jueves, 20 de mayo de 2010

Los días llegan abrasados


Ahí estaremos. Ojalá que pueda ver a muchos de ustedes. Y si no viven cerca o de plano están en otro continente, con que antes de dormir eleven alguna palabra incendiada me conformo.
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jueves, 6 de mayo de 2010

Buharza


Lo primero que salta a la vista cuando se contempla una buharza, es su gesto de implacable solemnidad, como si cualquier acontecimiento, por anodino que sea, pudiera engendrarle horror y repugnancia infinitos. Eso, aunado a su figura de ave melancólica, ha hecho que, o se le tema y se le señale con el dedo como al Terrible Heraldo de las Calamidades, o se le eche a escobazos cuando se posa en las ramas bajas de árboles cercanos a las viviendas de los hombres, o incluso se les llegue a confundir con espíritus incitadores a la sumisión y el desamparo. Suelen tener las garras afiladas y las plumas carcomidas por diversos insectos, si bien es cierto que las lucen con dignidad aristocrática, con lo que a veces dan la impresión de ser grandes señoras venidas a menos.

En su cotidiana interacción con otros animales, las buharzas siempre sospechan que todos a su alrededor chapalean en los pantanos de la pereza, con lo que no dudan en graznarles severos sermones llenos de moralidad y buenas maneras con ese timbre fúnebre que las caracteriza, mientras que, para sorpresa de no pocos estudiosos, consienten e instigan los más ínfimos caprichos de los colosales grosopótamos, esas increíbles bestias consagradas a la abulia, dando pie con ello a incontables y escalofriantes leyendas acerca de sus amores contra natura.

Y contrastando con esto último, se cree que debido al deprimente espectáculo de sus ritos de apareamiento con miembros de su propia raza, las buharzas están condenadas a una lenta e inexpugnable extinción, con lo que diversas instituciones asumieron la tarea de recolectar ejemplares para analizar sus claves genéticas y asegurar su futuro en esta tierra; pero los recientes datos acerca de una extraña epidemia de tristeza, cuyos focos principales han sido ubicados en dichas instituciones por los expertos, han puesto en duda la posibilidad real de su subsistencia.

jueves, 22 de abril de 2010

Mapas



Una noche me puse a rememorar los hechos que habían tenido lugar ese mismo día. Burda cotidianidad en casi todo momento: mismas cosas, mismas sombras, mismas actividades, así hasta el imprevisto y fugaz encuentro con una persona cuya importancia pudo haber crecido hasta la demencia en mi vida. El encuentro, si es que se le puede llamar así, no pasó del silencio –un gran cristal nos separaba mientras yo caminaba en la calle y ella comía en un restaurante–, quizás apenas una intensidad descomunal en la mirada y una taquicardia que bajo otras circunstancias podría considerarse fatal. Unos cuantos segundos.

Y así el previsible florecimiento de los "hubieras", el repetitivo repaso de los acontecimientos, como quien cepilla una alfombra para intentar devolverle el color que el polvo le sustraía. Entonces llegué a la imagen de un mapa que, dependiendo las circunstancias, se acercaba o se alejaba de los detalles que envuelven la vida de uno: un mapa semejante a cualquier mapa, donde todos los seres humanos son puntos de cierto color uniforme, los cuales no cesan de moverse, rayoneándolo continuamente con sus diversas trayectorias. El movimiento de todos los puntos es un hormigueo colosal, enloquecedor, sin importar que sea de día o de noche. Mas de pronto, cuando en la vida uno se encuentra con alguien a quien no ha visto desde hace mucho tiempo; o más aún, cuando en ese momento se conoce recién a alguien, sin sospechar siquiera cuán importante será, para bien y para mal, su existencia en nuestro futuro, me convencí, en fin, de que algo debe suceder con esos puntos.

Porque con todos los garabatos que uno dibuja en ese mapa, con esas intrincadas distancias previas a un encuentro trascendental, los puntos del mapa deben cambiar de color y comenzar a generar significados; o sucede quizás que en lugar de garabatos trazamos en realidad una misteriosa escritura que habla de nosostros mismos, la cual, para nuestra propia fatalidad, nunca podremos descifrar en el momento oportuno.