Pronto en librerías Momenta Calliphoridae
jueves, 24 de octubre de 2019
miércoles, 2 de octubre de 2019
viernes, 5 de abril de 2019
Malestares de un eterno retorno sin importancia
Hace ya varios años, una arqueóloga tica que conocí durante la realización de un importante museo en San José, Costa Rica, me salió con que me tenía una «sorpresa»: sacó un fólder de su portafolios, removió algunos papeles y entonces extrajo una fotografía impresa. Era la imagen de un clérigo decimonónico costarricense. Verla y sentir un extraño vacío estomacal fue todo en uno, sobre todo porque lo que empezó a repetir con un tono de adolescente burlona, yo lo noté casi enseguida: «¡Es tu doble, es tu doble!». Decía ella muy divertida, y ambos reímos y bromeamos lo que podría considerarse un tiempo respetable, aunque yo anhelaba cambiar de tema porque estaba teniendo una creciente sensación de malestar, una suerte de inaprensible incomodidad cada vez que mis ojos recaían en la fotografía.
Es decir, sí nos parecíamos mucho, malditamente demasiado, de hecho. Al grado de que esa sensación de incomodidad me duró varios días. ¿Por qué demonios nos parecíamos tanto? ¿Era una suerte de broma genética? ¿Un guiño malicioso de la existencia? De pronto pensé que eso de tener un doble, o al menos gente muy parecida a uno, quizás era más natural de lo que nos gusta creer, siempre adoctrinados por la vieja creencia que tanto ha explotado la publicidad capitalista, aquello de que somos «únicos e irrepetibles». ¿O acaso era que en el mundo sólo hay una cantidad finita de apariencias en el ser humano, y cada tanto deben ser retomadas aleatoriamente en los nuevos seres que habrán de nacer por todo el planeta? Eso en el caso de que sólo tengamos un doble, porque también podría ocurrir que exista un puñado de gente que tiene nuestros mismos rasgos y una vida inimaginable para nosotros, sin importar que dichos individuos hayan vivido en diferentes épocas, como en el caso del clérigo, que vivió prácticamente cien años antes de que yo naciera.
Y ya que estaba en esas, recordé que una noche ubicada muchos años antes de aquel episodio con la arqueóloga tica, mientras jugaba a la ouija con un grupo de amigos entre cerveza y porros, se me ocurrió preguntarle al supuesto espíritu que nos respondía si yo había tenido alguna vida previa (y por «yo», me refiero a eso que nos hace ser nosotros mismos, más que a la apariencia que pudiéramos tener), y para mi sorpresa, me respondió que yo había sido una mujer en la Palestina del siglo XIII, es decir, en los revueltos años de la última Cruzada. La respuesta era demasiado compleja para que pudieran haberla inventado mis amigos, quienes apenas habían abandonado la adolescencia o al menos estaban por hacerlo, así que me perturbó de igual forma, o quizás aún más que haber visto el retrato del clérigo costarricense, sobre todo por la imposibilidad tanto de averiguar más al respecto, como de olvidar fácilmente una idea tan inesperada.
Estoy seguro de que este par de anécdotas darían suficiente material para escribir relatos al estilo de Papini (o Borges por extensión), pero más allá de eso, lo que me sigue intrigando es el hecho mismo de la repetición, de lo cíclico… es decir, ¿la apariencia de una persona es proclive a reciclajes, lo mismo que su alma? El budismo y el hinduismo dirían que sí sin dudarlo, y no sólo eso, sino que agregarían causas y efectos de índole moral, lo cual complicaría aún más las posibles razones para que tales reciclajes se efectúen en esa hipotética maquinaria espiritual. Así que me quedaré hasta aquí, luego de haber liberado ante ustedes, buenas gentes, mi enigmático malestar. Y que cada quien piense lo que quiera de los seres que, en algún lugar del planeta, ostentan sus rasgos para bien o para mal. De todas maneras, uno nunca estará seguro de si es el original (aunque nos guste pensar que sí), o si es apenas un paso más —casi seguramente fallido— en el proceso de perfeccionamiento de unos rasgos que habrán de continuar con sus repeticiones mientras los seres humanos nos sigamos reproduciendo.
Es decir, sí nos parecíamos mucho, malditamente demasiado, de hecho. Al grado de que esa sensación de incomodidad me duró varios días. ¿Por qué demonios nos parecíamos tanto? ¿Era una suerte de broma genética? ¿Un guiño malicioso de la existencia? De pronto pensé que eso de tener un doble, o al menos gente muy parecida a uno, quizás era más natural de lo que nos gusta creer, siempre adoctrinados por la vieja creencia que tanto ha explotado la publicidad capitalista, aquello de que somos «únicos e irrepetibles». ¿O acaso era que en el mundo sólo hay una cantidad finita de apariencias en el ser humano, y cada tanto deben ser retomadas aleatoriamente en los nuevos seres que habrán de nacer por todo el planeta? Eso en el caso de que sólo tengamos un doble, porque también podría ocurrir que exista un puñado de gente que tiene nuestros mismos rasgos y una vida inimaginable para nosotros, sin importar que dichos individuos hayan vivido en diferentes épocas, como en el caso del clérigo, que vivió prácticamente cien años antes de que yo naciera.
Y ya que estaba en esas, recordé que una noche ubicada muchos años antes de aquel episodio con la arqueóloga tica, mientras jugaba a la ouija con un grupo de amigos entre cerveza y porros, se me ocurrió preguntarle al supuesto espíritu que nos respondía si yo había tenido alguna vida previa (y por «yo», me refiero a eso que nos hace ser nosotros mismos, más que a la apariencia que pudiéramos tener), y para mi sorpresa, me respondió que yo había sido una mujer en la Palestina del siglo XIII, es decir, en los revueltos años de la última Cruzada. La respuesta era demasiado compleja para que pudieran haberla inventado mis amigos, quienes apenas habían abandonado la adolescencia o al menos estaban por hacerlo, así que me perturbó de igual forma, o quizás aún más que haber visto el retrato del clérigo costarricense, sobre todo por la imposibilidad tanto de averiguar más al respecto, como de olvidar fácilmente una idea tan inesperada.
Estoy seguro de que este par de anécdotas darían suficiente material para escribir relatos al estilo de Papini (o Borges por extensión), pero más allá de eso, lo que me sigue intrigando es el hecho mismo de la repetición, de lo cíclico… es decir, ¿la apariencia de una persona es proclive a reciclajes, lo mismo que su alma? El budismo y el hinduismo dirían que sí sin dudarlo, y no sólo eso, sino que agregarían causas y efectos de índole moral, lo cual complicaría aún más las posibles razones para que tales reciclajes se efectúen en esa hipotética maquinaria espiritual. Así que me quedaré hasta aquí, luego de haber liberado ante ustedes, buenas gentes, mi enigmático malestar. Y que cada quien piense lo que quiera de los seres que, en algún lugar del planeta, ostentan sus rasgos para bien o para mal. De todas maneras, uno nunca estará seguro de si es el original (aunque nos guste pensar que sí), o si es apenas un paso más —casi seguramente fallido— en el proceso de perfeccionamiento de unos rasgos que habrán de continuar con sus repeticiones mientras los seres humanos nos sigamos reproduciendo.
jueves, 1 de noviembre de 2018
Farrulaque
¿A qué podría responder el extraño episodio de Farrulaque en Paradiso, de José Lezama Lima? Aunque ya no espanta a nadie, la sexualidad mostrada sin tapujos, y hasta con cierta carga de salvaje humor, suele espantar a muchos. Al parecer así sucedió en su tiempo (tal vez aún ocurre hoy) con ese episodio en el que un adolescente con un miembro descomunal desflora a machos y hembras por igual, ganando con ello una equívoca fama dentro de un pequeño grupo social. Pero más allá de eso, el personaje es tangencial hasta puntos inauditos. Es decir, no tiene ninguna relación fundamental con la trama, ni siquiera como personaje secundario. Farrulaque sólo aparece en ese momento y sirve de divertimento picoso en medio de las disquisiciones entre filosóficas, literarias y metafísicas de José Cemí, Foción y Fronesis. ¿Qué buscaba Lezama Lima con esa divertida y escandalosa vereda paralela a la principal?
Pues justo eso, según creo, mostrar que la perversidad es una calle menos concurrida en apariencia por el ciudadano común, pero apta para que ese mismo ciudadano dé rienda suelta a todo aquello que la sociedad considera que debería permanecer oculto. Y es que pensemos un poco: las zonas perturbadoras de una ciudad suelen estar en las calles menos transitadas, a tiro de piedra, empero, de la avenida principal. Supongo que por si las dudas, por si alguna de esas respetables personas que deambulan por aquí y por allá, busca una salida poco ortodoxa para su monótona cotidianidad. Así la perversidad.
Pues justo eso, según creo, mostrar que la perversidad es una calle menos concurrida en apariencia por el ciudadano común, pero apta para que ese mismo ciudadano dé rienda suelta a todo aquello que la sociedad considera que debería permanecer oculto. Y es que pensemos un poco: las zonas perturbadoras de una ciudad suelen estar en las calles menos transitadas, a tiro de piedra, empero, de la avenida principal. Supongo que por si las dudas, por si alguna de esas respetables personas que deambulan por aquí y por allá, busca una salida poco ortodoxa para su monótona cotidianidad. Así la perversidad.
sábado, 4 de agosto de 2018
Albricias
Albricias. Ya pasaron de moda los blogs, esos textos online que muchas veces podían considerarse minuciosos ejercicios de narcisismo. Ya no le importan a casi nadie. Y eso, curiosamente, me hace sentir cómodo. Gracias a ello las pretensiones se han ido diluyendo (incluso cuando yo mismo intentaba convencerme que no había tales) y ahora puedo escribir, como se suele decir, "desde el hueso". No quiero decir que antes no lo hiciera así, pero había una suerte de necesidad de hacerlo notar a los demás, algo que, para ser sinceros, me tiene ya sin cuidado. Pretensiones. "Miren, véanme, escribo entre tormentas atrapadas en vasos de agua". Pretensiones, jo. Y es que el hecho de que haya sido una moda nos dice que a nadie le importa realmente que otra persona escriba y se desnude ante ese silencioso auditorio que raras veces atrapa algunas palabras al vuelo entre los trillones de palabras que pueblan la red. Incluso si se articulan para formar historias o juegos poéticos y más tarde se empaquetan en un libro. Todo era una cuestión de popularidad. Leo tus pendejadas y además las comento con tal de que tú leas las mías... y además las comentes. Basta con ver el éxito de las redes sociales para demostrar lo anterior: ya no es necesario escribir textos prolijos, de hecho, entre más breves e ingeniosas las frases, el comentario, réplica o pulgar hacia arriba serán más fáciles de obtener. El narcisismo del que ahora gozan las redes sociales impide ver las cosas desde una perspectiva que no intente ser protagónica. Sin importar lo que suceda en el mundo, debo tratar de que al final se refiera a mí.
Pero no quiero que se me malentienda. Todo esto no es ninguna queja. En realidad estoy muy contento con eso, con la actualmente nula notoriedad de los blogs, me refiero. Ahora que son inútiles anacronismos empiezo a sentirme más confortable escribiendo en el mío. Sobre todo gracias al tiempo, que no ha pasado sin dejar improntas que de todas maneras nadie entendería. Tres años a partir de una tragedia personal que me dejó sin palabras. O mejor dicho, con la sensación de que todas las palabras eran estériles formas de nombrar la ausencia, o de evocarla, en el mejor de los casos. Y el replanteamiento de mi vida. El cambio de perspectivas. La evolución hacia nuevos senderos que, no obstante, siempre desembocarán en lo mismo: madurez, vejez, muerte. Con sus dosis de alegrías y tristezas, por supuesto, con frustraciones y logros, con recuerdos de... sí, de eso que nunca pudo ser y que aún permanece en mi vida onírica con una terquedad sorprendente, como si por alguna misteriosa razón el tiempo no pudiera aplicarle sus inexorables reglas...
Por eso las albricias y los brindis a la salud de esos anacrónicos espacios de desnudamiento del léxico y del alma. Albricias por la presencia sin importancia. Albricias porque hoy soy como el gato de Schrödinger, dedicado a estar y no estar en forma de palabras y memoria.
Sí. Albricias totales.
jueves, 26 de julio de 2018
Stalker y los tontos de Dios
Hoy por fin vi Stalker de Tarkovsky.
No diré nada nuevo sobre una película tan icónica como ésa, por supuesto, sobre todo si no he leído el libro en el que está basado el filme. Así que me limitaré a enumerar apenas algunos elementos que aún permanecen resonando en mi cabeza:
1. El tono dostoiveskiano en las interminables reflexiones entre el Profesor y el Escritor, que en varias ocasiones me recordó a Los hermanos Karamazov.
2. El hecho de que el stalker encarne el concepto de “los tontos de Dios”, tópico judío que, si no recuerdo mal, establece que en todo el mundo existe un puñado de personas puras de corazón, y que son quienes aplacan la ira divina, que de otra forma ya habría desencadenado la catástrofe final sobre los seres humanos,
3. Los deseos pueden ser una maldición, o al menos pueden carecer de utilidad una vez que se está en el umbral de su realización; y
4. Dos frases que intercambiaron el Escritor y el Profesor, y que transcribo de memoria, por lo que podrían no ser exactamente así: “Mi conciencia quiere que triunfe el vegetarianismo, pero mi subconsciente anhela devorar una carne jugosa”, y “Lo que se conoce como «pasiones humanas» no es más que el roce del alma con el mundo exterior”.
Es todo. Aunque también sé que no es todo.
lunes, 16 de julio de 2018
Tres años
1,096 días desde que una nocturna llamada telefónica dejó una tristeza, implacable aguja traspasando, literalmente, mi corazón,
26,280 horas y contando desde que la vida giró el timón hacia el desamparo, el miedo y la resignación,
Más de 1 576,800 minutos desde el lóbrego nacimiento de un yo sin ancestros que respiren junto conmigo sobre la faz de la tierra,
Más de 94 608,000 segundos desde una cuenta regresiva que culminará no sólo con preguntas que jamás tendrán respuesta, sino con respuestas que ya no necesitarán preguntas.
Y mientras tanto el alma, que no se crea ni se destruye,
solamente vagabundea...
martes, 21 de julio de 2015
El cuerpo de Dios
De pronto tuve una certeza: el universo es el cuerpo de Dios. Cada estrella que refulge en su propia soledad es uno de los átomos que lo componen; cada galaxia, una célula. El inicio de los tiempos no es más que ese momento de lucidez que tuvo luego de un lento y resacoso despertar...
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Imagen: Adam Kadmon, de Hildegard von Bingen
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sábado, 2 de mayo de 2015
La maldad de la tierra
Una de las explicaciones más desconcertantes que he encontrado acerca del origen de la maldad que aqueja a los seres humanos está en el Libro de las Maravillas, de Marco Polo. Allí se habla de cómo el rey de Cherman hace una prueba que hoy podría ser estudiada desde la filosofía, la moral, la geopolítica e incluso la química. Pero más allá de la veracidad científica o moral de semejante afirmación, me interesan las posibilidades que se vislumbran en caso de que todo fuera cierto: si acaso el origen de nuestra maldad estuviera dramáticamente ligado a la tierra por la que discurrimos día con día…
«Os contaré cierta prueba que hicieron en el reino de Cherman. El pueblo de Cherman es bueno, humilde y pacífico, y se ayudan unos a otros cuanto pueden. Por lo cual el rey de Cherman dijo a los magistrados que estaban en su presencia:
»—Señores, me asombro mucho de no saber la razón de todo esto; en los reinos de Persia que están cerca del nuestro hay gentes tan malvadas y malhechoras que siempre se matan entre sí, mientras que entre nosotros, que somos como quien dice de ellos, casi nunca ocurre agravio ni crimen.
»Y los magistrados respondieron que la razón se encontraba en el suelo mismo. Entonces el rey envía a distintas partes de Persia y sobre todo al reino de Ispahán citado anteriormente, cuyos habitantes sobrepasan a los demás en toda clase de fechorías, y allí, siguiendo el consejo de sus magistrados, hace cargar de tierra siete naves y traerlas a su reino. Una vez que la trajeron, la hizo desparramar por ciertos mercados como si fuera pez, y luego mandó extender tapices encima para que no se ensuciasen quienes la pisaran, tan delicadas eran sus costumbres. Y cuando ocuparon su sitio en aquellos mercados para comer, inmediatamente después de la comida empezaron a reñir unos con otros con palabras y gestos insultantes y a herirse mutuamente. Entonces dijo el rey que la tierra era realmente la causa.»*
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*Marco Polo, Libro de las Maravillas, Ediciones Bailén, Bercelona, 1997. pp. 79-80
Imagen tomada de aquí
martes, 31 de marzo de 2015
El abrazo de la Muerte
Esas cosas inefables que sólo pueden provenir del mundo onírico.
A este tipo lo vi dos o tres veces antes de enterarme de que, mientras viajaba con su hijo a bordo de una motocicleta por la carretera a Cuernavaca, ambos fueron embestidos por un tráiler. A juzgar por los relatos que escuché, sus cuerpos quedaron casi irreconocibles. Pero, si soy sincero, más allá de la impresión que puede generar una muerte semejante, este sujeto no dejó en mi ánimo la menor huella. Repito: solamente lo vi dos o tres veces, y eso por cuestiones de trabajo. Nada más. Sin embargo, hace algunos días, es decir, varios meses después de su muerte, se me apareció en un sueño. Lo veía y, curiosamente, me alegraba de que «estuviera bien», al grado de que nos dábamos un abrazo fuerte, cordial... Y justo en ese momento me desperté.
Nada particular, ¿cierto? Pero entonces, ¿cómo podía explicar esa inquietud que se anidó en un lugar profundo e inaccesible de mí mismo? Los siguientes días revisé, no sin frenesí, diccionarios de símbolos y textos que, si tuviera que confesarlo ante un juzgado literario, me causarían una profunda vergüenza. El caso es que poco a poco fui encontrando pistas del porqué de mi inquietud, ya que, según algunas interpretaciones, bien podría ser algo así como un anticipo de mi destino: se supone que si una persona muerta te abraza (el requisito es que no sea ningún familiar), significa que pronto morirás tú mismo; pero —y aquí la ambigüedad se convierte en un pozo sin fondo—, si es uno quien abraza al muerto, esa acción vaticinaría una extrema y acaso innecesaria longevidad. No tengo pudor en confesar que peiné mi memoria hasta casi enloquecer, y que hasta este momento no logro recordar quién fue el que abrazó a quién. Bonito lío para un obseso de los símbolos, ¿no? Pero supongo que si estas interpretaciones son ciertas, no pasará mucho tiempo antes de que me entere de la «verdad».
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* Imagen: detalle de El triunfo de la muerte (1562) de Pieter Brueghel el Viejo.
domingo, 15 de marzo de 2015
El olor y la verdad
Pensaba en los olores, en su importancia no sólo en la vida cotidiana, sino especialmente en las horas del amor. ¿Realmente podemos compartir la cama con cualquier persona sólo azuzados por el deseo? A muchos les gusta creer que sí (sobre todo si son hombres), que apenas es necesario sentir alguna excitación corporal —sí, justamente ésa—, y que el resto vendrá como una consecuencia natural de un cuerpo que a primera vista nos resulte apetecible. Sin embargo, luego de hacer un rápido recuento de mis propias experiencias, me doy cuenta de que, al menos en mi caso, eso es falso, o por lo menos no es del todo cierto. La fragancia natural de una mujer —y aquí me refiero a ese olor característico de cada persona, ése que sobresale sin importar la cantidad de perfume que se le eche encima— puede ser tan importante para mi mecánica del deseo que, si por desgracia no me resulta del todo apetecible, o incluso me choca, lo más seguro es que ese minúsculo aunque fundamental detalle amargue toda la experiencia que está por venir o que incluso la interrumpa enmascarado tras uno o más pretextos.
Y entonces vienen los problemas de índole existencial, porque, ¿cómo decirle a una mujer, sin herirla, que su olor no me resulta agradable para un acoplamiento sexual? ¿Cómo explicarle que, aunque su cuerpo bien pudiera ser voluptuosamente soberbio, su olor no me dejará en la memoria más que los posos de una mísera tristeza o de un irremediable desamparo? ¿Es lícito decirlo como quien habla de por qué ama u odia los días nublados?
En cambio, un aroma que se conjuga mágicamente con el mío siempre me dejará con hambre de más, y si por alguna razón no consigo disfrutarlo, se convertirá —por desgracia ya me ha pasado— en el centro de un vacío que se me anidará en el alma, igual que un parásito. Los más profundos enamoramientos que he tenido en mi vida se han debido, más que a los efectos visuales de una beldad sin parangón, a un aroma que me resulta inolvidable, algo que, pese a ser desconocido con anterioridad, se vuelve anhelado casi en cuanto lo percibo. Como si el olor fuera una suerte de lenguaje subterráneo y fundamental que transita entre las miradas y las palabras, una frase emanada del cuerpo que sólo podrá ser «escuchada» por una nariz sensible a sus mensajes…
Estoy consciente de que este fenómeno que describo seguramente ha sucedido y seguirá sucediendo en sentido inverso, cuando alguien se topa con las frases que despide mi cuerpo en forma de olor. ¿Cuántos de esos rechazos que siempre me parecieron inexplicables habrán tenido su origen en la incompatibilidad que alguna mujer sintió con mi olor, y que, como suele suceder, no pudo expresar más que con un descorazonador “te quiero como amigo”? Al final, tras releer estas líneas, me doy cuenta de que no soy más que un sentimental que, de una u otra manera, busca explicaciones que hagan más llevaderos esos episodios —quizás «espinas» sería un término más adecuado— que se le han clavado en diversos momentos de su vida.
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miércoles, 21 de enero de 2015
La manzana de Newton
La anécdota —extraída de las notas de 1727 de John Conduitt, quien fuera ayudante de Isaac Newton, y más recientemente también encontrada como una alusión en un manuscrito de aquellas épocas del físico William Stickley— asegura que una tarde, mientras Isaac Newton dormitaba recargado en el tronco de un árbol, una manzana supuestamente habría caído en su cabeza, y él, poseedor de una mente sin par, habría intuido el misterioso mecanismo que opera en la atracción gravitatoria mediante ese golpecillo inesperado. La escena, un tanto ñoña, si bien no del todo carente de encanto, es reinterpretada de una manera sorprendente por Danilo Kiš en un fragmento de El reloj de arena (Peščanik), novela de 1972 que, aunque mantiene el ambiente bucólico de la anécdota, agrega un elemento que muy pocos admitirían como fuente de inspiración, o más aún, como detonante epifánico para el entendimiento de una ley universal:
«Me inclino a pensar que Newton descubrió la ley de la gravitación universal gracias a los excrementos: de cuclillas en la hierba, debajo de un manzano, al anochecer, cuando las primeras estrellas se iluminan, ocultándolo la penumbra de los ojos indiscretos, porque la oscuridad era lo bastante espesa como para esconderlo, las estrellas no lo bastante brillantes para alumbrarlo, y la luna todavía estaba detrás del horizonte; así que en este momento de silencio, cuando croan las primeras ranas y se despiertan los intestinos perezosos por la emoción lírica que provoca la belleza del paisaje y de la creación divina, porque el nervio simpático transmite las emociones intelectuales a los intestinos e influye sobre el funcionamiento del metabolismo, en medio de todas estas emociones, Newton, al intuir la revelación de esta ley tan sencilla, pero fundamental para el futuro de la ciencia, acuclillado aún bajo el manzano y sumido en la contemplación de las estrellas (las manzanas no se veían en absoluto en la oscuridad, porque no había manzanas, sino que del árbol colgaban estrellas, pues las manzanas ya habían sido recogidas dos días antes bajo su propia vigilancia, y no había, por tanto, ningún peligro de que alguna pudiera caerle en la cabeza mientras estaba de cuclillas bajo este nuevo árbol de la ciencia; de lo contrario, no se hubiera acuclillado debajo de él, sino que hubiese buscado un lugar más seguro), Newton, pues, sintió sus heces deslizar por sus intestinos removidos, fácilmente y sin esfuerzo, a pesar de una constipación crónica que no era sino consecuencia de haber estado largo tiempo sentado ante los libros; y al mismo tiempo que se sintió feliz por este descubrimiento que de repente iluminó su mente, es decir, que la fuerza de gravedad terrestre confiere a todos los cuerpos la misma aceleración de 981 cm/s2, incluso a la mierda, y que esta atracción disminuye proporcionalmente al cuadrado de la distancia del cuerpo al centro de la Tierra, al mismo tiempo que tomó conciencia de la importancia de este descubrimiento, segundo de una nueva evacuación de sus intestinos, tuvo un pensamiento terriblemente humillante: que esta ley tan importante y de tanto alcance para el futuro de la humanidad la había descubierto gracias a la caída libre de sus propios excrementos, acuclillado, al anochecer, debajo de un manzano… No cabe duda de que la conciencia de ello le hizo subir los colores a la cara y preguntarse si iba a revelarle a la humanidad su descubrimiento, tan humillante en su esencia, en el que, al parecer, estaba implicado el propio diablo. Pero, todavía de cuclillas bajo el manzano de la ciencia, otra vez constipado, Newton concibió su gran mentira histórica y trocó su mierda por una manzana, y de este modo la humanidad nunca supo la auténtica verdad y le atribuyó a la manzana el mérito de este descubrimiento, porque ésta ya tenía su pedigrí edénico y también su pasado mítico desde la elección de Paris, y no resultaba, pues, desconocida, lo que el propio Newton ignoraba. Es así como desde este día las manzanas caen siguiendo una nueva ley, la Ley de Newton, mientras que la mierda sigue arrojándose en el mayor de los anonimatos, fuera de la ley, por así decirlo, ¡incluso como si las leyes gravitacionales y de la aceleración de 981 cm/s2 no le concernieran!»
martes, 9 de diciembre de 2014
Soñar la catástrofe
Digamos que una especie de apocalipsis estaba a tiro de piedra. Si uno dirigía los ojos a ese cielo nocturno que nos cubría igual que una cobija, en ese lugar en donde tendría que aparecer el conocido rostro de la Luna se veía apenas una nubecilla blanca, como si la pobre se hubiera hecho polvo mientras la atención de todos estaba centrada en algún otro asunto de dudosa importancia. Era una situación preocupante, claro, en particular si pensamos que la Luna siempre nos ha acompañado durante esta trágica aventura que llamamos, no sin modestia, «era humana»; pero al mismo tiempo se sentía como algo que, aunque cataclísmico, podía ser perfectamente olvidable. Sin embargo, en cuanto me percataba de la ausencia del satélite terrestre, un acontecimiento aún más extraño tomaba forma en aquel momento preñado de acontecimientos extravagantes: también Júpiter y Saturno habían abandonado su lugar entre los cuerpos celestes y en su lugar habían dejado una nubecilla de polvo blanquecino apenas perceptible... ¿Qué estaba ocurriendo? La pregunta, que bajo cualquier otro contexto sería dramática y, por decirlo así, «llena de fatalidad», en aquel instante no pasaba de ser una curiosidad remota, ajena, como si fuera algo que, aunque nos incumbía de manera inevitable, se tratara también de un asunto que podía posponerse entre un cúmulo de otros mucho más urgentes. Así se desbarataban los cielos cuando de pronto me percaté de que estaba con ella en la parte trasera de una pick-up, observando esa cadenilla de desgracias como si contempláramos la belleza de la vida. Estábamos sentados en esas protuberancias metálicas que indican la presencia de las llantas traseras del vehículo y charlábamos, en medio de esa noche lejanamente aciaga, acerca de cosas que en este momento no logro recordar, sobre todo porque un detalle peculiar en su rostro acaparó toda mi atención: tenía un ojo azul y el otro verde, lo cual me recordó un tanto a esas lagunas que pueden verse en la frontera oriental de Chiapas, y además parpadeaba a velocidades distintas con cada ojo. Y mi mirada, como una cámara de cine que emprende un significativo acercamiento, luego de examinar "de pasada" la pupila glauca, empezó a adentrarse vertiginosamente en la profundidad oceánica de su ojo azul... Entonces desperté, de golpe, por supuesto, y una sensación de enigma insoluble me dio vueltas en la cabeza durante todo el día...
martes, 2 de diciembre de 2014
Utopía y desasosiego
Hace unos cuantos días terminé de leer, de manera casi consecutiva, Chevengur de Andréi Platónov, y Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Libros tan disímiles entre sí que bien podrían representar las antípodas literarias. En el primero, un grupo de harapientos, ignorantes y bienintencionados campesinos se dan a la tarea de barbechar el terreno «social» para la llegada de la gran utopía: el comunismo perfecto. En el segundo —que dicho sea de paso leí durante más de un año—, uno de los heterónimos más lúcidos y misántropos de Pessoa se da a la tarea de llevar un diario en el que conforma un mapa de sus tedios, sueños, infelicidades y opiniones (normalmente pesimistas), sobre los diferentes rostros de la vida. Es decir, mientras en el primero se aborda una descripción de la existencia desde el aspecto del idealismo comunal, en el segundo la vemos desde un aspecto tercamente individual. Lo curioso es que, pese a que ni Platónov pudo haber oído de Pessoa, ni viceversa, según yo, podrían ser dos libros hermanos, no sólo por el hecho de haber sido escritos más o menos por los mismos años, sino especialmente por el tono de desamparo y felicidad marchita que ambos exudan. Y también porque de alguna manera se complementan. Como si el retrato humano, a través de la lente que ambos libros otorgan, pudiera ser visto en 360 grados, desde el individualismo más recalcitrante (ese que incluso desdeña la experiencia con los semejantes por considerarla «innecesaria» cuando se es un irremediable soñador, como en el caso de Pessoa), hasta el extraño proceso de la pérdida de individualidad que sufren los habitantes de Chevengur para convertirse en «ideas hechas carne» el uno para el otro. Libros en positivo y negativo que coincidieron de forma significativa en mi poco ordenada fila de lecturas. Pero también uno de esos extraños momentos que abren la posibilidad de una reflexión, por buena, mala, o incluso por obvia que ésta pueda ser. Sí, como el presente post.
martes, 14 de octubre de 2014
Libros que hacen llorar
Tranquilos. Con semejante título no pretendo hacer de este post una melodramática y sensible apología a las lágrimas. Tampoco aludir a esa extraña cualidad de depurar las almas que muchos terapeutas colocan entre sus mayores virtudes. Nada de eso. Sólo me pareció curioso que tras leer el episodio de Guerra de los Judíos en que el capitán Tito —luego de sitiar Jerusalén y ser testigo de cómo los judíos, estando en guerra contra los romanos, ponían a su propio pueblo al borde de la catástrofe al no reconocer al césar como amo y señor pese a la hambruna, el amontonadero de cadáveres en las calles de la ciudad santa, el canibalismo y los atropellos y asesinatos que los zelotes perpetraban contra su gente— levanta las manos y en una suerte de acto de contrición, manifiesta a los cielos que él no es el responsable de tanta maldad, muertes y destrucción (lo sé, relatado así parece cualquier episodio sin más trascendencia, sobre todo si pensamos que son hechos sucedidos hace casi dos mil años), en fin, me pareció curioso que de pronto las líneas del libro se distorsionaron como si estuvieran detrás de una cascada, y en la garganta un extraño nudo me dificultó el tránsito de saliva. ¿Qué demonios me estaba pasando?
No me avergüenzo de confesarlo: tuve que suspender la lectura y respirar hondo, pero en cuanto retomé el libro, las lágrimas siguieron fluyendo, amargas por lo relatado y dulces porque rara vez una historia me produce efectos semejantes. Por supuesto, no ha sido esa la única ocasión en que un libro me orilla a las lágrimas. De botepronto me viene a la mente Noches blancas, novelita de juventud de Dostoievski que, sin llegar al extremo tanto histórico como de mortandad de Guerra de los judíos —de hecho es más una cándida historia de amor— también me produjo un efecto que podríamos denominar como «ligeramente lacrimoso»; o, en un tono más épico y modernista, La noche de San Juan, de Mircea Eliade, novela con la que me derretí en lágrimas desconsoladas durante su buena media hora cuando terminaba de leerla; o incluso El maestro y Margarita, en el que Voland (o Satanás si se prefiere) otorga el inesperado regalo de la eternidad al escritor siempre ninguneado al lado de su amada Margarita... En fin, la lista, sin ser demasiado numerosa sí podría ser un poco amplia. Pero más allá de eso, me intriga el por qué un libro puede propiciar tal cantidad de melancolía. ¿Cuál es la combinación de elementos que pueden llevar a un lector común a una empatía con personajes no sólo históricos, sino también ficticios?
La pregunta anterior viene a cuento porque también he leído novelas que buscan eso precisamente, es decir, hacer todo lo posible para que el lector entre en estado lacrimoso; sin embargo, esa búsqueda cínica de un efecto emocional suele dar como resultado páginas poco afortunadas. Y es que, ¡es tan fácil caer en los dramones y el patetismo! Sobre todo si pensamos en la debilidad del ser humano por colocar encima de toda experiencia estética la que tiene que ver con lo trágico y lo terrible. Muchos escritores —en particular los principiantes—, empecinados en mostrar el «dolor de lo humano», lo que sea que eso signifique, acuden a los lugares comunes igual que las hormigas al azúcar. Y entonces, más que lágrimas preciosas e inefables, encontramos, en el mejor de los casos, sonrisas llenas de sarcasmo o, cosa más normal, muecas de desagrado en nuestros semblantes. La empatía fracasa de manera miserable y nos vemos como esa gente importunada por algún transeúnte que los abruma con supuestas desgracias familiares con tal de obtener una pequeña monedita, por más humilde que sea.
De esta manera podemos desechar a la anécdota como la sustancia principal para convertir a un lector común en un cuerpecillo tembloroso, con la sensibilidad a flor de piel, y además llegamos al quid de este post: la enorme dificultad de llevar a un lector a la empatía en una historia con elementos trágicos sin caer en el culebrón telenovelero. ¿Existirá una fórmula para evitar las trampas de lo ridículo? Si me permiten intentar responder a mi propia pregunta, creo que tanto así como que exista una fórmula, me parece más bien dudoso. Pero sospecho que todo tiene que ver con eso que alguno de ustedes tiene en la punta de la lengua desde hace rato: la forma; y, un elemento aún más importante, al menos para mí, el adecuado manejo del lenguaje. Esa es mi modesta hipótesis, buenas gentes, y para comprobarla prometo que en cuanto encuentre algún otro caso digno de ser mencionado, elaboraré aquí un nuevo post en el que me asombre por la maestría de determinado autor al convertirme en un ser plañidero. Y entonces veremos si la cuestión al fin se resolvió. Eso espero.
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lunes, 8 de septiembre de 2014
Gran escritor, maestro...
Entre las célebres, rabiosas, y también —por qué no decirlo— divertidas peleas de escritores contra escritores, hay una que me causa especial placer por haber sido llevada más allá de las simples y valentonas declaraciones. Se trata del inolvidable duelo que Witold Gombrowicz relata en Trans-Atlántico (1952), novela escrita desde su exilio en Argentina. Allí se ve cómo cierto “Gombrowicz” es obligado por sus compatriotas polacos a enfrentarse a un venerado intelectual argentino para demostrar que «los polacos no son menos que nadie» aun cuando estén en tierras extranjeras, y pese a que ellos mismos no lo creen del todo. Según Ricardo Piglia, las alusiones podrían referirse a los escritores Eduardo Mallea, Manuel Mujica Láinez o, cosa por lo menos curiosa, al personaje borgiano Carlos Argentino Daneri. Sin embargo, también parece clara la alusión a la sacra sapiencia de Borges, que ya bañaba todos los recovecos en la Argentina de finales de la década de 1940 (cosa que Piglia parece resuelto a no dejar entrever más que oblicuamente, a través de un personaje y no del propio autor), sobre todo si pensamos en el “Maten a Borges” que dio como solución Gombrowicz cuando le preguntaron, justo antes de embarcarse a Europa tras 24 años en suelo sudamericano, cuál podría ser la forma para que los escritores argentinos alcancen la madurez literaria. En la escena de Trans-Atlántico, descabellada hasta la demencia, el personaje “Gombrowicz” pierde el duelo (llenando de oprobio a sus compatriotas) al quedar “despojado” de cualquier idea propia cuando el erudito argentino declara que ya todo ha sido dicho por diversos autores, llegando a la pedantería de citarlos en ese mismo momento… Sin embargo —y ahí justamente el meollo de este post— la descripción que hace del intelectual argentino y su entorno podría ser un retrato de cualquier «vaca sagrada» sin importar el país o el año en que se quiera situar:
«De pronto vi que entraban nuevas personas, y que no se trataba de invitados ordinarios, pues enseguida percibí un soplo de Reverencias, Veneración y Honores hacia ellas.
»La primera en entrar fue una dama, envuelta en una capa de cibelinas, con plumas de avestruz y de pavorreal y una gran bolsa de mano; la rodeaban algunos Aduladores, los Aduladores iban seguidos de algunos Secretarios, luego algunos Escribanos y unos Bufoncillos tocando Tamboriles. Entre ellos iba un hombre Vestido de Negro, por lo visto una persona muy importante, porque tan pronto entró se oyeron voces:
»—Gran escritor, maestro…
»—Maestro, maestro…
»Y era tal su admiración que por poco caían de rodillas; sin embargo, prefirieron comer pastelillos. En seguida se formó una rueda de oyentes y él se puso a Celebrar intensamente en medio del círculo.
»Aquel hombre (era la primera vez que veía a un individuo tan raro) era de lo más sofisticado y para colmo se sofisticaba cada vez más. Cubierto con un abrigo, oculto tras grandes anteojos Negros, que lo aislaban como una cerca de todo el mundo, llevaba al cuello una bufanda de seda con puntos de color medio perla, en la mano un par de guantes negros de cefir de medios dedos, en la cabeza un sombrero negro de medias alas. Vestido y aislado de esa manera, se llevaba de cuando en cuando a la boca un frasquito pequeño, se enjugaba con un pañuelo negro el sudor de la cara o lo empleaba para abanicarse. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles, folletos, que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros. Era de una inteligencia extraordinariamente sutil que destilaba sutileza; todo lo que decía era tan inteligentemente inteligente que provocaba chasquidos de lengua de admiración de parte de las mujeres y los hombres (aunque éstos no hicieran sino mirar los Calcetines y corbatas). Bajaba la voz constantemente, pero mientras más Bajo hablaba más resonaba, porque los demás, bajando la voz, lo escuchaban aún más (aunque no lo escuchaban); y así, con su Sombrero Negro parecía conducir a su grey hacia el Silencio Eterno. Consultando a cada momento sus libros, sus apuntes, perdiéndolos, revolcándose en ellos, bañándose en citas raras, condimentaba su pensamiento y Se divertía haciendo las Cabriolas más extrañas, y todo aquello como si sólo a él estuviera destinado, como si fuese un eremita. Debido a las piruetas que hacía con los papeles y a los caprichos de su Pensamiento, se volvía cada vez más inteligentemente inteligente, y su inteligencia, multiplicada por sí misma, a caballo de sí mismo, se volvía a tal punto inteligente que… ¡Jesús, María…!»
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Imagen: Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya
lunes, 25 de agosto de 2014
"Si los tiburones fueran hombres", relato de Bertolt Brecht
—Si los tiburones fueran hombres —preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona—, ¿se portarían mejor con los pececitos?
—Claro que sí —respondió el señor K.—. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones. Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla de varec y se le otorgaría además el título de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres.
sábado, 7 de junio de 2014
Cómo odiar la literatura en unos cuantos pasos
¿Es usted profesor de letras? ¿Cada tanto imparte talleres de lectura pensando que hace un bien, no sólo a la comunidad, sino a todo el género humano? Pues bien, aquí le ofrecemos un breve tutorial para que todos aquellos que lo rodean, o que se acercan a usted en busca de recomendaciones, detesten la literatura de una vez y para siempre. Lo primero que necesita es presentarse a sí mismo como una autoridad incuestionable en la materia. Una actitud solemne siempre será adecuada para llevar su imagen a alturas insospechadas. Si quiere resultados inmediatos, puede conseguir una de esas pipas que sólo los grandes ostentan y llenarla de tabaco barato, así, cuando expulse el humo sobre el rostro de quienes se le acerquen en busca de consejo, estos toserán y llenarán sus ojos de preciosas e inefables lágrimas. Jamás ría ante los comentarios de ningún lector, por más ingeniosos o lumínicos que sean, y trate de hacer ver que la literatura es lo más serio que existe en este planeta. Un puñetazo en la mesa cuando nadie lo espere siempre reforzará la idea de que usted «tiene el poder». Pero también puede toser –no se preocupe: el tabaco barato ayudará– hasta que consiga tragarse un enorme y viscoso gargajo: se sorprenderá del efecto que eso causa en sus discípulos. Es indispensable que haga de la lectura algo obligatorio: es sabido desde tiempos inmemoriales que las obligaciones siempre predisponen de forma negativa a quien sea. Y por supuesto, entre más presuntuosa sea su autoridad, mejor. Así, los libros que recomiende deberán ser tortuosos, interminables, llenos de palabras anacrónicas que exigirán al lector estar consultando diccionarios o enciclopedias cada dos o tres frases. Si se quieren resultados inmediatos, se puede proponer el análisis comparado entre el Ulises de Joyce y La Odisea de Homero. Pero también puede enfocarse en majestuosos experimentos formales, como Esplendor de Portugal de Lobo Antunes, La ratesa de Günter Grass o incluso El libro de Manuel de Julio Cortázar. O mejor aún: puede requerir una exégesis historiográfica de El Quijote, con la condición de que sea realizada en apenas un par de semanas. El método está más que comprobado: nunca falla.
viernes, 30 de mayo de 2014
El hermano de la muerte
Recién acabo de leer El palacio de los sueños de Ismaíl Kadaré. Libro en verdad inquietante. Y es que la idea de una oficina burocrática que recopila, como si fueran una suerte de impuestos, los sueños de todos los ciudadanos de un imperio, más allá de su carácter «absurdo» e inverosímil, muestra algo que suelen temer todos los poderosos, aún cuando nunca lo confiesen: el acceso directo al pensamiento más recóndito de la gente común y corriente, es decir, a relatos o puestas en escena carentes de materia y realidad, pero que, por eso mismo, están ligados a la esencia de las cosas, es decir, pese a «nunca haber sucedido» son latentes en todo momento, como una alegoría profética en la que los símbolos danzan tenebrosamente, sobre todo por la relación entre el sueño y la muerte, cuyos territorios son los mismos, como se dice en cierto momento: "¿Qué otra cosa esperas que surja de los territorios del sueño?, continuó el otro. Son prácticamente los mismos que los de la muerte". El hecho de que el protagonista sea miembro de una familia de rancio abolengo en Albania, sólo sirve para ilustrar la manera en que algo como un sueño y su respectiva interpretación podrían caer como una especie de manifestación del destino en la vida de una persona, ya sea para arrastrarla al abismo, o para elevarla a gélidas cumbres...
Imagen
miércoles, 7 de mayo de 2014
En busca de la gloria
En El desierto de los tártaros, Dino Buzzati pone el dedo en una de las llagas más dolorosas e inconfesables de los seres humanos: la sospecha, casi siempre equivocada, de que un gran destino nos aguarda. Y es que, seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántas veces hemos imaginado que la gloria habrá de llegar tarde o temprano a nosotros? No sabemos cómo ni cuándo, pero en nuestro imaginario suponemos que no tiene más remedio que llegar (lo cual es una curiosa coincidencia con otra espera simbólica, como lo es el Día del Juicio) y entonces sí, aquellos que osaron desconfiar de nuestras capacidades o que en cierto momento se mofaron de ellas, obtendrán su merecido, quedarán deslumbrados ante ese fulgor que sólo la gloria es capaz de proporcionar. Sin embargo, además de ser «dulce», la gloria es un bien escaso, y no alcanzaría para todos los que están ávidos de ella. Esto, como es fácil de deducir, ha producido hondas e innumerables frustraciones en todas las edades humanas. La infelicidad (ésa sí abundante en toda la corteza terrestre), germinada de la envidia o de la frustración, de los sueños inalcanzables o de los deseos basados en cosas abstractas como el dinero, acecha en cada rincón de la existencia. Y lamento decirlo, pero es casi imposible librarse de ella en un mundo estructurado a partir de necesidades y satisfacciones efímeras.
Pero eso no es lo malo de todo este asunto. Lo que de verdad puede ser dramático es que a veces nos llega esa iluminación acerca de las vanas esperanzas de la gloria cuando ya no hay remedio, cuando los mejores años han pasado casi sin darnos cuenta y entonces vemos que nuestra vida se ha ido por la coladera de una espera absurda, a la que además le hemos consagrado cantidades industriales de ilusiones. En la novela de Buzzati, Giovanni Drogo perderá tres décadas creyendo vislumbrar en el horizonte, a tiro de piedra, ese futuro heroico con el que tanto soñaba. Cuando Drogo se da cuenta de la insensatez de su espera ya es demasiado tarde: su cuerpo está acorralado por una enfermedad que lo llevará a las puertas de la muerte. De nada le habrá servido el derroche de años transcurridos en imaginar cómo sería el momento de cubrirse de gloria, en aguardar a que el destino toque a la puerta, en vez de adentrarse en el presente y tratar de comprender, al menos un poco, lo que existe en derredor. La dolorosa toma de conciencia de la futilidad de la vida, sobre todo cuando la certeza de la muerte comienza a deambular con insistencia en el silencioso pero a la vez expresivo lenguaje de su propio cuerpo… No sé, el texto me dejó con la sensación de que la paradoja más cruel ante el ansia de gloria es precisamente un destino de vida minúscula, ser un puntito insignificante entre la masa de la gente común y corriente… como seguramente nos tocará en suerte a la gran mayoría de nosotros. Así que piénsenlo: ya no es tan difícil adivinar por qué hay tanta amargura por doquier y, sobre todo, por qué siempre se espera que el triunfador caiga y regrese al anonimato de la masa, del que nunca debió salir por ir tras algo tan sublime e inútil como la gloria.
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