miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sigo caminando hacia el fin de mis días




Y ahí está el nuevo horizonte: la madurez corporal y laboral en pleno, la mente cada vez más inclinada en convertir extravagancias en palabras, las lecturas que se reproducen como los panes y los peces, algunos sueños reventados en el suelo, otros pocos adentrándose en el azul invernal del cielo; los dolores y su lenta petrificación, el amor y esa fuga que pareciera perpetua. No hay gran cosa que decir. El telón de otro año está cayendo y yo sigo en busca de mí, de ti, de uno de los pocos sueños que no ha sido tragado aún por la árida sed de la tierra...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Amor y muerte


El amor y la muerte suelen ser vistos como una suerte de hermanos opuestos. Mientras que el amor se asocia con la fusión creadora, la muerte es el confín en donde se deposita toda vida. La existencia misma se debate entre el impulso amoroso o creador y el siempre acechante miedo a la muerte, o bien a una desaparición tras la que no tenemos más que andrajosas conjeturas, a las cuales solemos dar pomposos nombres como filosofía o religión.

¿Pero a qué vienen semejantes cavilaciones? Nada en particular, buenas gentes, no deseo emprender una minuciosa tesis que agote un tema que a través de los siglos ha resultado inagotable. Sucede que hace unos días recordaba que en cierta parte de Bajo el volcán, Malcolm Lowry, o mejor dicho, el Cónsul, se queda pensando en lo similares que son los gemidos amorosos y los gemidos agónicos, lo cual por supuesto no es ningún descubrimiento del escritor inglés, ya que ha sido aprovechado por los poetas y escritores en diferentes épocas para generar metáforas en las que ambos conceptos se superponen, como si fueran dos imágenes traslúcidas que, pese a ir en direcciones distintas, pueden representar a la perfección ambos sentidos.

En Sr. Venganza, por ejemplo, del sudcoreano Park Chan-wook, hay una escena sin mucha trascendencia para la trama de la película, pero que tiene la peculiaridad de representar a la perfección esta ambigüedad: la hermana de Ryu necesita un transplante de riñón, de lo contrario estará condenada a morir con suma lentitud y grandes cantidades de dolor. De hecho ya discurre por la senda de la muerte: permanece en casa padeciendo los indescriptibles sufrimientos durante cada segundo del día, todos los días. Gime agónicamente, sin parar. Y sin sospechar que en el departamento de al lado, separado del suyo por un delgado muro, hay tres hombres que se masturban silenciosa y concienzudamente recostados uno detrás de otro, acaso creyendo que tienen la suerte de vivir al lado de una especie de ninfómana.

La escena es de una trágica comicidad. Los dos elementos están presentes de manera tan intensa que a uno le podría indignar la repugnante ocupación de los hombres (si nos colocamos en la tétrica perspectiva de la enfermedad), o bien podría dejarse arrastrar por el extraño humor que provoca la confusión. Pero, ¿qué sucedería en el hipotético caso de que los hombres se percataran de la situación real? ¿Acaso se cerrarían las braguetas con gesto de contrición?

Al final todo eso carecería de importancia, ya que la ambigüedad, una vez desterrada de ahí por la propia fuerza de los hechos, de inmediato se iría para aguardar en el recodo de cualquier otra situación en la que el amor y la muerte, esos hermanos gemelos aunque opuestos, se puedan volver a trastocar.

Publicado originalmente en La Hoja de Arena

domingo, 27 de noviembre de 2011

Como el trágico madero de un naufragio



Como el trágico madero de un naufragio
Voy flotando a la deriva en la corriente
Sin saber nada de orillas ni descansos
Sin tener en dónde asir uñas y dientes
En las aguas me sumerjo y salgo a flote
Tras haber sondeado apenas los abismos
Que en el día a día lucen desolados
Aunque tengan un color que ya se ha visto
Y así voy: contando el tiempo con espasmos
Con un fardo lleno de pequeñas muertes
Que se irán en los encuentros que me esperan
Y que nunca volverán a estar presentes
El sediento todo el tiempo está intranquilo
A la espera de otras aguas que lo bañen
De beber de aquellos lagos cristalinos
Que en su viaje se aparecen como engaños
Pero no siempre se libra de accidentes
Ni de vientos que lo harán cambiar de rumbo
Los escollos que a lejos eran bellas
Melodías masculladas por sirenas
Son capaces de dejarlo sin destino
Como el trágico madero de un naufragio…

viernes, 25 de noviembre de 2011

Al maestro con cariño (in memoriam Daniel Sada)



A la memoria de Daniel Sada (1953-2011)

Murió Daniel Sada. Hace justo una semana, aunque casi todos nos enteramos el sábado 19 de noviembre. La última vez que lo vi fue el año pasado, en la presentación de su libro de cuentos Ese modo que colma, y ya se veía muy mal, amarillento, como las hojas de un periódico abandonado al sol. Era un gran tipo. De esos que da gusto encontrarse en la vida. Lo conocí hace 8 años en un taller de novela que impartía por los rumbos de Barranca del Muerto, aquí en la ciudad de México. Sus ojillos inquietos siempre sabían sonreírse de cuanto absurdo puede uno toparse en cada esquina. Y las anécdotas estaban siempre prontas en su memoria, dispuestas a saltar a la menor provocación.

Escuchaba con paciencia de mártir los insufribles textos que perpetrábamos los aspirantes a escritores que acudíamos religiosamente los miércoles por la noche a aquella casita de dos plantas. Y después dejaba que todos opinaran antes que él, que mientras tanto cavilaba y agotaba sin tregua un cigarrillo tras otro. El ambiente no tardaba en llenarse de una densa nube azulosa tras la cual emergían mis toses y poco después sus minuciosas observaciones, las cuales solían ser asimiladas en silencio por el destinatario. Rara vez surgieron debates infructuosos en los que algún autor se ponía a defender sus bodrios, con lo que Daniel guardaba un silencio definitivo que desarmaba a cualquiera.

Pero en una ocasión la tertulia terminó de una forma tan extraña, que varios no volverían a poner los pies en su taller. Aquella noche éramos cinco neófitos literatos además de Daniel: dos mujeres bastante fieras a la hora de emitir sus juicios, y tres hombres inmersos cada uno en su propia pose. Uno de ellos, sin embargo, sobresalía de entre los otros dos que nos sentamos a la mesa: era un sujeto de prolija cintura y pechos escasamente viriles; sus cabellos, a pesar de que no estaba muy lejos de los 40 años de edad, estaban un tanto largos y adosados al cráneo con grandes cantidades de gel. Unos anteojos que aumentaban el desdén de su mirada remataban su figura.

De hecho, él fue quien empezó la sesión de aquella noche con dos interminables capítulos de una novela llena de una oscuridad naïf, locura de cartón, y un narrador que imitaba de penosa forma los alucines de Raskolnikov. Terminó su par de capítulos después de 40 áridos minutos, y siguió uno de esos silencios tan densos, que alguien habría podido cortarlo con un cuchillo. Entonces se me ocurrió la pésima idea de hablar primero (deben entenderme, yo era aún muy joven y creía que tenía a la verdad agarrada de las greñas) y le dije que aquello era una retahíla de clichés, aburrido como la pared de una fábrica y que no parecía que se hubiera informado acerca de los síntomas de la esquizofrenia. Daniel me miró, no sin compasión, y dejó, fiel a su costumbre, que todos hablaran antes que él. Los demás parecieron despertar de una pesadilla y, en particular las mujeres, lo apabullaron con frases llenas de salvaje ironía. El sujeto hinchó las narices presa de la ira, pero aún así dejó que Daniel emitiera su opinión.

Y así sucedió. Comenzó por decirle con sonrisa bonachona que quizás le hacía falta una investigación más seria acerca de la locura, que por favor, “no rizara el rizo” al narrar, porque producía un efecto de equívoca candidez… pero entonces el sujeto lo interrumpió y se puso a defender su texto alzando cada vez más la voz, y llamándonos a todos los demás, con una voz bastante chillona, “grupito de imbéciles”. Entonces nos fulminó a todos con la mirada, y poco a poco le comenzaron a temblar las carnes por la indignación. Inesperadamente, Daniel también se enfureció y aquello se convirtió en una batalla de gritos desaforados, hasta que el sujeto se levantó, volcando casi la mesa, y aulló que todos nos podíamos ir directamente a la mierda, pero eso sí, no sin que antes Daniel le devolviera el dinero correspondiente a aquella asquerosa velada. Daniel fumó de su cigarrillo, sacó un billete de su cartera y lo arrojó a la mesa sin mirarlo más. El sujeto cogió el billete, tiró su silla y se alejó dando un terrible portazo al salir.

En medio de otro silencio pastoso que nos invadió de inmediato, me sentí un perfecto idiota por haber desatado todo aquel siniestro episodio. Sin embargo, tras algunos minutos y un par de cigarrillos, Daniel regresó a su buen humor de siempre y nos contó de cuando fue alumno de Juan Rulfo. Nos contagió con su risa diáfana, y de esa manera disolvió el mal sabor de boca que nos había embargado.

Ay, Daniel, espero que sigas riendo de esa forma tan tuya donde quiera que estés. Ya te veo contando tus anécdotas a más de un desavisado mientras que, sin que se den cuenta, los atrapas con tu red de fino sarcasmo, tejida con octosílabos y endecasílabos perfectos, tal como te gustaba. Ya habrá tiempo de nuevos encuentros y nuevas anécdotas. De eso estoy seguro… O quizás no. Y es que si algo sabías a la perfección es que, porque parece mentira, la verdad nunca se sabe

sábado, 19 de noviembre de 2011

Bondades horizontales



A veces uno olvida las bondades de la posición horizontal. La principal de todas quizás sea que, si uno está en un lugar abierto, se consigue una experiencia casi inigualable: ponerse de frente al cielo, a las estrellas, al espacio interminable. Poco a poco, si uno tiene suerte, logrará un instante vertiginoso, lleno de alegría y horror: ¿Y si me caigo al cielo?

Pero vayamos a una situación más cotidiana: el descanso de las horas de trabajo, cuando los huesos parecen más dispuestos que nuca a reposar encima de la tierra, a la cual, por otra parte, no le afecta en lo más mínimo soportar nuestro peso. Todos los huesos yacen al mismo tiempo, lo cual genera que la mente se ponga a deambular con toda libertad. Sólo es cuestión de que la mirada se pierda, o mejor aún, que se cierren los ojos, y entonces la memoria asumirá el mando, aunque cediéndolo muchas veces a los deseos, casi siempre tan numerosos como un pueblo enardecido dispuesto a emprender arrebatados movimientos.

Así, la posición horizontal se vuelve un caldero fáustico, una olla en donde los sueños reverberan sin parar, donde hierven escenarios que tal vez nunca ocurrirán; aunque también es posible que sí, aunque no de la manera imaginada. ¿Cuántos proyectos de toda índole nacen mientras uno recarga la cabeza, la espalda, las nalgas y las piernas en una cama, en el piso, en la tierra?

Pero la posición horizontal puede servir también como barca para el amor. El cuerpo recostado está hecho a la medida para los oleajes de distintos tamaños que acometen a los amantes, es montura exacta para el galope acompasado, ya que de esa forma permite que las miradas choquen entre sí como campanillas y generen profundidades inefables…

Por supuesto, es también la posición oficial del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte. Pero creo que de eso ya se ha visto más que suficiente.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Maldito poeta



¡Ay, poeta,
maldito seas poeta!
Que en tus manos todo se vuelve brillo
Falso y vano como bisutería
Con tus flores que van descoloridas
En caminos rondando los abismos

¡Ay, poeta,
maldito seas poeta!
Porque antaño bebiste de aguas turbias
Que pendían igual que cabelleras
Recorriendo veloces las arterias
Que en las noches refulgen como enigmas

¡Ay, poeta,
maldito seas poeta!
No comprendo por qué la gente te ama
Si a la vida pagas con ilusiones
Vanas fugas que esconden los temores
De los días vertidos en la arena

Como nubes arrastras las palabras
Donde hierven imágenes y espejos
Un demiurgo de mundos imposibles
Un adicto al engaño del veneno
Y entre tanto todo se hace pedazos
Porque el mundo nos da falsos secretos
Y el pudor que nos mantenía ingenuos
Se disipa entre el rastro de algo amargo
No conozco la forma de evadirme
Al influjo de tus frivolidades
Escucharte tal vez es mi condena
Mas la tuya el naufragio entre las voces
Que persiguen tu sombra hasta los bordes
Donde se arrojan las almas inquietas
¡Ah, poeta,
maldito eres poeta!

miércoles, 19 de octubre de 2011

Breves consideraciones acerca de la memoria


Mucho se ha hablado de la memoria en la literatura. No siempre se menciona como tal, pero si somos minuciosos, cada novela es como un desfile de recuerdos inventados o modificados por el propio escritor. Y si nos adentramos en lo ficcional, veremos que los personajes recuerdan para dar sentido a sus situaciones cotidianas, o tal vez para darse cuenta de que todo carece de sentido. La mil veces manoseada magdalena de Proust, es el cabo del hilo que desata siete robustos libros llenos de recuerdos que intentan ser fieles a lo sucedido, pero que (mejor seamos fieles a la verdad) en realidad muestran un afán obsesivo por recuperar un tiempo pasado lleno de situaciones insignificantes o conjeturales, pero que merced a los artificios de la palabra, logran adquirir una pátina de veneración.

Pero, ¿que tan útil es el intento de reconstruir la memoria? ¿Se puede vivir por siempre de lo ya ocurrido, aun cuando lo más seguro es que coloquemos a nuestros recuerdos elementos que quizás originalmente no tenían? ¿No resulta contradictorio “vivir de los recuerdos” cuando se pueden generar nuevos recuerdos a través de nuevas experiencias? Ciertas cosas que en su momento no logramos valorar, años después las vemos como una «época dorada», y así las contamos a quien las quiera escuchar. Por ejemplo, ciertos viajes que tuve, sobre todo en Europa, estuvieron seguidos muy de cerca por el fantasma del hambre y la mendicidad, pero quienes escuchan esas experiencias las suelen colocar en las categorías de lo romántico o lo aventurero, ayudados, es cierto, por las hiperbolizaciones que uno hace, subconscientemente o no, al transformar los recuerdos en palabras.

Quizás por eso resulta tan extraño leer autobiografías. Creemos que estamos leyendo la vida de cierto personaje célebre, sin sospechar que en realidad estamos ante un libro de ficciones enmascaradas. Sin duda el autor sigue el hilo que considera como más cercano a lo que «en verdad sucedió» en su vida, pero como esa vivencia debe pasar por el filtro de la memoria (que sustrae o modifica detalles), la cual a su vez tendrá que pasar por el filtro del lenguaje, al final estaremos ante una imagen nacida de las ruinas de otras imágenes. Y con tal de que el mundo crea que de verdad sucedieron las cosas como uno las recuerda, solemos poner pruebas sobre la mesa, pequeños objetos que ayuden a nuestro testimonio: fotografías, prendas, boletos de tren o de autobús, videos que no siempre tienen que ver con lo que se dice, pero que en el mejor de los casos fueron filmados en la misma ciudad o casi en la misma fecha.

Algo como lo que emprende W. G. Sebald en Vértigo, texto novelístico-autobiográfico-ensayístico en el que nos tiende una meticulosa trampa que tiene que ver precisamente con la memoria, o mejor dicho, con la manera en que la memoria nos coloca, de manera imperceptible, en situaciones de escalofriante ambigüedad, como el hecho de que el narrador, al hacer un viaje como el que Kafka hiciera en 1913 por la península itálica, tiene tiempo para encontrarse «por casualidad» con un par de adolescentes gemelos, ambos idénticos al Kafka adolescente que podemos contemplar en una de sus famosas fotografías. De esa forma la memoria individual logra mezclarse con una memoria colectiva y dar como resultado una vivencia que lo lleva a parecer un excéntrico pederasta inglés a los ojos de los padres de los adolescentes. Pero la trampa de semejante anécdota es también para el lector, ya que Sebald hará todo para asegurar que su trampa es un inofensivo «narrar lo sucedido»: nos mostrará imágenes de los boletos de autobús, fotografías, documentos de hospedaje, etc., para que veamos cuán fiel es a esa verdad… nacida de su imaginación.

Estoy seguro de que a varios les sonará conocida semejante metodología. En mi caso, ya lo creo que sí.


Publicado originalmente en La Hoja de Arena

viernes, 7 de octubre de 2011

Huecos de silencio


La gente suele temer demasiado al silencio. En una típica conversación de pareja no falta quien, tras una pausa de algunos interminables segundos, de inmediato pregunta al otro «¿en qué piensas?», y aunque el otro tal vez no está “pensando” en el estricto sentido del término, es acosado sin misericordia hasta que suelta algo, cualquier frase que mitigue un poco la densidad de ese incipiente vacío de palabras, lo cual no deja de ser un juego circular, porque el silencio siempre está acechando al final de las conversaciones, por más profundas o anodinas que sean. Los muy conocidos “silencios incómodos” aumentan poderosamente su densidad debido a la carga de posibles significados que se acumulan en ese brevísimo espacio de tiempo, generando una especie de electricidad malsana de la que es difícil escapar.

Por otra parte, no creo que sea necesario “pensar” siempre que se abre un hueco de silencio. A veces uno simplemente deja deambular a la mente sin prestar atención a lo que nos rodea, tal como sucede con el jinete cuando deja que el caballo vaya a su antojo mientras él afloja las bridas. Nuestra mente es un fárrago de palabras e imágenes que rara vez nos induce a pensar que un silencio absoluto realmente existe sobre la corteza de este planeta.

A propósito de esto, en Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972), película de Ingmar Berman, hay un detalle que me llamó mucho la atención la primera vez que la vi. Es precisamente acerca de la manera de representar el silencio: un espacio de tiempo tasajeado por el vehemente tic tac de un reloj. No ocurre nada. No se escucha nada más. Y a pesar de ser apenas unos cuantos segundos, a uno le queda la impresión de que se trata de un “silencio absoluto”, colosalmente enigmático, pesado como catedral. Como si no pudiera más que nacer una catástrofe desde las entrañas mismas de ese silencio.

Quizás por ello causan tanto desasosiego aquellos rarísimos seres que saben callar. Y es que muchos problemas pueden iniciarse debido a que se suele malinterpretar el silencio y atribuirle significados, casi siempre equívocos o terribles. «El que calla, otorga», reza el famoso dicho popular, aunque siempre me ha quedado la duda de por qué otorga y no niega. Según yo, callar también puede ser como negarse rotunda, abúlicamente a algo… o a alguien. Es una forma sumamente densa, pesada, no carente incluso de cierto desdén, de sortear situaciones de desasosiego. Aquél que suele callar de inmediato genera desconfianza entre la gente, la pone en extrañas y difíciles encrucijadas porque el silencio es un abismo casi infranqueable que se abre entre quienes padecen incontinencia verbal y los que prefieren callar. Es una interminable hojarasca de posibles significados, muchas veces contradictorios, extendiéndose hasta donde la vista alcanza. Un muro casi imposible de salvar. O un refugio ante el exceso de charlatanería que nos rodea. Dependiendo las circunstancias, supongo.

Publicado originalmente en La Hoja de Arena

martes, 27 de septiembre de 2011

Buen inicio

Son los últimos días de septiembre de 2011 y apenas ahora me topo con el mejor principio de novela en lo que va del año. Si algo comienza con una frase que me hace soltar una risotada indecente, digamos que, por ejemplo, en el vagón del metro, suele ser un muy buen augurio para una lectura. Y de hecho eso fue lo que me sucedió con el inicio En Nadar-dos-pájaros (At Swim-Two-Birds), de Flann O’Brien, que a continuación reproduzco:

«Tras haber colocado en mi boca pan suficiente para masticar tres minutos, deseché mis poderes de percepción sensorial y me retiré a la intimidad de mi mente, asumiendo mis ojos y mi rostro una expresión ausente y absorta. Reflexionaba sobre el tema de mis actividades literarias de los ratos de ocio. Que un libro tuviese un principio y un final era una cosa con la que yo no estaba de acuerdo. Un buen libro puede tener tres aperturas completamente distintas e interrelacionadas tan solo por la presencia del autor, o en realidad cien veces otro tanto de finales.»

Con un principio semejante uno no puede más que quedar enganchado. ¿Es un inicio en falso o la tesis central del libro? Aún no lo sé. Pero ya estoy presintiendo que esta novela será constantemente mencionada en entradas futuras de este espacio…

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tu silencio al vacío


Arrojaría tu rostro al vacío
de los momentos ya pasados
si con ello pesaran menos
los años invertidos en llamarte,
si los insomnios,
llenos de engaños deslumbrantes,
fueran rasgados como el viento hace con las humaredas.
Todo lo abandonaría en un desierto vulgar
si las intuiciones mostraran su aspecto
de aves mentirosas y sombrías
y dejaran de aturdirme con sus graznidos
llenos de promesas incumplidas.
Arrojaría también todo el silencio
que me has obsequiado a manos llenas,
y así cubriría con olvido
la tenaz impronta que mis pasos
han dejado en la escritura de los días.
Lo arrojaría todo al fuego que purifica
y aprendería de nuevo a caminar
por sendas que nada sepan de tu cartografía.
Y cuando no quedaran más que pavesas revoloteantes,
todo lo pisotearía con ojos temblorosos
y puños desencajados,
con dientes cansados de apretar,
lo escupiría, lo destrozaría todo, te digo,
porque ése sería el momento
de hacerme finalmente a la mar.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Constelaciones


Acabo de releer Cosmos, de Witold Gombrowicz, después de 6 ó 7 años desde la primera vez. Entre otras cosas que no recordaba, hay una escena en la que Witold está ante una mesa «llena de manos». Es la hora de la cena en la pensión y Witold se entretiene en observar a Lena y a su esposo Ludwik. Son recién casados, pero Witold ya comenzó a desear torcidamente a Lena. Es un momento, acaso el menos importante en ese heterogéneo caldero de obsesiones, que se refiere a la perversión de observar a alguien través de otra persona. Witold observa a Lena, no sin desasosiego, a través de Ludwik. Mientras estaba leyendo esa escena, de inmediato me vino una avalancha de asociaciones, hilos que conectaban a la perfección con episodios de mi propia vida. Así recordé a esa mujer que siempre me fascinó… yo la miraba con avidez en cada ocasión que la encontraba, codiciaba cada una de sus sonrisas, por más falsas que fueran; las miradas más anodinas que me dirigía eran para mí como “lluvia de mayo”, si me disculpan el lugar común; y asimismo, las frases más vulgares que cada tanto pasaban entre sus dientes me sabían como un platillo exóticamente condimentado. Era ella completa, resplandeciente en su mísera cotidianidad, sin accesorios de ninguna especie. Era ella sola.

Pero un día la vi por accidente junto al hombre que en esos momentos le otorgaba amor y dolores de cabeza; un sujeto con cara aniñada y rasgos vaporosos, como si todo el tiempo estuviera detrás de una cortina de niebla. Tras la rápida vislumbre de la pareja en un día en que no esperaba encontrarlos, me pasé, por decirlo así, del otro lado del cristal. De pronto me percaté de que había comenzado a verla «a través» de él. Es decir, cada tanto me sorprendía pensando en cómo actuaba ella ante un sujeto como ése, sobre todo en las horas del amor. ¿Era acaso agresiva, tierna, posesiva, disoluta, fogosa, indiferente, sucia, impersonal, rastrera, púdica, higiénica, traicionera, implacable, desvergonzada, imaginativa, torpe, violenta, gélida, condescendiente, impoluta…? O tal vez…

En fin. No sé si se entiende lo que quiero decir. Empecé a verla a través de la «lente» de ese sujeto, quitándole quizás sus características más personales y desviándolas hacia él. De alguna manera los tres comenzamos a formar una pequeña constelación que se relacionaba siempre con algo más, algo oscuro y arcano, que además iba hacia una dirección imprevisible. Nuestro movimiento constante por este mundo no cambiaba gran cosa la situación. En todo momento, por más alejados que estuviéramos, seguíamos combinados y relacionados, trazando garabatos indescifrables en un mapa hipotético.

Por supuesto, todo nacía y moría en mi mente. Nada más. Estoy seguro de que ninguno de ellos pensaba, siquiera por azar, en lo que mi cerebro tejía con semejante cuidado. Pero, ¿con eso quedaba zanjada la cuestión de que alguien más podía pensar en mí «a través» de otra persona? Sentimientos de todas las índoles me acometían cada vez que vislumbraba a esa mujer a través de la mirada de su amante. No obstante, ¿sería posible que algo semejante ocurriera con un punto más en esa constelación, alguien inimaginable, cuando por casualidad me miraba o pensaba en mí? ¿Podía existir alguien que deformara mi «Yo» pasándolo por el tamiz de otra persona? ¿Y eso me beneficiaba, o más bien me arrojaba en un plano de total oprobio?

Difícil cosa es salir bien librado cuando uno entra en los pantanosos laberintos de las combinaciones, las redes, las constelaciones…

Publicado originalmente en La hoja de arena

domingo, 7 de agosto de 2011

El lugar de los hombres resignados



Acosado por espectros furtivos
Me puse a contemplar mi propia vida:
Saber que tengo el alma adolorida
Sin que existan suficientes motivos

Anhelo de placeres agresivos,
Perderse sin conciencia ni medida,
Hurgar entre la muerte incomprendida
Destinada a los seres destructivos.

Pero el sosiego me mantiene en calma
Vagando por senderos bien trazados,
Recostado a la sombra de una palma:

El lugar de los hombres resignados,
Aquellos cuya turbación del alma
Los hace huir de los acantilados.

lunes, 11 de julio de 2011

Antes de que el día todo lo apague

Ah, encontrarte en la vida onírica, sin las pesadas losas que te mantienen inmóvil y al acecho de una oportunidad como las que dejas escurrir a diario entre tus manos. Encontrarte sin ceños agrios, con la sonrisa abierta y la frente despejada, con los paisajes de un mundo inaccesible a los pasos ordinarios, a las actitudes que imponen las poses artificiales. Encontrarte y saber que siempre me has buscado, que por más que quieres no te has atrevido a sortear los falsos fosos que cavan las conjeturas delirantes. Ah, encontrarte cuando las voces aún son susurros, y beber de tu aliento justo antes de que el día todo lo apague…

miércoles, 29 de junio de 2011

Semillas para huracanes


Estornudé tres veces seguidas, sin parar, como un eco que, contrariamente a lo que sucede con los ecos, cada vez explotaba con mayor contundencia. No había signos de catarro ni de alergias. Simplemente fueron tres estornudos colosales y categóricos, desencadenados y anclados merced al mismo enigma. Entonces recordé la costumbre de estas tierras de asociar los estornudos de cierta persona al hecho de que alguien, en algún remoto lugar, habla acerca del que estornuda. “Alguien se acordó de mí”, se suele decir. Y entonces vemos con claridad la causa de ese efecto que es el estornudar.

Y lo curioso es que dicha costumbre se remonta a la antigüedad de estas tierras, cosa que pude comprobar cuando, por motivos que no vienen a cuento, revisé el quinto libro de los informantes de Sahagún, también conocido como Augurios y abusiones, y que está compilado en su Historia general de las cosas de la Nueva España. Allí dice lo siguiente acerca del estornudo:

«Antiguamente se decía cuando alguno estornudaba: “Alguien habla de mí, alguien me mienta.” […] O quizá decía: “Algunos discuten acerca de mí.” Dizque cuando estornudaban esto les demostraba, esto les daba a conocer que alguno, en lugar lejano, los mentaba.»

Más que deliberar acerca de la veracidad o falsedad de dicha creencia, me intriga el proceso de asociaciones que llevaron a los mesoamericanos, o al menos a los mexicas, a poner como causa de un estornudo el hecho de que alguien esté hablando de uno en un lugar remoto. Un fenómeno corporal que es efecto de un fenómeno más cercano a lo telepático. Si esa clase de relaciones existen en algo tan nimio, entonces no me sorprendería en nada que dichos estornudos, mediante un complejo y misterioso proceso, fueran a su vez las semillas de los huracanes y tifones que barren ciertas regiones del planeta.

miércoles, 22 de junio de 2011

Sentenciar y enjuiciar



Ya habrá oportunidad de comentarlo, pero mientras tanto dejo el siguiente fragmento, hallado en Masa y poder, de Elias Canetti:

Sentenciar y enjuiciar

Es recomendable partir de un fenómeno que nos es familiar a todos, el placer de enjuiciar. «Un libro malo», dice alguien, o «un cuadro malo», y aparenta tener algo objetivo que decir. De todos modos, la expresión de su rostro revela que lo dice con gusto. Pues la forma de la declaración engaña, y muy pronto adquiere un carácter personal. «Un mal escritor» o «un mal pintor», se oye enseguida, y suena como si se dijera «un mal hombre». Por todas partes tenemos ocasiones de sorprendernos a nosostros mismos, o conocidos y desconocidos, en este proceso de enjuiciar. El placer que produce el juicio negativo es siempre inconfundible.
Es un placer duro y cruel que no se deja turbar por nada. El juicio solo será un juicio si es emitido con una especie de seguridad inquietante. No conoce clemencia ni cautela alguna. Se emite con rapidez; y la falta de reflexión es lo más adecuado a su esencia. La pasión que revela se debe a su rapidez. El juicio rápido e incondicional es el que se dibuja como placer en el rostro del que enjuicia.
¿En qué consiste este placer? Apartamos algo de nosotros, relegándolo a un grupo inferior, lo cual presupone que nosotros mismos pertenecemos a uno superior. Al rebajar nos encumbramos. La existencia de esta dualidad, que representa valores contrapuestos, se considera algo natural y necesario. Sea lo que sea lo bueno, existe para que se distinga de lo malo. Nosostros mismos decidimos qué pertenece a lo uno y qué a lo otro.
Es el poder del juez el que nos arrogamos de esta manera. Porque solo en apariencia el juez está entre ambos campos, en el límite que separa lo bueno de lo malo. En cualquier caso, él se sitúa en el reino de lo bueno; la legitimación de su cargo se fundamenta, en gran parte, en su irrefregable pertenencia a este, como si hubiera nacido en él. Sentencia, por así decirlo, constantemente. Su sentencia es vinculante. Las cosas sobre las que debe pronunciarse son muy precisas, su extenso conocimiento de lo malo y lo bueno es fruto de una larga experiencia. Pero incluso aquellos que no son ni han sido designados jueces, y a los que nadie en su sano juicio desgnaría como tales, se permiten sentenciar siempre en todos los ámbitos. Para ello no se presupone ninguna competencia: los que se abstienen de sentenciar por pudor pueden contarse con los dedos de la mano.
La enfermedad de sentenciar es una de las más difundidas entre los hombres, y prácticamente todos se ven aquejados por ella. Intentemos sacar a la luz sus raíces.
El hombre siente la profunda necesidad de clasificar una y otra vez a toda la gente que pueda imaginarse. Al dividir el numero vago y amorfo de quienes lo rodean en dos grupos y enfrentarlos como tales, les confiere algo parecido a una densidad. Los concentra como si debieran luchar entre sí; los vuelve exclusivos y los carga de hostilidad. Tal como él se los imagina, tal como él los quiere, solo pueden estar unos contra otros. Sentenciar entre «buenos» y «malos» es el antiquísimo medio para efectuar una clasificación dualista, que, sin embargo, nunca es del todo conceptual ni enteramente pacífica. Lo importante es la tensión entre ellos, que el que enjuicia crea y renueva.
Este proceso tiene como base la tendencia a formar mutas hostiles, tendencia que, en última instancia, acabará por conducir a la muta de guerra. Al extenderse a todos los posibles ámbitos y actividades de la vida, se va diluyendo. Pero aunque se desarrolle pacíficamente, aunque parezca agotarse en una sentencia de una o dos palabras, la propensión a llevarla más lejos, hasta la hostilidad activa y sangrienta entre dos mutas, sigue estando siempre latente en ella.
Toda persona inmersa en las mil relaciones de su vida, pertenece así a innumerables grupos de «buenos» que se oponen a un número exactamente igual de grupos de «malos». El que uno u otro de estos grupos se convierta en una muta exacerbada y se abalance contra su muta enemiga antes de que esta se le adelante dependerá de una simple ocasión.
Las sentencias en apariencia pacíficas acaban por ser luego sentencias de muerte contra el enemigo. Los límites de los buenos quedan entonces perfectamente definidos, ¡y pobre del malo que los traspase! Nada tiene que buscar entre los buenos y deberá ser aniquilado.

miércoles, 15 de junio de 2011

Del amor


Suelo buscar explicaciones a los sueños que no me dejan en paz a través de símbolos que han estado con la humanidad desde sus inicios. Para ello ocupo el Diccionario de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot. Y en esas andaba hace unos días, cuando de pronto, gracias a un súbito aironazo, perdí la página. Cayó en la 79, y ahí leí lo siguiente:

Amor

Los símbolos tradicionales del amor son siempre símbolos de un estado todavía escindido, pero en mutua compenetración de sus dos elementos antagonistas, cual el lingam de la India, el símbolo de Yang-Yin de China, la misma cruz formada por el poste vertical del eje del mundo y el travesaño horizontal de la manifestación, es decir, símbolos de conjunción, o bien expresan la meta final del amor verdadero: la destrucción del dualismo, de la separación, la convergencia en una combinación que, per se, origina el «centro» místico, el «medio invariable» de los filósofos del Extremo Oriente. La rosa, la flor de loto, el corazón, el punto irradiante son los símbolos más universales de ese centro escindido, que no es lugar, aunque se imagine como tal, sino un estado, precisamente producido, como decíamos, por la aniquilación de la separación. El mismo acto de amor, en lo biológico, expresa ese anhelo de morir en lo anhelado, de disolverse en lo disuelto. Según el Libro de Baruk, «El deseo amoroso y su satisfacción, tal es la clave del origen del mundo. Las desilusiones del amor y la venganza que las sigue, tal es el secreto de todo mal y del egoísmo que existe en la tierra. La historia entera es obra del amor. Los seres se buscan, se encuentran, se separan, se atormentan; finalmente, ante un dolor más agudo, se renuncia». Maya y Lilith, ilusión y serpiente.

Sobra decir que de inmediato busqué dicho párrafo en el Libro de Baruk que, aunque ya había tenido oportunidad de leerlo hace años, no recordaba nada semejante. No lo encontré. No al menos en el bíblico, y sinceramente no conozco otro. No sé si Cirlot cayó en el embrujo (poeta al fin) de crear un pequeño, incandescente texto, sin querer plasmar su firma, o si acaso era poseedor de alguna joyita llena de misteriosa sabiduría. Lo cierto es que el amor, descrito con la sencillez de unas cuantas líneas, de pronto alumbra como una estrella que aparece inesperadamente en el cielo...

martes, 7 de junio de 2011

Sus alas me abrazaron...


Ahí estaba mi sobrino, un niño de sonrisa fácil y naturaleza fluida, semejante a una ardilla corriendo por las ramas de los árboles. Y es que reíamos sin que ahora recuerde exactamente de qué. De pronto escuchamos un ruido en el estudio, algo así como los aleteos de un ave enjaulada. Y en efecto, un pájaro se había metido sin saber cómo, y ahora volaba cerca del techo sin encontrar la salida. En cuanto me acerqué, revoloteó frenéticamente en mi cabeza, entre mis cabellos, como las creencias populares nos aseguran que lo hacen los murciélagos. Traté de espantarlo con las manos, pero entonces hizo algo sumamente extraño: se aferró a mi brazo derecho y lo rodeó con sus alas, como si lo abrazara. Sorprendido y todo, pero así me dirigí a la ventana para sacar el brazo y que él se echara a volar, cosa que en efecto hizo como lo que era: un pájaro libre que disfruta de los oleajes del viento. Y entonces, presa de una extraña, insoportable felicidad, le pregunté a mi sobrino si había visto todo el singular episodio, a lo que él solamente sonreía sin dejar de mirar hacia la ventana...

lunes, 30 de mayo de 2011

Despojos


Soy sólo esto que ves: viles despojos,
Fragmentos de memoria abandonada,
Recuerdos que se pierden en la nada,
Dolores naufragando en los abrojos.

¡Cuán largo es el camino hacia tus ojos!
Senderos de maleza envenenada,
Los pasos agotando la empinada
Pendiente que has bloqueado con cerrojos.

No basta con mirar sin hacer ruido,
Guardarte las palabras como peces,
Fingir que nada es cierto ha sumergido

Mis sueños en un mar de estupideces.
El tiempo sigue andando con descuido
Mas yo no cejaré hasta que me beses.

lunes, 23 de mayo de 2011

Muros


Por aquellos días me tocó vivir en un departamento ubicado en la planta baja de un edificio pequeño. Era un lindo espacio, con un diminuto patio trasero en el que durante el verano se dibujaba un rectángulo perfecto de ardiente luz solar, pero que en el invierno permanecía hundido en una sombra gris, fría, melancólica, lo cual también sucedía en el cubo situado justo frente a las ventanas de la estancia, en donde había una cisterna exterior, semejante a un tinaco gigante, que estorbaba la vista del departamento de enfrente, en el que vivía una pareja de recién casados. Gracias a dicha cisterna, el yeso de las paredes se llenaba de un salpullido nocivo, una humedad malsana que enrarecía el ambiente durante los lúgubres días invernales, por más sol que se derramara en el exterior, con lo que una tarde aciaga me di cuenta de que en el pecho algo me crujía, como si en lugar de huesos tuviera trozos de madera podrida…

En fin, la cosa era que compartía varias de esas paredes leprosas con la pareja de recién casados, quienes, debido a la orientación del edificio, gozaban de un sol abundante durante el invierno y de una sombra benéfica en el verano. Como en aquellos días yo permanecía en casa por las mañanas, pude darme cuenta de que la chica únicamente salía para hacer las compras para la comida. El resto del tiempo lo dilapidaba observando telenovelas latinoamericanas con religiosa puntualidad. ¿Qué cómo sabía esa clase de detalles? Repito que compartíamos varios muros, entre ellos el de la recámara, el del baño y el de la cocina, los cuales parecían ser singularmente delgados, al grado de que yo podía escuchar, tan nítidamente como si estuvieran en mi propio departamento, los patéticos diálogos que arrojaba su televisor. Después del mediodía, yo tenía que acudir a una agencia de publicidad y conseguir mi subsistencia creando frases pegajosas –y no pocas veces estúpidas– para productos y servicios, y por las noches, cuando regresaba ahíto de tedio y con los nervios de punta gracias al ritmo frenético del trabajo y a la permanente histeria de la bruja que fungía como mi jefa, lo único que lograba relajarme era recostarme en silencio entre las tinieblas de mi habitación.

Así pude comprobar que el joven esposo llegaba tarde (el noticiero ya estaba en la televisión) y casi siempre de pésimo humor. Solía irritarse con su joven esposa por cualquier nimiedad, aunque con el paso del tiempo se sosegaba, casi seguramente después de cenar. Yo trataba de no hacer ruido: una especie de pudor me lo impedía. Incluso escuchaba música colocándome audífonos para evitar cualquier sonido que delatara mi presencia. Y entonces sucedió varias veces que, pasada la media noche, cuando naufragaba en un sueño sin sueños, los sonidos de una especie de agonía me despertaban. De inmediato se apoderaba de mí una vigilia frenética, y acercaba el oído al muro lo más que podía para escuchar mejor aquella suerte de gozosos lamentos. Por supuesto, no era eso lo único que escuchaba, sino que alcanzaba a discernir la voz del joven marido mascullando obscenidades, o como en ciertas ocasiones en que escuché la implorante voz de la chica, casi como si me lo hubiera dicho a mí: “No, nene, así no…”, y él, hosco e imperturbable: “A ver, cómo chingados no, ven acá…” y entonces una muchedumbre de resortes se ponían a rechinar de forma lastimera, y poco después empezaba una larga serie de gemidos aún más vehementes, los cuales varias veces desembocaron en un llanto inconsolable, mientras que, a la par, se producían sonidos extraños que iban en constante aceleración, como si alguien batiera palmas rítmicamente, con entusiasmo, todo lo cual obraba un efecto fatal en mí, porque entonces la imaginación sobrepasaba mi voluntad y… bueno, en cierto momento incluso colocaba una mano –la que me quedaba libre– en el muro, y quizás presa de mi propia imaginación desbocada, creía sentir un calor que yo de inmediato atribuía a la mano de ella, colocada acaso en la misma posición que la mía, con lo cual intentaba una suerte de comunión silenciosa, incluso metafísica, en aquel instante de convulsa y dramática semiinconsciencia.

Y así también solía ocurrirme en el baño, a donde yo llevaba mis libros para leerlos con toda tranquilidad, cuando de pronto escuchaba los terribles ruidos que producían las entrañas de alguien que no era yo del otro lado del muro. Y entonces, sobre todo por la mañanas, cuando estaba seguro de que era ella, imaginaba a mi hermosa vecina colocada justo frente a mí, ambos sentados en el retrete con gesto de profunda concentración y la mirada fija al frente, como en un espejo. En otras ocasiones la escuchaba llorar en algún lugar indeterminado, porque hasta mí llegaban sus sollozos un tanto apagados, quizás porque los iba depositando uno por uno en la profundidad de su almohada, o, más improbablemente, escondida en el closet. Sólo un par de veces nos encontramos a la entrada del edificio, y ella, con exquisita educación, me saludó con un impersonal “Buenos días” sin apenas mirarme, mientras que yo le dediqué intensas y significativas miradas, como queriendo hacerle ver que podía confiar en mí por encima de todas las cosas.

Poco después fue necesario mudarme. Los ruidos de mi pecho se hacían cada vez más inquietantes, mi respiración se había llenado de agudos silbidos, e incluso mi piel ostentaba un color verdoso que nada bueno auguraba, según me advirtió el doctor al que acudí. Necesitaba que el sol y un aire menos viciado resecaran todo el moho que había incubado en el pecho durante aquellos meses. Así, en los últimos días que pasé en ese departamento, me pegaba totalmente a la pared para que, si ella se acercaba, sintiera mi calor como un aliado para todos esos momentos llenos de pequeñas e inexplicables tristezas que aún le aguardaban en la vida. Y me concentré tanto en ese pensamiento que, durante un instante de mi desvelada última noche, sentí claramente una serie de golpecitos en la pared, casi imperceptibles, seguramente hechos con las yemas de los dedos. Cuando contesté a los golpecitos, cometí la tontería de hacerlo con los nudillos, con lo que aquéllos enmudecieron de inmediato, y pese a que continué en vela el resto de la noche, adosado al muro, ya no se escucharon más. Aún por la mañana, mientras los vigorosos cargadores de la mudanza iban y venían con mis escasos muebles, traté de poner atención a la pared de la recámara y del baño, e incluso atisbé por el fragmento de ventana que dejaba libre la cisterna, pero fue inútil, el silencio se había instalado definitivamente.

Y ya no la vi más.

Me esperaba mi vida en otro barrio, entre el hueco de otras paredes...

sábado, 14 de mayo de 2011

A la hora ciega


A la hora ciega te encontré
entre los ilimitados muros de una floresta,
donde las cabañas duermen en quietud definitiva.
Eran las palabras espíritus revoloteantes,
alegres demiurgos que dibujaban
tardes de música, encuentros y casualidades.
Las miradas reían sin lastres,
como niños correteando en la espesura.
Y en el resplandor de esa esfera sin horas
hablaste de volver a casa.
Laberinto umbroso de una alameda,
novedad del camino revelado:
primavera que fue borrando
la impureza de los muros descascarados.
Tus ojos,
remotos mares al mediodía,
rieron sin oscuros presagios cuando sembré un beso
en la curva risueña de tus labios.
Te enfadaste jovialmente,
como saboreando un momento
que sellaba ese inicio tantas veces postergado.
Y entonces desapareciste,
en la hora ciega,
dejándome con burbujas chispeantes en el cuerpo,
con el ansia enjaulada de quien sabe
que los días llegan a su hora,
arrojando los restos del tiempo en el camino.
Aún pude ver que la vejez, con rostro de mujer,
derramó oscuridades en mis oídos.
Pero todo empezaba a perder importancia,
hasta el animalillo feliz que saltó de sus brazos,
porque la repentina solidez de los ruidos
y una torpe inundación luminosa
presagiaban ya el reinado de los sentidos.

sábado, 7 de mayo de 2011

Sobre la producción de elogios rimbombantes


Es increíble cómo este pequeño ensayo de Gabriel Zaid, originalmente publicado en 1975, produce en pleno 2011 no sólo carcajadas, sino una suerte de resaca salvaje, provocada por su abrumadora actualidad. Lo transcribo completo del libro Cómo leer en bicicleta, Random House Mondadori (2009), pp. 27-31.

Sobre la producción de elogios rimbombantes

La industria del elogio necesita modernizarse. El arte de elogiar es difícil, poco adaptado a la velocidad y magnitud que la moderna producción de elogios requiere. Hacen falta elogios mecánicos que, a diferencia de los comunes y corrientes, sean mecánicos de verdad: acuñados con máquinas.
La solución es modular: infinitas formulaciones que sean variantes de un prototipo. Pero, ¿bastará un solo elogio para la demanda insaciable, en un país hambriento de elogios? Si escribir no da dinero, ni poder, ni siquiera lectores, ¿se puede coronar de Gloria, Gloria Inmensa, Gloria Única, a todos los que ponen su ilusión en las Bellas Letras?
Esto da por supuesto que la producción de elogios no da abasto. A juzgar por lo que se dice, no existirían siquiera los elogios, sino la crítica feroz, pronta a devorar todo engendro creador. Sin embargo, basta un mínimo recuento de notas y reseñas que se publican para ver que lo único feroz en México es el silencio. Las reseñas y notas son, por lo general, elogiosas, o cuando menos anodinas. Y tienen más lectores que los libros.
Un elogio puede leerse en una peluquería. En cambio, leer los libros supone un ánimo decidido, aunque sea decidido por la necesidad de escribir un elogio. Afortunadamente, el ruido sobre los autores interesa más que los libros; y se difunde empaquetado en solapas, boletines, reseñas, entrevistas, polémicas y balances de fin de año, que suenan y resuenan, aunque los libros no se lean. Hasta los pocos maltratados por la crítica reconocen que lo importante es el ruido: “Propaganda que me hacen” –dicen triunfalmente.
Los grandes elogios de libros no leídos sirven para olvidar en qué país vivimos. Sostienen nuestro milagro editorial: la sobreproducción en medio del subconsumo. En efecto, si se tratara de leer, en vez de hablar de libros y chismes de escritores, la deflación sería espantosa. Todo escritor quer haya superado su primer narcisismo, como para darse cuenta del país en que vive, necesita un segundo aire narcisista para continuar, porque, si no, dejaría de escribir.
El nuevo aliento puede provenir del narcisismo colectivo. Diciendo, por ejemplo, que llega Nuestra Hora. ¡Al fin, América va a ser descubierta! Vamos a ver: dentro de la hora actual, ¿qué presencia más noble que la del Tercer Mundo? Dentro del Tercer Mundo, ¿qué bloque más importante, por sus años de antigüedad en subdesarrollo, que el nuestro? Dentro de América Latina, ¿qué país más significativo que México? Y, si fuera de México todo es Cuautitlán, y en esta capital de envidiosos y resentidos sólo aquí se reconoce la verdad, ¿a quién le corresponde el Laurel? A ti y a mí.
Compadre. Tu libro es tan universal, tan futurizante de nuestro rol en la nueva cultura planetaria, tan incomparablemente superior a todo lo que se ha escrito en español desde el siglo XI, que es el único que he leído en mi vida.

¡Nada de pequeñeces cicateras! Sólo es justo un elogio absoluto. Y es fácil producirlo con el siguiente método:
1. Hacer una ficha analítica de la obra o persona que se quiera elogiar.
2. Sobre las categorías de análisis, repasar (con un fichero electrónico) lo que “ha habido” en esas categorías.
3. Cruzar la ficha contra eso, hasta que salte un absoluto.
Ejemplo en el que salta fácilmente un absoluto: El señor es de Chamacuero [ficha]. En Chamacuero nunca ha habido poetas [fichero]. Luego, el señor es Absolutamente el Poeta Más Grande de Todos los Tiempos que ha habido en Chamacuero.
¿Y si en Chamacuero hubo un tal ‘Margarito Ledesma’, autor de unas Poesías más o menos cómicas? Todavía es posible un absoluto, si estructuramos el elogio para que eluda esa limitación: Nunca, en la historia de Chamacuero, ha habido un poeta más grande, en vena seria, que el inmenso Fulano.
Pero supongamos que Chamacuero fuese también la cuna de López Velarde. A las categorías geográfica [Chamacuero], de género [poesía] y vena [seria], incorporamos la categoría cronológica y resolvemos el problema: después de López Velarde, no ha habido en Chamacuero un cantor de la provincia, en vena seria, más grande que el grandísimo Fulano de Tal.
Por último, supongamos que en Chamacuero haya habido muchos grandes poetas, o que nos pidan un elogio de magnitud cósmica. La salida es fácil:
Ni Homero, ni Dante, ni Shakespeare, ni San Juan de la Cruz, ni Baudelaire, ni Octavio Paz, lograron, como el grandísimo Fulano, plasmar en un poema las vivencias de una niñez tranquila en Chamacuero.

Un solo y mismo elogio, convenientemente categorizado, se puede multiplicar en elogios infinitos, todos ellos únicos y absolutos. El método cumple la exigencia mecánica industrial (estandarización con un solo modelo) y las necesidades del caso particular, lo cual supera a Henry Ford con su Modelo T.
Desde luego, si hay que cruzar demasiadas categorías, el resultado puede ser enfadoso. Pero siempre cabe perfilar un conjunto de categorías que excluya lo que estorbe para alcanzar el absoluto:
Nunca en la historia de la literatura mexicana, hubo un novelista sinaloense que (teniendo un padre tuerto, y habiendo hecho sus estudios de metalurgia en Torreón) tuviese mayor dominio del monólogo subjetivo.
Sin embargo, hay cortacaminos deseables, ficheros de cruce rápido, que permiten abreviar. Es el refinamiento del sistema. Con una mentalidad provinciana, el fichero geográfico pudo haber sido la solución. Mas ya no estamos en los tiempos de la celebración local: “Para estar hecho en México, es de primera”. Estamos en los tiempos del Juicio Universal Subjetivo.
El más directo es obvio: “En la literatura universal, a Mi Ilustre Juicio, no hay un libro tan importante como el tuyo”. Tiene el inconveniente de limitarse a un solo libro. Para que nunca falten elogios rimbombantes, hay que cruzar el criterio “A mi juicio” con un fichero cronológico de lecturas. El resultado es de una fertilidad jupiterina, sobre todo si se disfraza, jupiterinamente, con una o dos categorías adicionales, que, como se comprende, salen sobrando:
Después de La guerra y la paz [categoría innecesaria, pero que hace más tonante el juicio], no hay en la literatura universal [ídem], una novela más grande que la tuya [ojo:] que haya leído en los últimos quince días.


sábado, 30 de abril de 2011

Limbos


Qué duro es despertar de un sueño agradable. Los últimos instantes suelen ser un tanto apresurados, como si todos los personajes o situaciones que soñamos supieran que se acerca el momento inexorable y terrible de abrir los ojos. Todo se resquebraja, la luz penetra en la mirada como una súbita inundación, los ruidos adquieren un protagonismo sólido, definitivo, y todo empieza a desvanecerse para, ¡ay!, quizás no volver jamás. En esos primeros y torpes momentos de la vigilia, aún podemos saborear las mejores escenas o aventuras del sueño, antes de que se vayan hundiendo lentamente en el plomizo lago de lo cotidiano. Y así comienza, una vez más, el tiempo de arrastrarse por una vida llena de "recompensas" materiales y anhelos insatisfechos...

sábado, 9 de abril de 2011

Los dolores enterrados se han vuelto flores




Seis años ya desde aquellos desgarradores minutos, cuando tu existencia goteaba hacia el mar enigmático, ese lugar lleno de preguntas imposibles de responder. Seis años exactos, incluso en el día y el calor que caía sobre la tierra. Hoy recuerdo que antes de que llegara ese momento intenté, en medio del desamparo, ponerme dentro de tu cuerpo, sentir tus dolores, ver las cosas como pensé que tú las viste, en particular después de que te dieran la noticia que habría de perseguirte día y noche, implacablemente, aunque por fortuna, no fuera por mucho tiempo. Estos fueron los torpes resultados:

Se han alineado las letras

Todo vuelve a empezar,
vuelve a nacer,
el tiempo, impávido,
apenas me dejará un lapso para terminar,
para tratar de irme bien.

Salí otra vez a la vida, al día,
y de inmediato me llovieron los ojos:
¿cómo puede ser todo tan nuevo
después del escozor de un puñado de palabras?

Se han alineado las letras de mi muerte...

Pero, ¿es por eso que los árboles…?
Los árboles,
¿se agitaron siempre así,
con ese escalofrío consternado,
ahogados y ocultos a la indolencia cotidiana?
¿Han sido siempre tan árboles?

Y el viento,
¿ha tenido esa voz de cristal y hielo
desde que jugaba con mis cabellos allá en la montaña?
¿Por qué las aves trinan y saltan con esa euforia?
¿Por qué me aturde el cielo con su color de calma,
con la membrana cobriza que le impregna el sol?

¿Acaso soy yo por fin quien mira y no ese vano fantasma,
cosido al pálido escenario de la existencia diaria?

Ya no soy quien fui.
Ya casi no soy.

martes, 5 de abril de 2011

Descubrimientos

El mundo suele ser un constante descubrimiento para un niño de tres años. La memoria es un almacén inmenso y vacío que va acumulando sensaciones e imágenes con cada despertar. Todo ser viviente de pequeñas dimensiones es susceptible de ser llevado a la boca: hormigas, arañas, escarabajos, lombrices, orugas, lagartijas, otros insectos de los que uno nunca averiguará el nombre. Pero también algunos objetos inanimados suelen mostrar sus pocas cualidades alimenticias en la boca de un niño, como las canicas, los lápices, las piedras, los terrones, o incluso objetos de metal como clavos pequeños. Aquella vez tenía en la boca precisamente uno, con el único fin de examinar con detenimiento su frío sabor metálico y la curiosa sensación que provocaba en la lengua tanto su afilada punta como su cabecita plana. Lo revolvía de una mejilla a otra, y sentía cómo me hacía producir una saliva asimismo metálica, abundante, llena de minúsculas burbujas que me inducían a seguir moviéndolo en el interior de la boca. Entonces apareció ella. O mejor dicho, salió de la cocina al huerto y me vio sentado en la tierra con el reguero de clavos a mi alrededor. Recuerdo que el aspecto de su rostro me asustó: pálida, con unos ojos que por poco le saltaban de las cuencas. “¿Qué estás haciendo? ¿Qué traes en la boca?” La rudeza de las preguntas surtió un efecto fatal en mi ánimo, porque de inmediato tragué la enorme bola de saliva, tal como se suele hacer cuando el miedo nos asalta de golpe, mas con tan mala fortuna, que por el conducto de la garganta se fue no sólo la bola de saliva, sino también el clavo.

La cara que hice debió hacérselo notar, porque su rostro moreno adquirió un color de ceniza. Me levantó por los sobacos con fuerza descomunal y me llevó como un muñeco corriendo por un tiempo que me pareció eterno. Mientras tenía esa sensación semejante a un rasguño que me recorría el pecho lentamente, al mismo tiempo veía su rostro desfigurado por la angustia, los ojos pequeños, con un aire de demencia, los escasos bigotes que le crecían cerca de la comisura de la boca singularmente erizados, el vertiginoso movimiento de los árboles a mi alrededor, sus manos endurecidas como garras en mis axilas, una extraña incapacidad para gemir siquiera.

Llegamos a un jacal sombrío que, a manera de recibidor, tenía un tendedero lleno de chiles guajillo puestos a secar. El olor me produjo escozor en la nariz pese a que me resultaba difícil respirar. Al fondo del cuarto, entre las sombras, de pronto se oyó un carraspeo destemplado y un arrastrar de pasos.

–Y ahora qué tenemos aquí.
–Se acaba de tragar un clavo el muy tarugo –dijo ella con voz ciega, estridente– ayúdelo, don Matías, por favor, Diosito le regresará alegrías, ya verá…
–Bueno, bueno, vamos a ver. Abre la boca, chamaco. Ajá, parece que te está lastimando el gaznate, ¿verdad? Mire, Maribel, váyase de volada por tres racimos de plátano tabasco y regrese lo más pronto que pueda porque esto se puede poner feo. ¿Hace cuánto tiempo pasó?
–No más de cinco minutos
–Córrale, entonces. Mientras, le voy a dar los pocos que yo tengo.

Y así estuvimos buena parte de la tarde. Plátano tras plátano. Yo masticaba la materia blanda con ese sonido chicloso que me recordaba las pisadas en el lodo, en tanto que mi madre y don Matías iban pelando los plátanos, uno tras otro. En varios momentos los ojos se me llenaron de lágrimas y estuve a punto de vomitar, pero ella me pellizcaba un brazo, me dejaban descansar un minuto, cuando mucho dos, y de inmediato seguía comiendo más y más plátanos. Fui obligado a engullir veinte plátanos exactos hasta que al fin el remedio surtió su efecto: un ronco gruñido intestinal nos avisó a todos que era el momento de saber mi destino: si el clavo aparecía entre la condensación de mierda estaría salvado y podría continuar con mi existencia; si no, sería cosa de tiempo para empezar a sufrir horribles dolores estomacales antes de expirar como un perro envenenado, sin haber alcanzado a hacer nada por la humanidad. Para lograr hurgar entre la copiosa mierda que excreté fue necesario hacerlo bajo la sombra de dos poderosos álamos en el huerto de don Matías. Mi madre removía las heces con una vara. Sin embargo no apareció el anhelado objeto tras examinarlas minuciosamente. Así que de vuelta a comer más plátanos, tres o cuatro más, hasta que de nuevo sentí que mis entrañas querían evacuar el sobrepeso. El sol vespertino trazaba rayos oblicuos entre las ramas de los árboles y numerosos pájaros gorjeaban sin cesar por encima de nuestras cabezas. Nuevamente mi madre examinó las heces, y de pronto un brillito inconfundible nos hizo sonreír a todos: ahí estaba el clavo, rodeado de aquella masa esponjosa y repugnante. Don Matías me jaloneó cariñosamente una oreja con su mano calluda y me dijo: “De la que te salvaste, chamaco, ahora ya sabes que los clavos no se comen”, y entonces rió con esa voz destemplada y como deshilachada, que debía, al igual que el tono amarillento de sus dedos, a su constante afición por los Faros, cigarrillos baratos, sin filtro e inconfundiblemente olorosos.

–Gracias, don Matías, no sé cómo pagarle –dijo mi madre con un tono patético que nunca le había escuchado antes y nunca le volví a escuchar después.
–No se apure, Maribel. Ya sabe que hoy es por usted y quizás mañana por mí.

Nos alejamos de casa de don Matías en completo silencio, agotados por la tensión y la espera. Sin embargo, cuando creí que todo quedaría en una aventura que por suerte había terminado bastante bien, ella desapareció en el huerto durante algunos minutos. Regresó con una flexible rama de trueno a la que le había quitado todas las hojas.

Lo que siguió a continuación se quedó en mi mente bañado con una bruma de ambigüedad. Recuerdo una mezcla de berridos agudos de mi parte, ofrecimientos desesperados de que no volvería a meterme nada en la boca, “Te lo prometo, mamita, ¡ay, ay, ya no me pegues, por favor!”, zumbidos interminables y aterradores de la rama de trueno, ardor en las nalgas, los brazos y las piernas, gritos roncos de ella en los que me advertía de una paliza aún más descomunal si la volvía a poner en ridículo con otras gentes, más y más berridos, hasta que al fin se cansó, y ya sólo me quedé lloriqueando bajito, con una voz cascada por tanto grito, en un rincón del cuarto que compartíamos con mi abuela, quien llegó horas después y, al verme lleno de marcas moradas, me colocó en su regazo y entabló una agria discusión con mi madre mientras me acariciaba los cabellos. Gritaron durante largo rato. Incluso la noche se empezó a meter por la única ventana del cuarto y nadie se atrevía a prender la vela. Mi madre se puso a llorar de rabia maldiciendo su suerte, al tiempo que me lanzaba miradas terribles, pero yo me sentía seguro en el regazo de mi abuela: sabía que mientras ella estuviera allí no habría nada ni nadie que pudiera hacerme daño en este mundo.

Ninguno merendó pese a que cada tanto se escuchaban los gruñidos de nuestras tripas. A mí me costó mucho trabajo dormir debido al ardor de los azotes y al hambre. Pero al final pudo más el cansancio y me dormí en el colchón de mi abuela, que siempre me hizo un lugarcito junto a ella hasta el día de su muerte, un par de años después.

Esa noche soñé que era un gran señor y que acicateaba a una mula para subir, con parsimonia inaudita, por una empinadísima cuesta en un día de sol aplastante.

jueves, 31 de marzo de 2011

Números


Números. Para todo. Diariamente. Números que siempre han estado muy cerca de mí. No por afanes puramente matemáticos, lo cual se demostró de la peor forma cuando intenté pertenecer al mundo de la ciencia, sino más bien por una suerte de obsesión, un enfoque a través de la lente de los símbolos. Veo números en todos los acontecimientos sustanciales y anodinos de mi vida, siempre en algún rincón: días, fechas, horas, años, domicilios, páginas, teléfonos, pagos, claves, cuentas bancarias, pasos de un punto a otro, letras, palabras, libros, muchos etcéteras; y su repetición, constante e inesperada, podría formar parte de un oscuro manuscrito, una bolsa llena de ocultos significados, observables sólo desde una distancia hecha de tiempo: otra vez esa idea de una escritura que se traza a diario, ayudada por nuestra propia ceguera ante las cosas trascendentales. Mas también hay ciertos números que evito supersticiosamente, como a la peste; a otros los asocio con la buena fortuna, con la maldad, con la muerte, con el sexo, o incluso (disculparán el rumbo) con el amor. Encuentros “casuales” que se suelen dar mediante ciertas combinaciones, abriéndose paso entre millones de posibilidades, entre los laberintos del azar cotidiano. Y así veo que seguirán allí los números, urdiendo significados sin parar, pero también multiplicando, sumando, restando o dividiendo recuerdos y experiencias. Todos esos números, para todo, diariamente…

lunes, 28 de marzo de 2011

De los viajes personales





Suena el traqueteo de las vías a lo lejos, opacamente, aunque sólo sea por unos segundos, porque casi de inmediato repiquetean con más fuerza, como si uno se diera cuenta con sobresalto de que siempre han estado allí, fragmentando el tiempo con la continuidad cíclica de su ritmo. Al poco rato se agregan voces y otros sonidos al de las vías, pero se registran más como texturas auditivas que como entes articuladores de significados. No tardamos mucho en darnos cuenta de que estamos ante una travesía, ante el movimiento de un viaje.

Estos son los primeros instantes de “Asleep On A Train” pieza perteneciente a Yesterday Was Dramatic, Today Is Ok (2000), de los islandeses MÚM, y que por su nombre y la secuencia constante de sus acordes, se encadena con la siguiente pista del disco: “Awake On A Train”. Dos títulos engloban toda una realidad temporal en la que desfila una serie de evocaciones anímicas y que finaliza siempre en el principio, en dado caso de éste realmente exista, porque los ciclos sonoros de ambas piezas hacen pensar que todo se consumará en el mismo trayecto.

Me refiero a una “realidad temporal”, antes que a una narrativa, porque en este viaje nunca nos enteraremos de ninguna situación o lugar en donde comience el traslado, mucho menos de algún posible destino. De hecho eso es algo que carece de importancia, porque se trata más de una exploración a través del acto de viajar en sí mismo, de las sensaciones que florecen al estar allí, encapsulado en un vagón tal vez vacío o tal vez lleno de rostros desconocidos, pero siempre a merced de la soledad de los traqueteos y de los propios pensamientos, sin un tiempo plenamente determinado. Por ello, el desplazamiento que representan las piezas resulta hipnótico, con variaciones imperceptibles que, sin embargo, nos irán fundiendo poco a poco en un frenesí multicolor, tal como sucede con el paisaje que tras la ventana se convierte en velocidad.

No estamos ante una historia reconocible, proyectada con anterioridad por otro artista en una disciplina distinta o por los propios músicos islandeses, y por ende, no se está cumpliendo con ningún tipo de intertextualidad, al menos en relación directa; porque a lo que sí se apela es al imaginario universal de la traslación en el espacio, a la idea un tanto romántica que se suele asociar con las travesías a bordo de un tren. Y es que ésta es precisamente la única característica que podría sugerir una secuencia narrativa: el empleo de dos acciones (contenidas en los propios nombres de las piezas) que implican una temporalidad especifica: “Dormir en un tren” y “Despertar en un tren”. Según el orden de las pistas, primero se va hacia el sueño y sólo más tarde se llega al despertar. Acciones que desde la antigüedad son simbólicas por sí mismas: el sueño suele estar considerado como una zona en la que pueden ocurrir revelaciones, mas donde también es fácil dejarse arrastrar por los espejismos, por los engaños que nos provocan los propios deseos. Dormir es entonces una zona de abandono de la que podemos resurgir (o despertar) engañados o iluminados, tal como acontece con Eneas cuando desciende al mundo de los muertos por la puerta de hueso (la que simboliza la realidad inmediata o táctil de las cosas) y que más tarde emerge por la puerta de marfil (aquella que simboliza el sueño, la ilusión). Por otro lado, el despertar se suele asociar a los cambios que se operan sobre todo en el ámbito interior: se despierta en una esfera superior de conocimiento después de las oscuridades del sueño. La semilla, una cosa aparentemente muerta, emerge a la luz transformada en un organismo más avanzado (la planta y más tarde el árbol), y se mantiene a lo largo de su existencia en busca de las alturas. Dormir y despertar, puestas las acciones justo en ese orden, implican por tanto un cambio que se opera a través de la percepción, sea que este cambio se verifique desde la oscuridad hacia la iluminación o viceversa .

Sin embargo, existe un tercer elemento que transforma los efectos de las acciones mencionadas, ya que en ambos títulos aparece el lugar en donde se desarrollan las acciones: todo acontece en un tren, un espacio cerrado que se desplaza por un camino plenamente establecido, a través del espacio abierto del mundo. Y así, las dos acciones que aportan los elementos narrativos, cuentan también con un escenario. Estamos, no sólo frente a la representación de la oscuridad y la luz (dormir y despertar), sino además frente a los territorios del viaje (tren). Un tema tan antiguo como la humanidad misma, el cual puede involucrar distintas motivaciones que van desde la característica inquietud que suele invadir a los espíritus nómadas, en los que el viaje es asimismo la representación de una búsqueda (que acaso nunca concluya) o el conocimiento que se desprende del traslado; hasta la huida, en la que inevitablemente evoluciona (positiva o negativamente) el fugitivo, al pasar de un estado físico y mental a otro. Recordemos además, que en las tradiciones antiguas de casi todas las culturas, sin importar si son de oriente o de occidente, el héroe suele emprender travesías llenas de pruebas que debe sortear antes de encontrarse por fin con su destino. Empero, el recorrido que se experimenta en las melodías de MÚM no significa un discurso determinado. La evocación de sensaciones puede ser tan variable como una montaña contemplada desde diferentes ángulos. Y como mencioné anteriormente, no nos hablan de un punto de partida o de llegada, sino de un “durante”, o en otra palabras, del momento en que el viajero está, por decirlo así, ausente de las acciones cotidianas del mundo, atrapado en ese espacio que avanza sobre los rieles.

Así llegamos a un motivo que ya no tiene nada que ver con los conceptos lingüísticos que se desprenden del título de las melodías, sino con un recurso musical que comparten las dos piezas: la imitación, mediante una base rítmica producida por un sintetizador, del traqueteo que producen las ruedas metálicas de un tren en las uniones de los rieles; es decir, el elemento que nos permite asegurar la evolución de las sensaciones mediante el paso del tiempo. Un año después del lanzamiento de Yesterday Was Dramatic, Today Is Ok, en 2001, para la banda sonora de Dancer In The Dark, película de Lars Von Trier, Björk emplea también el recurso del traqueteo del tren en la canción “I've Seen It All”; sin embargo, allí no se trata de una imitación mediante el uso de determinado instrumento, sino de una grabación real del paso de un tren y su posterior arreglo en el estudio de grabación para volverlo ritmo con lapsos simétricos.

Pues bien, gracias al motivo del “avance del tren”, podemos seguir con alguna precisión el devenir de las emociones que busca generar el grupo islandés. Lo interesante de todo esto es que, a pesar de la parvedad de una referencia indiscutible, se trata de un devenir que cuenta con antecedentes engendrados desde la propia experiencia como viajero, sin importar el medio de transporte que se emplee durante el trayecto. Cuando se emprende un viaje en soledad, suele suceder que al principio reside dentro de nosotros una dulce incertidumbre acerca de lo que vendrá (porque se sabe que el exceso de certidumbres no puede conducir sino a la tristeza), un optimismo casi infantil, porque nos arrancamos a nosotros mismos de la dictadura de la rutina, y estamos listos (y acaso ávidos) para establecer una mirada adecuada ante la novedad, ante lo que está aparentemente lejos de nuestro discurrir cotidiano, y con ello pretendemos que la sorpresa de esos mundos ajenos al nuestro, más tarde se convierta en memoria: sabemos que de una u otra manera, esa experiencia será reconstruida más tarde por nosotros mismos en otro momento: el de la evocación. Así traduzco al menos los sonidos “chispeantes” que aparecen cíclicamente al inicio de “Asleep On A Train”, sonidos entreverados con un melancólico acordeón, que se mantiene casi oculto entre el fondo de sonidos de la pieza, y que parece decirnos que la alegría siempre lleva consigo el germen de su contraparte. Poco a poco esos sonidos que se mantenían agazapados en los instantes iniciales, van adquiriendo más protagonismo, hasta convertirse en una serie de resonancias que pretenden estabilizar el exceso de alegría que se tenía al empezar el viaje. Y es que durante un trayecto es fácil caer en la monotonía de lo diverso (por paradójico que suene), y el lógico resultado es la somnolencia que se va apoderando del viajero. Un abandono irresistible de los miembros del cuerpo al iterativo ciclo de la velocidad. ¿Quién no ha viajado deslizando la visión entre el sueño y la vigilia indistintamente? Pero además nacen las dudas: ¿qué es lo que se piensa desde esos momentos previos al sueño, cuando el traqueteo de las vías se ha convertido en un fondo brumoso, en el escenario perfecto para un desfile de recuerdos teñidos por una inexplicable melancolía, provocada por la diversidad de accidentes que se atraviesan en el horizonte? Allí entrarán los hechos de la conciencia de cada quien: el pasado, las motivaciones, el asombro, etcétera.

Las voces regresan en los últimos segundos de “Asleep On A Train” y dan paso al rápido inicio de “Awake On A Train”, en donde se quiebra la bruma que invadió el final de la pieza anterior, los motivos lentos y remotos que incitaban a la profundidad del sueño. Los ojos se inundan en un hervidero de colores, se embriagan otra vez con la “realidad” del traqueteo del tren y aparece una vez más la conciencia del viaje que se ha emprendido. Asimismo, la alegría de saber que se sigue en el camino regresa con vigor inusitado. ¿Qué nos aguarda allá donde tarde o temprano habremos de llegar? Y así como se idealiza la noción del continuo movimiento, así también la imagen de la llegada puede producir una cierta zozobra. Porque viajar tiene su dosis de desamparo: al estar sometido al reducido espacio de un vagón en movimiento, también se está imposibilitado de todo intento de escape, y se corre el riesgo de estar a merced de uno mismo, de los senderos que pueda utilizar tramposamente la memoria.

Y eso es justo lo que parece acontecer en la segunda pieza, porque de esa manera se van verificando tres estados de ánimo en “Awake On A Train”. Después del entusiasmo inicial de la melodía, producido principalmente por un uso economizado de las notas de un piano que se trenza con los sonidos espaciados y agudos del sintetizador, nos encontramos de inmediato en una especie de puente, en el que una trompeta desencadena el suave declive de la alegría, hasta que se va apagando en el silencio, aunque si bien se mantiene el sempiterno traqueteo de las ruedas en los rieles, de manera similar a como comienza la primera pieza, es decir, escuchados desde la lejanía o desde la introspección. La última parte de “Awake On A Train” nace desde ese silencio aparente, y por lo mismo resultan inesperados los melancólicos gemidos del acordeón, los cuales se prolongan hasta el final, enredados con las cadencias de una guitarra electroacústica. Ambos se irán hundiendo también en el silencio con suma lentitud, arropados en el último par de minutos con las alargadas notas de un cello, y será como si dejaran en la mente la imagen de una mirada perdida en el paisaje tras la ventana, el cual seguirá corriendo, semejante al río de Heráclito, y acaso mostrando al viajero los reconocibles trazos de un reflejo de sí mismo.

Es inútil. He intentado, tal vez absurdamente, transformar en palabras una impresión musical, y me quedo quizá más desahuciado que antes: me parece que las palabras se quedan siempre en el borde de lo que me presenta la música, tal como sucede con las moscas, condenadas a estrellarse, una y otra vez, contra un cristal que les impide eternamente el paso hacia un mundo que no dejan de vislumbrar.