
Me refiero a que no todos los libros pueden ser disfrutados en el retrete. Toda la serie de En busca del tiempo perdido, es uno de ellos. Según mi teoría, la falta de pausas, combinada con la extrema espesura de los textos de Proust, provoca que cuando uno tiene en sus manos un libro como ese, en un lugar de tiempos no fugaces, pero tampoco muy prolongados como lo es el baño, se pierdan a cada rato los hilos de los párrafos, y hay que releer dos y hasta tres veces lo mismo, hasta que uno reconoce por fin los terrenos por los que andaba. Y seguramente hay muchos más libros que podrían entrar en ese anaquel. Requieren de otros lugares para ser disfrutados. Por otro lado, los cuentos o las novelas con capítulos cortos resultan bastante adecuados si se toma en cuenta la relación lugar-tiempo que mencionaba antes. He tenido excelentes lecturas en el retrete con autores como Pavic, Calvino, Toscana o Coetzee, debido precisamente al tiempo. Y los poemas. ¡Ah, los poemas! Además de lo anterior, con ellos entramos al nivel acústico. ¡Qué sonoridad suelen tener los baños para leer en voz alta un buen poema, para dar una gama de entonaciones que acaso nada tengan que ver con la intención original del autor!
No me pasa de largo la inevitable asociación entre la lectura y la escatología, pero antes que llevarla a términos simbólicos, o peor aún: psicoanalíticos, prefiero pensar en ella como una especie de suma hedonista, en la que uno a veces puede obtener dos placeres en lugar de uno. Claro, siempre y cuando se tenga la sabiduría para elegir el libro adecuado.
No me pasa de largo la inevitable asociación entre la lectura y la escatología, pero antes que llevarla a términos simbólicos, o peor aún: psicoanalíticos, prefiero pensar en ella como una especie de suma hedonista, en la que uno a veces puede obtener dos placeres en lugar de uno. Claro, siempre y cuando se tenga la sabiduría para elegir el libro adecuado.