Hace ya varios años, una arqueóloga tica que conocí durante la realización de un importante museo en San José, Costa Rica, me salió con que me tenía una «sorpresa»: sacó un fólder de su portafolios, removió algunos papeles y entonces extrajo una fotografía impresa. Era la imagen de un clérigo decimonónico costarricense. Verla y sentir un extraño vacío estomacal fue todo en uno, sobre todo porque lo que empezó a repetir con un tono de adolescente burlona, yo lo noté casi enseguida: «¡Es tu doble, es tu doble!». Decía ella muy divertida, y ambos reímos y bromeamos lo que podría considerarse un tiempo respetable, aunque yo anhelaba cambiar de tema porque estaba teniendo una creciente sensación de malestar, una suerte de inaprensible incomodidad cada vez que mis ojos recaían en la fotografía.
Es decir, sí nos parecíamos mucho, malditamente demasiado, de hecho. Al grado de que esa sensación de incomodidad me duró varios días. ¿Por qué demonios nos parecíamos tanto? ¿Era una suerte de broma genética? ¿Un guiño malicioso de la existencia? De pronto pensé que eso de tener un doble, o al menos gente muy parecida a uno, quizás era más natural de lo que nos gusta creer, siempre adoctrinados por la vieja creencia que tanto ha explotado la publicidad capitalista, aquello de que somos «únicos e irrepetibles». ¿O acaso era que en el mundo sólo hay una cantidad finita de apariencias en el ser humano, y cada tanto deben ser retomadas aleatoriamente en los nuevos seres que habrán de nacer por todo el planeta? Eso en el caso de que sólo tengamos un doble, porque también podría ocurrir que exista un puñado de gente que tiene nuestros mismos rasgos y una vida inimaginable para nosotros, sin importar que dichos individuos hayan vivido en diferentes épocas, como en el caso del clérigo, que vivió prácticamente cien años antes de que yo naciera.
Y ya que estaba en esas, recordé que una noche ubicada muchos años antes de aquel episodio con la arqueóloga tica, mientras jugaba a la ouija con un grupo de amigos entre cerveza y porros, se me ocurrió preguntarle al supuesto espíritu que nos respondía si yo había tenido alguna vida previa (y por «yo», me refiero a eso que nos hace ser nosotros mismos, más que a la apariencia que pudiéramos tener), y para mi sorpresa, me respondió que yo había sido una mujer en la Palestina del siglo XIII, es decir, en los revueltos años de la última Cruzada. La respuesta era demasiado compleja para que pudieran haberla inventado mis amigos, quienes apenas habían abandonado la adolescencia o al menos estaban por hacerlo, así que me perturbó de igual forma, o quizás aún más que haber visto el retrato del clérigo costarricense, sobre todo por la imposibilidad tanto de averiguar más al respecto, como de olvidar fácilmente una idea tan inesperada.
Estoy seguro de que este par de anécdotas darían suficiente material para escribir relatos al estilo de Papini (o Borges por extensión), pero más allá de eso, lo que me sigue intrigando es el hecho mismo de la repetición, de lo cíclico… es decir, ¿la apariencia de una persona es proclive a reciclajes, lo mismo que su alma? El budismo y el hinduismo dirían que sí sin dudarlo, y no sólo eso, sino que agregarían causas y efectos de índole moral, lo cual complicaría aún más las posibles razones para que tales reciclajes se efectúen en esa hipotética maquinaria espiritual. Así que me quedaré hasta aquí, luego de haber liberado ante ustedes, buenas gentes, mi enigmático malestar. Y que cada quien piense lo que quiera de los seres que, en algún lugar del planeta, ostentan sus rasgos para bien o para mal. De todas maneras, uno nunca estará seguro de si es el original (aunque nos guste pensar que sí), o si es apenas un paso más —casi seguramente fallido— en el proceso de perfeccionamiento de unos rasgos que habrán de continuar con sus repeticiones mientras los seres humanos nos sigamos reproduciendo.
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viernes, 5 de abril de 2019
sábado, 2 de mayo de 2015
La maldad de la tierra
Una de las explicaciones más desconcertantes que he encontrado acerca del origen de la maldad que aqueja a los seres humanos está en el Libro de las Maravillas, de Marco Polo. Allí se habla de cómo el rey de Cherman hace una prueba que hoy podría ser estudiada desde la filosofía, la moral, la geopolítica e incluso la química. Pero más allá de la veracidad científica o moral de semejante afirmación, me interesan las posibilidades que se vislumbran en caso de que todo fuera cierto: si acaso el origen de nuestra maldad estuviera dramáticamente ligado a la tierra por la que discurrimos día con día…
«Os contaré cierta prueba que hicieron en el reino de Cherman. El pueblo de Cherman es bueno, humilde y pacífico, y se ayudan unos a otros cuanto pueden. Por lo cual el rey de Cherman dijo a los magistrados que estaban en su presencia:
»—Señores, me asombro mucho de no saber la razón de todo esto; en los reinos de Persia que están cerca del nuestro hay gentes tan malvadas y malhechoras que siempre se matan entre sí, mientras que entre nosotros, que somos como quien dice de ellos, casi nunca ocurre agravio ni crimen.
»Y los magistrados respondieron que la razón se encontraba en el suelo mismo. Entonces el rey envía a distintas partes de Persia y sobre todo al reino de Ispahán citado anteriormente, cuyos habitantes sobrepasan a los demás en toda clase de fechorías, y allí, siguiendo el consejo de sus magistrados, hace cargar de tierra siete naves y traerlas a su reino. Una vez que la trajeron, la hizo desparramar por ciertos mercados como si fuera pez, y luego mandó extender tapices encima para que no se ensuciasen quienes la pisaran, tan delicadas eran sus costumbres. Y cuando ocuparon su sitio en aquellos mercados para comer, inmediatamente después de la comida empezaron a reñir unos con otros con palabras y gestos insultantes y a herirse mutuamente. Entonces dijo el rey que la tierra era realmente la causa.»*
______________
*Marco Polo, Libro de las Maravillas, Ediciones Bailén, Bercelona, 1997. pp. 79-80
Imagen tomada de aquí
domingo, 15 de marzo de 2015
El olor y la verdad
Pensaba en los olores, en su importancia no sólo en la vida cotidiana, sino especialmente en las horas del amor. ¿Realmente podemos compartir la cama con cualquier persona sólo azuzados por el deseo? A muchos les gusta creer que sí (sobre todo si son hombres), que apenas es necesario sentir alguna excitación corporal —sí, justamente ésa—, y que el resto vendrá como una consecuencia natural de un cuerpo que a primera vista nos resulte apetecible. Sin embargo, luego de hacer un rápido recuento de mis propias experiencias, me doy cuenta de que, al menos en mi caso, eso es falso, o por lo menos no es del todo cierto. La fragancia natural de una mujer —y aquí me refiero a ese olor característico de cada persona, ése que sobresale sin importar la cantidad de perfume que se le eche encima— puede ser tan importante para mi mecánica del deseo que, si por desgracia no me resulta del todo apetecible, o incluso me choca, lo más seguro es que ese minúsculo aunque fundamental detalle amargue toda la experiencia que está por venir o que incluso la interrumpa enmascarado tras uno o más pretextos.
Y entonces vienen los problemas de índole existencial, porque, ¿cómo decirle a una mujer, sin herirla, que su olor no me resulta agradable para un acoplamiento sexual? ¿Cómo explicarle que, aunque su cuerpo bien pudiera ser voluptuosamente soberbio, su olor no me dejará en la memoria más que los posos de una mísera tristeza o de un irremediable desamparo? ¿Es lícito decirlo como quien habla de por qué ama u odia los días nublados?
En cambio, un aroma que se conjuga mágicamente con el mío siempre me dejará con hambre de más, y si por alguna razón no consigo disfrutarlo, se convertirá —por desgracia ya me ha pasado— en el centro de un vacío que se me anidará en el alma, igual que un parásito. Los más profundos enamoramientos que he tenido en mi vida se han debido, más que a los efectos visuales de una beldad sin parangón, a un aroma que me resulta inolvidable, algo que, pese a ser desconocido con anterioridad, se vuelve anhelado casi en cuanto lo percibo. Como si el olor fuera una suerte de lenguaje subterráneo y fundamental que transita entre las miradas y las palabras, una frase emanada del cuerpo que sólo podrá ser «escuchada» por una nariz sensible a sus mensajes…
Estoy consciente de que este fenómeno que describo seguramente ha sucedido y seguirá sucediendo en sentido inverso, cuando alguien se topa con las frases que despide mi cuerpo en forma de olor. ¿Cuántos de esos rechazos que siempre me parecieron inexplicables habrán tenido su origen en la incompatibilidad que alguna mujer sintió con mi olor, y que, como suele suceder, no pudo expresar más que con un descorazonador “te quiero como amigo”? Al final, tras releer estas líneas, me doy cuenta de que no soy más que un sentimental que, de una u otra manera, busca explicaciones que hagan más llevaderos esos episodios —quizás «espinas» sería un término más adecuado— que se le han clavado en diversos momentos de su vida.
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miércoles, 21 de enero de 2015
La manzana de Newton
La anécdota —extraída de las notas de 1727 de John Conduitt, quien fuera ayudante de Isaac Newton, y más recientemente también encontrada como una alusión en un manuscrito de aquellas épocas del físico William Stickley— asegura que una tarde, mientras Isaac Newton dormitaba recargado en el tronco de un árbol, una manzana supuestamente habría caído en su cabeza, y él, poseedor de una mente sin par, habría intuido el misterioso mecanismo que opera en la atracción gravitatoria mediante ese golpecillo inesperado. La escena, un tanto ñoña, si bien no del todo carente de encanto, es reinterpretada de una manera sorprendente por Danilo Kiš en un fragmento de El reloj de arena (Peščanik), novela de 1972 que, aunque mantiene el ambiente bucólico de la anécdota, agrega un elemento que muy pocos admitirían como fuente de inspiración, o más aún, como detonante epifánico para el entendimiento de una ley universal:
«Me inclino a pensar que Newton descubrió la ley de la gravitación universal gracias a los excrementos: de cuclillas en la hierba, debajo de un manzano, al anochecer, cuando las primeras estrellas se iluminan, ocultándolo la penumbra de los ojos indiscretos, porque la oscuridad era lo bastante espesa como para esconderlo, las estrellas no lo bastante brillantes para alumbrarlo, y la luna todavía estaba detrás del horizonte; así que en este momento de silencio, cuando croan las primeras ranas y se despiertan los intestinos perezosos por la emoción lírica que provoca la belleza del paisaje y de la creación divina, porque el nervio simpático transmite las emociones intelectuales a los intestinos e influye sobre el funcionamiento del metabolismo, en medio de todas estas emociones, Newton, al intuir la revelación de esta ley tan sencilla, pero fundamental para el futuro de la ciencia, acuclillado aún bajo el manzano y sumido en la contemplación de las estrellas (las manzanas no se veían en absoluto en la oscuridad, porque no había manzanas, sino que del árbol colgaban estrellas, pues las manzanas ya habían sido recogidas dos días antes bajo su propia vigilancia, y no había, por tanto, ningún peligro de que alguna pudiera caerle en la cabeza mientras estaba de cuclillas bajo este nuevo árbol de la ciencia; de lo contrario, no se hubiera acuclillado debajo de él, sino que hubiese buscado un lugar más seguro), Newton, pues, sintió sus heces deslizar por sus intestinos removidos, fácilmente y sin esfuerzo, a pesar de una constipación crónica que no era sino consecuencia de haber estado largo tiempo sentado ante los libros; y al mismo tiempo que se sintió feliz por este descubrimiento que de repente iluminó su mente, es decir, que la fuerza de gravedad terrestre confiere a todos los cuerpos la misma aceleración de 981 cm/s2, incluso a la mierda, y que esta atracción disminuye proporcionalmente al cuadrado de la distancia del cuerpo al centro de la Tierra, al mismo tiempo que tomó conciencia de la importancia de este descubrimiento, segundo de una nueva evacuación de sus intestinos, tuvo un pensamiento terriblemente humillante: que esta ley tan importante y de tanto alcance para el futuro de la humanidad la había descubierto gracias a la caída libre de sus propios excrementos, acuclillado, al anochecer, debajo de un manzano… No cabe duda de que la conciencia de ello le hizo subir los colores a la cara y preguntarse si iba a revelarle a la humanidad su descubrimiento, tan humillante en su esencia, en el que, al parecer, estaba implicado el propio diablo. Pero, todavía de cuclillas bajo el manzano de la ciencia, otra vez constipado, Newton concibió su gran mentira histórica y trocó su mierda por una manzana, y de este modo la humanidad nunca supo la auténtica verdad y le atribuyó a la manzana el mérito de este descubrimiento, porque ésta ya tenía su pedigrí edénico y también su pasado mítico desde la elección de Paris, y no resultaba, pues, desconocida, lo que el propio Newton ignoraba. Es así como desde este día las manzanas caen siguiendo una nueva ley, la Ley de Newton, mientras que la mierda sigue arrojándose en el mayor de los anonimatos, fuera de la ley, por así decirlo, ¡incluso como si las leyes gravitacionales y de la aceleración de 981 cm/s2 no le concernieran!»
martes, 9 de diciembre de 2014
Soñar la catástrofe
Digamos que una especie de apocalipsis estaba a tiro de piedra. Si uno dirigía los ojos a ese cielo nocturno que nos cubría igual que una cobija, en ese lugar en donde tendría que aparecer el conocido rostro de la Luna se veía apenas una nubecilla blanca, como si la pobre se hubiera hecho polvo mientras la atención de todos estaba centrada en algún otro asunto de dudosa importancia. Era una situación preocupante, claro, en particular si pensamos que la Luna siempre nos ha acompañado durante esta trágica aventura que llamamos, no sin modestia, «era humana»; pero al mismo tiempo se sentía como algo que, aunque cataclísmico, podía ser perfectamente olvidable. Sin embargo, en cuanto me percataba de la ausencia del satélite terrestre, un acontecimiento aún más extraño tomaba forma en aquel momento preñado de acontecimientos extravagantes: también Júpiter y Saturno habían abandonado su lugar entre los cuerpos celestes y en su lugar habían dejado una nubecilla de polvo blanquecino apenas perceptible... ¿Qué estaba ocurriendo? La pregunta, que bajo cualquier otro contexto sería dramática y, por decirlo así, «llena de fatalidad», en aquel instante no pasaba de ser una curiosidad remota, ajena, como si fuera algo que, aunque nos incumbía de manera inevitable, se tratara también de un asunto que podía posponerse entre un cúmulo de otros mucho más urgentes. Así se desbarataban los cielos cuando de pronto me percaté de que estaba con ella en la parte trasera de una pick-up, observando esa cadenilla de desgracias como si contempláramos la belleza de la vida. Estábamos sentados en esas protuberancias metálicas que indican la presencia de las llantas traseras del vehículo y charlábamos, en medio de esa noche lejanamente aciaga, acerca de cosas que en este momento no logro recordar, sobre todo porque un detalle peculiar en su rostro acaparó toda mi atención: tenía un ojo azul y el otro verde, lo cual me recordó un tanto a esas lagunas que pueden verse en la frontera oriental de Chiapas, y además parpadeaba a velocidades distintas con cada ojo. Y mi mirada, como una cámara de cine que emprende un significativo acercamiento, luego de examinar "de pasada" la pupila glauca, empezó a adentrarse vertiginosamente en la profundidad oceánica de su ojo azul... Entonces desperté, de golpe, por supuesto, y una sensación de enigma insoluble me dio vueltas en la cabeza durante todo el día...
sábado, 7 de junio de 2014
Cómo odiar la literatura en unos cuantos pasos
¿Es usted profesor de letras? ¿Cada tanto imparte talleres de lectura pensando que hace un bien, no sólo a la comunidad, sino a todo el género humano? Pues bien, aquí le ofrecemos un breve tutorial para que todos aquellos que lo rodean, o que se acercan a usted en busca de recomendaciones, detesten la literatura de una vez y para siempre. Lo primero que necesita es presentarse a sí mismo como una autoridad incuestionable en la materia. Una actitud solemne siempre será adecuada para llevar su imagen a alturas insospechadas. Si quiere resultados inmediatos, puede conseguir una de esas pipas que sólo los grandes ostentan y llenarla de tabaco barato, así, cuando expulse el humo sobre el rostro de quienes se le acerquen en busca de consejo, estos toserán y llenarán sus ojos de preciosas e inefables lágrimas. Jamás ría ante los comentarios de ningún lector, por más ingeniosos o lumínicos que sean, y trate de hacer ver que la literatura es lo más serio que existe en este planeta. Un puñetazo en la mesa cuando nadie lo espere siempre reforzará la idea de que usted «tiene el poder». Pero también puede toser –no se preocupe: el tabaco barato ayudará– hasta que consiga tragarse un enorme y viscoso gargajo: se sorprenderá del efecto que eso causa en sus discípulos. Es indispensable que haga de la lectura algo obligatorio: es sabido desde tiempos inmemoriales que las obligaciones siempre predisponen de forma negativa a quien sea. Y por supuesto, entre más presuntuosa sea su autoridad, mejor. Así, los libros que recomiende deberán ser tortuosos, interminables, llenos de palabras anacrónicas que exigirán al lector estar consultando diccionarios o enciclopedias cada dos o tres frases. Si se quieren resultados inmediatos, se puede proponer el análisis comparado entre el Ulises de Joyce y La Odisea de Homero. Pero también puede enfocarse en majestuosos experimentos formales, como Esplendor de Portugal de Lobo Antunes, La ratesa de Günter Grass o incluso El libro de Manuel de Julio Cortázar. O mejor aún: puede requerir una exégesis historiográfica de El Quijote, con la condición de que sea realizada en apenas un par de semanas. El método está más que comprobado: nunca falla.
miércoles, 7 de mayo de 2014
En busca de la gloria
En El desierto de los tártaros, Dino Buzzati pone el dedo en una de las llagas más dolorosas e inconfesables de los seres humanos: la sospecha, casi siempre equivocada, de que un gran destino nos aguarda. Y es que, seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántas veces hemos imaginado que la gloria habrá de llegar tarde o temprano a nosotros? No sabemos cómo ni cuándo, pero en nuestro imaginario suponemos que no tiene más remedio que llegar (lo cual es una curiosa coincidencia con otra espera simbólica, como lo es el Día del Juicio) y entonces sí, aquellos que osaron desconfiar de nuestras capacidades o que en cierto momento se mofaron de ellas, obtendrán su merecido, quedarán deslumbrados ante ese fulgor que sólo la gloria es capaz de proporcionar. Sin embargo, además de ser «dulce», la gloria es un bien escaso, y no alcanzaría para todos los que están ávidos de ella. Esto, como es fácil de deducir, ha producido hondas e innumerables frustraciones en todas las edades humanas. La infelicidad (ésa sí abundante en toda la corteza terrestre), germinada de la envidia o de la frustración, de los sueños inalcanzables o de los deseos basados en cosas abstractas como el dinero, acecha en cada rincón de la existencia. Y lamento decirlo, pero es casi imposible librarse de ella en un mundo estructurado a partir de necesidades y satisfacciones efímeras.
Pero eso no es lo malo de todo este asunto. Lo que de verdad puede ser dramático es que a veces nos llega esa iluminación acerca de las vanas esperanzas de la gloria cuando ya no hay remedio, cuando los mejores años han pasado casi sin darnos cuenta y entonces vemos que nuestra vida se ha ido por la coladera de una espera absurda, a la que además le hemos consagrado cantidades industriales de ilusiones. En la novela de Buzzati, Giovanni Drogo perderá tres décadas creyendo vislumbrar en el horizonte, a tiro de piedra, ese futuro heroico con el que tanto soñaba. Cuando Drogo se da cuenta de la insensatez de su espera ya es demasiado tarde: su cuerpo está acorralado por una enfermedad que lo llevará a las puertas de la muerte. De nada le habrá servido el derroche de años transcurridos en imaginar cómo sería el momento de cubrirse de gloria, en aguardar a que el destino toque a la puerta, en vez de adentrarse en el presente y tratar de comprender, al menos un poco, lo que existe en derredor. La dolorosa toma de conciencia de la futilidad de la vida, sobre todo cuando la certeza de la muerte comienza a deambular con insistencia en el silencioso pero a la vez expresivo lenguaje de su propio cuerpo… No sé, el texto me dejó con la sensación de que la paradoja más cruel ante el ansia de gloria es precisamente un destino de vida minúscula, ser un puntito insignificante entre la masa de la gente común y corriente… como seguramente nos tocará en suerte a la gran mayoría de nosotros. Así que piénsenlo: ya no es tan difícil adivinar por qué hay tanta amargura por doquier y, sobre todo, por qué siempre se espera que el triunfador caiga y regrese al anonimato de la masa, del que nunca debió salir por ir tras algo tan sublime e inútil como la gloria.
lunes, 31 de marzo de 2014
Génesis de un repudio
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| Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón |
Las facciones revolucionarias que más tarde formarían el PNR (Partido Nacional Revolucionario), el cual a su vez devendría en el famosísimo PRI (Partido Revolucionario Institucional), nunca pensaron que la gestación de ese partido que las agruparía a todas, pese a sus casi irreconciliables diferencias, tendría un mal signo desde antes de su gestación: en una encuesta de opinión que elaboró el periódico El Universal, publicada el 10 de julio de 1922, se arrojaron los siguientes e inesperados resultados: 142,872 lectores manifestaron que preferían al semidesconocido empresario Carlos B. Zetina para que ocupara el cargo de presidente de México; 139,965 lectores se inclinaron por el general Adolfo de la Huerta (que ya había sido presidente provisional del país, tras el asesinato de Carranza, y que más tarde se levantaría en armas contra el dúo sonorense Obregón-Calles); 84,129 votos fueron para el general Plutarco Elías Calles, y 72,854 votos para el general Francisco Villa, que sería significativamente asesinado un año después.
El repudio a los “héroes” de la revolución no era gratuito: durante más de una década el país se había empantanado en una violencia que parecía no tener fin. Tras la revolución maderista y su desastroso final, la usurpación de Victoriano Huerta y la guerra civil entre contitucionalistas y convencionistas, la gente común y corriente optaba por la “paz” y el desarrollo que podrían provenir de un empresario civil. Sin embargo, conocemos la historia: tras el fracaso del pronunciamiento de De la Huerta, el general Calles (el tercer lugar en la preferencia de la gente) tomó el poder sin importar la opinión pública y, apadrinado por Álvaro Obregón –que buscaría reelegirse en 1928 con fatales consecuencias–, sembró las semillas de lo que sería el PRI con un estilo no muy lejano del fascismo europeo.
Y aunque en las décadas que conforman la historia del PRI no todo es oscuridad (son notables los ejemplos de Lázaro Cárdenas y Adolfo Ruiz Cortines, este último iniciador de lo que se conocería como “el milagro mexicano”), sí llama la atención que, desde su propia génesis, haya estado marcado por la absoluta sordera ante la voz popular.
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jueves, 13 de marzo de 2014
Los libros no fallan
Los libros no fallan. No me refiero a uno en particular, mucho menos a esos autores que suelen considerarse favoritos. No. Me refiero a los libros como quien se refiere a los árboles, los cielos o las estrellas, en especial por esa maravillosa facultad que tienen para diluir la soledad, o en todo caso para hacerla más “poética”, para convertirnos, mediante un movimiento alquímico, en uno de los personajes que los pueblan. Pero no sólo diluyen la soledad, además son capaces de dar rasgos épicos a la vivencia más anodina gracias a que muchos nos damos cuenta de que cualquier cosa es proclive de ser narrada, con mayor o menor fortuna, dependiendo del estilo que logre desarrollar cada escritor, pero al final las vivencias personales son las que estructuran eso que se llama literatura. Esa experiencia que te hizo rabiar como un demente o que te hundió en la más negra depresión o que te elevó hasta las cumbres más dulzonas de la felicidad, créeme, puede ser el hilo conductor de una o muchas historias. No, los libros no fallan, incluso cuando por accidente nos vemos atrapados en las viscosas páginas de uno malo. Y es que a veces los libros malos nos colocan en predicamentos que no son fáciles de sortear. Las ganas de arrojarlos muy, muy lejos, y la imposibilidad (o necedad) que tenemos muchos para llevarlo a cabo. Superar ese obstáculo a mí me hace, al menos ante mis propios ojos, una especie de héroe romántico. Como si dijéramos que al terminar un libro malo algún poder supremo me autoriza para hacerlo trizas o tundirlo con todo el peso de mi sarcasmo, precisamente por haber logrado leer hasta la última de sus páginas, de sus escalofriantes frases… Y si además pensamos que todas las situaciones dramáticas por las que puede atravesar la humanidad existen ya en los libros, descubriremos que en realidad ya todo estaba escrito, incluso aquello que más nos hará sufrir y gozar en esta vida. No, buenas gentes, los libros no fallan. Eso nos lo dejan a nosotros, que rara vez somos capaces ver las cosas con una mirada carente de sentimentalismos. Y por ello lo mejor que podemos hacer es leer, leer y leer. Hasta que esas historias colectivas nos hablen de nuestras propias miserias y alegrías, o bien, hasta comprobar por nosotros mismos que no, que los libros no fallan…
miércoles, 12 de febrero de 2014
Dos instantáneas de Walter Benjamin sobre el «flâneur»
Libro de los Pasajes de Walter Benjamin, página 422. Me encuentro con estos dos fragmentos a propósito del vagabundeo. Disfrútenlos:
«La calle conduce al flâneur a un tiempo desaparecido. Para él, todas las calles descienden, si no hasta las madres, en todo caso sí hasta un pasado que puede ser tanto más fascinante cuanto que no es su propio pasado privado. Con todo, la calle sigue siendo siempre el tiempo de una infancia. Pero ¿por qué la de su vida vivida? En el asfalto por el que camina, sus pasos despiertan una asombrosa resonancia. La luz de gas, que desciende iluminando las losetas, arroja una luz ambigua sobre este doble suelo».
[M 1, 2]
«La embriaguez se apodera de quien ha caminado largo tiempo por las calles sin ninguna meta. Su marcha gana con cada paso una violencia creciente; la tentación que suponen tiendas, bares y mujeres sonrientes disminuye cada vez más, volviéndose irresistible el magnetismo de la próxima esquina, de una masa de follaje a lo lejos, del nombre de una calle. Entonces llega el hambre. Él no quiere saber nada de los cientos de posibilidades que hay para calmarla. Como un animal ascético, deambula por barrios desconocidos hasta que, totalmente exhausto, se derrumba en su cuarto, que le recibe fríamente en medio de su extrañeza».
[M 1, 3]
viernes, 31 de enero de 2014
Pereza
Pensaba en la pereza. Esa regordeta y soñolienta actitud que me hace evitar los esfuerzos, sortearlos mientras permanezco en la seguridad de un sillón, acaso adormilando mi cerebro con alguna baratija televisiva, o entre los pliegues que forman las cobijas de mi cama. La posición supina y la manera en que a veces me entrego a la inactividad, bien sea a través de la contemplación obcecada y meticulosa de grietas en los techos, de manchas en las paredes, de los patrones en la diminuta textura de mis manos, o bien con la finalidad de perderme entre los múltiples sonidos que pueblan el día a día de una ciudad como ésta. Todo siempre realizado en aparente calma, como si nada importara demasiado, como si la vida me pudiera esperar hasta que me dé la gana (si es que eso sucede) para levantarme y decidirme a actuar más pragmáticamente. Holgazanear sin remilgos y sin remordimientos, devorando los minutos que se convierten en horas y quizás hasta en días enteros… Pero, ¡ah, cuidado! El abuso de la pereza esconde trampas terribles, porque en ellas subyace la inercia del aburrimiento, ese estado espiritual que los antiguos asociaban con lo diabólico, con la imaginación estéril e infructuosa de cuyas ramas cuelgan redondos y lozanos los vicios. Nada más sórdido que una idea nacida de un océano de pereza. Nada más vano. Y si no me creen inténtenlo: durante dos o más días observen la misma grieta en el techo, hagan teorías acerca de sus posibles significados, elaboren juegos simbólicos de acuerdo a la dirección que señale, o incluso, hagan el ejercicio de entregarse a la pereza teniendo una finalidad moralmente “superior”, igual que el joven que intenta desenmascarar al mundo usando la holgazanería como su principal arma en Un hombre que duerme, de Perec; o quizás esperando que todos los problemas se resuelvan mágicamente, como ocurre en Oblómov, de Goncharov. Así verán que una infinidad de locuras brotarán como géiseres de su mente, imágenes que nada tendrán que ver con la realidad o con cosas asequibles en este mundo. Locuras de todos tipos y colores, inconfesables muchas de ellas, sobre todo si se pierden en laberintos eróticos o en idílicas representaciones de ustedes mismos… ¡Sí, buenas gentes, todos esos espejismos fulgurantes y huecos serán obra de su propia pereza!
domingo, 5 de enero de 2014
Necedad
A veces a mí mismo me sorprende mi necedad. Ignoro si es una virtud o un defecto –supongo que depende de las circunstancias–, pero lo cierto es que me acompaña siempre, a todas partes, en todo momento. Cuando, por ejemplo, estoy en compañía de amigos y de litros de cerveza, mi necedad se vuelve una carga difícil de sobrellevar, sobre todo si alguien aborda un tema que, por casualidad, he tratado de cerca. Si entonces esa persona se pone a decir sandeces o lugares comunes, algo sucede en mí, como si se activara una especie de sensor. Me revuelvo en mi silla, espero a que termine de hablar (aunque también es cierto que a veces interrumpo dando grandes voces, como todo un imbécil) y entonces lo abrumo con una mezcla de conocimientos y sarcasmo, sin piedad, hasta que el pobre sella sus labios con su tarro de cerveza o con alguna palabra que ya no logro escuchar, o de plano me da por mi lado con gesto de fastidio. Por supuesto, cuanto más alcohol fluye por mis venas, la necedad se vuelve cada vez más protagónica, hasta que finalmente siento a lo lejos algo que se acerca con inexorable paso de tortuga: un cansancio viscoso y definitivo de toda aquella maldita situación, y entonces guardo un silencio que los demás no dudan en agradecer.
Pero la necedad también me ha hecho perseguir, hasta conseguirlos, los pocos sueños que tengo. Por ella he hecho viajes delirantes, he estudiado aquello que más me apasiona –aun cuando en un principio fuera de forma autodidacta– y me ha conducido a conquistar, a base de incansable espera, a algunas mujeres con las que experimenté todo lo que un hombre puede experimentar con una mujer. Es decir, mi naturaleza terca me impide abandonar un camino o un objetivo, por más irrealizable que parezca, incluso cuando mi razón opina lo contrario. Esa misma necedad me hace buscar, si no la perfección, algo que llegue muy cerca de ella (al menos eso creo), tanto en el trabajo como en mis proyectos personales. Es una cosa que me azuza en casi todo momento, y que los más optimistas no dudan en llamar “perseverancia”, bonita palabra que, sin embargo, esconde las tristezas que fustigan a la necedad: a pesar de los continuos y a veces humillantes fracasos, suelo empeñarme, contra toda lógica, en conseguir aquello que anhelo, y aún más: a veces tengo la inconfesable convicción de que ese algo un día habrá de venir a mí por su propio pie, debido a la cantidad de voluntad y tiempo que he invertido en conseguirlo, y entonces mis manos, como las garras de un ave rapaz, estarán listas para sujetarlo con fuerza e impedir todo intento de huida…
Estoy consciente de la vana pretensión que subyace en semejantes certezas, pero así funciono, adivinen por qué. Exacto, por pura y simple necedad.
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viernes, 29 de noviembre de 2013
El Quijote de Chihuahua
Es quizás el episodio más conocido de don Quijote de la Mancha: tras tomar las armas de caballero andante para "socorrer viudas y desfacer entuertos", encuentra rápidamente a sus primeros adversarios: un ejército de desaforados gigantes que, bajo la apariencia de molinos de viento, amenazan a la gente de bien. Él no está dispuesto a permitirlo y por eso los desafía a una fiera y desigual batalla de la que saldrá maltrecho y terriblemente apaleado, aunque con el honor intacto de quien sabe que su deber pudo haberse cumplido a cabalidad, de no haber sido por las malas artes del sabio Frestón, que tornó en molinos de viento a los horrorosos gigantes…
Este quijotesco episodio tuvo una especie de actualización a finales del siglo XIX, aunque en circunstancias del todo distintas, según lo señala Friedrich Katz en su monumental Pancho Villa: no se dio en la España del siglo XVII, ni tampoco como una nueva versión literaria de la obra mayor de Cervantes, sino que sucedió en el norte de México y, además, entre los tejidos de la realidad: en un pueblo chihuahuense llamado Tomóchic, en 1891 se dio una rebelión que causó serios dolores de cabeza al gobierno no sólo chihuahuense, sino del mismísimo Porfirio Díaz. Poco más de cien hombres pusieron en predicamentos a las fuerzas federales amparados por la fe que tenían en una jovencita que, según muchos, obraba fastuosos milagros: Teresa Urrea, mejor conocida como la Santa de Cabora, quien, junto con el propio Dios, protegería a los tomochitecos de sus enemigos. Con esa convicción y pese a una vasta inferioridad numérica, lograron rechazar a los soldados federales y ponerlos en fuga.
La cosa no le gustó nada a don Porfirio, que decidió enviar al general Cruz –un muy amigo suyo– al mando de un destacamento de caballería con el fin de aplastar la rebelión de Tomóchic antes de que contagiara otras zonas inestables del país. Sin embargo, el general Cruz vertió en su organismo el licor de incontables botellas durante el par de días que duró el traslado, de tal suerte que su cerebro comenzó a urdir una excéntrica alucinación, en la que un sembradío de maíz se transfiguró en los rebeldes habitantes de Tomóchic. Y así, con gran valentía se abalanzó contra la milpa poniendo el ejemplo ante sus hombres, tal como lo haría el más honorable de los jefes militares. Blandiendo su sable y dando mandobles a diestra y siniestra, el general Cruz logró lo que no consiguió don Quijote con los molinos de viento: acabar con el osado enemigo en poco tiempo y con harta gloria y, tras su regreso a la ciudad de Chihuahua, ensalzar su victoria a través de un informe en el que daba cuenta del éxito de su misión frente a los revoltosos.
El subsecuente ridículo que sufrió don Porfirio al enterarse, no sólo de que el general Cruz no había llegado siquiera a Tomóchic gracias a una borrachera, sino de la extravagante narración de sus aventuras a través de un informe oficial, fue tal vez lo que hizo que la masacre perpetrada contra los tomochitecos fuera tan cruel.
Pero eso pertenece ya a la jurisdicción de la historia.
Lo que a mí en verdad me preocupa es que éste sea el primer episodio conocido de una larga y malévola serie de «eventos reales» que busquen emular algunos de los pasajes más célebres de la literatura. Porque, pensemos un poco: ¿a dónde llegaríamos si a Fulanito, en medio de una beoda epifanía, se le ocurre realizar proezas que ya están escritas desde hace largos siglos en, digamos, Gargantúa y Pantagruel?
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miércoles, 4 de septiembre de 2013
Instantáneas
Rencor
Profundamente preocupado por esa bête noire de nuestra sociedad que es el rencor, y tras cavilar a conciencia en ello, llegué a la conclusión de que me resistiré lo más posible a sus encantos. Sé que no es una decisión fácil, o incluso razonable, sobre todo si se vive en un mundo como éste, donde hay tantas personas proclives a devolver desprecio a cambio de afecto o camaradería. Pero la otra perspectiva, es decir, devolver rencor a cambio de desprecio, me parece de una inutilidad proverbial. Como si dijéramos que uno quisiera llenarse de tierra los bolsillos y así juntar la suficiente cantidad para la creación de un jardín hermoso y terrible, en donde florecerían alegremente los odios que uno sea capaz de engendrar durante toda su vida.
Exotismos
Hacía ya bastante tiempo que no encontraba una muerte digna de mención en un libro. Y entonces llegué por azar a El grito silencioso de Kenzaburo Oé. Ahí, el mejor amigo de Mitsusaburo Nedokoro decide terminar con su existencia de una manera estrafalaria y acaso cargada de un inquietante significado: se ahorca desnudo, no sin antes haberse pintado el rostro de color bermellón y de haberse insertado un pepino en el ano. Pero más allá de esa mueca indescriptible que muchos de ustedes acaban de dibujar en sus rostros, me interesa lo que dice la abuela del suicida, ya que aporta una justificación casi irresistible para la exótica muerte de su nieto: «¡Todos hemos de morir! Y, dentro de cien años, ¿a quién le importará cómo has muerto? ¡Lo mejor es morirse del modo que a uno le dé la gana!».
Generosidad
Si usted, amable lector, es uno de esos pobres diablos que, al igual que yo, suele recorrer la ciudad de México valiéndose del siniestro Sistema de Transporte Colectivo, seguramente conocerá muchas de las innumerables triquiñuelas que usan los mendigos para conseguir su diario sustento. Es por eso mi deber advertirle de una nueva clase que, debido a su complejidad, se resiste a entrar fácilmente en alguna categoría establecida. Verá usted: el otro día encontré a uno que, tras vociferar religiosas sentencias acerca de los generosos de corazón, se encaraba con cada pasajero para exigirle en metálico su dosis de bondad, y si alguno, ¡ay!, se hacía el desentendido o se volteaba a otro lado o de plano se negaba, el mendigo entonces montaba en ira y le advertía agriamente acerca del infernal destino que le aguardaría a su alma por no soltarle una mísera moneda a él, un pobre necesitado, de esos que son los favoritos de Dios, con lo que al final consiguió que su vasito de plástico rebosara una nada despreciable cantidad de monedas de uno, dos, cinco y hasta diez pesos…
martes, 11 de junio de 2013
Defectos de la felicidad
Recuerdo que en una ocasión, mientras pasaba mecánicamente los canales del televisor en espera de algo interesante, caí en un programa estadounidense de viajeros que describían las zonas más turísticas de Estambul, sin profundizar en ningún aspecto social o cultural de tan antigua urbe. En algún momento, uno de los conductores del programa, siempre con una cara de estar «pasándolo súper», pese a estar sólo caminando por una calle, intentó entrevistar a una mujer que pasaba por allí cerca. Le preguntó acerca de su lugar favorito en la ciudad, y la mujer, sin detener su marcha y con semblante hosco, le respondió, en perfecto inglés, que no tenía tiempo para «eso». El conductor, sin deshacer su sonrisa pero íntimamente ofendido, le exigió (un poco en broma, un poco en serio) que por lo menos sonriera porque estaba ante una cámara de televisión, a lo que la mujer, sin sonreír ni detenerse, le preguntó si en Estados Unidos la gente sonreía todo el tiempo y por cualquier estupidez, dejando a nuestro conductor azorado y con el micrófono colgándole en la mano.
Es curioso que la desafiante hosquedad, ostentada sin timidez por la mujer, fuera más honesta que la frágil felicidad que el conductor se desvivía por aparentar como resultado de una exigencia social –trato de imaginar, por otra parte, el efecto que provocaría en los espectadores un canal de televisión en el que los conductores estuvieran todo el tiempo con la cara congestionada de quienes se dedican a odiar el mundo, o por lo menos a pasarla mal–; pero la cuestión no se detiene ahí, porque si pensamos que la clave del capitalismo es que nada debe satisfacer a la sociedad, y por ende, constantemente deben creársele nuevas “necesidades” –por lo general idiotas– mediante la publicidad, entonces todos estamos condenados a buscar esos petardos de alegría que nos alejen de nuestros mayores enemigos cotidianos: la tristeza, el fastidio, los pensamientos indeseables, pero sobre todo la vejez, la cual no es más que una antesala del más terrible e irremediable de todos: la muerte.
Así que, la pregunta obligada sería: ¿realmente sirve de algo esa “felicidad” construida? ¿Es tan importante la manera en que los otros nos miran, o bien, nos juzgan, sobre todo a partir de lo que poseemos? En una sociedad como la nuestra, cuya mayor fortaleza es también su más grande debilidad, es decir, una sociedad en la que se crean innumerables “necesidades” para que el capital esté en constante flujo y podamos mantener a raya tanto al temor como a la miseria, parece que sí, que en efecto, hace falta parecer felices para estar cerca de serlo, y la manera más socorrida de lograrlo es adquiriendo cosas, muchas, todo el tiempo.
Soy consciente de que en esta vida no sólo es posible conseguir esa felicidad de cartón. Hay momentos fulgurantes e inefables que nos llenan un espacio que no siempre logramos localizar en nuestras entrañas. Sin embargo –sí, buenas gentes, siempre hay “sin embargos”, por más que pongan esa cara–, eso no quiere decir que la felicidad tendría que ser el fin último de esta existencia. Y además, de la manera en que nos la venden por todas partes, como si fuera una especie de lacayo pronto a presentarse ante nosotros y quedarse de manera indefinida a nuestro lado, hasta que podamos decir en la más avanzada vejez: “Sí, yo soy de los que consiguió sujetar por los cabellos a la felicidad”. No me gusta contradecir un lugar común que la mayoría de la gente guarda en su corazón, pero, tal como lo hace ver Solzhenitsyn en Pabellón de cáncer, ¿acaso no es feliz el criminal cuando comete una vileza de tintes exquisitos? O el animal rapaz, ¿no será feliz cuando, por ventura, logra hincar sus garras o sus colmillos en su presa…? Sí, lo sé, lo sé, con esto sólo se complican malditamente las cosas. Pero, ¿qué esperaban de mí, que les resolviera la vida en un simple post?
Por favor.
lunes, 27 de mayo de 2013
Aventuras de un ciudadano sin gloria
Aquella noche abordé un microbús con la finalidad de llegar a casa lo más pronto posible, después de un día de trabajo que se había caracterizado por el aburrimiento. El conductor, un tipo de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, traía a tal volumen su radio, que seguramente habría hecho palidecer a cualquier antro de moda. Eso fastidiaba a los pasajeros, entre ellos yo, que buscábamos a toda costa un poco, si no de paz (algo imposible de pensar en esta ciudad), por lo menos de sensatez, con lo que no tardó alguien en pedirle que, por favor, bajara un poco el volumen. El conductor echó una mirada torva por el retrovisor, se peinó el bigote con los dientes y bajó de mala gana algunos decibeles de su aparato. Sin embargo, en una muestra de sorprendente equilibrio, aumentó proporcionalmente la velocidad del desvencijado vehículo, y así pasó tan cerca de otro microbús, que más de uno creímos que allí mismo entregaríamos el alma de la peor forma posible: en un amasijo de carne y huesos sanguinolentos, esparcidos en medio del asfalto de una importante vía.
El conductor del otro microbús, por lo menos veinte años más joven y cubierto el torso con una camiseta que dejaba apreciar sus desarrollados bíceps, nos rebasó casi de inmediato, atravesó su unidad en el paso y subió para encarar al nuestro con palabras nada amables, advirtiéndole con insolencia que la próxima vez que se le ocurriera actuar como imbécil, le propinaría tal madriza que no lo reconocería su propia madre. Incluso se dio el lujo de soltarle uno de esos golpes humillantes en la mollera con la mano abierta, con lo que yo creí que comenzaría una pelea. Pero nuestro conductor, que en lugar de bíceps había desarrollado una generosa panza, asintió (o eso pareció) en silencio, mirando al frente con una concentración que habría envidiado un matemático, sin hacer el menor movimiento, mientras que el otro se dirigía a su propio microbús después de escupir con desprecio por encima de su hombro y pronunciar algunas palabras que, aunque no se escucharon, todos comprendimos en seguida.
Sin embargo, lo que nadie esperaba era que, apenas el otro puso el pie en el primer escalón de su microbús, el nuestro echara en reversa su armatoste algunas decenas de metros, como si quisiera alejarse lo más posible del pendenciero, y de súbito se pusiera a acelerar hasta el tope, haciendo rugir el motor como si fuera una fiera terrible y destrozando el espejo del otro microbús con un golpe certero, quirúrgico, de esos que hacen admirar la capacidad que tienen algunos sujetos para ser unos perfectos hijos de puta. La persecución que siguió de inmediato estuvo llena de emociones encontradas porque, por un lado, todos los pasajeros estábamos –además de mudos, aterrorizados y aferrados a los pasamanos– incrédulos con lo que sucedía; y por el otro, al menos yo, no quería que el microbús perseguidor nos alcanzara, porque sólo el diablo sabría en qué terminaría aquello y, seamos fieles a la verdad: ansiaba llegar a casa y olvidarme de toda esa aventura recostado en mi cama en medio de la oscuridad.
Entonces nuestro conductor se puso a callejonear por un barrio miserable y bellaco hasta que perdimos de vista al otro y, tras eternos minutos en los que apagó todas las luces y estacionó la unidad frente a una acera en la que un grupo de siniestros individuos nos miraban con actitudes poco tranquilizadoras, finalmente arrancó, y sin subir a nadie más, nos fue dejando a cada uno muy cerca de la puerta de nuestros hogares, no diré que con amabilidad, pero sí con una satisfacción que le imprimió en la cara una sonrisa turbia, como la que ostentan ciertos dementes. Cuando el conductor me dejó muy cerca de mi casa, le di absurdamente las gracias, y todavía alcancé a ver cómo se alejaba el microbús con una parsimonia que me pareció irreal: de pronto supe que si contaba a alguien mi aventura, sería casi imposible que me creyera.
Y por supuesto, no me iba a poner a jurar.
El conductor del otro microbús, por lo menos veinte años más joven y cubierto el torso con una camiseta que dejaba apreciar sus desarrollados bíceps, nos rebasó casi de inmediato, atravesó su unidad en el paso y subió para encarar al nuestro con palabras nada amables, advirtiéndole con insolencia que la próxima vez que se le ocurriera actuar como imbécil, le propinaría tal madriza que no lo reconocería su propia madre. Incluso se dio el lujo de soltarle uno de esos golpes humillantes en la mollera con la mano abierta, con lo que yo creí que comenzaría una pelea. Pero nuestro conductor, que en lugar de bíceps había desarrollado una generosa panza, asintió (o eso pareció) en silencio, mirando al frente con una concentración que habría envidiado un matemático, sin hacer el menor movimiento, mientras que el otro se dirigía a su propio microbús después de escupir con desprecio por encima de su hombro y pronunciar algunas palabras que, aunque no se escucharon, todos comprendimos en seguida.
Sin embargo, lo que nadie esperaba era que, apenas el otro puso el pie en el primer escalón de su microbús, el nuestro echara en reversa su armatoste algunas decenas de metros, como si quisiera alejarse lo más posible del pendenciero, y de súbito se pusiera a acelerar hasta el tope, haciendo rugir el motor como si fuera una fiera terrible y destrozando el espejo del otro microbús con un golpe certero, quirúrgico, de esos que hacen admirar la capacidad que tienen algunos sujetos para ser unos perfectos hijos de puta. La persecución que siguió de inmediato estuvo llena de emociones encontradas porque, por un lado, todos los pasajeros estábamos –además de mudos, aterrorizados y aferrados a los pasamanos– incrédulos con lo que sucedía; y por el otro, al menos yo, no quería que el microbús perseguidor nos alcanzara, porque sólo el diablo sabría en qué terminaría aquello y, seamos fieles a la verdad: ansiaba llegar a casa y olvidarme de toda esa aventura recostado en mi cama en medio de la oscuridad.
Entonces nuestro conductor se puso a callejonear por un barrio miserable y bellaco hasta que perdimos de vista al otro y, tras eternos minutos en los que apagó todas las luces y estacionó la unidad frente a una acera en la que un grupo de siniestros individuos nos miraban con actitudes poco tranquilizadoras, finalmente arrancó, y sin subir a nadie más, nos fue dejando a cada uno muy cerca de la puerta de nuestros hogares, no diré que con amabilidad, pero sí con una satisfacción que le imprimió en la cara una sonrisa turbia, como la que ostentan ciertos dementes. Cuando el conductor me dejó muy cerca de mi casa, le di absurdamente las gracias, y todavía alcancé a ver cómo se alejaba el microbús con una parsimonia que me pareció irreal: de pronto supe que si contaba a alguien mi aventura, sería casi imposible que me creyera.
Y por supuesto, no me iba a poner a jurar.
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martes, 30 de abril de 2013
Escritores malditos
Todos somos escritores malditos… hasta que se nos demuestre lo contrario. Hoy puedo hablar de ello sin remordimientos: cuando comenzaba a escribir, solía ponerme como tarea el mostrar el mundo –mi mundo, por supuesto– a través de una mirada «original», casi siempre sórdida, llena de detalles escabrosos, con abundancia de alcohol, drogas, palabras minuciosamente obscenas, sexo descrito con lujo de detalle, y un tono como si estuviera oficiando una misa consagrada al Maligno, con lo cual creía que cumplía con una encomienda terrible y única: ser el mejor escritor de todos los tiempos. De hecho, en aquellos días estaba seguro de que el humor residía en el uso indiscriminado de obscenidades, como si el lenguaje se dividiera en dos: las palabras que hacen reír, y las que se usan para hablar seriamente de algo, tal como sucede con muchos comediantes que agotan los horarios de la televisión con sketches patéticos y aburridos.
El descubrimiento del humor fue para mí todo un suceso. ¿Cómo era posible atragantarse con una risa vesánica y nerviosa mediante situaciones que se basaban en simples hipérboles? Un hecho cualquiera, incluso aquellos que te hacen enfermarte de rabia en la vida cotidiana, podía ser descrito de tal suerte que no lograbas parar de reír… y lo que me parecía más insólito aún: sin usar obscenidades, sino simplemente escogiendo las palabras de la misma manera en que el agricultor escoge las semillas antes de sembrarlas. Y aunque sí me considero hasta cierto punto fan de escritores «serios» como Dostoievsky, Oé, Kazantzakis, Hamsun, Lezama Lima, Rulfo, Coetzee o McCarthy, cada vez me resulta más difícil adentrarme en dramones pesados, por lo general densos como puré.
Hoy me siento más cercano a esa literatura desdeñada tradicionalmente por parecer ramplona al no ocuparse con «seriedad» de los problemas de la vida. Me refiero a la que inauguraran Cervantes con El Quijote, pero sobre todo Rabelais, con ese monolito ígneo que es Gargantúa y Pantagruel, y que abriera una brecha poco recorrida –y conocida– hasta nuestros días con tipos como Gogol, Goncharov, Leskov, Hasek, Gombrowicz, Bulgákov, O’Brien, Beckett, Waugh, Lem, y un etcétera igualmente poco numeroso, aunque bastante significativo.
Ahora veo, no sin alivio, muy lejanos aquellos días de pretensiones de «escritor maldito», en los que la creencia de que retrataba el drama y el dolor del mundo «desde sus propias cloacas» era el viscoso motor que movía mi pluma. Tristeza, soledad, desesperanza, maldad, ya saben: esas cosas que nos encanta describir aunque al experimentarlas somos huerfanitos inofensivos. No sé si tendré algún éxito en ello, y tampoco es que importe gran cosa. Al final de cuentas vivo en un país en donde los escritores nos reproducimos como gusanos (y eso que no hablé de los poetas), así que, en caso de que no pueda, seguramente habrá algún otro que sepa explicar estas cosas mucho mejor que yo. Sí, ya lo estoy viendo…
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lunes, 1 de abril de 2013
La vergüenza de escribir
A raíz de algunas conversaciones, me quedé pensando en las primeras sensaciones que tuve cuando empecé a escribir. No me refiero a ese halo sublime y epifánico que la gente suele asociar con la figura del escritor, sino a algo más inmediato y a veces inconfesable: el momento justo y desconcertante en el que uno tiene la conciencia de que será leído, ya que ha comenzado a ver al lenguaje no como un medio para comunicar algo (cosa las más de las veces inútil), sino como un fin en sí mismo. La «vergüenza» de escribir, que suele ir de la mano con la «satisfacción» de escribir. Es una especie de lucha entre el alivio de convertir en palabras algo que te ha machacado la mente durante algún tiempo y la impotencia de ver que pocas veces posee la misma intensidad con que lo experimentamos. De allí nace una inseguridad morbosa: el anhelo de reconocimiento, pero también el no poder estar conforme con casi nada, por más que se ha depurado un texto hasta la demencia. No conozco los vértigos y las tentaciones que quizás rodean a un escritor que se ve en el espejo de la fama todos los días; sin embargo, intuyo que la sima más profunda en la que se puede despeñar se abrirá a través de la autocomplacencia, del creer que por llamarse Fulanito de Tal no podrá escribir sino Obras Maestras. En Recuerdos de Polonia, de Gombrowicz, hay un párrafo que, según yo, ilustra con minuciosidad esa idea, aunque no estoy seguro de que la agote por completo. Ya ustedes dirán:
«Era un trabajo raro, venenoso. Para un escritor primerizo todo es difícil, por ejemplo, escribir que “ella se sentó y pidió un vaso de agua” puede convertirse para él en un problema. Así que yo escribía soplando y gimiendo en un continuo esfuerzo intentando elevar mi prosa al nivel del arte, hacerla vibrar y brillar. Trabajaba más duro que un cochero o un cocinero, lo cual aliviaba mi conciencia, y sin embargo, a pesar de eso, esta tarea me parecía sospechosa, falsa, era dura, exigía un gran esfuerzo pero no infundía respeto… Entonces conocí por primera vez la vergüenza que acompaña a todo trabajo artístico, sobre todo cuando no ha ganado el aplauso público y se vende mal. Ese sentimiento iba a pesar sobre mí durante largos años y no se dispó hasta hace muy poco».
viernes, 8 de febrero de 2013
De la espera y otras banalidades
A veces pienso que todos tenemos algo de Vladimir y Estragón, ese par de imbéciles que, de la mano de Beckett, se la pasan aguardando a un tal Godot. Es decir, esperamos algo que quizás nunca habrá de llegar, y que, sin embargo, permanece todo el tiempo latente, a tiro de mirada interior, por decirlo así. Y esa espera puede ser cualquier cosa que tenga que ver con la vida diaria, un aumento de sueldo, por ejemplo, o unas buenas y merecidas vacaciones, los cuales, en caso de que se consigan, sólo nos mostrarán que no era eso en realidad lo que esperábamos, sino algo más y por lo pronto inexplicable. Pero no, la espera a la que me refiero se asocia más a lo maravilloso, a un “algo” que quizás nos llene durante toda la vida y que de todas maneras, discúlpenme que lo diga, nunca habrá de llegar.
Pero eso, por supuesto, no lo sabemos (ese es el chiste de las esperas) y por ello todo resulta aún más absurdo. Si desde un inicio tuviéramos la total certeza de que nunca habrá de llegar ese día, persona o lo que sea que tanto anhelamos, quizás el porcentaje de sinsentido que le otorgamos a la vida aumentaría de forma dramática, y con ello descenderían proporcional y simétricamente las ganas de vivir. Y es que, ¿qué tan valiosa sería la existencia en nuestro imaginario si, como Moisés, tuviéramos la seguridad de que nunca pondremos los pies en la tierra prometida de nuestros anhelos?
A consecuencia de ello, y tal como sucede con Vladimir y Estragón, nuestra vida consiste sólo en hacer tiempo en lo que llega la muerte. Crecemos, estudiamos, viajamos, conseguimos un empleo, la mayor parte de las veces malpagado, pero que nos quitará la carga de 8 o más horas diarias de consagración absoluta a la espera; nos casamos, tenemos hijos, depositamos nuestras angustias en un Dios que está demasiado ocupado creando nuevos cielos y nuevas tierras o, más terrible aún, en una abstracción como la ciencia, que ha demostrado ser más capaz de generar problemas que de resolverlos; incluso podemos llegar a ser famosos y millonarios mientras en secreto aguardamos la llegada de ese «algo» que llenará el lujoso vacío de nuestra vida. ¿Y todo para qué?, para que el día en que expulsemos nuestro último aliento la muerte muy probablemente se burle de nosotros y de nuestro anhelo principal con esa mueca descarnada que tan bien conocemos, aunque quizás sin pizca de sarcasmo, como sucede con los padres que sonríen sin maldad ante los disparatados deseos de sus hijos.
La espera parece tener la extraña misión de dotar de sentido a la existencia. En cambio, la materialización de lo esperado tiene una importancia secundaria, porque, en caso de conseguirse algún sueño, de inmediato nacerá otro, so pena de caer en la desilusión, de cuyos efectos hablé ya más arriba. Y como de cualquier forma todos llegaremos a ser un montón de huesos sin otra cosa que hacer más que «esperar» con toda la paciencia del mundo, sugiero que mejor nos precipitemos desde ahora en una búsqueda suicida de ese «algo» maravilloso que hemos anhelado, así tropecemos con un sinnúmero de decepciones y nuevos anhelos, y es que, si lo vemos desde un punto de vista práctico, se perdería el mismo tiempo en ello que en esperar que todo llegue a nosotros sin molestarnos en mover siquiera el meñique. O el dedo gordo del pie. O el que gusten ustedes.
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miércoles, 19 de diciembre de 2012
Pequeña biografía de Satanás
Si algo nos ha enseñado la literatura a través de los siglos, es que uno puede encontrarse con toda clase de personajes en los caminos de esta triste vida, y eso, naturalmente, va desde lo más sórdido hasta lo más angelical, pasando por una casi inconmensurable gama de matices y humores. Sin embargo, uno de los personajes que más ha aparecido en las grandes obras es el propio Príncipe de las Tinieblas, quien, según el narrador en turno, adquiere características más complejas que las que tradicionalmente les achaca nuestra superstición. En Diccionario jázaro, por ejemplo, Milorad Pavić nos asegura que cada una de las tres religiones monoteístas tiene a sus propios demonios, los cuales se rigen por reglas que no se parecen a las de las otras dos. Y con el fin de que no vayamos alegremente por ahí sin cuidarnos las espaldas, transcribo –con el entusiasmo de quien hace un servicio a la comunidad– un fragmento que describe a grandes rasgos las características del diablo cristiano:
«SEVASTO, NIKON (siglo XVII) – Según una leyenda, junto al río Morava, en la garganta de Ovčar, en los Balcanes, durante algún tiempo había vivido con ese nombre Satanás. Era muy bondadoso, llamaba a todos por su propio nombre y trabajaba como protocalígrafo en el monasterio de Nikolje. Donde se sentaba, sin embargo, dejaba la impresión de dos mejillas, y en el lugar de la cola tenía la nariz. Afirmaba que en su vida anterior había sido diablo en el infierno judío al servicio de Gueburah y Belial; sepultaba a los golems en los desvanes de las sinagogas, hasta que un otoño, cuando los excrementos de los pájaros se habían vuelto venenosos y quemaban las hojas y la hierba sobre las cuales caían, pagó a un hombre para que lo matara. Fue un modo de pasar del infierno judío al cristiano [...] Según otras leyendas, no necesitó morir para pasar de un infierno a otro, sino que le bastó dar a un perro un poco de su sangre, después de lo cual entró en la tumba de un turco, le cogió por las orejas, le desolló y se lo puso. Por eso en sus bellos ojos robados a aquel turco se entreveían ojos de cabra. Debía mantenerse alejado del pedernal, cenar después que los demás y robar cada año una piedra de sal. Se cree que de noche montaba los caballos del monasterio y de la aldea, y éstos realmente por la mañana estaban cubiertos de espuma, embarrados y con las crines trenzadas. Dicen que lo hacía para refrescarse el corazón, porque su corazón había sido cocido en vino hirviente [...] Se vestía ricamente, pintaba frescos con gran habilidad y, según la leyenda, ese talento se lo había dado el arcángel Gabriel. Sus frescos se conservan en las iglesias de la garganta de Ovčar con epígrafes que, si se leen de una pintura a otra en un orden determinado, forman un mensaje. Este será legible mientras existan los frescos. Nikon dejó ese mensaje para sí mismo, cuando vuelva a la vida trescientos años después, porque los demonios, como decía, nada recuerdan de la vida anterior y tienen que arreglárselas de esta manera».
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