lunes, 30 de mayo de 2011

Despojos


Soy sólo esto que ves: viles despojos,
Fragmentos de memoria abandonada,
Recuerdos que se pierden en la nada,
Dolores naufragando en los abrojos.

¡Cuán largo es el camino hacia tus ojos!
Senderos de maleza envenenada,
Los pasos agotando la empinada
Pendiente que has bloqueado con cerrojos.

No basta con mirar sin hacer ruido,
Guardarte las palabras como peces,
Fingir que nada es cierto ha sumergido

Mis sueños en un mar de estupideces.
El tiempo sigue andando con descuido
Mas yo no cejaré hasta que me beses.

lunes, 23 de mayo de 2011

Muros


Por aquellos días me tocó vivir en un departamento ubicado en la planta baja de un edificio pequeño. Era un lindo espacio, con un diminuto patio trasero en el que durante el verano se dibujaba un rectángulo perfecto de ardiente luz solar, pero que en el invierno permanecía hundido en una sombra gris, fría, melancólica, lo cual también sucedía en el cubo situado justo frente a las ventanas de la estancia, en donde había una cisterna exterior, semejante a un tinaco gigante, que estorbaba la vista del departamento de enfrente, en el que vivía una pareja de recién casados. Gracias a dicha cisterna, el yeso de las paredes se llenaba de un salpullido nocivo, una humedad malsana que enrarecía el ambiente durante los lúgubres días invernales, por más sol que se derramara en el exterior, con lo que una tarde aciaga me di cuenta de que en el pecho algo me crujía, como si en lugar de huesos tuviera trozos de madera podrida…

En fin, la cosa era que compartía varias de esas paredes leprosas con la pareja de recién casados, quienes, debido a la orientación del edificio, gozaban de un sol abundante durante el invierno y de una sombra benéfica en el verano. Como en aquellos días yo permanecía en casa por las mañanas, pude darme cuenta de que la chica únicamente salía para hacer las compras para la comida. El resto del tiempo lo dilapidaba observando telenovelas latinoamericanas con religiosa puntualidad. ¿Qué cómo sabía esa clase de detalles? Repito que compartíamos varios muros, entre ellos el de la recámara, el del baño y el de la cocina, los cuales parecían ser singularmente delgados, al grado de que yo podía escuchar, tan nítidamente como si estuvieran en mi propio departamento, los patéticos diálogos que arrojaba su televisor. Después del mediodía, yo tenía que acudir a una agencia de publicidad y conseguir mi subsistencia creando frases pegajosas –y no pocas veces estúpidas– para productos y servicios, y por las noches, cuando regresaba ahíto de tedio y con los nervios de punta gracias al ritmo frenético del trabajo y a la permanente histeria de la bruja que fungía como mi jefa, lo único que lograba relajarme era recostarme en silencio entre las tinieblas de mi habitación.

Así pude comprobar que el joven esposo llegaba tarde (el noticiero ya estaba en la televisión) y casi siempre de pésimo humor. Solía irritarse con su joven esposa por cualquier nimiedad, aunque con el paso del tiempo se sosegaba, casi seguramente después de cenar. Yo trataba de no hacer ruido: una especie de pudor me lo impedía. Incluso escuchaba música colocándome audífonos para evitar cualquier sonido que delatara mi presencia. Y entonces sucedió varias veces que, pasada la media noche, cuando naufragaba en un sueño sin sueños, los sonidos de una especie de agonía me despertaban. De inmediato se apoderaba de mí una vigilia frenética, y acercaba el oído al muro lo más que podía para escuchar mejor aquella suerte de gozosos lamentos. Por supuesto, no era eso lo único que escuchaba, sino que alcanzaba a discernir la voz del joven marido mascullando obscenidades, o como en ciertas ocasiones en que escuché la implorante voz de la chica, casi como si me lo hubiera dicho a mí: “No, nene, así no…”, y él, hosco e imperturbable: “A ver, cómo chingados no, ven acá…” y entonces una muchedumbre de resortes se ponían a rechinar de forma lastimera, y poco después empezaba una larga serie de gemidos aún más vehementes, los cuales varias veces desembocaron en un llanto inconsolable, mientras que, a la par, se producían sonidos extraños que iban en constante aceleración, como si alguien batiera palmas rítmicamente, con entusiasmo, todo lo cual obraba un efecto fatal en mí, porque entonces la imaginación sobrepasaba mi voluntad y… bueno, en cierto momento incluso colocaba una mano –la que me quedaba libre– en el muro, y quizás presa de mi propia imaginación desbocada, creía sentir un calor que yo de inmediato atribuía a la mano de ella, colocada acaso en la misma posición que la mía, con lo cual intentaba una suerte de comunión silenciosa, incluso metafísica, en aquel instante de convulsa y dramática semiinconsciencia.

Y así también solía ocurrirme en el baño, a donde yo llevaba mis libros para leerlos con toda tranquilidad, cuando de pronto escuchaba los terribles ruidos que producían las entrañas de alguien que no era yo del otro lado del muro. Y entonces, sobre todo por la mañanas, cuando estaba seguro de que era ella, imaginaba a mi hermosa vecina colocada justo frente a mí, ambos sentados en el retrete con gesto de profunda concentración y la mirada fija al frente, como en un espejo. En otras ocasiones la escuchaba llorar en algún lugar indeterminado, porque hasta mí llegaban sus sollozos un tanto apagados, quizás porque los iba depositando uno por uno en la profundidad de su almohada, o, más improbablemente, escondida en el closet. Sólo un par de veces nos encontramos a la entrada del edificio, y ella, con exquisita educación, me saludó con un impersonal “Buenos días” sin apenas mirarme, mientras que yo le dediqué intensas y significativas miradas, como queriendo hacerle ver que podía confiar en mí por encima de todas las cosas.

Poco después fue necesario mudarme. Los ruidos de mi pecho se hacían cada vez más inquietantes, mi respiración se había llenado de agudos silbidos, e incluso mi piel ostentaba un color verdoso que nada bueno auguraba, según me advirtió el doctor al que acudí. Necesitaba que el sol y un aire menos viciado resecaran todo el moho que había incubado en el pecho durante aquellos meses. Así, en los últimos días que pasé en ese departamento, me pegaba totalmente a la pared para que, si ella se acercaba, sintiera mi calor como un aliado para todos esos momentos llenos de pequeñas e inexplicables tristezas que aún le aguardaban en la vida. Y me concentré tanto en ese pensamiento que, durante un instante de mi desvelada última noche, sentí claramente una serie de golpecitos en la pared, casi imperceptibles, seguramente hechos con las yemas de los dedos. Cuando contesté a los golpecitos, cometí la tontería de hacerlo con los nudillos, con lo que aquéllos enmudecieron de inmediato, y pese a que continué en vela el resto de la noche, adosado al muro, ya no se escucharon más. Aún por la mañana, mientras los vigorosos cargadores de la mudanza iban y venían con mis escasos muebles, traté de poner atención a la pared de la recámara y del baño, e incluso atisbé por el fragmento de ventana que dejaba libre la cisterna, pero fue inútil, el silencio se había instalado definitivamente.

Y ya no la vi más.

Me esperaba mi vida en otro barrio, entre el hueco de otras paredes...

sábado, 14 de mayo de 2011

A la hora ciega


A la hora ciega te encontré
entre los ilimitados muros de una floresta,
donde las cabañas duermen en quietud definitiva.
Eran las palabras espíritus revoloteantes,
alegres demiurgos que dibujaban
tardes de música, encuentros y casualidades.
Las miradas reían sin lastres,
como niños correteando en la espesura.
Y en el resplandor de esa esfera sin horas
hablaste de volver a casa.
Laberinto umbroso de una alameda,
novedad del camino revelado:
primavera que fue borrando
la impureza de los muros descascarados.
Tus ojos,
remotos mares al mediodía,
rieron sin oscuros presagios cuando sembré un beso
en la curva risueña de tus labios.
Te enfadaste jovialmente,
como saboreando un momento
que sellaba ese inicio tantas veces postergado.
Y entonces desapareciste,
en la hora ciega,
dejándome con burbujas chispeantes en el cuerpo,
con el ansia enjaulada de quien sabe
que los días llegan a su hora,
arrojando los restos del tiempo en el camino.
Aún pude ver que la vejez, con rostro de mujer,
derramó oscuridades en mis oídos.
Pero todo empezaba a perder importancia,
hasta el animalillo feliz que saltó de sus brazos,
porque la repentina solidez de los ruidos
y una torpe inundación luminosa
presagiaban ya el reinado de los sentidos.

sábado, 7 de mayo de 2011

Sobre la producción de elogios rimbombantes


Es increíble cómo este pequeño ensayo de Gabriel Zaid, originalmente publicado en 1975, produce en pleno 2011 no sólo carcajadas, sino una suerte de resaca salvaje, provocada por su abrumadora actualidad. Lo transcribo completo del libro Cómo leer en bicicleta, Random House Mondadori (2009), pp. 27-31.

Sobre la producción de elogios rimbombantes

La industria del elogio necesita modernizarse. El arte de elogiar es difícil, poco adaptado a la velocidad y magnitud que la moderna producción de elogios requiere. Hacen falta elogios mecánicos que, a diferencia de los comunes y corrientes, sean mecánicos de verdad: acuñados con máquinas.
La solución es modular: infinitas formulaciones que sean variantes de un prototipo. Pero, ¿bastará un solo elogio para la demanda insaciable, en un país hambriento de elogios? Si escribir no da dinero, ni poder, ni siquiera lectores, ¿se puede coronar de Gloria, Gloria Inmensa, Gloria Única, a todos los que ponen su ilusión en las Bellas Letras?
Esto da por supuesto que la producción de elogios no da abasto. A juzgar por lo que se dice, no existirían siquiera los elogios, sino la crítica feroz, pronta a devorar todo engendro creador. Sin embargo, basta un mínimo recuento de notas y reseñas que se publican para ver que lo único feroz en México es el silencio. Las reseñas y notas son, por lo general, elogiosas, o cuando menos anodinas. Y tienen más lectores que los libros.
Un elogio puede leerse en una peluquería. En cambio, leer los libros supone un ánimo decidido, aunque sea decidido por la necesidad de escribir un elogio. Afortunadamente, el ruido sobre los autores interesa más que los libros; y se difunde empaquetado en solapas, boletines, reseñas, entrevistas, polémicas y balances de fin de año, que suenan y resuenan, aunque los libros no se lean. Hasta los pocos maltratados por la crítica reconocen que lo importante es el ruido: “Propaganda que me hacen” –dicen triunfalmente.
Los grandes elogios de libros no leídos sirven para olvidar en qué país vivimos. Sostienen nuestro milagro editorial: la sobreproducción en medio del subconsumo. En efecto, si se tratara de leer, en vez de hablar de libros y chismes de escritores, la deflación sería espantosa. Todo escritor quer haya superado su primer narcisismo, como para darse cuenta del país en que vive, necesita un segundo aire narcisista para continuar, porque, si no, dejaría de escribir.
El nuevo aliento puede provenir del narcisismo colectivo. Diciendo, por ejemplo, que llega Nuestra Hora. ¡Al fin, América va a ser descubierta! Vamos a ver: dentro de la hora actual, ¿qué presencia más noble que la del Tercer Mundo? Dentro del Tercer Mundo, ¿qué bloque más importante, por sus años de antigüedad en subdesarrollo, que el nuestro? Dentro de América Latina, ¿qué país más significativo que México? Y, si fuera de México todo es Cuautitlán, y en esta capital de envidiosos y resentidos sólo aquí se reconoce la verdad, ¿a quién le corresponde el Laurel? A ti y a mí.
Compadre. Tu libro es tan universal, tan futurizante de nuestro rol en la nueva cultura planetaria, tan incomparablemente superior a todo lo que se ha escrito en español desde el siglo XI, que es el único que he leído en mi vida.

¡Nada de pequeñeces cicateras! Sólo es justo un elogio absoluto. Y es fácil producirlo con el siguiente método:
1. Hacer una ficha analítica de la obra o persona que se quiera elogiar.
2. Sobre las categorías de análisis, repasar (con un fichero electrónico) lo que “ha habido” en esas categorías.
3. Cruzar la ficha contra eso, hasta que salte un absoluto.
Ejemplo en el que salta fácilmente un absoluto: El señor es de Chamacuero [ficha]. En Chamacuero nunca ha habido poetas [fichero]. Luego, el señor es Absolutamente el Poeta Más Grande de Todos los Tiempos que ha habido en Chamacuero.
¿Y si en Chamacuero hubo un tal ‘Margarito Ledesma’, autor de unas Poesías más o menos cómicas? Todavía es posible un absoluto, si estructuramos el elogio para que eluda esa limitación: Nunca, en la historia de Chamacuero, ha habido un poeta más grande, en vena seria, que el inmenso Fulano.
Pero supongamos que Chamacuero fuese también la cuna de López Velarde. A las categorías geográfica [Chamacuero], de género [poesía] y vena [seria], incorporamos la categoría cronológica y resolvemos el problema: después de López Velarde, no ha habido en Chamacuero un cantor de la provincia, en vena seria, más grande que el grandísimo Fulano de Tal.
Por último, supongamos que en Chamacuero haya habido muchos grandes poetas, o que nos pidan un elogio de magnitud cósmica. La salida es fácil:
Ni Homero, ni Dante, ni Shakespeare, ni San Juan de la Cruz, ni Baudelaire, ni Octavio Paz, lograron, como el grandísimo Fulano, plasmar en un poema las vivencias de una niñez tranquila en Chamacuero.

Un solo y mismo elogio, convenientemente categorizado, se puede multiplicar en elogios infinitos, todos ellos únicos y absolutos. El método cumple la exigencia mecánica industrial (estandarización con un solo modelo) y las necesidades del caso particular, lo cual supera a Henry Ford con su Modelo T.
Desde luego, si hay que cruzar demasiadas categorías, el resultado puede ser enfadoso. Pero siempre cabe perfilar un conjunto de categorías que excluya lo que estorbe para alcanzar el absoluto:
Nunca en la historia de la literatura mexicana, hubo un novelista sinaloense que (teniendo un padre tuerto, y habiendo hecho sus estudios de metalurgia en Torreón) tuviese mayor dominio del monólogo subjetivo.
Sin embargo, hay cortacaminos deseables, ficheros de cruce rápido, que permiten abreviar. Es el refinamiento del sistema. Con una mentalidad provinciana, el fichero geográfico pudo haber sido la solución. Mas ya no estamos en los tiempos de la celebración local: “Para estar hecho en México, es de primera”. Estamos en los tiempos del Juicio Universal Subjetivo.
El más directo es obvio: “En la literatura universal, a Mi Ilustre Juicio, no hay un libro tan importante como el tuyo”. Tiene el inconveniente de limitarse a un solo libro. Para que nunca falten elogios rimbombantes, hay que cruzar el criterio “A mi juicio” con un fichero cronológico de lecturas. El resultado es de una fertilidad jupiterina, sobre todo si se disfraza, jupiterinamente, con una o dos categorías adicionales, que, como se comprende, salen sobrando:
Después de La guerra y la paz [categoría innecesaria, pero que hace más tonante el juicio], no hay en la literatura universal [ídem], una novela más grande que la tuya [ojo:] que haya leído en los últimos quince días.