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sábado, 2 de mayo de 2015

La maldad de la tierra



Una de las explicaciones más desconcertantes que he encontrado acerca del origen de la maldad que aqueja a los seres humanos está en el Libro de las Maravillas, de Marco Polo. Allí se habla de cómo el rey de Cherman hace una prueba que hoy podría ser estudiada desde la filosofía, la moral, la geopolítica e incluso la química. Pero más allá de la veracidad científica o moral de semejante afirmación, me interesan las posibilidades que se vislumbran en caso de que todo fuera cierto: si acaso el origen de nuestra maldad estuviera dramáticamente ligado a la tierra por la que discurrimos día con día…

«Os contaré cierta prueba que hicieron en el reino de Cherman. El pueblo de Cherman es bueno, humilde y pacífico, y se ayudan unos a otros cuanto pueden. Por lo cual el rey de Cherman dijo a los magistrados que estaban en su presencia:

»—Señores, me asombro mucho de no saber la razón de todo esto; en los reinos de Persia que están cerca del nuestro hay gentes tan malvadas y malhechoras que siempre se matan entre sí, mientras que entre nosotros, que somos como quien dice de ellos, casi nunca ocurre agravio ni crimen.

»Y los magistrados respondieron que la razón se encontraba en el suelo mismo. Entonces el rey envía a distintas partes de Persia y sobre todo al reino de Ispahán citado anteriormente, cuyos habitantes sobrepasan a los demás en toda clase de fechorías, y allí, siguiendo el consejo de sus magistrados, hace cargar de tierra siete naves y traerlas a su reino. Una vez que la trajeron, la hizo desparramar por ciertos mercados como si fuera pez, y luego mandó extender tapices encima para que no se ensuciasen quienes la pisaran, tan delicadas eran sus costumbres. Y cuando ocuparon su sitio en aquellos mercados para comer, inmediatamente después de la comida empezaron a reñir unos con otros con palabras y gestos insultantes y a herirse mutuamente. Entonces dijo el rey que la tierra era realmente la causa.»*

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*Marco Polo, Libro de las Maravillas, Ediciones Bailén, Bercelona, 1997. pp. 79-80


Imagen tomada de aquí

martes, 31 de marzo de 2015

El abrazo de la Muerte


Esas cosas inefables que sólo pueden provenir del mundo onírico.
A este tipo lo vi dos o tres veces antes de enterarme de que, mientras viajaba con su hijo a bordo de una motocicleta por la carretera a Cuernavaca, ambos fueron embestidos por un tráiler. A juzgar por los relatos que escuché, sus cuerpos quedaron casi irreconocibles. Pero, si soy sincero, más allá de la impresión que puede generar una muerte semejante, este sujeto no dejó en mi ánimo la menor huella. Repito: solamente lo vi dos o tres veces, y eso por cuestiones de trabajo. Nada más. Sin embargo, hace algunos días, es decir, varios meses después de su muerte, se me apareció en un sueño. Lo veía y, curiosamente, me alegraba de que «estuviera bien», al grado de que nos dábamos un abrazo fuerte, cordial... Y justo en ese momento me desperté. 

Nada particular, ¿cierto? Pero entonces, ¿cómo podía explicar esa inquietud que se anidó en un lugar profundo e inaccesible de mí mismo? Los siguientes días revisé, no sin frenesí, diccionarios de símbolos y textos que, si tuviera que confesarlo ante un juzgado literario, me causarían una profunda vergüenza. El caso es que poco a poco fui encontrando pistas del porqué de mi inquietud, ya que, según algunas interpretaciones, bien podría ser algo así como un anticipo de mi destino: se supone que si una persona muerta te abraza (el requisito es que no sea ningún familiar), significa que pronto morirás tú mismo; pero —y aquí la ambigüedad se convierte en un pozo sin fondo—, si es uno quien abraza al muerto, esa acción vaticinaría una extrema y acaso innecesaria longevidad. No tengo pudor en confesar que peiné mi memoria hasta casi enloquecer, y que hasta este momento no logro recordar quién fue el que abrazó a quién. Bonito lío para un obseso de los símbolos, ¿no? Pero supongo que si estas interpretaciones son ciertas, no pasará mucho tiempo antes de que me entere de la «verdad».

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* Imagen: detalle de El triunfo de la muerte (1562) de Pieter Brueghel el Viejo.

domingo, 15 de marzo de 2015

El olor y la verdad



Pensaba en los olores, en su importancia no sólo en la vida cotidiana, sino especialmente en las horas del amor. ¿Realmente podemos compartir la cama con cualquier persona sólo azuzados por el deseo? A muchos les gusta creer que sí (sobre todo si son hombres), que apenas es necesario sentir alguna excitación corporal —sí, justamente ésa—, y que el resto vendrá como una consecuencia natural de un cuerpo que a primera vista nos resulte apetecible. Sin embargo, luego de hacer un rápido recuento de mis propias experiencias, me doy cuenta de que, al menos en mi caso, eso es falso, o por lo menos no es del todo cierto. La fragancia natural de una mujer —y aquí me refiero a ese olor característico de cada persona, ése que sobresale sin importar la cantidad de perfume que se le eche encima— puede ser tan importante para mi mecánica del deseo que, si por desgracia no me resulta del todo apetecible, o incluso me choca, lo más seguro es que ese minúsculo aunque fundamental detalle amargue toda la experiencia que está por venir o que incluso la interrumpa enmascarado tras uno o más pretextos.

Y entonces vienen los problemas de índole existencial, porque, ¿cómo decirle a una mujer, sin herirla, que su olor no me resulta agradable para un acoplamiento sexual? ¿Cómo explicarle que, aunque su cuerpo bien pudiera ser voluptuosamente soberbio, su olor no me dejará en la memoria más que los posos de una mísera tristeza o de un irremediable desamparo? ¿Es lícito decirlo como quien habla de por qué ama u odia los días nublados?

En cambio, un aroma que se conjuga mágicamente con el mío siempre me dejará con hambre de más, y si por alguna razón no consigo disfrutarlo, se convertirá —por desgracia ya me ha pasado— en el centro de un vacío que se me anidará en el alma, igual que un parásito. Los más profundos enamoramientos que he tenido en mi vida se han debido, más que a los efectos visuales de una beldad sin parangón, a un aroma que me resulta inolvidable, algo que, pese a ser desconocido con anterioridad, se vuelve anhelado casi en cuanto lo percibo. Como si el olor fuera una suerte de lenguaje subterráneo y fundamental que transita entre las miradas y las palabras, una frase emanada del cuerpo que sólo podrá ser «escuchada» por una nariz sensible a sus mensajes…

Estoy consciente de que este fenómeno que describo seguramente ha sucedido y seguirá sucediendo en sentido inverso, cuando alguien se topa con las frases que despide mi cuerpo en forma de olor. ¿Cuántos de esos rechazos que siempre me parecieron inexplicables habrán tenido su origen en la incompatibilidad que alguna mujer sintió con mi olor, y que, como suele suceder, no pudo expresar más que con un descorazonador “te quiero como amigo”? Al final, tras releer estas líneas, me doy cuenta de que no soy más que un sentimental que, de una u otra manera, busca explicaciones que hagan más llevaderos esos episodios —quizás «espinas» sería un término más adecuado— que se le han clavado en diversos momentos de su vida.

martes, 9 de diciembre de 2014

Soñar la catástrofe


Digamos que una especie de apocalipsis estaba a tiro de piedra. Si uno dirigía los ojos a ese cielo nocturno que nos cubría igual que una cobija, en ese lugar en donde tendría que aparecer el conocido rostro de la Luna se veía apenas una nubecilla blanca, como si la pobre se hubiera hecho polvo mientras la atención de todos estaba centrada en algún otro asunto de dudosa importancia. Era una situación preocupante, claro, en particular si pensamos que la Luna siempre nos ha acompañado durante esta trágica aventura que llamamos, no sin modestia, «era humana»; pero al mismo tiempo se sentía como algo que, aunque cataclísmico, podía ser perfectamente olvidable. Sin embargo, en cuanto me percataba de la ausencia del satélite terrestre, un acontecimiento aún más extraño tomaba forma en aquel momento preñado de acontecimientos extravagantes: también Júpiter y Saturno habían abandonado su lugar entre los cuerpos celestes y en su lugar habían dejado una nubecilla de polvo blanquecino apenas perceptible... ¿Qué estaba ocurriendo? La pregunta, que bajo cualquier otro contexto sería dramática y, por decirlo así, «llena de fatalidad», en aquel instante no pasaba de ser una curiosidad remota, ajena, como si fuera algo que, aunque nos incumbía de manera inevitable, se tratara también de un asunto que podía posponerse entre un cúmulo de otros mucho más urgentes. Así se desbarataban los cielos cuando de pronto me percaté de que estaba con ella en la parte trasera de una pick-up, observando esa cadenilla de desgracias como si contempláramos la belleza de la vida. Estábamos sentados en esas protuberancias metálicas que indican la presencia de las llantas traseras del vehículo y charlábamos, en medio de esa noche lejanamente aciaga, acerca de cosas que en este momento no logro recordar, sobre todo porque un detalle peculiar en su rostro acaparó toda mi atención: tenía un ojo azul y el otro verde, lo cual me recordó un tanto a esas lagunas que pueden verse en la frontera oriental de Chiapas, y además parpadeaba a velocidades distintas con cada ojo. Y mi mirada, como una cámara de cine que emprende un significativo acercamiento, luego de examinar "de pasada" la pupila glauca, empezó a adentrarse vertiginosamente en la profundidad oceánica de su ojo azul... Entonces desperté, de golpe, por supuesto, y una sensación de enigma insoluble me dio vueltas en la cabeza durante todo el día...

viernes, 30 de mayo de 2014

El hermano de la muerte


Recién acabo de leer El palacio de los sueños de Ismaíl Kadaré. Libro en verdad inquietante. Y es que la idea de una oficina burocrática que recopila, como si fueran una suerte de impuestos, los sueños de todos los ciudadanos de un imperio, más allá de su carácter «absurdo» e inverosímil, muestra algo que suelen temer todos los poderosos, aún cuando nunca lo confiesen: el acceso directo al pensamiento más recóndito de la gente común y corriente, es decir, a relatos o puestas en escena carentes de materia y realidad, pero que, por eso mismo, están ligados a la esencia de las cosas, es decir, pese a «nunca haber sucedido» son latentes en todo momento, como una alegoría profética en la que los símbolos danzan tenebrosamente, sobre todo por la relación entre el sueño y la muerte, cuyos territorios son los mismos, como se dice en cierto momento: "¿Qué otra cosa esperas que surja de los territorios del sueño?, continuó el otro. Son prácticamente los mismos que los de la muerte". El hecho de que el protagonista sea miembro de una familia de rancio abolengo en Albania, sólo sirve para ilustrar la manera en que algo como un sueño y su respectiva interpretación podrían caer como una especie de manifestación del destino en la vida de una persona, ya sea para arrastrarla al abismo, o para elevarla a gélidas cumbres...


Imagen

miércoles, 7 de mayo de 2014

En busca de la gloria


En El desierto de los tártaros, Dino Buzzati pone el dedo en una de las llagas más dolorosas e inconfesables de los seres humanos: la sospecha, casi siempre equivocada, de que un gran destino nos aguarda. Y es que, seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántas veces hemos imaginado que la gloria habrá de llegar tarde o temprano a nosotros? No sabemos cómo ni cuándo, pero en nuestro imaginario suponemos que no tiene más remedio que llegar (lo cual es una curiosa coincidencia con otra espera simbólica, como lo es el Día del Juicio) y entonces sí, aquellos que osaron desconfiar de nuestras capacidades o que en cierto momento se mofaron de ellas, obtendrán su merecido, quedarán deslumbrados ante ese fulgor que sólo la gloria es capaz de proporcionar. Sin embargo, además de ser «dulce», la gloria es un bien escaso, y no alcanzaría para todos los que están ávidos de ella. Esto, como es fácil de deducir, ha producido hondas e innumerables frustraciones en todas las edades humanas. La infelicidad (ésa sí abundante en toda la corteza terrestre), germinada de la envidia o de la frustración, de los sueños inalcanzables o de los deseos basados en cosas abstractas como el dinero, acecha en cada rincón de la existencia. Y lamento decirlo, pero es casi imposible librarse de ella en un mundo estructurado a partir de necesidades y satisfacciones efímeras. 
Pero eso no es lo malo de todo este asunto. Lo que de verdad puede ser dramático es que a veces nos llega esa iluminación acerca de las vanas esperanzas de la gloria cuando ya no hay remedio, cuando los mejores años han pasado casi sin darnos cuenta y entonces vemos que nuestra vida se ha ido por la coladera de una espera absurda, a la que además le hemos consagrado cantidades industriales de ilusiones. En la novela de Buzzati, Giovanni Drogo perderá tres décadas creyendo vislumbrar en el horizonte, a tiro de piedra, ese futuro heroico con el que tanto soñaba. Cuando Drogo se da cuenta de la insensatez de su espera ya es demasiado tarde: su cuerpo está acorralado por una enfermedad que lo llevará a las puertas de la muerte. De nada le habrá servido el derroche de años transcurridos en imaginar cómo sería el momento de cubrirse de gloria, en aguardar a que el destino toque a la puerta, en vez de adentrarse en el presente y tratar de comprender, al menos un poco, lo que existe en derredor. La dolorosa toma de conciencia de la futilidad de la vida, sobre todo cuando la certeza de la muerte comienza a deambular con insistencia en el silencioso pero a la vez expresivo lenguaje de su propio cuerpo… No sé, el texto me dejó con la sensación de que la paradoja más cruel ante el ansia de gloria es precisamente un destino de vida minúscula, ser un puntito insignificante entre la masa de la gente común y corriente… como seguramente nos tocará en suerte a la gran mayoría de nosotros. Así que piénsenlo: ya no es tan difícil adivinar por qué hay tanta amargura por doquier y, sobre todo, por qué siempre se espera que el triunfador caiga y regrese al anonimato de la masa, del que nunca debió salir por ir tras algo tan sublime e inútil como la gloria.

jueves, 13 de marzo de 2014

Los libros no fallan

Los libros no fallan. No me refiero a uno en particular, mucho menos a esos autores que suelen considerarse favoritos. No. Me refiero a los libros como quien se refiere a los árboles, los cielos o las estrellas, en especial por esa maravillosa facultad que tienen para diluir la soledad, o en todo caso para hacerla más “poética”, para convertirnos, mediante un movimiento alquímico, en uno de los personajes que los pueblan. Pero no sólo diluyen la soledad, además son capaces de dar rasgos épicos a la vivencia más anodina gracias a que muchos nos damos cuenta de que cualquier cosa es proclive de ser narrada, con mayor o menor fortuna, dependiendo del estilo que logre desarrollar cada escritor, pero al final las vivencias personales son las que estructuran eso que se llama literatura. Esa experiencia que te hizo rabiar como un demente o que te hundió en la más negra depresión o que te elevó hasta las cumbres más dulzonas de la felicidad, créeme, puede ser el hilo conductor de una o muchas historias. No, los libros no fallan, incluso cuando por accidente nos vemos atrapados en las viscosas páginas de uno malo. Y es que a veces los libros malos nos colocan en predicamentos que no son fáciles de sortear. Las ganas de arrojarlos muy, muy lejos, y la imposibilidad (o necedad) que tenemos muchos para llevarlo a cabo. Superar ese obstáculo a mí me hace, al menos ante mis propios ojos, una especie de héroe romántico. Como si dijéramos que al terminar un libro malo algún poder supremo me autoriza para hacerlo trizas o tundirlo con todo el peso de mi sarcasmo, precisamente por haber logrado leer hasta la última de sus páginas, de sus escalofriantes frases… Y si además pensamos que todas las situaciones dramáticas por las que puede atravesar la humanidad existen ya en los libros, descubriremos que en realidad ya todo estaba escrito, incluso aquello que más nos hará sufrir y gozar en esta vida. No, buenas gentes, los libros no fallan. Eso nos lo dejan a nosotros, que rara vez somos capaces ver las cosas con una mirada carente de sentimentalismos. Y por ello lo mejor que podemos hacer es leer, leer y leer. Hasta que esas historias colectivas nos hablen de nuestras propias miserias y alegrías, o bien, hasta comprobar por nosotros mismos que no, que los libros no fallan…

viernes, 31 de enero de 2014

Pereza

Pensaba en la pereza. Esa regordeta y soñolienta actitud que me hace evitar los esfuerzos, sortearlos mientras permanezco en la seguridad de un sillón, acaso adormilando mi cerebro con alguna baratija televisiva, o entre los pliegues que forman las cobijas de mi cama. La posición supina y la manera en que a veces me entrego a la inactividad, bien sea a través de la contemplación obcecada y meticulosa de grietas en los techos, de manchas en las paredes, de los patrones en la diminuta textura de mis manos, o bien con la finalidad de perderme entre los múltiples sonidos que pueblan el día a día de una ciudad como ésta. Todo siempre realizado en aparente calma, como si nada importara demasiado, como si la vida me pudiera esperar hasta que me dé la gana (si es que eso sucede) para levantarme y decidirme a actuar más pragmáticamente. Holgazanear sin remilgos y sin remordimientos, devorando los minutos que se convierten en horas y quizás hasta en días enteros… Pero, ¡ah, cuidado! El abuso de la pereza esconde trampas terribles, porque en ellas subyace la inercia del aburrimiento, ese estado espiritual que los antiguos asociaban con lo diabólico, con la imaginación estéril e infructuosa de cuyas ramas cuelgan redondos y lozanos los vicios. Nada más sórdido que una idea nacida de un océano de pereza. Nada más vano. Y si no me creen inténtenlo: durante dos o más días observen la misma grieta en el techo, hagan teorías acerca de sus posibles significados, elaboren juegos simbólicos de acuerdo a la dirección que señale, o incluso, hagan el ejercicio de entregarse a la pereza teniendo una finalidad moralmente “superior”, igual que el joven que intenta desenmascarar al mundo usando la holgazanería como su principal arma en Un hombre que duerme, de Perec; o quizás esperando que todos los problemas se resuelvan mágicamente, como ocurre en Oblómov, de Goncharov. Así verán que una infinidad de locuras brotarán como géiseres de su mente, imágenes que nada tendrán que ver con la realidad o con cosas asequibles en este mundo. Locuras de todos tipos y colores, inconfesables muchas de ellas, sobre todo si se pierden en laberintos eróticos o en idílicas representaciones de ustedes mismos… ¡Sí, buenas gentes, todos esos espejismos fulgurantes y huecos serán obra de su propia pereza!

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Escuchando en la oscuridad


Hace unas cuantas noches, por la madrugada se empezaron a escuchar voces frenéticas afuera de mi departamento. Yo vivo en una falsa planta baja; es decir, a medio camino entre el nivel de la calle y el primer piso, así que la acera me queda en un ángulo oblicuo y puedo ver desde mis ventanas lo que pasa afuera con cierta facilidad, con la ventaja de que no es igual de fácil que se vea desde afuera lo que sucede adentro. Algo que puedo utilizar para mi beneficio, tal como sucedió en esa ocasión. Y es que en un principio pensé que era una riña de borrachos y, aunque me despertaron de golpe, traté de dormir de nuevo porque el siguiente día era laboral y, bueno, ustedes saben lo que es ir a trabajar con esa cara de cretino que suele poner uno cuando las horas dormidas resultaron insuficientes. Pero la curiosidad no me dejó en paz y me asomé: a dos o tres casas de mi edificio, un par de sujetos estaban trenzados en un extraño abrazo y se decían cosas con tal ferocidad que supuse que aquello no terminaría sino hasta que uno de los dos fuera incapaz de moverse. A los pocos minutos me acosté de nuevo e intenté dormir.

Fue inútil. La riña se trasladó de pronto justo bajo mi ventana, y entonces pude escuchar no sólo los golpes, sino cada una de las palabras que se arrojaban los contendientes, casi como si me las estuvieran diciendo a mí. Así comprendí que no era una riña vulgar de dos borrachos que dejan de ser amigos gracias a los vapores del alcohol, sino una “lección” que uno de ellos propinaba al otro “por haber abusado de la confianza que se te había dado, maldito perro”. Al parecer, uno de ellos era el marido de la hermana del otro, y había perpetrado un espantoso crimen familiar: había salido con la sobrina de la esposa (una adolescente, por lo que pude colegir) y, a juzgar por los desgarradores gritos de la esposa –que no tardó mucho en entrar en escena– estaba involucrado sentimentalmente con ella.

Sé que muchos de ustedes sólo han visto esos dramas en telenovelas baratas o en libritos libertinos, así que quizás no imaginen la risa absurda que me invadió ahí, recostado y sumergido en la oscuridad de mi habitación, cuando la mujer se puso a aullar “Te la estás cogiendo, ¿verdad, cabrón? ¡Responde! ¿Te la estás cogiendo? ¡¿Cómo pudiste hacerme esto a mí, hijo de tu PUTA madre?! ¡A mí, que he hecho tantos sacrificios por ti!”, mientras que cada tanto sonaba el disparo de una cachetada y algún escupitajo que supuse estaría siempre dirigido a su rostro. En cierto momento, tras lo que creí que ya era una buena paliza, el acusado comenzó a deshacerse en un tosco llanto, mientras juraba por todo lo que hay de sagrado que era un malentendido, que nada de lo que imaginaban era verdad, pero ninguno lo escuchaba: estaban demasiado ebrios de violencia y sólo podrían escucharlo cuando se hubieran hartado de golpearlo, injuriarlo y escupirlo. El episodio duró poco más de una hora, pero al final terminaron llorando los tres y sus alaridos se fueron convirtiendo en murmullos patéticos y desgarradores, hasta que por fin desaparecieron en la madrugada chilanga.

Cuando regresó el silencio, pensé que esta escena habría sido impensable en mi departamento anterior, ubicado en una zona caracterizada por una fría cortesía y porque los “escándalos” son minucias que provienen del aburrimiento y de un exceso de tranquilidad. Pensé también que estos episodios, tan cotidianos en los barrios populares, suelen ser material invaluable para los escritores, amantes de entrometerse en los asuntos ajenos evitando ser notados en la medida de lo posible. Finalmente me felicité por tener el sueño ligero y por haber encontrado el tema de este post casi sin esfuerzo. Y tan es así, que hasta siento como si hubiera hecho trampa.

Pero no se preocupen: ya se me pasará.
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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sigo caminando hacia el fin de mis días




Y ahí está el nuevo horizonte: la madurez corporal y laboral en pleno, la mente cada vez más inclinada en convertir extravagancias en palabras, las lecturas que se reproducen como los panes y los peces, algunos sueños reventados en el suelo, otros pocos adentrándose en el azul invernal del cielo; los dolores y su lenta petrificación, el amor y esa fuga que pareciera perpetua. No hay gran cosa que decir. El telón de otro año está cayendo y yo sigo en busca de mí, de ti, de uno de los pocos sueños que no ha sido tragado aún por la árida sed de la tierra...

sábado, 19 de noviembre de 2011

Bondades horizontales



A veces uno olvida las bondades de la posición horizontal. La principal de todas quizás sea que, si uno está en un lugar abierto, se consigue una experiencia casi inigualable: ponerse de frente al cielo, a las estrellas, al espacio interminable. Poco a poco, si uno tiene suerte, logrará un instante vertiginoso, lleno de alegría y horror: ¿Y si me caigo al cielo?

Pero vayamos a una situación más cotidiana: el descanso de las horas de trabajo, cuando los huesos parecen más dispuestos que nuca a reposar encima de la tierra, a la cual, por otra parte, no le afecta en lo más mínimo soportar nuestro peso. Todos los huesos yacen al mismo tiempo, lo cual genera que la mente se ponga a deambular con toda libertad. Sólo es cuestión de que la mirada se pierda, o mejor aún, que se cierren los ojos, y entonces la memoria asumirá el mando, aunque cediéndolo muchas veces a los deseos, casi siempre tan numerosos como un pueblo enardecido dispuesto a emprender arrebatados movimientos.

Así, la posición horizontal se vuelve un caldero fáustico, una olla en donde los sueños reverberan sin parar, donde hierven escenarios que tal vez nunca ocurrirán; aunque también es posible que sí, aunque no de la manera imaginada. ¿Cuántos proyectos de toda índole nacen mientras uno recarga la cabeza, la espalda, las nalgas y las piernas en una cama, en el piso, en la tierra?

Pero la posición horizontal puede servir también como barca para el amor. El cuerpo recostado está hecho a la medida para los oleajes de distintos tamaños que acometen a los amantes, es montura exacta para el galope acompasado, ya que de esa forma permite que las miradas choquen entre sí como campanillas y generen profundidades inefables…

Por supuesto, es también la posición oficial del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte. Pero creo que de eso ya se ha visto más que suficiente.

lunes, 11 de julio de 2011

Antes de que el día todo lo apague

Ah, encontrarte en la vida onírica, sin las pesadas losas que te mantienen inmóvil y al acecho de una oportunidad como las que dejas escurrir a diario entre tus manos. Encontrarte sin ceños agrios, con la sonrisa abierta y la frente despejada, con los paisajes de un mundo inaccesible a los pasos ordinarios, a las actitudes que imponen las poses artificiales. Encontrarte y saber que siempre me has buscado, que por más que quieres no te has atrevido a sortear los falsos fosos que cavan las conjeturas delirantes. Ah, encontrarte cuando las voces aún son susurros, y beber de tu aliento justo antes de que el día todo lo apague…

martes, 7 de junio de 2011

Sus alas me abrazaron...


Ahí estaba mi sobrino, un niño de sonrisa fácil y naturaleza fluida, semejante a una ardilla corriendo por las ramas de los árboles. Y es que reíamos sin que ahora recuerde exactamente de qué. De pronto escuchamos un ruido en el estudio, algo así como los aleteos de un ave enjaulada. Y en efecto, un pájaro se había metido sin saber cómo, y ahora volaba cerca del techo sin encontrar la salida. En cuanto me acerqué, revoloteó frenéticamente en mi cabeza, entre mis cabellos, como las creencias populares nos aseguran que lo hacen los murciélagos. Traté de espantarlo con las manos, pero entonces hizo algo sumamente extraño: se aferró a mi brazo derecho y lo rodeó con sus alas, como si lo abrazara. Sorprendido y todo, pero así me dirigí a la ventana para sacar el brazo y que él se echara a volar, cosa que en efecto hizo como lo que era: un pájaro libre que disfruta de los oleajes del viento. Y entonces, presa de una extraña, insoportable felicidad, le pregunté a mi sobrino si había visto todo el singular episodio, a lo que él solamente sonreía sin dejar de mirar hacia la ventana...