lunes, 11 de julio de 2011

Antes de que el día todo lo apague

Ah, encontrarte en la vida onírica, sin las pesadas losas que te mantienen inmóvil y al acecho de una oportunidad como las que dejas escurrir a diario entre tus manos. Encontrarte sin ceños agrios, con la sonrisa abierta y la frente despejada, con los paisajes de un mundo inaccesible a los pasos ordinarios, a las actitudes que imponen las poses artificiales. Encontrarte y saber que siempre me has buscado, que por más que quieres no te has atrevido a sortear los falsos fosos que cavan las conjeturas delirantes. Ah, encontrarte cuando las voces aún son susurros, y beber de tu aliento justo antes de que el día todo lo apague…

miércoles, 29 de junio de 2011

Semillas para huracanes


Estornudé tres veces seguidas, sin parar, como un eco que, contrariamente a lo que sucede con los ecos, cada vez explotaba con mayor contundencia. No había signos de catarro ni de alergias. Simplemente fueron tres estornudos colosales y categóricos, desencadenados y anclados merced al mismo enigma. Entonces recordé la costumbre de estas tierras de asociar los estornudos de cierta persona al hecho de que alguien, en algún remoto lugar, habla acerca del que estornuda. “Alguien se acordó de mí”, se suele decir. Y entonces vemos con claridad la causa de ese efecto que es el estornudar.

Y lo curioso es que dicha costumbre se remonta a la antigüedad de estas tierras, cosa que pude comprobar cuando, por motivos que no vienen a cuento, revisé el quinto libro de los informantes de Sahagún, también conocido como Augurios y abusiones, y que está compilado en su Historia general de las cosas de la Nueva España. Allí dice lo siguiente acerca del estornudo:

«Antiguamente se decía cuando alguno estornudaba: “Alguien habla de mí, alguien me mienta.” […] O quizá decía: “Algunos discuten acerca de mí.” Dizque cuando estornudaban esto les demostraba, esto les daba a conocer que alguno, en lugar lejano, los mentaba.»

Más que deliberar acerca de la veracidad o falsedad de dicha creencia, me intriga el proceso de asociaciones que llevaron a los mesoamericanos, o al menos a los mexicas, a poner como causa de un estornudo el hecho de que alguien esté hablando de uno en un lugar remoto. Un fenómeno corporal que es efecto de un fenómeno más cercano a lo telepático. Si esa clase de relaciones existen en algo tan nimio, entonces no me sorprendería en nada que dichos estornudos, mediante un complejo y misterioso proceso, fueran a su vez las semillas de los huracanes y tifones que barren ciertas regiones del planeta.