Hace unos cuantos días terminé de leer, de manera casi consecutiva, Chevengur de Andréi Platónov, y Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Libros tan disímiles entre sí que bien podrían representar las antípodas literarias. En el primero, un grupo de harapientos, ignorantes y bienintencionados campesinos se dan a la tarea de barbechar el terreno «social» para la llegada de la gran utopía: el comunismo perfecto. En el segundo —que dicho sea de paso leí durante más de un año—, uno de los heterónimos más lúcidos y misántropos de Pessoa se da a la tarea de llevar un diario en el que conforma un mapa de sus tedios, sueños, infelicidades y opiniones (normalmente pesimistas), sobre los diferentes rostros de la vida. Es decir, mientras en el primero se aborda una descripción de la existencia desde el aspecto del idealismo comunal, en el segundo la vemos desde un aspecto tercamente individual. Lo curioso es que, pese a que ni Platónov pudo haber oído de Pessoa, ni viceversa, según yo, podrían ser dos libros hermanos, no sólo por el hecho de haber sido escritos más o menos por los mismos años, sino especialmente por el tono de desamparo y felicidad marchita que ambos exudan. Y también porque de alguna manera se complementan. Como si el retrato humano, a través de la lente que ambos libros otorgan, pudiera ser visto en 360 grados, desde el individualismo más recalcitrante (ese que incluso desdeña la experiencia con los semejantes por considerarla «innecesaria» cuando se es un irremediable soñador, como en el caso de Pessoa), hasta el extraño proceso de la pérdida de individualidad que sufren los habitantes de Chevengur para convertirse en «ideas hechas carne» el uno para el otro. Libros en positivo y negativo que coincidieron de forma significativa en mi poco ordenada fila de lecturas. Pero también uno de esos extraños momentos que abren la posibilidad de una reflexión, por buena, mala, o incluso por obvia que ésta pueda ser. Sí, como el presente post.
martes, 2 de diciembre de 2014
martes, 14 de octubre de 2014
Libros que hacen llorar
Tranquilos. Con semejante título no pretendo hacer de este post una melodramática y sensible apología a las lágrimas. Tampoco aludir a esa extraña cualidad de depurar las almas que muchos terapeutas colocan entre sus mayores virtudes. Nada de eso. Sólo me pareció curioso que tras leer el episodio de Guerra de los Judíos en que el capitán Tito —luego de sitiar Jerusalén y ser testigo de cómo los judíos, estando en guerra contra los romanos, ponían a su propio pueblo al borde de la catástrofe al no reconocer al césar como amo y señor pese a la hambruna, el amontonadero de cadáveres en las calles de la ciudad santa, el canibalismo y los atropellos y asesinatos que los zelotes perpetraban contra su gente— levanta las manos y en una suerte de acto de contrición, manifiesta a los cielos que él no es el responsable de tanta maldad, muertes y destrucción (lo sé, relatado así parece cualquier episodio sin más trascendencia, sobre todo si pensamos que son hechos sucedidos hace casi dos mil años), en fin, me pareció curioso que de pronto las líneas del libro se distorsionaron como si estuvieran detrás de una cascada, y en la garganta un extraño nudo me dificultó el tránsito de saliva. ¿Qué demonios me estaba pasando?
No me avergüenzo de confesarlo: tuve que suspender la lectura y respirar hondo, pero en cuanto retomé el libro, las lágrimas siguieron fluyendo, amargas por lo relatado y dulces porque rara vez una historia me produce efectos semejantes. Por supuesto, no ha sido esa la única ocasión en que un libro me orilla a las lágrimas. De botepronto me viene a la mente Noches blancas, novelita de juventud de Dostoievski que, sin llegar al extremo tanto histórico como de mortandad de Guerra de los judíos —de hecho es más una cándida historia de amor— también me produjo un efecto que podríamos denominar como «ligeramente lacrimoso»; o, en un tono más épico y modernista, La noche de San Juan, de Mircea Eliade, novela con la que me derretí en lágrimas desconsoladas durante su buena media hora cuando terminaba de leerla; o incluso El maestro y Margarita, en el que Voland (o Satanás si se prefiere) otorga el inesperado regalo de la eternidad al escritor siempre ninguneado al lado de su amada Margarita... En fin, la lista, sin ser demasiado numerosa sí podría ser un poco amplia. Pero más allá de eso, me intriga el por qué un libro puede propiciar tal cantidad de melancolía. ¿Cuál es la combinación de elementos que pueden llevar a un lector común a una empatía con personajes no sólo históricos, sino también ficticios?
La pregunta anterior viene a cuento porque también he leído novelas que buscan eso precisamente, es decir, hacer todo lo posible para que el lector entre en estado lacrimoso; sin embargo, esa búsqueda cínica de un efecto emocional suele dar como resultado páginas poco afortunadas. Y es que, ¡es tan fácil caer en los dramones y el patetismo! Sobre todo si pensamos en la debilidad del ser humano por colocar encima de toda experiencia estética la que tiene que ver con lo trágico y lo terrible. Muchos escritores —en particular los principiantes—, empecinados en mostrar el «dolor de lo humano», lo que sea que eso signifique, acuden a los lugares comunes igual que las hormigas al azúcar. Y entonces, más que lágrimas preciosas e inefables, encontramos, en el mejor de los casos, sonrisas llenas de sarcasmo o, cosa más normal, muecas de desagrado en nuestros semblantes. La empatía fracasa de manera miserable y nos vemos como esa gente importunada por algún transeúnte que los abruma con supuestas desgracias familiares con tal de obtener una pequeña monedita, por más humilde que sea.
De esta manera podemos desechar a la anécdota como la sustancia principal para convertir a un lector común en un cuerpecillo tembloroso, con la sensibilidad a flor de piel, y además llegamos al quid de este post: la enorme dificultad de llevar a un lector a la empatía en una historia con elementos trágicos sin caer en el culebrón telenovelero. ¿Existirá una fórmula para evitar las trampas de lo ridículo? Si me permiten intentar responder a mi propia pregunta, creo que tanto así como que exista una fórmula, me parece más bien dudoso. Pero sospecho que todo tiene que ver con eso que alguno de ustedes tiene en la punta de la lengua desde hace rato: la forma; y, un elemento aún más importante, al menos para mí, el adecuado manejo del lenguaje. Esa es mi modesta hipótesis, buenas gentes, y para comprobarla prometo que en cuanto encuentre algún otro caso digno de ser mencionado, elaboraré aquí un nuevo post en el que me asombre por la maestría de determinado autor al convertirme en un ser plañidero. Y entonces veremos si la cuestión al fin se resolvió. Eso espero.
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lunes, 8 de septiembre de 2014
Gran escritor, maestro...
Entre las célebres, rabiosas, y también —por qué no decirlo— divertidas peleas de escritores contra escritores, hay una que me causa especial placer por haber sido llevada más allá de las simples y valentonas declaraciones. Se trata del inolvidable duelo que Witold Gombrowicz relata en Trans-Atlántico (1952), novela escrita desde su exilio en Argentina. Allí se ve cómo cierto “Gombrowicz” es obligado por sus compatriotas polacos a enfrentarse a un venerado intelectual argentino para demostrar que «los polacos no son menos que nadie» aun cuando estén en tierras extranjeras, y pese a que ellos mismos no lo creen del todo. Según Ricardo Piglia, las alusiones podrían referirse a los escritores Eduardo Mallea, Manuel Mujica Láinez o, cosa por lo menos curiosa, al personaje borgiano Carlos Argentino Daneri. Sin embargo, también parece clara la alusión a la sacra sapiencia de Borges, que ya bañaba todos los recovecos en la Argentina de finales de la década de 1940 (cosa que Piglia parece resuelto a no dejar entrever más que oblicuamente, a través de un personaje y no del propio autor), sobre todo si pensamos en el “Maten a Borges” que dio como solución Gombrowicz cuando le preguntaron, justo antes de embarcarse a Europa tras 24 años en suelo sudamericano, cuál podría ser la forma para que los escritores argentinos alcancen la madurez literaria. En la escena de Trans-Atlántico, descabellada hasta la demencia, el personaje “Gombrowicz” pierde el duelo (llenando de oprobio a sus compatriotas) al quedar “despojado” de cualquier idea propia cuando el erudito argentino declara que ya todo ha sido dicho por diversos autores, llegando a la pedantería de citarlos en ese mismo momento… Sin embargo —y ahí justamente el meollo de este post— la descripción que hace del intelectual argentino y su entorno podría ser un retrato de cualquier «vaca sagrada» sin importar el país o el año en que se quiera situar:
«De pronto vi que entraban nuevas personas, y que no se trataba de invitados ordinarios, pues enseguida percibí un soplo de Reverencias, Veneración y Honores hacia ellas.
»La primera en entrar fue una dama, envuelta en una capa de cibelinas, con plumas de avestruz y de pavorreal y una gran bolsa de mano; la rodeaban algunos Aduladores, los Aduladores iban seguidos de algunos Secretarios, luego algunos Escribanos y unos Bufoncillos tocando Tamboriles. Entre ellos iba un hombre Vestido de Negro, por lo visto una persona muy importante, porque tan pronto entró se oyeron voces:
»—Gran escritor, maestro…
»—Maestro, maestro…
»Y era tal su admiración que por poco caían de rodillas; sin embargo, prefirieron comer pastelillos. En seguida se formó una rueda de oyentes y él se puso a Celebrar intensamente en medio del círculo.
»Aquel hombre (era la primera vez que veía a un individuo tan raro) era de lo más sofisticado y para colmo se sofisticaba cada vez más. Cubierto con un abrigo, oculto tras grandes anteojos Negros, que lo aislaban como una cerca de todo el mundo, llevaba al cuello una bufanda de seda con puntos de color medio perla, en la mano un par de guantes negros de cefir de medios dedos, en la cabeza un sombrero negro de medias alas. Vestido y aislado de esa manera, se llevaba de cuando en cuando a la boca un frasquito pequeño, se enjugaba con un pañuelo negro el sudor de la cara o lo empleaba para abanicarse. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles, folletos, que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros. Era de una inteligencia extraordinariamente sutil que destilaba sutileza; todo lo que decía era tan inteligentemente inteligente que provocaba chasquidos de lengua de admiración de parte de las mujeres y los hombres (aunque éstos no hicieran sino mirar los Calcetines y corbatas). Bajaba la voz constantemente, pero mientras más Bajo hablaba más resonaba, porque los demás, bajando la voz, lo escuchaban aún más (aunque no lo escuchaban); y así, con su Sombrero Negro parecía conducir a su grey hacia el Silencio Eterno. Consultando a cada momento sus libros, sus apuntes, perdiéndolos, revolcándose en ellos, bañándose en citas raras, condimentaba su pensamiento y Se divertía haciendo las Cabriolas más extrañas, y todo aquello como si sólo a él estuviera destinado, como si fuese un eremita. Debido a las piruetas que hacía con los papeles y a los caprichos de su Pensamiento, se volvía cada vez más inteligentemente inteligente, y su inteligencia, multiplicada por sí misma, a caballo de sí mismo, se volvía a tal punto inteligente que… ¡Jesús, María…!»
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Imagen: Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya
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