 de mayo de 2012

Ajuste de cuentas con el infinito


En la novela Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, de László Krasznahorkai, hay un momento en que el príncipe Genji llega a una casa vacía, es decir, vacía de seres humanos, porque en realidad está atiborrada de cosas revueltas, entre ellas un pesado libro de unas dos mil páginas, el cual ostenta el colérico título de Ajuste de cuentas con el infinito.

Por más posibles aventuras que uno trate de imaginar en la trama de ese libro, por fortuna inexistente (no podemos negar que el título alberga ciertos tintes borgianos), contiene sólo dos cosas: un prólogo agrio e indecoroso, escrito casi seguramente por el propio autor, un tal Sir Wilford Stanley Gilmore, residente del Instituto de Investigaciones Matemáticas Gilmore-Grothendieck-Nelson, en el que se burla con horribles insultos y no poca amargura del posible lector, pues está convencido de que será incapaz de comprender ese libro –la obra a la que dedicó su vida–, y aún más: que acaso jamás habrá nadie en la historia de la humanidad que pueda leerlo hasta la última página, aunque en él se demuestre de manera inequívoca que el infinito no existe en la realidad, ya que la realidad por sí misma es finita. Por otra parte, está el cuerpo del libro, en el que sin más transición emprende la vesánica tarea de contar literalmente, es decir, partiendo del uno, dos, tres, diez, cien, mil, cien mil, un millón, etcétera, hasta donde la razón humana aún es capaz de otorgar nombres a los números, o bien, para ser exactos, hasta el centillón, al cual se llega tras leer la retahíla de los mil doscientos nueves que conforman la friolera de novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve nonagintanonillones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, después de la cual, según Sir Wilford Stanley Gilmore, el lenguaje humano se ve rebasado, y por tanto, no puede referirse ya a las cosas visibles.

Pero más allá de las obviedades y la burla hacia la ciencia (la cual es capaz de asegurar que el «origen» del universo se dio hace entre 13 500 y 15 000 millones de años, como si 1 500 millones de años no fueran más que un insignificante «margen de error») que hace Krasznahorkai en ese pequeño episodio, lo que me parece destacable es la corrosiva sátira a la manía científica de querer explicarlo todo mediante abstracciones que unifican lo heterogéneo por definición, como es la realidad, con tal de crear explicaciones que muchas veces han demostrado ser más fantasiosas que la fábula más inverosímil, o como en este risible caso: querer demostrar que no existe algo como el infinito sólo porque es incomprensible para la mente humana, sobre todo a partir de la ingente cantidad de números expresados en la obra de Sir Wilford Stanley Gilmore.

Y es que por más gigantesco que sea un número, al final no será más que una barca echada a navegar desamparadamente en las inmutables aguas del infinito. Y que no nos sorprenda que ese imponente trasatlántico de cifras zozobre en algún momento de su travesía: ya el Titanic nos ha enseñado que, más que el mar en sí mismo, a veces sólo basta un pequeño iceberg para ponernos a naufragar.

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Publicado originalmente en La Hoja de Arena 

lunes, 5 de marzo de 2012

Los días inútiles

Así los llamaban antiguamente los mexicanos: los días inútiles o nemontemi, ya que nada de importancia se hacía en ellos, nada se emprendía ni se esperaba, el tiempo era como agua turbia que sólo debía ser desperdiciada. Todo era en vano durante los nemontemi, todo era aciago. Si algún desdichado nacía en esos días lo llamaban Hombre inútil o El Salido en vano. Lo mismo si era mujer. Estaban malditos por haber nacido en esos días carentes de la esencia divina, en los que no hay destinos que leer porque hasta los dioses abandonan la tierra.

Una vez que finalizaba el mes de Izcalli (a finales del febrero gregoriano, según algunos), la gente comenzaba a preocuparse: en lontananza se avizoraban ya los nemontemi. Eran como vacaciones forzadas, de mal presagio, sin jolgorios ni descansos tranquilos, sin reposo benéfico. En los palacios no se gobernaba, no se oían las cotidianas voces en las calles, ni se veía a nadie arando la tierra u ofreciendo mercaderías en el tianquiztli; en la laguna los peces discurrían sin sobresaltos: no había gente en las canoas buscando su sustento.

Y si algún pobre diablo se tropezaba o reñía o se quebraba una pierna en uno de esos días, era tenido como muy mal presagio para su futuro. Y si, peor aún, alguno se veía invadido por una súbita enfermedad, era tenido como un desahuciado, como un desamparado que sin duda habría de perecer de la peor forma posible: abandonado por los dioses, ya que en los nemontemi nadie podía ejercer las artes medicinales ni curar a la gente, ni siquiera echar la suerte; eran días vacíos, estériles.

El tiempo siguió su curso y arribaron los hispanos, no sólo con su avidez de oro y la muerte refulgiendo en sus espadas, sino también con su propio calendario. Y de los nemontemi ya no se supo más. Sin embargo, no creo que hayan desaparecido así de fácil, como si tal cosa. Estoy convencido de que se dispersaron entre los días de los nuevos meses que se impusieron y que, incluso, han adquirido la capacidad de cambiar su ubicación con cada año que transcurre. Nos acechan enmascarados entre todos los demás días. Sólo es cosa de dar un paso en falso o tomar una mala decisión… y entonces tendremos el sabor de un día inútil en nuestras manos.

Imagen: Eclipse de sol. Códice Telleriano Remensis.

Publicado originalmente en La Hoja de Arena

jueves, 2 de febrero de 2012

Esconderse en el silencio

¿Tanto miedo a ser protagonista de un sueño? ¿Tanto fastidio por un exceso de sinceridad? ¿Otra vez el silencio como escudo de cartón? Como si en tus pasos cotidianos la pureza –o yo no sé qué prístino espectro– fuera una realidad palpable, como si el tiempo te pudiera esperar hasta que quieras. Hoy el polvo ya forma cúmulos sobre las huellas y los relojes se ahogan entre el hormigueo de los minutos. Sin embargo, prefiero que sea la voz la que dictamine sobre ese futuro imaginado y, si es el caso, que deshaga de una vez por todas el laberinto de sombras que nacen en mi mente si parar, tal como lo hacen las olas...

miércoles, 15 de junio de 2011

Del amor


Suelo buscar explicaciones a los sueños que no me dejan en paz a través de símbolos que han estado con la humanidad desde sus inicios. Para ello ocupo el Diccionario de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot. Y en esas andaba hace unos días, cuando de pronto, gracias a un súbito aironazo, perdí la página. Cayó en la 79, y ahí leí lo siguiente:

Amor

Los símbolos tradicionales del amor son siempre símbolos de un estado todavía escindido, pero en mutua compenetración de sus dos elementos antagonistas, cual el lingam de la India, el símbolo de Yang-Yin de China, la misma cruz formada por el poste vertical del eje del mundo y el travesaño horizontal de la manifestación, es decir, símbolos de conjunción, o bien expresan la meta final del amor verdadero: la destrucción del dualismo, de la separación, la convergencia en una combinación que, per se, origina el «centro» místico, el «medio invariable» de los filósofos del Extremo Oriente. La rosa, la flor de loto, el corazón, el punto irradiante son los símbolos más universales de ese centro escindido, que no es lugar, aunque se imagine como tal, sino un estado, precisamente producido, como decíamos, por la aniquilación de la separación. El mismo acto de amor, en lo biológico, expresa ese anhelo de morir en lo anhelado, de disolverse en lo disuelto. Según el Libro de Baruk, «El deseo amoroso y su satisfacción, tal es la clave del origen del mundo. Las desilusiones del amor y la venganza que las sigue, tal es el secreto de todo mal y del egoísmo que existe en la tierra. La historia entera es obra del amor. Los seres se buscan, se encuentran, se separan, se atormentan; finalmente, ante un dolor más agudo, se renuncia». Maya y Lilith, ilusión y serpiente.

Sobra decir que de inmediato busqué dicho párrafo en el Libro de Baruk que, aunque ya había tenido oportunidad de leerlo hace años, no recordaba nada semejante. No lo encontré. No al menos en el bíblico, y sinceramente no conozco otro. No sé si Cirlot cayó en el embrujo (poeta al fin) de crear un pequeño, incandescente texto, sin querer plasmar su firma, o si acaso era poseedor de alguna joyita llena de misteriosa sabiduría. Lo cierto es que el amor, descrito con la sencillez de unas cuantas líneas, de pronto alumbra como una estrella que aparece inesperadamente en el cielo...

martes, 7 de junio de 2011

Sus alas me abrazaron...


Ahí estaba mi sobrino, un niño de sonrisa fácil y naturaleza fluida, semejante a una ardilla corriendo por las ramas de los árboles. Y es que reíamos sin que ahora recuerde exactamente de qué. De pronto escuchamos un ruido en el estudio, algo así como los aleteos de un ave enjaulada. Y en efecto, un pájaro se había metido sin saber cómo, y ahora volaba cerca del techo sin encontrar la salida. En cuanto me acerqué, revoloteó frenéticamente en mi cabeza, entre mis cabellos, como las creencias populares nos aseguran que lo hacen los murciélagos. Traté de espantarlo con las manos, pero entonces hizo algo sumamente extraño: se aferró a mi brazo derecho y lo rodeó con sus alas, como si lo abrazara. Sorprendido y todo, pero así me dirigí a la ventana para sacar el brazo y que él se echara a volar, cosa que en efecto hizo como lo que era: un pájaro libre que disfruta de los oleajes del viento. Y entonces, presa de una extraña, insoportable felicidad, le pregunté a mi sobrino si había visto todo el singular episodio, a lo que él solamente sonreía sin dejar de mirar hacia la ventana...

miércoles, 9 de febrero de 2011

Alusiones



Justo a ti te quería ver.
¿A mí? ¿Y eso?
Es con respecto a los textos de tu pinche blogcito.
¿Qué tienen los textos?
Nada. Salvo que ya estoy hasta la madre de que estés burlándote de mí.
¿Cómo dices?
No te hagas pendejo, te la pasas haciendo alusiones a mi vida, a mis defectos, a mis problemas…
A ver, espera, no sé lo que estás pensando, pero yo te aseg/
¡Cállate, maldito perro! Te lo advierto: si llego a ver otro texto que tenga que ver conmigo, voy a ir a tu casa, te voy a sacar a chingadazos y te voy a poner la madriza de tu vida.
¡Espera un momento! Trato de ser escritor, lo cual significa que tomo elementos que existen y los mezclo con otros que no existen, a veces hiperbolizo, es cierto, pero… es muy complicado de explicar, sobre todo si me miras así… el caso es que no suelo retratar a nadie real, y si en algún momento lo hago, es sólo un detalle o un gesto, visto siempre desde mi perspectiva, claro está, lo que no quiere decir que así sea en verdad… no deberías sentirte aludido… en especial porque apenas recordaba tu existencia…
¡Déjate de mamadas, infeliz! Ya estás advertido: a la siguiente que vea tus asquerosas burlas te voy a desgranputar como debieron hacerlo tus padres desde un principio…
Chale…

viernes, 7 de enero de 2011

El ascenso

Y así me sucede en los inicios de año: me hago una especie de lavado mental en el que trato de dejar limpísimas mis obsesiones, desde las más ingenuas, y por decirlo así, virginales, hasta, por supuesto, las más oscuras e inconfesables, todo con el fin de materializarlas cada tanto y así sobrellevar su lastre con menos incomodidades para la vida práctica. Por fortuna, la cantidad estratosférica de trabajo este año no me dará mucha oportunidad de mirar los avances del tiempo en mi rostro, y en otras partes menos protagonistas de este cuerpo que me ha tocado encaminar hasta la muerte, y en cambio quizás contribuirá a encontrar un plácido sitio para más misteriosas lecturas, inevitables escritos, y las contemplaciones vegetales que tanto hacen sonreír a mi alma. Habrá lugar para decisiones cotidianas, para el comienzo y la culminación de ciclos, y acaso también (¡gulp!) para alguna dramática bifurcación, de esas que hielan la sangre cuando la imaginación las vislumbra. Todo dependerá del cauce que las palabras (y probablemente también los recuerdos, muchos de ellos verdaderos y otros tantos ¿por qué no?, inventados por desconocidos y ardientes anhelos) logren abrir en un corazón otrora desdeñosamente petrificado, ése que aquella tarde me aseguró la descifradora de símbolos con su mirada glauca, algún día haría manar la alegría con inefable constancia. Tal vez la locura me ronde de cerca con esa voz hecha de engaños y burlas, pero me parece notar un sutil cambio de viento, tan insignificante que apenas despeinaría la llama de una vela, pero que a la postre bien podría arrojar mis huesos en mares más cálidos. Mas ten calma, mi atrabancado amigo, que los pasos siempre se dan uno después del otro, y seguramente será necesario reponer fuerzas en algunos recodos del camino. Recuerda que la paciencia siempre ha sido esa cuerda con la que logras escalar los abismos que parecen más insalvables…

viernes, 3 de diciembre de 2010

Divas


Nunca he logrado sentirme a gusto con las divas. Su insaciable ansia de elogios de inmediato me provoca palpitaciones en las sienes y un insoportable hormigueo en los dedos de las manos. Sin darme cuenta comienzo a bostezar, chasqueo la lengua groseramente, me entretengo con alguna grieta en paredes, pisos o techos, e incluso me da por decir procacidades disfrazadas de anodinas observaciones.

Sin embargo, aquella vez me sucedió algo en verdad extraño mientras estaba con esta diva “injustamente ignorada” por los círculos intelectuales. Nunca había leído un solo libro suyo, ni asistido a conferencias dictadas por ella por la simple razón de que no había hecho ni lo uno ni lo otro. ¿Y entonces por qué estaba charlando con ella en esa cafetería?, se preguntarán los más lúcidos. Sonará estúpido, pero me habían parecido “inteligentes” un par de artículos suyos publicados en revistas literarias de medio pelo y había tenido la peregrina idea de que se trataba de una mujer interesante, un posible contacto que ¿quién sabe?, acaso me podría ser útil en el futuro.

Lo primero que me sorprendió cuando la vi, fue que en vivo parecía treinta años mayor que en el retrato de las revistas. Su aspecto mortecino e insalubre, provocado por la prodigiosa cantidad de cigarrillos baratos que fumaba, encendiéndolos uno tras otro con la colilla del anterior, invitaba más a la repugnancia que a la piedad. En cuanto me vio, me fulminó con la mirada y poco después comenzó a medir mis capacidades a través de latinajos y citas de los clásicos. Tras su primera taza café, aquello se convirtió en un monólogo.

Me aseguraba, con sendos puñetazos que hacían vibrar la mesa, que su ausencia en los círculos literarios más encumbrados, se debía a la enorme cantidad de enemigos que se había granjeado gracias a sus espontáneas observaciones hechas a ciertos “grandes escritores”, a los cuales siempre se refería por su nombre de pila; así por ejemplo, decía que Octavio había sido toda su vida un redomado imbécil que sólo conseguía escapar de su ceguera cuando encontraba su propio nombre en alguna dedicatoria poética; o que Carlos la detestaba porque en una ocasión le había dicho, con su acostumbrada sinceridad, que nunca sería galardonado con ese único premio que le faltaba; o que Juan, que en paz descanse, nunca le había perdonado por haber dado en el clavo con respecto al prolijo silencio con el que se cubrió las espaldas tras la publicación de sus “obras maestras”. A los autores más contemporáneos no los ninguneaba, sino que se limpiaba los zapatos con sus nombres, según sus propias palabras. Incluso temía que la presente charla conmigo sería fatal para mí, ya que sus “enemigos” seguramente ya me habrían localizado, con lo que en adelante sólo me habría de esperar el repudio.

Como toda diva, era muy afecta a las mitomanías, y entonces contaba cosas que nunca podrían haber ocurrido a menos que tuviera el don de la ubicuidad, o al menos ciertas nociones acerca de la teletransportación. Cada tanto tosía con los ojos anegados en lágrimas, mientras me veía con expresión extrañamente desamparada, como si temiera morir delante de mis narices.

Los minutos seguían su ciega marcha hacia el pasado, cuando de pronto, justo en medio de uno de esos silencios que suelen llamarse “incómodos”, arribó a nuestra mesa un sujeto desaliñado, con ese aspecto que suelen mostrar los perezosos y los dementes. Empujaba una carriola que para mi sorpresa efectivamente contenía a un niño de unos tres o cuatro años, demasiado grande para el espacio del artefacto. El rostro de la diva adquirió un color cenizo y yo pensé que había llegado su hora postrera. Bajo sus labios resecos asomaron unos dientes cubiertos con una mancha herrumbrosa, y entonces emergió una voz que bien podía haberse extraído del rechinido de una verja:

–Qué haces aquí, te dije que no vinieras. ¿No ves que estoy ocupada?
–Ya tenemos mucha hambre, ¿cuánto más vas a estar aquí?
–¡Lo que sea necesario! –gritó la diva y aspiró profundamente de su cigarrillo.

El sujeto murmuró alguna palabrilla soez y arrastró una silla de metal a nuestra mesa. Se sentó con nosotros mientras el crío recibía una buena dosis de sol en pleno rostro. Ellos se miraban con odio intenso y a mí me dio la impresión de que me había vuelto traslúcido. Enseguida el tipo pidió un par de tortas de milanesa y las engulló sin contemplaciones, aunque lanzándome miradas escurridizas que no supe interpretar. Al poco rato llegaron dos chicos de unos catorce o quince años y se plantaron justo frente a nosotros.

–Efraín, Aída, arrímense unas sillas con nosotros –dijo la diva.

Los cinco, más la carriola con el crío, estábamos apelotonados en una mesa para dos. Me dio la impresión de que todos se esforzaban por evitar mirarme, lo cual me puso en una situación sumamente penosa porque nadie decía palabra. En realidad los chicos eran los que parecían ignorarme con más naturalidad, porque se la pasaban pellizcándose, riendo caballunamente o mostrándose el uno al otro los bocados triturados de las tortas que también habían pedido. Todos comían y bebían mientras yo seguía con mi austera taza de té, la cual por supuesto ya estaba fría.

La situación era cada vez más insostenible y entonces decidí partir, pero cuando hurgaba en mi cartera para pagar lo referente a mi taza de té, inesperadamente la diva le armó un escándalo al sujeto de la carriola.

–¿Ya conseguiste trabajo o sigues esperando que yo lo pague todo?
–Mierda, ¿no te cansas de ponerme en ridículo con la gente?
–¿Ridículo? ¿No me digas que aún tienes noción de lo que eso significa?

Los gritos eran tan desagradables que ni siquiera me enteré de la hora en que se habían largado los chicos. El crío de la carriola comenzó a berrear.

–Oigan, yo tengo que… –mi voz sonó tan débil que ni siquiera yo la escuché.
–Ya me tienes harta, carajo, siempre escudándote en estupideces. Y quita tus asquerosas manos de la carriola de mi hijo, ¿a dónde demonios lo llevas?
–Eres una vieja de mierda, con un aliento asqueroso que ya no soporto.
–Maldito seas, ¡te voy a sacar esos ojos! ¡Ven acá, cobarde!

Todo sucedió en un parpadeo. Yo estaba sentado con la mano aún en la cartera. En la mesa apareció mágicamente la cuenta y un corpulento mesero que me veía sin pizca de misericordia. Sabía que la cifra excedía con mucho lo que yo traía, así que mi cerebro comenzó a trabajar como nunca para salvarme el pellejo: de inmediato me percaté de que cruzando la calle había un banco.

–Mira, te dejo lo que traigo –dije con tono lo más indiferente posible, aunque fui capaz de notar un ligero temblor en mi voz– y voy al cajero de aquí enfrente por el resto.
–No se preocupe, aquí aceptamos tarjeta –dijo el mesero sin dejar de mirarme un solo instante.
–Lo que pasa es que necesito efectivo para otras cosas.

No le quedó alternativa. Así que salió del café para echarme el ojo. Nos separaban unos veinte pasos. Comencé a hurgar en mi cartera como si buscara algo, una tarjeta bancaria quizá. Y entonces eché a correr como nunca, con un ansia desbocada, vesánica, como si de eso dependiera mi vida. Corrí y corrí y corrí. Como nunca. Al principio escuché con toda claridad un “¡Hijo de toda su reputa madre! ¡Agárrenlo, que es ratero!” aunado a diversas exclamaciones y pasos apresurados que supuse iban en pos de mí, pero tras varias cuadras en las que fui callejoneando, ya sólo escuchaba mis propias zancadas, mi respiración, un zumbido agudo en mi cabeza. Cuando finalmente me detuve en la tranquilidad de un parque, con la lengua y la garganta resecas, y unas feroces ganas de caer desmayado o vomitar, me quedé pensando en que nunca he logrado sentirme a gusto con las divas…

jueves, 21 de octubre de 2010

Dos noches


Hace apenas una semana me sucedió algo inesperado: durante dos noches seguidas, me acosté con la misma sensación epifánica atorada en la garganta, de esas que si te descuidas de inmediato te arrastrarán a las lágrimas. Lo curioso es que la sensación me dejó un par de sueños que me hicieron despertar y regresar a ellos una y otra vez, tal como las moscas que chocan en los cristales:

1

El escenario era magnífico: al parecer yo vivía en una inmensa casona de arquitectura de inicios del siglo XX, con enredaderas subiendo por diversos muros, en especial en aquellos que convivían cotidianamente con las sombras. Era un día lleno de un sol poderoso, aunque ya algo maduro, como el que suele colgarse en el cielo por allí de las 3 de la tarde en estas latitudes. En cierto momento apareció S. en la puerta de entrada, con esa mirada llena de mar que siempre me produjo un vértigo abrasador. Sonreía sin sarcasmo, como si buscara olvidar viejos e inútiles tragos amargos. Entró a la habitación en la que yo estaba y sin decir palabra nos pusimos a mirar el magnífico día que se dibujaba en la ventana. Era demasiado atrayente como para permanecer dentro de la casona, así que salimos a caminar al jardín. Sin embargo, decir jardín es algo bastante inexacto, porque aquel terreno abarcaba varias colinas sumamente asoleadas, algunas de las cuales estaban en barbecho, como si alguien las hubiera preparado para la siembra. Por doquier había tubérculos extraños, los cuales tenían el aspecto de haber sido arrancados recientemente. S. cogió una de aquellas raíces y me preguntó dulcemente por su nombre, a sabiendas quizás de mi afición por las plantas. “Oh, son sólo mandrágoras”, dije, y enseguida desperté con una sensación etérea…

2

Vagabundeaba por algún lugar de la ciudad. Estaba a la búsqueda de algo, como si tuviera que hacer un ajuste de cuentas. Pasado un rato encontré un edificio que parecía haber sido construido por un niño. Gigantescos dados y barras de colores conformaban los distintos niveles y habitaciones. Entré. En la recepción, un hombre cuya barba le escondía el cuello, custodiaba el acceso a los pisos superiores. Era más bien bajo de estatura, pero tenía cierto aire de ferocidad agazapada. Con voz lóbrega me preguntó mi nombre, y como de pasada me advirtió que tenía instrucciones de no dejar pasar a cierta gente non grata para S. Mientras él revisaba lentamente una lista, tuve una oleada de angustia, pero al final me dejó pasar. Comencé a subir, nivel tras nivel, y aquello parecía un enorme caos que, sin embargo, guardaba una misteriosa lógica. Y aunque subía y subía, no lo hacía sobre escaleras, sino trepando por enormes bloques de colores, lo que me implicaba grandes esfuerzos. Además, en cada nivel había gente ocupada en jugar con una seriedad asombrosa. Nadie parecía notar que yo subía y subía. Y así fue que llegué a los niveles más altos, en donde al fin apareció S. Su aspecto era fantástico: la mirada de mar, el vértigo abrasador; no tenía cabello, pero en su cráneo tenía incrustadas diversas clases de piedras preciosas, de las cuales emanaba un brillo violeta. Tampoco tenía ropa común, sino que su piel parecía al mismo tiempo un maravilloso atuendo con diversas tonalidades. Su mirada sonrió aún más que sus labios cuando me vio, y entonces entablamos un diálogo que ya no logro recordar. Al final, con una desfachatez deliciosa, me pidió que la esperara mientras ella iba a orinar. Y a pesar de que efectuó dicha operación prácticamente ante mi presencia, algo distinto atrajo aún más mi atención: noté, con un nudo en la garganta, que allí cerca había dos enormes ventanales en los que se podía comprobar la altura a la que estábamos. En el de la derecha se veía la ciudad, estirada hasta una montaña lejanísima e invadida por las sombras del crepúsculo, al mirar hacia abajo se distinguían ráfagas de viento moviéndose como olas; en el de la izquierda, un sol rojo, a punto de besar el horizonte, colmaba de danzarines reflejos las aguas de un mar sereno…

miércoles, 22 de abril de 2009

Te dejo una botella en el mar


Es muy ingenuo creer que llegarás aquí por azar o equivocación, eso lo sé. Pero ahí está una pequeña esperanza, echada a navegar como se hace con las botellas que se arrojan al mar, las cuales llevan en sus entrañas enigmáticos mensajes que sólo la persona adecuada sería capaz de comprender. Y es que desde aquellos pocos momentos en que compartimos unas cuantas frases, cuando las horas huían como aves asustadas, acaso sabedoras de que serían irrepetibles, hubiera querido mostrarte el fondo de mí mismo, desgarrar esta cáscara irreverente que utilizo para revolcarme en la realidad y dedicarme a investigar si ya nos habíamos encontrado en otro tiempo o en otro espacio. Porque siempre tuve esa sensación cuando me dejaba invadir por tu voz: la certeza de que esos encuentros (y también los posteriores, risibles, desencuentros) trazaban alguna palabra o imagen que no podríamos aprehender en ese instante, pero que, en otro tiempo, no sé si lejano o cercano, sería motivo de evocaciones placenteras y minuciosas. Notarás que me acomete un poco la melancolía, y es también porque el número que alcanzas se parece a la sustancia del año en que se enredaron los colores tan distintos de nuestras miradas, aquella tarde en la que te obsequié un laberinto a cambio del inesperado roce de tus labios en mi piel. O acaso mis recuerdos se han desfasado ligeramente y en realidad es el número que acabas de abandonar. No lo sé, cada vez recuerdo menos cosas de ti. Sólo permanecen algunos elementos que aún me acechan cuando me interno en el follaje de ciertos sueños. Por supuesto, no podría enumerarlos sin desbarrancarme en enojosos lugares comunes. En fin, seguramente y a pesar de mí mismo, seguiré desperdiciando cápsulas de tiempo en la creación de posibilidades estériles, en jugar al demiurgo con los torpes ingredientes que aún es capaz de suministrarme la memoria. Y así hasta saber si troverai veramente a l’uomo…

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La hoguera y las hormigas



Sigo inmerso en las pesadillas provocadas por el hombre contra sí mismo.
En la entrada anterior hablé del desconcierto de Sin destino, de la grotesca felicidad que experimenta el protagonista cuando evoca esos tiempos en los lagers alemanes. Y de pronto veo que esas vivencias se despliegan en ramificaciones aún más complejas: el exilio, la pérdida de la identidad, el regreso, etc.
A propósito de lo anterior, encontré por estos días una pequeña historia que, a pesar de su aparente simplicidad, tiene el vertiginoso nivel de una alegoría y además podría servir como introducción a los archipiélagos de Solschenitzin, otro cronista del infierno:

La hoguera y las hormigas [1]

Eché al fuego un trozo de madera podrida, sin darme cuenta de que estaba enteramente poblado de hormigas.
La madera empezó a crujir, salieron de su interior las hormigas y echaron a correr con desesperación, intentando llegar al borde de la superficie, donde se retorcían antes de quemarse entre las llamas. Empujé la madera y la alejé del fuego. Ahora pudieron salvarse muchas de las hormigas, que huyeron por la arena o sobre la pinaza. Pero, cosa extraña, no se alejaron de la hoguera. Apenas recuperadas de su espanto, volvían, daban vueltas, como si una fuerza desconocida las obligase a regresar a la patria recién abandonada, muchas de ellas volvieron al trozo de madera que aún ardía, recorrieron su superficie y allí encontraron la muerte...

[1] Alexander Solschenitzin, Por el bien de la causa, Editorial Bruguera, Barcelona, 1972, p. 202.