viernes, 29 de noviembre de 2013

El Quijote de Chihuahua

Es quizás el episodio más conocido de don Quijote de la Mancha: tras tomar las armas de caballero andante para "socorrer viudas y desfacer entuertos", encuentra rápidamente a sus primeros adversarios: un ejército de desaforados gigantes que, bajo la apariencia de molinos de viento, amenazan a la gente de bien. Él no está dispuesto a permitirlo y por eso los desafía a una fiera y desigual batalla de la que saldrá maltrecho y terriblemente apaleado, aunque con el honor intacto de quien sabe que su deber pudo haberse cumplido a cabalidad, de no haber sido por las malas artes del sabio Frestón, que tornó en molinos de viento a los horrorosos gigantes…

Este quijotesco episodio tuvo una especie de actualización a finales del siglo XIX, aunque en circunstancias del todo distintas, según lo señala Friedrich Katz en su monumental Pancho Villa: no se dio en la España del siglo XVII, ni tampoco como una nueva versión literaria de la obra mayor de Cervantes, sino que sucedió en el norte de México y, además, entre los tejidos de la realidad: en un pueblo chihuahuense llamado Tomóchic, en 1891 se dio una rebelión que causó serios dolores de cabeza al gobierno no sólo chihuahuense, sino del mismísimo Porfirio Díaz. Poco más de cien hombres pusieron en predicamentos a las fuerzas federales amparados por la fe que tenían en una jovencita que, según muchos, obraba fastuosos milagros: Teresa Urrea, mejor conocida como la Santa de Cabora, quien, junto con el propio Dios, protegería a los tomochitecos de sus enemigos. Con esa convicción y pese a una vasta inferioridad numérica, lograron rechazar a los soldados federales y ponerlos en fuga.

La cosa no le gustó nada a don Porfirio, que decidió enviar al general Cruz –un muy amigo suyo– al mando de un destacamento de caballería con el fin de aplastar la rebelión de Tomóchic antes de que contagiara otras zonas inestables del país. Sin embargo, el general Cruz vertió en su organismo el licor de incontables botellas durante el par de días que duró el traslado, de tal suerte que su cerebro comenzó a urdir una excéntrica alucinación, en la que un sembradío de maíz se transfiguró en los rebeldes habitantes de Tomóchic. Y así, con gran valentía se abalanzó contra la milpa poniendo el ejemplo ante sus hombres, tal como lo haría el más honorable de los jefes militares. Blandiendo su sable y dando mandobles a diestra y siniestra, el general Cruz logró lo que no consiguió don Quijote con los molinos de viento: acabar con el osado enemigo en poco tiempo y con harta gloria y, tras su regreso a la ciudad de Chihuahua, ensalzar su victoria a través de un informe en el que daba cuenta del éxito de su misión frente a los revoltosos.

El subsecuente ridículo que sufrió don Porfirio al enterarse, no sólo de que el general Cruz no había llegado siquiera a Tomóchic gracias a una borrachera, sino de la extravagante narración de sus aventuras a través de un informe oficial, fue tal vez lo que hizo que la masacre perpetrada contra los tomochitecos fuera tan cruel.

Pero eso pertenece ya a la jurisdicción de la historia.

Lo que a mí en verdad me preocupa es que éste sea el primer episodio conocido de una larga y malévola serie de «eventos reales» que busquen emular algunos de los pasajes más célebres de la literatura. Porque, pensemos un poco: ¿a dónde llegaríamos si a Fulanito, en medio de una beoda epifanía, se le ocurre realizar proezas que ya están escritas desde hace largos siglos en, digamos, Gargantúa y Pantagruel?

lunes, 4 de noviembre de 2013

Tlacaxipehualiztli: la fiesta de Xipe Tótec

En una entrada anterior hablaba de las costumbres guerreras de los escitas, en particular de los ritos de desollamiento que practicaban contra sus enemigos más acérrimos. Si hacemos un salto tanto temporal como geográfico, y vamos hacia las tierras que hoy forman parte de México, veremos otros ritos de desollamiento que, a diferencia de los que practicaban los escitas, estarán teñidos de una profunda religiosidad. Había una fiesta llamada Tlacaxipehualiztli —que significa “desollamiento de hombres”—, la cual se realizaba en honor del dios Xipe Tótec, asociado con la primavera y la fertilidad. Todos aquellos hombres o mujeres que padecían enfermedades de la piel como apostemas, bubas o sarna, o bien las que surgen en los ojos por la afición desmedida al pulque, por ejemplo, hacían voto de vestir el pellejo de algún sacrificado cuando se llevase a cabo la fiesta con el fin de agradar al dios y que de ese modo pudiesen sanar sus enfermedades. Según lo consignado en el Libro I de Historia general de las cosas de Nueva España, esta fiesta tuvo su origen en Tzapotlan, un pueblo de la región de Xalisco, y consistía en lo siguiente:

«A los cautivos que mataban arrancábanlos los cabellos de la coronilla y guardábanlos los mismos amos, como reliquias; esto hacían en el calpul [caserío] delante del fuego.

»Cuando llevaban los señores de los cautivos a sus esclavos al templo donde los habían de matar, llevábanlos por los cabellos; y cuando los subían por las gradas del cu [templo], algunos de los cautivos desmayaban, y sus dueños los subían arrastrando por los cabellos hasta el tajón donde habían de morir.

»Llegándolos al tajón, que era una piedra de tres palmos en alto o poco más, y dos de ancho, o casi, echábanlos sobre ella de espaldas y tomábanlos cinco: dos por las piernas y dos por los brazos y uno por la cabeza, y venía luego el sacerdote que le había de matar y dábale con ambas manos, con una piedra de pedernal, hecha a manera de hierro de lanzón, por los pechos, y por el agujero que hacía metía la mano y arrancábale el corazón, y luego le ofrecía al sol; echábale en una jícara.

»Después de haberles sacado el corazón, y después de haber echado la sangre en una jícara, la cual recibía el señor del mismo muerto, echaban el cuerpo a rodar por las gradas abajo del cu, e iba a parar en una placeta, abajo; de allí le tomaban unos viejos que llamaban quaquacuiltin y le llevaban a su calpul donde le despedazaban y le repartían para comer.

»Antes que hiciesen pedazos a los cautivos los desollaban, y otros vestían sus pellejos y escaramuzaban con ellos, con otros mancebos, como cosa de guerra, y se prendían los unos a los otros. Después de lo arriba dicho mataban otros cautivos, peleando con ellos y estando ellos atados por medio del cuerpo, con una soga que salía por el ojo de una muela como de molino, y era tan larga que podía andar por toda la circunferencia de la piedra, y dábanle sus armas con que pelease y venían contra él cuatro con espadas y rodelas, y uno a uno se acuchillaban con él hasta que le vencían.»


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Imagen: Xipe Tótec, Códice Borbónico

lunes, 7 de octubre de 2013

"Parábola del trueque", relato de Juan José Arreola


Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

—¿Por qué no me cambiaste por otra? —me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.

Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

—¡No me tengas lástima!

Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:

—¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.

Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

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Imagen: Eduard Ansen-Hofmann, En el mercado de esclavos (Am Sklavenmarkt)

lunes, 30 de septiembre de 2013

Costumbres guerreras de los escitas

Me puse a revisar el Libro IV de Los nueve libros de la historia de Heródoto, uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, dicho sea de pasada, y encontré la descripción de las costumbres guerreras que tenían los escitas (conjunto de pueblos ubicados antiguamente en lo que hoy es Irán, Ucrania, Kazajistán y el sur de la Rusia asiática), las cuales, si se comparan con los ritos que hacían los mexicas en honor del dios Xipe Tótec, darán pie a una extraña constelación que irá tomando forma en futuras entradas de este blog:

«En lo que atañe a la guerra tienen estas ordenanzas: cuando un escita derriba a su primer hombre, bebe su sangre, y presenta al rey la cabeza de cuantos mata en la batalla: si ha traído una cabeza, participa de la presa tomada; si no la ha traído, no. La desuella del siguiente modo: la corta en círculo de oreja a oreja, y asiendo de la piel la sacude hasta desprender el cráneo, luego la descarna con una costilla de buey y la adoba con las manos, y así curtida, la tiene por servilleta; la ata de las riendas del caballo en que monta y se enorgullece de ella, pues quien posea más servilletas de piel es reputado por el más bravo; muchos de ellos hasta se hacen de esas pieles abrigos para vestir, cosiéndolas como un pellico. Muchos desuellan la mano del enemigo sin quitarle las uñas, y hacen una tapa para su aljaba. Por lo visto la piel del hombre es recia y reluciente, y casi la más blanca y lustrosa de todas. Muchos desuellan a los muertos de pies a cabeza, extienden la piel en maderos y la usan para cubrir sus caballos.

»Tales son sus usos; con las cabezas, no de todos, sino de sus mayores enemigos hacen lo siguiente. Sierra cada cual lo que queda por encima de las cejas, y la limpia; si es pobre la cubre por fuera con cuero crudo de buey solamente y así la usa; pero si es rico, la cubre con el cuero, pero la dora por dentro y la usa como copa. Esto mismo hacen aun con los familiares, si llegan a enemistarse con ellos y logran vencerlos ante el rey. Cuando un escita recibe huéspedes a quienes estima, les presenta tales cabezas y les da cuenta de cómo aquellos, aun siendo sus familiares, le hicieron guerra, y cómo él los venció. Esto consideran ellos prueba de hombría.»

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Instantáneas



Rencor

Profundamente preocupado por esa bête noire de nuestra sociedad que es el rencor, y tras cavilar a conciencia en ello, llegué a la conclusión de que me resistiré lo más posible a sus encantos. Sé que no es una decisión fácil, o incluso razonable, sobre todo si se vive en un mundo como éste, donde hay tantas personas proclives a devolver desprecio a cambio de afecto o camaradería. Pero la otra perspectiva, es decir, devolver rencor a cambio de desprecio, me parece de una inutilidad proverbial. Como si dijéramos que uno quisiera llenarse de tierra los bolsillos y así juntar la suficiente cantidad para la creación de un jardín hermoso y terrible, en donde florecerían alegremente los odios que uno sea capaz de engendrar durante toda su vida.


Exotismos

Hacía ya bastante tiempo que no encontraba una muerte digna de mención en un libro. Y entonces llegué por azar a El grito silencioso de Kenzaburo Oé. Ahí, el mejor amigo de Mitsusaburo Nedokoro decide terminar con su existencia de una manera estrafalaria y acaso cargada de un inquietante significado: se ahorca desnudo, no sin antes haberse pintado el rostro de color bermellón y de haberse insertado un pepino en el ano. Pero más allá de esa mueca indescriptible que muchos de ustedes acaban de dibujar en sus rostros, me interesa lo que dice la abuela del suicida, ya que aporta una justificación casi irresistible para la exótica muerte de su nieto: «¡Todos hemos de morir! Y, dentro de cien años, ¿a quién le importará cómo has muerto? ¡Lo mejor es morirse del modo que a uno le dé la gana!».


Generosidad

Si usted, amable lector, es uno de esos pobres diablos que, al igual que yo, suele recorrer la ciudad de México valiéndose del siniestro Sistema de Transporte Colectivo, seguramente conocerá muchas de las innumerables triquiñuelas que usan los mendigos para conseguir su diario sustento. Es por eso mi deber advertirle de una nueva clase que, debido a su complejidad, se resiste a entrar fácilmente en alguna categoría establecida. Verá usted: el otro día encontré a uno que, tras vociferar religiosas sentencias acerca de los generosos de corazón, se encaraba con cada pasajero para exigirle en metálico su dosis de bondad, y si alguno, ¡ay!, se hacía el desentendido o se volteaba a otro lado o de plano se negaba, el mendigo entonces montaba en ira y le advertía agriamente acerca del infernal destino que le aguardaría a su alma por no soltarle una mísera moneda a él, un pobre necesitado, de esos que son los favoritos de Dios, con lo que al final consiguió que su vasito de plástico rebosara una nada despreciable cantidad de monedas de uno, dos, cinco y hasta diez pesos…

lunes, 29 de julio de 2013

"Aventuras", relato completo de Witold Gombrowicz


Aventuras *

En el mes de septiembre de 1930, mientras navegaba hacia El Cairo, me caí en las aguas del Mediterráneo. Caí con un ruido estentóreo, ya que el mar estaba perfectamente en calma y ni una sola ola rompía su superficie. Sin embargo, nadie advirtió mi caída sino hasta unos cuantos minutos más tarde, cuando la nave se había alejado ya casi kilómetro y medio. Cuando al fin se dio la orden de volver atrás y de dirigir el barco hacia mí, el capitán, nerviosísimo, ordenó la marcha a tal velocidad que el gigante pasó a mi lado sin poder detenerse y me hizo tragar, contra toda mi voluntad, una buena cantidad de agua salada. El navío volvió a dar la vuelta, pero también en esa ocasión pasó a mi lado con la velocidad de un tren a toda marcha y se detuvo demasiado lejos. La maniobra se repitió por lo menos diez veces con desconcertante obstinación. Entretanto, un gran yate privado se acercó y me recogió. Entonces mi barco, L’Orient, pudo reemprender tranquilamente su ruta.

El capitán del yate, que era también su propietario, me hizo atar y me encerró en un camarote, porque, mientras se cambiaba los zapatos, yo había dejado escapar una mirada de estupor a la vista de sus pies blancos. Aunque tenía el rostro blanco yo habría jurado que sus pies debían ser negros como el carbón. ¡Nada de eso! ¡Tenía los pies completamente blancos! Aquello bastó para que alimentara hacia mí un odio ilimitado. Comprendió que era yo la única persona en el mundo que había descubierto su secreto: era un negro blanco. (La verdad sea dicha, se trataba de un mero pretexto.) Durante los ocho siguientes meses navegó sin parar, atravesó innumerables mares, deteniéndose sólo para proveerse de combustible, y durante todo ese tiempo se deleitó con el poder absoluto que le proporcionaba el tenerme encerrado en un camarote oscuro donde podía disponer de mí a su antojo.

Por grande que fuera su odio, era natural que un día tuviera que desaparecer en los abismos de su poder sin límites y, si a pesar de todo decretó para mí una muerte cruel, no fue por hacerme sufrir sino para poder deleitarse él. Había calculado durante largo tiempo la manera que le permitiría disfrutar a mis expensas de placeres que, solo, no habría tenido el valor de experimentar. Algo así como el inglés que encerraba insectos en cajas de cerillas y las arrojaba a las cataratas del Niágara. Cuando fui conducido por fin al puente del yate, además de miedo, sentí nostalgia, pesar y gratitud… En efecto, he de admitir que aquel individuo había elegido para mí el tipo de muerte con el que yo había soñado desde niño. Con instrumentos especiales, de los que evitaré cualquier descripción, crearon un artefacto excepcional… Finalmente me encontré colocado en el interior de un recipiente de cristal en forma de huevo, lo suficientemente amplio como para poder mover brazos y piernas, pero demasiado pequeño como para poder cambiar de posición.

El cristal tenía un espesor de unos tres centímetros. No había una sola fisura ni un remiendo en toda la superficie. En un único extremo había un pequeño orificio por donde entraba el aire. Tomad un huevo enorme y perforadlo con una aguja, y ése será el huevo en que me encontraba metido, mientras el espacio del que disponía no era mayor que el reservado a un embrión de pollo.

El Negro me enseñó el mapa del océano Atlántico y señaló la posición de nuestro yate; nos encontrábamos cerca del centro del océano, entre España y la parte septentrional de México. El punto exacto en que la poderosa Corriente del Golfo, proveniente de América, se dirige hacia el Canal de la Mancha, la costa norte de Inglaterra y la Península Escandinava. En el mapa se veía sin embargo que, a una distancia de unas mil millas de Europa, la Corriente del Golfo se bifurca y que su componente meridional gira hacia el Sur, a la derecha, para continuar con el nombre de Corriente de las Canarias. A la altura del Senegal, la Corriente de las Canarias tuerce nuevamente hacia la derecha (es decir, hacia la izquierda en el mapa), llamándose entonces Corriente del Ecuador; la Corriente del Ecuador sigue hacia la derecha como Corriente de las Antillas, y al final la Corriente de las Antillas, tomando otra vez a la derecha, vuelve a reunirse con la Corriente del Golfo para recomenzar de nuevo toda la trayectoria. De esa manera las corrientes forman un círculo cerrado con un diámetro de mil quinientos a dos mil kilómetros. Si se os ocurre arrojar desde el puente de un navío un trozo de madera, tened la seguridad de que, al cabo de seis meses, tal vez de un año, tal vez de tres, las agitadas aguas del océano lo conducirán, siguiendo la ruta de Occidente, al mismo punto del que partió hacia Oriente.

—Serás arrojado al mar en el interior de este recipiente cristal —fue lo que en sustancia me dijo el Negro—, y ninguna tormenta será capaz de hacerte naufragar. Llevarás contigo un paquete con tres mil comprimidos de caldo, lo que quiere decir que, si tomaras uno al día, la ración te bastará para vivir diez años; tienes también a tu disposición un pequeño, pero infalible instrumento para destilar agua. La verdad es que el agua no va a faltarte nunca; tendrás más de la que vas a necesitar en el  curso de tu errante pasividad, tanto sobre las aguas como debajo de ellas; cuando finalmente exhales el último suspiro porque te lleguen a faltar las pastillas de caldo concentrado, tu cadáver continuará circulando por el camino trazado, flotando, flotando, flotando…

Me lanzaron, pues, a las aguas de océano. El huevo se hundió en un principio, pero más tarde emergió a la superficie… Aquel día soplaba un fuerte viento, no había sol, el mar estaba muy agitado, y la primera ola que me recibió me colocó sobre su espalda verduzca y espumante y durante unos instantes me condujo hacia las alturas, pesadamente… pero, después de haberme levantado, me hizo precipitar con estruendo hacia un abismo. Bajo la superficie del mar había una calma verdosa. Sin embargo, tan pronto como volví a ver la confusa y opaca cúpula del cielo, el dedo amenazador de Dios sobre mi cabeza, una montaña vertical me lanzó al abismo acuático, esa vez sólo por un minuto. La tercera ola arrastró el huevo de cristal dulcemente por un periodo bastante prolongado, luego pasó sobre mí y, mientras me cubría, encontré un poco de calma en el fondo del valle. Pero llegó una cuarta ola, luego una quinta… ¡Y al fin estalló la tormenta! Gigantes deformes, monstruos jorobados me condujeron hasta cimas enloquecedoras para luego arrojarme al fondo del abismo. Y, naturalmente, no había probabilidad alguna de hundirme para siempre. El Negro debió de haberme seguido en su barco durante unas dos semanas… luego, evidentemente cansado y aburrido, tomó otro rumbo.

Según las recomendaciones que había recibido, cada día chupaba una pastilla de caldo concentrado y bebía el agua destilada por medio de una sonda de hule. De esa manera me fue dado absorber la nostalgia de todos aquellos que, sin poder lanzarse, contemplan el mar desde los altos puentes de los barcos sin poder participar en su juego. Y jamás pude establecer la menor ley que regularizara mi eterno movimiento, jamás fui capaz de adivinar si el agua me levantaría o me hundiría, si me azotaría por un costado o por el otro, así como tampoco lograba comprender cómo avanzaba a pesar de que sabía que me dirigía hacia Oriente. No había nada que no fueran montañas o valles marítimos, ruidos y espuma, muros de agua verticales, desencadenados, apresurados, abismos aterradores, masas que desaparecían debajo de mí, sin que supiera yo adónde, altísimas colinas, precipicios imprevistos, crestas que aparecían rápidamente para desaparecer de inmediato en una fuga precipitada, la vista de la cima y la del fondo, toda la actividad del océano. Finalmente abandoné la actitud de observador. En cierta ocasión, vi cómo un trozo de madera solitario, que durante varios días me había hecho compañía a cierta distancia, se alejaba lentamente y desaparecía en el espacio saturado de sal y niebla. Tuve entonces deseos de aullar dentro de mi huevo, porque comprendí que aquel leño se dirigía hacia las costas de Europa, en tanto que yo seguía la ruta meridional de la corriente rumbo a las islas Canarias, para permanecer por toda la eternidad flotando, flotando, flotando… en un círculo vicioso. El Negro había hecho sus cálculos a la perfección. Sin embargo, en vez de gritar, me puse a cantar, ya que el desencadenamiento de los elementos marítimos me predisponía siempre al canto.

Un barco francés, que llevaba la bandera de la Sociedad Chargeurs Réunis, me atropelló, rompió el cristal del huevo y me rescató. Así terminó mi peregrinación. Pero eso ocurrió sólo unos años más tarde. Al desembarcar en Valparaíso, me dio inmediatamente por esconderme del Negro, pues estaba convencido de que me había seguido.

2

Que el Negro lograría darme caza era para mí evidente, y sólo por una razón: quien una vez ha disfrutado con otro como lo había hecho conmigo o, para expresarme mejor, quien una vez ha conocido el tipo de placer que él había obtenido de mí, nunca podrá ya renunciar, como el tigre que ha probado una vez carne humana. En efecto, al parecer, la carne humana contiene algo que no se encuentra en ninguna otra. Atravesé en la huida todo el continente americano y me dirigí hacia Occidente, y, finalmente, de todos los sitios de este mundo el que más seguro me pareció fue Islandia. Pero la mala suerte hizo que no pudiera resistir la mirada del aduanero de Reykjavik, y confesé mi culpa. Nunca había tratado de pasar nada de contrabando en ninguna frontera, siempre había mirado a los ojos a los funcionarios de aduana y siempre abría las maletas antes de que me lo pidieran. Siempre también recibía una frase de elogio del aduanero al cruzar una frontera. Pero, en aquella ocasión, mi conciencia turbia no logró resistir a una especie de reproche mudo que se ocultaba en la mirada del funcionario y admití que, a pesar de que mi equipaje no contenía ningún objeto prohibido por los reglamentos aduaneros, yo no estaba del todo libre de culpa, ya que trataba de pasarme a mí mismo de contrabando. El funcionario no me puso ninguna dificultad, pero es evidente que informó a quien debía hacerlo; dos días más tarde apareció el Negro y volvió a conducirme a su yate.

Y volví a encontrarme en un camarote, dando satisfacción a los desenfrenados caprichos del Negro. El yate no seguía ningún destino fijo, y no ahorraba carbón ni vapor. Él, entretanto, hacía conjeturas, entre un número infinito de posibilidades, sobre mi suerte y sobre qué punto del mapa debía reservarme. Yo aceptaba todo con la más absoluta calma, como si precisamente aquél fuera mi destino. Por otra parte, sabía cómo terminaría aquella aventura: no de una manera que me resultara del todo nueva y desconocida, sino por el contrario de una que yo conocía y que tal vez desde hacía muchos años había anhelado experimentar. Cuando, después de largos meses de prisión sofocante, pude respirar finalmente el fresco aire marítimo, vi que el puente de popa se plegaba bajo el peso de una enorme bola de acero (o más bien de un cono de acero) cuya forma recordaba un poco la de un obús.

Ese juguete debió de haberle costado por lo menos varios millones. Comprendí de pronto que aquel obús debía estar vacío, ya que de otra manera no podrían meterme en él. Y, en efecto, cuando abrieron una portezuela lateral y me arrojaron al interior, vi un pequeño saloncito. Precisamente reconocí aquel pequeño salón carente de adornos y de detalles superfluos como salón. A pesar de que las paredes del obús eran de un grosor inaudito, yo no había comprendido aún del todo las intenciones del Negro, y sólo cuando me dijo que nos encontrábamos en el océano Pacífico, en el punto exacto del abismo oceánico más profundo del mundo —17.000 metros—, comprendí… Sentí que el terror me helaba la nuca y la punta de los dedos, pero sonreí con las comisuras de la boca, saludando aquello que desde hacía tiempo me era conocido, aquello que de tiempo atrás me estaba destinado.

Así pues iba yo a ser el único ser humano que viviría el instante en que es posible percibir el ligero contacto de la materia con el fondo del mar, el único ser viviente que viviría su agonía en aquella región que ni siquiera los crustáceos resisten. El único que conocería de manera absoluta la oscuridad, la muerte, la desesperación. En fin, mi destino superaría al de todos los mortales en cuanto a unicidad. El Negro, por su parte, ardía en curiosidad (claro que no era el único) por saber que podría existir allá en el fondo del mar… y estaba obsesionado por la conciencia de que se trataba de una zona del mundo que siempre le estaría vedada, que aquella zona de piedra y de frío escapaba a su imperio y permanecía inmutable, ajena a su voluntad, en las profundidades, mientras él flotaba en las superficies. Nada de extraño, pues, que quisiera saber, y al día siguiente a la misma hora… al día siguiente, con toda seguridad, sabría que allá en el fondo, diecisiete kilómetros hacia abajo, yo estaría agonizando y que, sin dar señales exteriores de su propia emoción, poseería el secreto de los abismos.

Cuando me preparaba ya para entrar en mi tumba, resultó que, por culpa de un error de cálculo, el peso específico de la bola de acero estuvo mal calibrado y que, a pesar del espesor de las paredes, aquel instrumento no permanecía bajo la superficie del agua. El Negro ordenó entonces que soldaran un asa gigantesca, que engancharan en ella una cadena y que ataran un ancla a la cadena para que pudiera permanecer en el fondo. El peso del ancla fue calculado de modo que no redujera el tiempo del descenso al fondo del océano.

Por última vez el Negro me mostró el mapa: le importaba muy especialmente que, al morir, yo tuviera en los ojos el punto del planeta al que estaría atado para toda la eternidad. La portezuela se cerró a mis espaldas. La oscuridad se hizo definitiva. Después, una violenta sacudida… Fui arrojado al mar y comencé a descender. Debo confesar que todo lo que entonces viví fue muy diferente a cualquier cosa que hubiera podido suponer. En efecto, yo esperaba que se establecería cierto nexo con la realidad en aquel preciso instante, pero la oscuridad y el grosor de las paredes de acero hicieron que perdiera completamente la percepción psíquica de todo lo que estaba ocurriendo y que sólo supiera que caía, que me desplomaba, que me movía hacia abajo. Acurrucado en el suelo de acero, respiraba con dificultad. Al final del viaje de dos horas, sentí una ligera sacudida. ¡Qué emoción! Aquella sacudida significaba que había tocado fondo. Veía con los ojos de la imaginación oscilar aquella bola hasta encontrar la posición correcta. ¡Así que finalmente había llegado, tocaba fondo, el punto más secreto del Pacífico!... Estaba yo allí, y vivía… ¡y con una pierna lograba tocar mi otra pierna! Arriba, precisamente sobre mi cabeza, a una distancia de diecisiete kilómetros, el Negro. El Negro que se deleitaba con la idea de conocer finalmente aquel inaccesible fondo marítimo, de imponer su propio poder, de haber arrojado una sonda, de poder hollar aquel fondo helado y de poseerlo mediante mi tortura.

Mi tortura adquirió de pronto proporciones tan alucinantes que temí que todo se convirtiera en un demente delirio. En fin, tuve miedo de que se convirtiera en algo tan poco humano que el Negro no pudiera obtener de ella ningún provecho. No quiero entrar en detalles. Sólo añadiré que tan pronto como el obús se estabilizó en el fondo, la oscuridad, que desde el principio había sido total, aumentó aún más, tanto que sentí la necesidad de esconder el rostro entre las manos; una vez realizado este gesto, ya no me fue posible separar las manos de la cara; era como si se me hubieran quedado pegadas a ella. Además, mi estado de ánimo no resistía más aquella presión espantosa, aquella opresión, aquella tensión, y comencé a sofocarme (el aire era aún relativamente respirable en aquellos momentos, pero sentía que me ahogaba cada vez que respiraba, lo cual constituye la peor forma de asfixia). En aquella soledad mis movimientos de gusano parecían tan enormes en su inutilidad que tuve miedo de mí mismo, y el solo hecho de moverme me resultaba odioso. Mi personalidad deformada en aquella horrible fosa submarina se volvió diferente a lo que era a la luz del día o, si la expresión me es permitida, a la luz de la noche de allá arriba. ¡En qué cosa tan monstruosa se convirtió! La oscuridad total había despojado mi palidez de todo tono y expresión. Mi palidez se había refugiado en el interior de mí mismo, y se hizo ciega, muda, maniatada, diferente a cualquier otra palidez existente; se volvió igual a la de un espectro. También mis cabellos erizados, allí, en medio del acero, en el agua, eran tan espantosos como un grito… un grito que yo retenía con todas mis fuerzas, porque, si lo hubiera exhalado, habría enloquecido inmediatamente… y eso era precisamente lo que deseaba evitar.

¡Ah, cómo explicar en qué cosa terrible se convierte nuestro yo cuando se le transfiere a un ambiente que no es el suyo, o cuán inhumano se vuelve un hombre cuando se le utiliza como sonda, y cómo esa inhumanidad es peor que todo lo que el hombre puede imaginar! Pero no era de eso de lo que quería hablar… más bien hubiera querido describir cómo, a pesar de todo, logré liberarme de aquel peligro. Cuando ya no pude resistir más, comencé a dar golpes en todas direcciones, a saltar todo lo que me era posible, a patear con todas mis fuerzas las paredes (lo que, debo decir, formaba parte del programa del Negro, quien pacientemente esperaba allá en la superficie); comencé a empujar, a golpear el acero, a arañar, a contraerme, a crisparme, a volver a golpear en un intento de obtener algún resultado. Y aquella estéril locura debió de provocar algún movimiento, algún roce en el exterior. No sé si la cadena, arruinada por la herrumbre, se rompió, o si el gancho se escapó de una argolla de la cadena, o si el ancla mal colocada se zafó; el hecho es que en cierto momento se produjo la liberación, la salud, la respiración… la bola comenzó a ascender hacia la superficie, acelerando cada vez más su marcha y, unos minutos después, impulsado por una enorme presión, me vi lanzado al espacio, disparado como un proyectil, a más de un kilómetro de altura.

Poco después aquel obús era abierto por la tripulación del Halifax, un barco mercante. No sabía qué había pasado con el Negro. Es posible que, al caer al mar, la bola hubiera hecho pedazos su yate o, también, que, plenamente satisfecho de lo obtenido, se hubiese marchado tranquilamente… ¡a recordar! De cualquier modo durante mucho tiempo le perdí de vista. El Halifax hizo escala en el puerto de Pernambuco, de donde partí a Polonia a descansar.

En ese mismo periodo un gigantesco bólido cayó en el mar Caspio e hizo evaporar en un instante sus aguas. Un cielo de hinchadas nubes cubrió de pronto la tierra en todas direcciones, amenazando con producirse un segundo diluvio universal; de cuando en cuando, el sol lograba filtrarse a través de ellas e iluminar un trozo de tierra. Se produjo una gran consternación. Nadie sabía cómo hacer volver aquellas somnolientas nubes a su lecho natural sin que provocaran grandes daños. Finalmente alguien tuvo la idea de perforar una de ellas (precisamente la que se encontraba encima del lecho vacío del mar Caspio) en la parte más ventruda, más pesada de su cuerpo, allí donde el violeta se volvía más oscuro, y la nube comenzó a desaguar. Cuando se vació por completo, en el espacio azul que había quedado abierto, penetraron otras nubes y una tras otra, mecánicamente, automáticamente entregaron el agua y reconstituyeron el mar.

3

Volví a mi casa de campo, cerca de Sandomierz; descansaba, salía de caza, jugaba al bridge, visitaba a los vecinos… En una de las casas de los alrededores vivía una jovencita a quien con placer habría colocado el velo blanco y ceñido su cabeza con la corona de azahares. Todo era tranquilidad. El Negro, como he dicho, había desaparecido, tal vez hasta había dejado de existir, y el otoño se acercaba, las hojas caían, el aire cada vez más frío incitaba a las aventuras, a la nostalgia y a los placeres. Así, por mera diversión, comencé a construir un globo, tipo Montgolfier. Muy pronto mi globo quedó listo. La envoltura era de una tela especial impermeable, particularmente ligera y resistente, y flotaba gracias al aire caliente; la tela estaba cerrada en la parte inferior por un anillo de hierro, que permitía la existencia de una amplia plataforma. En la plataforma se introducía una sencilla lámpara de petróleo, que reposaba sobre sostenes de hierro unidos al anillo. Bastaba con encender la lámpara y subir un poco la mecha para que el globo se inflara y tendiese las cuerdas que lo unían a la cesta. La envoltura plegadiza del globo podía esconderse fácilmente en el granero, pero, cuando lo inflaba, lo cual requería cerca de una hora, su diámetro alcanzaba los treinta o cuarenta metros. 

El modo más sencillo de resolver la mayor dificultad, o sea el empleo de una pequeña lámpara de petróleo para un globo de esas proporciones, se debía no tanto a mi capacidad técnica, sino a la alegre somnolencia que en ese tiempo se había apoderado de la Naturaleza. No negaré que, al subirme por primera vez a la cesta, tuve miedo del gigante que estaba tomando forma encima de mi cabeza… Sin embargo, se trataba de un gigante ligero, vacío en el interior y dócil como un niño.

Muchas satisfacciones me proporcionó tanto el hecho de calentar el balón como el de ver inflarse aquella enorme bola, tenderse las cuerdas, aumentar la elasticidad de la cobertura y alimentar la llama. De cualquier modo, debí esperar bastante tiempo antes de que la expansión del aire llegara al punto deseado. Pero, una vez que lo hubo logrado, el globo se movió con inesperada rapidez y comenzó a subir. La ascensión sólo terminó cuando el globo estuvo por encima de los árboles más altos de mi jardín. Un viento suave le hizo volar por encima de las casas de mis vecinos, lo cual constituía la meta de mis aspiraciones. Volé sobre el bosque y sobre el río, desde donde la población entusiasta me lanzaba jubilosos gritos y saludos, y, finalmente, me encontré a una altura de cincuenta metros, sobre el conocido patio, la terraza con columnas que tanto amaba. Apagué la mecha y el globo descendió suavemente hasta aterrizar en la hierba; a su lado, la casa parecía de juguete. ¡Qué estupor produjo mi aparición! ¡Qué de risas, bravos y cumplidos dirigidos a mi persona y a mi globo! ¡Nunca se había visto nada semejante! Interrumpieron la merienda para admirar mis hazañas, luego me invitaron a tomar café, queso y pastelillos, y, finalmente, admití en la cesta a un solo pasajero y volví a encender la mecha.

El placer físico de ese viaje provenía sobre todo del hecho de que el globo era algo enorme e hinchado, pero también de:

1) la posibilidad de viajar por encima de la cabeza de los demás, más allá del radio de acción de sus brazos extendidos;
2) la posibilidad de elevarme cuando encontraba un árbol o una casa y volver a descender después hacia tierra;
3) que el globo, aunque fuese en verdad gigantesco, era extrañamente sensible, silencioso y dócil a todos los caprichos del aire, y que el hombre en la cesta era exactamente como él y su alma se volvía tan infantil como la suya;
4) que la brisa, que a los demás les acaricia tan sólo las mejillas, nos empujaba a nosotros en el aire y nadie podía saber qué suerte nos deparaba la navegación en el espacio;
5) la ausencia de todo mecanismo, con excepción de una pequeña lámpara de petróleo… nada de gas, sólo tela, cuerdas, la cesta y nosotros en el aire, y
6) la maravillosa sombra que proyectábamos sobre la hierba.

La pasajera que tenía a mi lado me proporcionaba además una alegría íntima mucho mayor que el globo mismo. Sobre los prados, los campos y los bosques, por primera vez en la vida, perdía el juicio, y lo perdía cada vez más, mientras ella me escuchaba con tal atención que habría podido besar mil veces su pequeña, perspicaz y comprensiva oreja. A pesar de que es bien sabido que las mujeres dicen amar lo novelesco, no le conté nada sobre el Negro ni sobre mis otras aventuras… Me lo impidió una incomprensible vergüenza que me advertía que no debía hablar demasiado.

Llegó el día del cambio de anillos… Luego, empezó a acercarse también el de la boda. Durante todo aquel tiempo no pensé en cosas inconvenientes, alejé todos mis recuerdos, viví con el pensamiento puesto en ella y en el globo; comencé a vivir como si cada día fuera el primero, es decir que corría hacia el futuro, hacia el camino de la felicidad, despejado y tranquilo… ni siquiera padecía ya de pesadillas. Nunca… ninguna perversión… ni una mirada furtiva hacia aquello… que, para bien o para mal, en una época había sido mi realidad… y que luego desapareció… El abedul era el abedul; el pino, un pino; el sauce, un sauce. Y he aquí lo que entonces ocurrió: una semana antes de que la boda tuviera lugar en la iglesia de la localidad, cuando me sentía ya penetrado de ese secreto y jubiloso escalofrío prenupcial y todos me expresaban sus buenos deseos y sus felicitaciones, se me ocurrió hacer un paseo en globo durante una tormenta… Juro que no me animaba ninguna otra intención, ningún deseo inconveniente. Quería solamente disfrutar del vaivén provocado por la borrasca. Pero la tormenta me raptó con fuerza diabólica (posiblemente no se trataba del viento, sino del Negro en persona) y cuando, después de varias horas, con un gesto tan imprevisible como ominoso se levantó el telón del alba, no quise creer a mis ojos… Debajo de mí se agitaban las olas del Mar Amarillo.

Comprendí de inmediato que, en ese momento, algo se cerraba y que comenzaba… de nuevo… y… y… que debía enfrentarme a saber con qué chinerías… Me despedí para siempre de los abedules, los pinos, los sauces, así como de las mejillas y los ojos de mi amada, y dócilmente me abrí por entero a las pagodas contrahechas, a los bonzos, a las divinidades extrañas, a los mandarines y a los dragones. Cuando estaba por consumirse la última gota de petróleo en la lámpara, la cesta descendió en las riberas de un pequeño islote. De un bosque cercano salió un chino; al verme, lanzó un grito, comenzó a correr hacia mí, pero yo gesticulé y le di a entender que se detuviera. Era (naturalmente) un leproso. Se detuvo indeciso, me observó atentamente, emitió un sonido indefinible, semejante tal vez al del estupor; tocó con sus manos su piel pustulenta y me condujo hacia unas miserables cabañas que se veían a lo lejos. Continuaba observándome con atención, mientras yo no sabía explicarme el significado de esas miradas. Algo querrían decir… lo presentía… Al fin le seguí.

Cuando llegamos a la aldea, mi piel comenzó a gritar pidiendo auxilio, se contrajo, se crispó, se frunció, enloquecida de terror. Todos los habitantes de la aldea, sin excepción, eran leprosos: viejos, hombres, mujeres, jóvenes de ambos sexos, salvo algunos niños cuya piel tersa contrastaba violentamente con la de los demás. Se trataba de esa variante de la enfermedad, que, si no me equivoco, llaman lepra anaesthetica y a veces lepra elephantiasis; toda la piel de aquellos individuos era rugosa, purulenta, cubierta de excrecencias, hinchada, con manchas grises, blancuzcas o de un rojo sucio, cubierta de pústulas, grietas, granos y abscesos crónicos. Y aquellas personas no eran ni humildes ni reservadas como sus semejantes que en las ciudades asiáticas anuncian desde lejos con gritos su repugnante presencia. ¡Oh no, nada de eso! Necesario es decir que aquellas personas no tenían nada que ver con la modestia ni con la humildad. Todo lo contrario, me rodearon llenos de curiosidad y desvergüenza, me tendieron las manos con las uñas deformadas, hasta que me lancé contra ellos gritando y amenazándoles con los puños. Inmediatamente desaparecieron en sus cabañas. Abandoné al instante aquel pueblo, pero, cuando volví la cabeza, me di cuenta de que aquella chusma había vuelto a salir de sus cabañas y que me seguía a cierta distancia. Les amenacé con los puños en alto. Desaparecieron, pero un momento después volvieron a seguirme.

La isla ocupaba poco más de unos quince kilómetros cuadrados y puede decirse que estaba completamente desierta, y que buena parte de ella la ocupaba un espeso bosque. Caminé no demasiado aprisa, pero sin darme descanso, no demasiado nervioso, pero muy rígido, no demasiado amedrentado, pero acelerando cada vez más el paso… porque continuamente sentía detrás de mí la presencia de aquellos monstruos anhelantes. No quería volver a mirarles, más bien quería darles a entender que para mí no existían, que no les veía, y sólo mis espaldas me anunciaban su progresiva cercanía. Caminé, caminé, caminé en distintas direcciones, como un viajero, un turista, un explorador, por aquí, por allá, siempre de prisa, como un hombre cargado de ocupaciones, pero finalmente no supe ya hacia dónde dirigir mis pasos por haber recorrido todas las zonas no boscosas, y entonces, después de una pasajera duda, tomé un sendero y me interné en la espesura de la selva. Se acercaron demasiado…, caminaban a unos cuantos pasos de mí, oía sus susurros y el rumor de las ramas pisadas. Al ver una piel granulosa que se ocultaba detrás de un arbusto, di la vuelta violentamente hacia la izquierda; luego, cuando me pareció vislumbrar tras las lianas una mano en estado de elefantiasis avanzada, di un salto y fui a caer en un pequeño claro. Ellos, como siempre, seguían tras mis talones. Di un fuerte golpe con el pie en el suelo y se escondieron en medio de la maleza. Reanudé la marcha, pero de nuevo surgieron cual tropel de ratas, y sus murmullos, sus bromas, sus codazos se hicieron cada vez más atrevidos. Cada uno de mis pelos se había erizado como alambre de hierro. ¿Qué diablos querían de mí aquellos roñosos? ¿Qué querían? Las mujeres conocen esa sensación… Cuando una banda de vagabundos desenfrenados las importuna en la calle, siguiéndolas primero y luego permitiéndose bromas de mal gusto y palabras soeces… hasta que ellas se ven obligadas a huir con la cabeza baja. Eso era exactamente lo que me estaba ocurriendo.

¿Qué deseaban? Aún no había comprendido, aún no comprendía la nueva idea, pero ya una amenaza había saltado a la vista. Pues bien, si se analizan las circunstancias en que fui raptado de mi casa de campo y trasladado a aquella isla, si se considera aquel escalofrío prenupcial, la iglesia, el velo blanco, no podía tratarse de otra cosa… En fin, era claro que yo les excitaba, les excitaba de una manera peculiar… Y si bien ignoraba la causa de esa excitación y no percibía el significado de sus exclamaciones, de sus risas, de sus turbias bromas, la obscenidad, la impudicia y la lubricidad eran evidentes, de eso no cabía duda alguna. Advertía en la voz de los monstruos machos esa dura brutalidad, y en la de los monstruos hembras esa diversión maliciosa que, en los humanos de todas las razas y todas las latitudes, no puede significar sino dos cosas: o inocencia o inmadurez. ¡Ah!, ¡hubiese aceptado la lepra, pero la lepra y el erotismo a la vez eso sí que no, por Dios, la lepra erótica no! Enloquecido comencé a huir y ellos, a seguirme, lanzando gritos horribles. Sólo que mi pánico me daba una ligereza que no les era fácil de imitar a sus pies deformados por la elefantiasis. Me escondí en la espesa fronda de un árbol, me armé de un fuerte garrote y juré romperle la cabeza al primero que se me acercara.

Poco a poco comencé a comprender aquella diabólica trama… el contenido diabólico de mi tortura… Descubría el complicado mecanismo de las posibilidades que había contribuido a realizar aquella pesadilla. Desde hacía doscientos o trescientos años ningún barco había anclado en las aguas de aquella isla, la habían olvidado como a menudo sucede con los pequeños islotes desérticos. Nadie en la isla había visto jamás a un extranjero. Bueno, ¿pero cómo interpretar esa lubricidad, esos gestos obscenos, esa terrible persecución y ese deseo de atacarme? Bah, no es difícil. Basta sumergirse en la psicología del alma negra que había organizado todo aquello (y ya para entonces disponía yo de una notable experiencia en ese terreno). Desde tiempos inmemoriales, desde hacía tres o tal vez cuatro generaciones, aquellos individuos habían contraído la lepra y a través de los años se habían acostumbrado a ella; la lepra formaba parte de la naturaleza humana… la leprosidad era a sus ojos algo del todo natural al género humano, igual que los colores a las mariposas; las excrecencias, algo tan natural como la cresta de un gallo. Imaginar a un hombre sin grietas ni pústulas era para ellos algo tan difícil como para nosotros imaginar a uno completamente carente de pelo. Y como aún no habían renunciado al amor, como sus hijos nacían sanos, como no se contaminaban sino más tarde y, como el momento en que su piel comenzaba a espesarse y a descomponerse coincidía con el de la pubertad, con los primeros besos y los primeros juegos amorosos, al verme con la piel ridículamente tersa, privada por completo de protuberancias, ridículamente suave, les parecía yo una especie de acróbata de rostro rojo (sí, debo insistir, para ellos las protuberancias, las bubas, las manchas, las grietas, las pústulas eran lo que los colores para las mariposas y lo que la barba para nosotros), y a eso se debía que pensaran lo que pensaban. Por eso se daban codazos, se burlaban y se burlaban. Por eso me persiguieron cuando advirtieron que les tenía miedo, que huía atemorizado y avergonzado; con suma alegría me arrojaron el horror de su madurez para poseer mi inocencia, basados en la misma diabólica ley que regula los juegos de los niños en la escuela.

Durante dos meses llevé en la isla una existencia de mono, escondiéndome en la cima de los árboles, en la cima de las palmeras. Los monstruos organizaban verdaderas partidas de caza en las que yo era la presa. Nada les divertía más que la vergüenza que me hacía huir del contacto físico con sus cuerpos. Se emboscaban entre arbustos, saltaban de improviso, me perseguían con jubilosos y lúbricos rugidos, y yo hubiese caído cien veces en sus celadas si no hubiera sido por el odor hircinus que sus cuerpos desprendían, por la torpeza de sus movimientos, y porque el valor desesperado que sentía multiplicaba mis fuerzas exiguas. Y, sobre todo, gracias a mi piel, a mi piel que sufría sin tregua, a mi piel sensibilizada, atemorizada, torturada, víctima permanente del pánico. No tenía otra cosa que no fuera la piel, con ella me acostaba y despertaba; ella era todo para mí.

Finalmente, por azar, descubrí unas cuantas botellas de petróleo, posiblemente provenientes de algún naufragio. Logré inflar nuevamente el globo y levantar el vuelo… Me preguntaba qué debía hacer yo cuando volviera a ver los abedules y los pinos y los ojos de la mujer amada. ¿Qué podía hacer con mi cuerpo terso, desprovisto de escamas y abscesos, sin ninguna protuberancia? ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía yo, rosado e infantil, contemplar sus ojos?

Pero como no me era posible (¡no me era posible y basta!), abandoné todo aquello que me había abandonado a mí… Por otra parte, nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo que en 1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de todos sabido, las trincheras llegaban hasta el mar. Se trataba de un verdadero sistema de canales profundos que tenían una longitud hasta de quinientos kilómetros. Sólo a mí se me ocurrió la sencilla idea de inundar esos canales. Una noche trabajé a escondidas, cavé un foso que comunicó los canales con el mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el agua inundó las trincheras y corrió por toda la línea del frente. Con gran estupor los aliados vieron a los alemanes, empapados hasta los huesos, saltar fuera de sus fosas, presas del pánico, a las primeras horas de un amanecer brumoso.


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* “Aventuras”, relato de 1930 de Witold Gombrowicz. Fue incluido por primera vez en el volumen titulado Memorias del período de la inmadurez (1933), que años después sería reeditado con el nombre de Bakakaï o Bacacay, en referencia a la calle en la que viviera Gombrowicz en Buenos Aires, Argentina. La versión que aquí se presenta fue traducida por Sergio Pitol.

martes, 11 de junio de 2013

Defectos de la felicidad


Recuerdo que en una ocasión, mientras pasaba mecánicamente los canales del televisor en espera de algo interesante, caí en un programa estadounidense de viajeros que describían las zonas más turísticas de Estambul, sin profundizar en ningún aspecto social o cultural de tan antigua urbe. En algún momento, uno de los conductores del programa, siempre con una cara de estar «pasándolo súper», pese a estar sólo caminando por una calle, intentó entrevistar a una mujer que pasaba por allí cerca. Le preguntó acerca de su lugar favorito en la ciudad, y la mujer, sin detener su marcha y con semblante hosco, le respondió, en perfecto inglés, que no tenía tiempo para «eso». El conductor, sin deshacer su sonrisa pero íntimamente ofendido, le exigió (un poco en broma, un poco en serio) que por lo menos sonriera porque estaba ante una cámara de televisión, a lo que la mujer, sin sonreír ni detenerse, le preguntó si en Estados Unidos la gente sonreía todo el tiempo y por cualquier estupidez, dejando a nuestro conductor azorado y con el micrófono colgándole en la mano.

Es curioso que la desafiante hosquedad, ostentada sin timidez por la mujer, fuera más honesta que la frágil felicidad que el conductor se desvivía por aparentar como resultado de una exigencia social –trato de imaginar, por otra parte, el efecto que provocaría en los espectadores un canal de televisión en el que los conductores estuvieran todo el tiempo con la cara congestionada de quienes se dedican a odiar el mundo, o por lo menos a pasarla mal–; pero la cuestión no se detiene ahí, porque si pensamos que la clave del capitalismo es que nada debe satisfacer a la sociedad, y por ende, constantemente deben creársele nuevas “necesidades” –por lo general idiotas– mediante la publicidad, entonces todos estamos condenados a buscar esos petardos de alegría que nos alejen de nuestros mayores enemigos cotidianos: la tristeza, el fastidio, los pensamientos indeseables, pero sobre todo la vejez, la cual no es más que una antesala del más terrible e irremediable de todos: la muerte.

Así que, la pregunta obligada sería: ¿realmente sirve de algo esa “felicidad” construida? ¿Es tan importante la manera en que los otros nos miran, o bien, nos juzgan, sobre todo a partir de lo que poseemos? En una sociedad como la nuestra, cuya mayor fortaleza es también su más grande debilidad, es decir, una sociedad en la que se crean innumerables “necesidades” para que el capital esté en constante flujo y podamos mantener a raya tanto al temor como a la miseria, parece que sí, que en efecto, hace falta parecer felices para estar cerca de serlo, y la manera más socorrida de lograrlo es adquiriendo cosas, muchas, todo el tiempo.

Soy consciente de que en esta vida no sólo es posible conseguir esa felicidad de cartón. Hay momentos fulgurantes e inefables que nos llenan un espacio que no siempre logramos localizar en nuestras entrañas. Sin embargo –sí, buenas gentes, siempre hay “sin embargos”, por más que pongan esa cara–, eso no quiere decir que la felicidad tendría que ser el fin último de esta existencia. Y además, de la manera en que nos la venden por todas partes, como si fuera una especie de lacayo pronto a presentarse ante nosotros y quedarse de manera indefinida a nuestro lado, hasta que podamos decir en la más avanzada vejez: “Sí, yo soy de los que consiguió sujetar por los cabellos a la felicidad”. No me gusta contradecir un lugar común que la mayoría de la gente guarda en su corazón, pero, tal como lo hace ver Solzhenitsyn en Pabellón de cáncer, ¿acaso no es feliz el criminal cuando comete una vileza de tintes exquisitos? O el animal rapaz, ¿no será feliz cuando, por ventura, logra hincar sus garras o sus colmillos en su presa…? Sí, lo sé, lo sé, con esto sólo se complican malditamente las cosas. Pero, ¿qué esperaban de mí, que les resolviera la vida en un simple post?

Por favor.

lunes, 27 de mayo de 2013

Aventuras de un ciudadano sin gloria

Aquella noche abordé un microbús con la finalidad de llegar a casa lo más pronto posible, después de un día de trabajo que se había caracterizado por el aburrimiento. El conductor, un tipo de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, traía a tal volumen su radio, que seguramente habría hecho palidecer a cualquier antro de moda. Eso fastidiaba a los pasajeros, entre ellos yo, que buscábamos a toda costa un poco, si no de paz (algo imposible de pensar en esta ciudad), por lo menos de sensatez, con lo que no tardó alguien en pedirle que, por favor, bajara un poco el volumen. El conductor echó una mirada torva por el retrovisor, se peinó el bigote con los dientes y bajó de mala gana algunos decibeles de su aparato. Sin embargo, en una muestra de sorprendente equilibrio, aumentó proporcionalmente la velocidad del desvencijado vehículo, y así pasó tan cerca de otro microbús, que más de uno creímos que allí mismo entregaríamos el alma de la peor forma posible: en un amasijo de carne y huesos sanguinolentos, esparcidos en medio del asfalto de una importante vía.

El conductor del otro microbús, por lo menos veinte años más joven y cubierto el torso con una camiseta que dejaba apreciar sus desarrollados bíceps, nos rebasó casi de inmediato, atravesó su unidad en el paso y subió para encarar al nuestro con palabras nada amables, advirtiéndole con insolencia que la próxima vez que se le ocurriera actuar como imbécil, le propinaría tal madriza que no lo reconocería su propia madre. Incluso se dio el lujo de soltarle uno de esos golpes humillantes en la mollera con la mano abierta, con lo que yo creí que comenzaría una pelea. Pero nuestro conductor, que en lugar de bíceps había desarrollado una generosa panza, asintió (o eso pareció) en silencio, mirando al frente con una concentración que habría envidiado un matemático, sin hacer el menor movimiento, mientras que el otro se dirigía a su propio microbús después de escupir con desprecio por encima de su hombro y pronunciar algunas palabras que, aunque no se escucharon, todos comprendimos en seguida.

Sin embargo, lo que nadie esperaba era que, apenas el otro puso el pie en el primer escalón de su microbús, el nuestro echara en reversa su armatoste algunas decenas de metros, como si quisiera alejarse lo más posible del pendenciero, y de súbito se pusiera a acelerar hasta el tope, haciendo rugir el motor como si fuera una fiera terrible y destrozando el espejo del otro microbús con un golpe certero, quirúrgico, de esos que hacen admirar la capacidad que tienen algunos sujetos para ser unos perfectos hijos de puta. La persecución que siguió de inmediato estuvo llena de emociones encontradas porque, por un lado, todos los pasajeros estábamos –además de mudos, aterrorizados y aferrados a los pasamanos– incrédulos con lo que sucedía; y por el otro, al menos yo, no quería que el microbús perseguidor nos alcanzara, porque sólo el diablo sabría en qué terminaría aquello y, seamos fieles a la verdad: ansiaba llegar a casa y olvidarme de toda esa aventura recostado en mi cama en medio de la oscuridad.

Entonces nuestro conductor se puso a callejonear por un barrio miserable y bellaco hasta que perdimos de vista al otro y, tras eternos minutos en los que apagó todas las luces y estacionó la unidad frente a una acera en la que un grupo de siniestros individuos nos miraban con actitudes poco tranquilizadoras, finalmente arrancó, y sin subir a nadie más, nos fue dejando a cada uno muy cerca de la puerta de nuestros hogares, no diré que con amabilidad, pero sí con una satisfacción que le imprimió en la cara una sonrisa turbia, como la que ostentan ciertos dementes. Cuando el conductor me dejó muy cerca de mi casa, le di absurdamente las gracias, y todavía alcancé a ver cómo se alejaba el microbús con una parsimonia que me pareció irreal: de pronto supe que si contaba a alguien mi aventura, sería casi imposible que me creyera.

Y por supuesto, no me iba a poner a jurar.

martes, 30 de abril de 2013

Escritores malditos



Todos somos escritores malditos… hasta que se nos demuestre lo contrario. Hoy puedo hablar de ello sin remordimientos: cuando comenzaba a escribir, solía ponerme como tarea el mostrar el mundo –mi mundo, por supuesto– a través de una mirada «original», casi siempre sórdida, llena de detalles escabrosos, con abundancia de alcohol, drogas, palabras minuciosamente obscenas, sexo descrito con lujo de detalle, y un tono como si estuviera oficiando una misa consagrada al Maligno, con lo cual creía que cumplía con una encomienda terrible y única: ser el mejor escritor de todos los tiempos. De hecho, en aquellos días estaba seguro de que el humor residía en el uso indiscriminado de obscenidades, como si el lenguaje se dividiera en dos: las palabras que hacen reír, y las que se usan para hablar seriamente de algo, tal como sucede con muchos comediantes que agotan los horarios de la televisión con sketches patéticos y aburridos.

El descubrimiento del humor fue para mí todo un suceso. ¿Cómo era posible atragantarse con una risa vesánica y nerviosa mediante situaciones que se basaban en simples hipérboles? Un hecho cualquiera, incluso aquellos que te hacen enfermarte de rabia en la vida cotidiana, podía ser descrito de tal suerte que no lograbas parar de reír… y lo que me parecía más insólito aún: sin usar obscenidades, sino simplemente escogiendo las palabras de la misma manera en que el agricultor escoge las semillas antes de sembrarlas. Y aunque sí me considero hasta cierto punto fan de escritores «serios» como Dostoievsky, Oé, Kazantzakis, Hamsun, Lezama Lima, Rulfo, Coetzee o McCarthy, cada vez me resulta más difícil adentrarme en dramones pesados, por lo general densos como puré.

Hoy me siento más cercano a esa literatura desdeñada tradicionalmente por parecer ramplona al no ocuparse con «seriedad» de los problemas de la vida. Me refiero a la que inauguraran Cervantes con El Quijote, pero sobre todo Rabelais, con ese monolito ígneo que es Gargantúa y Pantagruel, y que abriera una brecha poco recorrida –y conocida– hasta nuestros días con tipos como Gogol, Goncharov, Leskov, Hasek, Gombrowicz, Bulgákov, O’Brien, Beckett, Waugh, Lem, y un etcétera igualmente poco numeroso, aunque bastante significativo.

Ahora veo, no sin alivio, muy lejanos aquellos días de pretensiones de «escritor maldito», en los que la creencia de que retrataba el drama y el dolor del mundo «desde sus propias cloacas» era el viscoso motor que movía mi pluma. Tristeza, soledad, desesperanza, maldad, ya saben: esas cosas que nos encanta describir aunque al experimentarlas somos huerfanitos inofensivos. No sé si tendré algún éxito en ello, y tampoco es que importe gran cosa. Al final de cuentas vivo en un país en donde los escritores nos reproducimos como gusanos (y eso que no hablé de los poetas), así que, en caso de que no pueda, seguramente habrá algún otro que sepa explicar estas cosas mucho mejor que yo. Sí, ya lo estoy viendo…

lunes, 1 de abril de 2013

La vergüenza de escribir


A raíz de algunas conversaciones, me quedé pensando en las primeras sensaciones que tuve cuando empecé a escribir. No me refiero a ese halo sublime y epifánico que la gente suele asociar con la figura del escritor, sino a algo más inmediato y a veces inconfesable: el momento justo y desconcertante en el que uno tiene la conciencia de que será leído, ya que ha comenzado a ver al lenguaje no como un medio para comunicar algo (cosa las más de las veces inútil), sino como un fin en sí mismo. La «vergüenza» de escribir, que suele ir de la mano con la «satisfacción» de escribir. Es una especie de lucha entre el alivio de convertir en palabras algo que te ha machacado la mente durante algún tiempo y la impotencia de ver que pocas veces posee la misma intensidad con que lo experimentamos. De allí nace una inseguridad morbosa: el anhelo de reconocimiento, pero también el no poder estar conforme con casi nada, por más que se ha depurado un texto hasta la demencia. No conozco los vértigos y las tentaciones que quizás rodean a un escritor que se ve en el espejo de la fama todos los días; sin embargo, intuyo que la sima más profunda en la que se puede despeñar se abrirá a través de la autocomplacencia, del creer que por llamarse Fulanito de Tal no podrá escribir sino Obras Maestras. En Recuerdos de Polonia, de Gombrowicz, hay un párrafo que, según yo, ilustra con minuciosidad esa idea, aunque no estoy seguro de que la agote por completo. Ya ustedes dirán:

«Era un trabajo raro, venenoso. Para un escritor primerizo todo es difícil, por ejemplo, escribir que “ella se sentó y pidió un vaso de agua” puede convertirse para él en un problema. Así que yo escribía soplando y gimiendo en un continuo esfuerzo intentando elevar mi prosa al nivel del arte, hacerla vibrar y brillar. Trabajaba más duro que un cochero o un cocinero, lo cual aliviaba mi conciencia, y sin embargo, a pesar de eso, esta tarea me parecía sospechosa, falsa, era dura, exigía un gran esfuerzo pero no infundía respeto… Entonces conocí por primera vez la vergüenza que acompaña a todo trabajo artístico, sobre todo cuando no ha ganado el aplauso público y se vende mal. Ese sentimiento iba a pesar sobre mí durante largos años y no se dispó hasta hace muy poco».

miércoles, 6 de marzo de 2013

De las diversas maneras de borrachos


En el Libro Cuarto de la Historia general de las cosas de Nueva España, Sahagún analiza los días de acuerdo a las trecenas del tonalpohualli, el calendario ritual o adivinatorio que se usó en Mesoamérica durante muchos siglos y que corría a la par del calendario solar de 365 días. En los capítulos III y IV hace una especie de tipología de los borrachos, sobre todo a partir de los desgraciados que nacían bajo el signo del conejo (tochtli), asociado precisamente con los bebedores de uitztli (pulque, aunque Sahagún lo llama vino) y a sus diferentes maneras de comportarse bajo el efecto de la bebida. Y aunque en apariencia se refiere a ellos de forma un tanto antropológica, asombra ver la actualidad de las descripciones ante los escenarios que hoy podemos encontrar cotidianamente y en casi cualquier parte del mundo:

«[…] algunos borrachos, por razón del signo en que nacieron, el vino no les es perjudicial o contrario; en emborrachándose luego cáense dormidos o pónense cabizbajos, asentados y recogidos, ninguna travesura hacen ni dicen; y otros borrachos comienzan a llorar tristemente y a sollozar, y córrenles las lágrimas por los ojos, como arroyos de agua; y otros borrachos luego comienzan a cantar, y no quieren parlar ni oír cosas de burlas, mas solamente reciben consolación en cantar; y otros borrachos no cantan, sino luego comienzan a parlar y a hablar consigo mismos, o a infamar a otros y decir desvergüenzas contra otros; y a entonarse, y decirse unos de los principales, honrados, y menosprecian a otros y dicen afrentosas palabras, y álzanse, y mueven la cabeza diciendo ser ricos y reprendiendo a otros de pobreza, y estimándose mucho, como soberbios y rebeldes en sus palabras, y hablando recia y ásperamente moviendo las piernas y dando coces; y cuando están en su juicio, son como mudos y temen a todos, y son temerosos, y excúsanse con decir, “estaba borracho, y no sé lo que me dije, estaba tomado del vino”. Y otros borrachos sospechan mal, hácense sospechosos y mal acondicionados y entienden las cosas al revés y levantan falsos testimonios a sus mujeres, diciendo que son malas mujeres, y luego comienzan a enojarse con cualquiera que habla a su mujer, etc.; y si alguno habla, piensa que murmura de él; y si alguno ríe, piensa que se ríe de él, y así riñe con todos sin razón y sin porqué. Esto hacen por estar trastornados del vino.

»Y si es mujer la que se emborracha, luego se cae asentada en el suelo, encogidas las piernas, y algunas veces extiende las piernas en ese suelo; y si está muy borracha, desgréñase los cabellos, y así está toda descabellada y duérmese, revueltos todos los cabellos, etc.

»Todas estas maneras de borrachos ya dichas decían que aquel borracho era su conejo, o la condición de su borrachez, o el demonio que en él entraba. Si algún borracho se despeñó o se mató, decían “aconejose”; y porque el vino es de diversas maneras y hace borrachos de diversas maneras le llaman centzontotochtin, que son “400 conejos”, como si dijesen que hacen infinitas maneras de borrachos […]».


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Imagen: Borracho y borracha, Códice Mendocino

viernes, 15 de febrero de 2013

Los mejores libros de 2012… según mi librero


Justo ahora que finalmente terminó la fiebre de listas a lo mejor del año, les voy a recetar la mía de los mejores libros que leí en 2012. Esta lista es sumamente heterogénea: no está basada en categorías particulares (por ejemplo, libros que vieron la luz durante el año, o los que fueron editados en México, o de cierta temática especial, o alguna otra cosa semejante que ya hicieron en muchos otros espacios), sino en que a mí me parecieron los mejores siete que leí en el año de una lista de treinta. Por otra parte, el único factor común que tiene mi lista es que cada uno de esos libros «eligieron» ser leídos aleatoriamente durante 2012 desde la comodidad de mi librero, sin importar el país del autor o la época en que fue escrito. No más. El orden de aparición es el mismo en que yo los leí.

1. El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati.

Ah, buenas gentes, ¿quién de ustedes (y yo me incluyo) no ha creído alguna vez en su vida que un “gran destino” les aguarda? Una gloria tan magnífica y deslumbrante que gracias a ella quedará exiliada cualquier frustración. Sin embargo, la vida se escurre sin pausas y sin importarle nuestros sueños, con lo que al final quedarán muchas ilusiones postergadas y sin posibilidad de reivindicación, tal como sucede a Giovanni Drogo, quien ve pasar sus mejores años en espera de una gloria que llegará justo cuando él ya sea incapaz de recibirla.

2. Oblómov, de Iván Goncharov.

No recuerdo muchas obras maestras que hayan tenido a la abulia como protagonista. Iván Goncharov no sólo toma el reto de presentar el retrato de un hombre prodigiosamente inútil, sino que además lo hace combinando un humor sin concesiones, la denuncia social contra los vicios de la aristocracia en la Rusia decimonónica y el perfecto equilibrio entre objetividad y empatía con un personaje que bajo cualquier otra circunstancia sólo podría producir repulsión.


Compuesto por 19 relatos escritos en diversos momentos de su vida, este libro es un abanico que muestra los temas recurrentes en la obra de Platónov: las utopías, los sueños que parecían acudir en bandadas con el régimen comunista y su realidad poco o nada ideal, la sencillez y la “pureza” del alma del campesino ruso, las vidas trágicas con alguna reivindicación de mayores o menores vuelos, el sacrificio personal para el beneficio común, o esos personajes que apenas se notan en la cotidianidad debido a su sencillez y humildad, pero que podrían ser vitales para que la sociedad no quede atrapada en un remolino de odios y locura estéril. El espectro del humor va desde la sátira hasta la tragedia y, cosa curiosa, no desentona en ningún momento, con lo que se vuelve una obra inolvidable.

4. Un puente sobre el Drina, de Ivo Andrić

La crónica del puente que se construyó en la bosniaca ciudad de Višegrad, basada tanto en sucesos históricos, como en leyendas e historias populares, es uno de los regalos más hermosos y terribles que la literatura ha recibido en los últimos 100 años. La novela arranca en el siglo XVI, cuando el territorio pertenecía al imperio otomano y concluye con la “estratégica” destrucción que sufriera el puente durante las batallas de la Primera Guerra Mundial. El personaje principal es el puente y con ello las vidas humanas toman una dimensión mucho más cercana a lo que realmente son: meros parpadeos frente al paso colosal de los siglos.

5. Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz

La recreación del villismo —esa vertiente tan singular de las ramas revolucionarias en México— tuvo una obra maestra que hoy es un tanto soslayada por el “gran público” debido a la película que Fernando de Fuentes hiciera en 1936. Sin embargo, la versión cinematográfica, aunque basada en la novela de Rafael F. Muñoz, dista mucho de las complejidades psicológicas que muestran tanto Tiburcio Maya —arquetipo del soldado villista—, como el propio Pancho Villa, mientras que en el estilo de Muñoz, se pueden detectar las figuras retóricas que más tarde retomarán escritores de la talla de Agustín Yáñez y Juan Rulfo.

6. Ramaiana, de Vālmīki

La milenaria historia del divino príncipe Rama, quien junto con su esposa Sita y su hermano Laksmana es desterrado a los bosques de la India por su propio padre, es una de las historias más fulgurantes que he tenido la fortuna de encontrar durante mi vida como lector. Ravana, rey de la isla de Lanka (Sri Lanka) y de los raksasa, tiene la ocurrencia de secuestrar a la esposa de Rama, con lo que desatará su propia perdición, aunque no sin antes librar una delirante guerra entre simios superpoderosos y demoníacos raksasa, en la que podremos ver todas las posibilidades que pueden caber en una historia: guerra, aventura, amor, odio, amistad, envidia, humor, ternura, tragedia, ira, filosofía, religión y un largo etcétera.

7. Yo serví al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal

El ascenso de un mísero botones hasta llegar a ser el dueño de un elegante hotel y su posterior caída (y reencuentro consigo mismo) da pie a una novela en tono satírico, alegre y juguetón que, al discurrir por diversos momentos históricos de la hoy República Checa, sirven como anclaje para hacer una revisión de lo que significó la primera mitad del siglo XX para una sociedad soslayada en Europa hasta límites inconcebibles. Las aventuras de Jan Ditie, el protagonista de la novela, desembocarán en desgracias o en episodios tan terribles que, si no fuera por el estilo de Hrabal, habrían dado forma a una historia rocosa, densa, oscura y, por qué no decirlo, en tonos dostoievskianos.

viernes, 8 de febrero de 2013

De la espera y otras banalidades



A veces pienso que todos tenemos algo de Vladimir y Estragón, ese par de imbéciles que, de la mano de Beckett, se la pasan aguardando a un tal Godot. Es decir, esperamos algo que quizás nunca habrá de llegar, y que, sin embargo, permanece todo el tiempo latente, a tiro de mirada interior, por decirlo así. Y esa espera puede ser cualquier cosa que tenga que ver con la vida diaria, un aumento de sueldo, por ejemplo, o unas buenas y merecidas vacaciones, los cuales, en caso de que se consigan, sólo nos mostrarán que no era eso en realidad lo que esperábamos, sino algo más y por lo pronto inexplicable. Pero no, la espera a la que me refiero se asocia más a lo maravilloso, a un “algo” que quizás nos llene durante toda la vida y que de todas maneras, discúlpenme que lo diga, nunca habrá de llegar.

Pero eso, por supuesto, no lo sabemos (ese es el chiste de las esperas) y por ello todo resulta aún más absurdo. Si desde un inicio tuviéramos la total certeza de que nunca habrá de llegar ese día, persona o lo que sea que tanto anhelamos, quizás el porcentaje de sinsentido que le otorgamos a la vida aumentaría de forma dramática, y con ello descenderían proporcional y simétricamente las ganas de vivir. Y es que, ¿qué tan valiosa sería la existencia en nuestro imaginario si, como Moisés, tuviéramos la seguridad de que nunca pondremos los pies en la tierra prometida de nuestros anhelos?

A consecuencia de ello, y tal como sucede con Vladimir y Estragón, nuestra vida consiste sólo en hacer tiempo en lo que llega la muerte. Crecemos, estudiamos, viajamos, conseguimos un empleo, la mayor parte de las veces malpagado, pero que nos quitará la carga de 8 o más horas diarias de consagración absoluta a la espera; nos casamos, tenemos hijos, depositamos nuestras angustias en un Dios que está demasiado ocupado creando nuevos cielos y nuevas tierras o, más terrible aún, en una abstracción como la ciencia, que ha demostrado ser más capaz de generar problemas que de resolverlos; incluso podemos llegar a ser famosos y millonarios mientras en secreto aguardamos la llegada de ese «algo» que llenará el lujoso vacío de nuestra vida. ¿Y todo para qué?, para que el día en que expulsemos nuestro último aliento la muerte muy probablemente se burle de nosotros y de nuestro anhelo principal con esa mueca descarnada que tan bien conocemos, aunque quizás sin pizca de sarcasmo, como sucede con los padres que sonríen sin maldad ante los disparatados deseos de sus hijos.

La espera parece tener la extraña misión de dotar de sentido a la existencia. En cambio, la materialización de lo esperado tiene una importancia secundaria, porque, en caso de conseguirse algún sueño, de inmediato nacerá otro, so pena de caer en la desilusión, de cuyos efectos hablé ya más arriba. Y como de cualquier forma todos llegaremos a ser un montón de huesos sin otra cosa que hacer más que «esperar» con toda la paciencia del mundo, sugiero que mejor nos precipitemos desde ahora en una búsqueda suicida de ese «algo» maravilloso que hemos anhelado, así tropecemos con un sinnúmero de decepciones y nuevos anhelos, y es que, si lo vemos desde un punto de vista práctico, se perdería el mismo tiempo en ello que en esperar que todo llegue a nosotros sin molestarnos en mover siquiera el meñique. O el dedo gordo del pie. O el que gusten ustedes.

martes, 22 de enero de 2013

Ideales del sexo


Supongo que a todos nos pasa. Durante la adolescencia, de inmediato nos llama la atención cualquier historia, imagen, contacto, entre otras cosas, que contenga alusiones directas o indirectas al sexo. Una especie de cosquilleo voluptuoso nos hace hinchar las narices y tragar saliva apresuradamente. «Ya tendré oportunidad de hacerlo», pareciera que queremos decir cuando algo deslumbra nuestra imaginación. Y una vez que nos ocurre esa experiencia que de golpe nos deposita en el camino de  la vida adulta, de inmediato queremos inspeccionar las posibilidades que ofrecen los cuerpos, por más que desde la antigüedad se haya visto que son más bien poco numerosas.

Por supuesto, con lo anterior me refiero a la mirada masculina. O quizás sea mejor decir: a mi propia mirada. La perspectiva femenina acerca del sexo ha sido poco explorada, y no podemos confiarnos a artículos de revistas titulados “Las cinco cosas que más les gustan a ellas en el sexo” y cosas similares. Me refiero a que no solemos escuchar cómo vive en realidad una mujer su sexualidad. ¿Padece acaso las mismas ansiedades que un hombre, los mismos anhelos, los mismos miedos? No me refiero a esas cosas que de tanto leerlas y oírlas son ya un lugar común, sino a lo que sucede en ellas durante los ritos del sexo, cosas que no se pueden comprender si todo el tiempo leemos adjetivos empalagosos o terribles.

Quizás por ello causó tanta polémica y asombro la publicación de La vida sexual de Catherine M. (2001), escrito por la respetada crítica de arte Catherine Millet, quien se pone a contar con la minuciosidad de quien pinta en granos de arroz los más sórdidos detalles de su vida sexual. Y sin embargo, hay algo raro con eso. Sobre todo porque sus experiencias poco o nada tienen que ver con las de una mujer «normal». No soy un tipo moralista ni nada semejante, pero dudo mucho que entre las féminas que podemos ver por la calle en un día cualquiera, haya muchas que en una sola noche se pongan a fornicar (usando sus tres cavidades hasta la extenuación) con cincuenta o más hombres de los que no podrán recordar el rostro, aunque sí el más ínfimo detalle del miembro. El libro pierde su misterio desde la página 1 y entonces se vuelve una suerte de catálogo que todo el tiempo relata sólo eso: episodios de cogidas estrepitosas, multitudinarias, exhibicionistas, amistosas, callejeras, elegantes, ambiguas, instructivas, para pasar el tiempo, al subir la montaña, en el parque… en fin, las repetitivas aventuras de una libertina que busca épater la bourgeoisie a toda costa.

Millet se somete a todo sin hacer preguntas, en cualquier lugar, incluso en los momentos menos oportunos (cuando padece migraña o bochornosos problemas estomacales), lo que nos deja instantáneas monótonamente pornográficas, aderezadas a veces por la escatología. Y pese al tono un tanto filosófico que se trenza con el lenguaje de las «jodiendas», nunca responde a cosas como, digamos, cuál es la misteriosa mecánica del deseo femenino que explica que lo que ayer le gustó hoy la deje indiferente, o qué sucede cuando un hombre pide cosas que ella nunca había hecho, o que quizás detesta, o que acaso anhela secretamente, o explicar quizás los tics nerviosos que acometen a algunas cuando ven, sienten, o están demasiado cerca de «ese algo» que las podría incendiar si tan sólo escucharan las palabras adecuadas.

Para acabar pronto, el libro terminó siendo como uno de esos videos baratos que se pueden comprar en las zonas más taimadas de la ciudad. Ah, y demasiados bostezos.


@elReyMono