miércoles, 29 de diciembre de 2010

Resplandores

Volcán Popocatépetl, martes 28 de diciembre de 2010.

Mañana. Resabios nocturnos se escapan. Miradas, cerca y lejos. Fruta y luz. Plantas verdes, mate. Automovil y tráfico. Música. Una lámina de sol. Carretera hacia adelante. Pueblos. Preguntas. Nubes como borregos. Las manos en el volante. El recuerdo fugaz de una tonada. Hljómalin. Vacío en las entrañas. Carretera sinuosa. Mirada perdida. Bruma. Montañas. Recuerdos inconexos. Familia lejana. Amor, amores. Muerte, nudos y liviandades. Ascenso. Bosque. Aire frío. Ruido de motor. Montañas cada vez más grandes. Preguntas ancestrales, a mí mismo, al que fui, al que soy. Rostros yendo y viniendo. Comienza la tarde. Oyameles danzantes. Nubes y sol. La mano por la ventanilla. Aire, existencia. Al fin los pies sobre la tierra. Arena y cumbres. Los volcanes. Uno fuma y la otra duerme. Viento que corta. Pasos. Colores irreales, como en ciertos sueños. Rocas. Mucho amarillo y azul. Silencio profundo. Ganas de ser etéreo. Palabras que caen como hojas. Ciclos, una vez más. Los minutos desembocando en el pasado. Comida frugal. Retorno a la cotidianidad. Sol invernal al poniente. A lo lejos la ciudad. Hljómalin en la radio como el primer resplandor casual...

jueves, 23 de diciembre de 2010

Pasos

Dejo este fragmento como quien deja un dibujo en una piedra del camino:

[...] no hay hombre que desde los primeros hasta los últimos pasos sepa y pueda ser únicamente malvado, ocurre que el hombre, cuando todas las esperanzas y todas las ilusiones lo abandonan, mata al hombre en él mismo, en el lapso de un segundo uno puede quitarse voluntariamente la vida y continuar viviendo, pero matar en sí mismo la necesidad de amor y la necesidad de esperanza son necesarios largos y duros años, cuando alguien se está ahogando se agarra incluso al aire o a un puñado de agua, así pues, cuando el hombre no se ha matado del todo y yace en los sombríos espacios del mal, si de pronto advierte un mínimo rayo de bien, el hombre se inclina sobre esa débil llama para en los momentos de soledad hacerse la ilusión de que lo que es ahora una débil y frágil llama puede convertirse en un inmenso resplandor [...] [1]

[1] Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso, Pretextos, 2004, p. 54

viernes, 3 de diciembre de 2010

Divas


Nunca he logrado sentirme a gusto con las divas. Su insaciable ansia de elogios de inmediato me provoca palpitaciones en las sienes y un insoportable hormigueo en los dedos de las manos. Sin darme cuenta comienzo a bostezar, chasqueo la lengua groseramente, me entretengo con alguna grieta en paredes, pisos o techos, e incluso me da por decir procacidades disfrazadas de anodinas observaciones.

Sin embargo, aquella vez me sucedió algo en verdad extraño mientras estaba con esta diva “injustamente ignorada” por los círculos intelectuales. Nunca había leído un solo libro suyo, ni asistido a conferencias dictadas por ella por la simple razón de que no había hecho ni lo uno ni lo otro. ¿Y entonces por qué estaba charlando con ella en esa cafetería?, se preguntarán los más lúcidos. Sonará estúpido, pero me habían parecido “inteligentes” un par de artículos suyos publicados en revistas literarias de medio pelo y había tenido la peregrina idea de que se trataba de una mujer interesante, un posible contacto que ¿quién sabe?, acaso me podría ser útil en el futuro.

Lo primero que me sorprendió cuando la vi, fue que en vivo parecía treinta años mayor que en el retrato de las revistas. Su aspecto mortecino e insalubre, provocado por la prodigiosa cantidad de cigarrillos baratos que fumaba, encendiéndolos uno tras otro con la colilla del anterior, invitaba más a la repugnancia que a la piedad. En cuanto me vio, me fulminó con la mirada y poco después comenzó a medir mis capacidades a través de latinajos y citas de los clásicos. Tras su primera taza café, aquello se convirtió en un monólogo.

Me aseguraba, con sendos puñetazos que hacían vibrar la mesa, que su ausencia en los círculos literarios más encumbrados, se debía a la enorme cantidad de enemigos que se había granjeado gracias a sus espontáneas observaciones hechas a ciertos “grandes escritores”, a los cuales siempre se refería por su nombre de pila; así por ejemplo, decía que Octavio había sido toda su vida un redomado imbécil que sólo conseguía escapar de su ceguera cuando encontraba su propio nombre en alguna dedicatoria poética; o que Carlos la detestaba porque en una ocasión le había dicho, con su acostumbrada sinceridad, que nunca sería galardonado con ese único premio que le faltaba; o que Juan, que en paz descanse, nunca le había perdonado por haber dado en el clavo con respecto al prolijo silencio con el que se cubrió las espaldas tras la publicación de sus “obras maestras”. A los autores más contemporáneos no los ninguneaba, sino que se limpiaba los zapatos con sus nombres, según sus propias palabras. Incluso temía que la presente charla conmigo sería fatal para mí, ya que sus “enemigos” seguramente ya me habrían localizado, con lo que en adelante sólo me habría de esperar el repudio.

Como toda diva, era muy afecta a las mitomanías, y entonces contaba cosas que nunca podrían haber ocurrido a menos que tuviera el don de la ubicuidad, o al menos ciertas nociones acerca de la teletransportación. Cada tanto tosía con los ojos anegados en lágrimas, mientras me veía con expresión extrañamente desamparada, como si temiera morir delante de mis narices.

Los minutos seguían su ciega marcha hacia el pasado, cuando de pronto, justo en medio de uno de esos silencios que suelen llamarse “incómodos”, arribó a nuestra mesa un sujeto desaliñado, con ese aspecto que suelen mostrar los perezosos y los dementes. Empujaba una carriola que para mi sorpresa efectivamente contenía a un niño de unos tres o cuatro años, demasiado grande para el espacio del artefacto. El rostro de la diva adquirió un color cenizo y yo pensé que había llegado su hora postrera. Bajo sus labios resecos asomaron unos dientes cubiertos con una mancha herrumbrosa, y entonces emergió una voz que bien podía haberse extraído del rechinido de una verja:

–Qué haces aquí, te dije que no vinieras. ¿No ves que estoy ocupada?
–Ya tenemos mucha hambre, ¿cuánto más vas a estar aquí?
–¡Lo que sea necesario! –gritó la diva y aspiró profundamente de su cigarrillo.

El sujeto murmuró alguna palabrilla soez y arrastró una silla de metal a nuestra mesa. Se sentó con nosotros mientras el crío recibía una buena dosis de sol en pleno rostro. Ellos se miraban con odio intenso y a mí me dio la impresión de que me había vuelto traslúcido. Enseguida el tipo pidió un par de tortas de milanesa y las engulló sin contemplaciones, aunque lanzándome miradas escurridizas que no supe interpretar. Al poco rato llegaron dos chicos de unos catorce o quince años y se plantaron justo frente a nosotros.

–Efraín, Aída, arrímense unas sillas con nosotros –dijo la diva.

Los cinco, más la carriola con el crío, estábamos apelotonados en una mesa para dos. Me dio la impresión de que todos se esforzaban por evitar mirarme, lo cual me puso en una situación sumamente penosa porque nadie decía palabra. En realidad los chicos eran los que parecían ignorarme con más naturalidad, porque se la pasaban pellizcándose, riendo caballunamente o mostrándose el uno al otro los bocados triturados de las tortas que también habían pedido. Todos comían y bebían mientras yo seguía con mi austera taza de té, la cual por supuesto ya estaba fría.

La situación era cada vez más insostenible y entonces decidí partir, pero cuando hurgaba en mi cartera para pagar lo referente a mi taza de té, inesperadamente la diva le armó un escándalo al sujeto de la carriola.

–¿Ya conseguiste trabajo o sigues esperando que yo lo pague todo?
–Mierda, ¿no te cansas de ponerme en ridículo con la gente?
–¿Ridículo? ¿No me digas que aún tienes noción de lo que eso significa?

Los gritos eran tan desagradables que ni siquiera me enteré de la hora en que se habían largado los chicos. El crío de la carriola comenzó a berrear.

–Oigan, yo tengo que… –mi voz sonó tan débil que ni siquiera yo la escuché.
–Ya me tienes harta, carajo, siempre escudándote en estupideces. Y quita tus asquerosas manos de la carriola de mi hijo, ¿a dónde demonios lo llevas?
–Eres una vieja de mierda, con un aliento asqueroso que ya no soporto.
–Maldito seas, ¡te voy a sacar esos ojos! ¡Ven acá, cobarde!

Todo sucedió en un parpadeo. Yo estaba sentado con la mano aún en la cartera. En la mesa apareció mágicamente la cuenta y un corpulento mesero que me veía sin pizca de misericordia. Sabía que la cifra excedía con mucho lo que yo traía, así que mi cerebro comenzó a trabajar como nunca para salvarme el pellejo: de inmediato me percaté de que cruzando la calle había un banco.

–Mira, te dejo lo que traigo –dije con tono lo más indiferente posible, aunque fui capaz de notar un ligero temblor en mi voz– y voy al cajero de aquí enfrente por el resto.
–No se preocupe, aquí aceptamos tarjeta –dijo el mesero sin dejar de mirarme un solo instante.
–Lo que pasa es que necesito efectivo para otras cosas.

No le quedó alternativa. Así que salió del café para echarme el ojo. Nos separaban unos veinte pasos. Comencé a hurgar en mi cartera como si buscara algo, una tarjeta bancaria quizá. Y entonces eché a correr como nunca, con un ansia desbocada, vesánica, como si de eso dependiera mi vida. Corrí y corrí y corrí. Como nunca. Al principio escuché con toda claridad un “¡Hijo de toda su reputa madre! ¡Agárrenlo, que es ratero!” aunado a diversas exclamaciones y pasos apresurados que supuse iban en pos de mí, pero tras varias cuadras en las que fui callejoneando, ya sólo escuchaba mis propias zancadas, mi respiración, un zumbido agudo en mi cabeza. Cuando finalmente me detuve en la tranquilidad de un parque, con la lengua y la garganta resecas, y unas feroces ganas de caer desmayado o vomitar, me quedé pensando en que nunca he logrado sentirme a gusto con las divas…

lunes, 22 de noviembre de 2010

Virtudes invaluables


Entre las muchas aventuras y descripciones que pueblan El libro de las maravillas, de Marco Polo, una de las más curiosas que se pueden encontrar es cuando habla de la región del Tíbet (aunque los comentadores aseguran que se refiere más específicamente a la región de Szechwán, asolada por Mongu Kaán en 1258), en particular de una costumbre que se practicaba entre las mujeres casaderas. La virtud que allí se ensalza no sería fácilmente admitida ni siquiera hoy en nuestras regiones, aun cuando quizá traería inefables beneficios para algunas parejas. He aquí el fragmento:

«[…] Tened por cierto que, en este país por nada del mundo tomaría un hombre por mujer a una doncella, diciendo que no vale nada si no está acostumbrada a acostarse con muchos hombres. Y de una mujer o muchacha que aún no ha sido conocida por ningún hombre dicen que está mal vista por los dioses; por eso los hombres no se preocupan de ella y la evitan, mientras que las que están bien vistas por sus ídolos, los hombres las desean y las aman. Y vais a ver cómo se casan. Cuando gentes que llegan de alguna otra región del país pasan por esta comarca, y han plantado su tienda junto a un caserío o una aldea o algún otro lugar habitado, porque no se atreverían a alojarse entre los habitantes, pues les desagrada, entonces las ancianas de la población o del caserío que tienen hijas por casar las llevan, y a veces son veinte o treinta o cuarenta; las proponen a los hombres a cuál mejor, suplicándoles que tomen a su hija y se la queden durante todo el tiempo que permanezcan allí. Y se las dan a esos hombres para que hagan con ellas lo que quieran y se acuesten con ellas. Y son las mujeres jóvenes las que más éxito tienen; los extranjeros las elijen y se divierten con ellas y las conservan todo el tiempo que quieren; y las demás se vuelven a casa muy apesadumbradas. Pero no podrían llevarse a ninguna a su país, ni hacia delante ni hacia atrás.

Y cuando los hombres han hecho lo que les ha dado la gana con ellas, y quieren proseguir camino, suelen dar alguna cosa, una joya, un anillo, una medalla, a las muchachas con quienes se han divertido; porque así, cuando se casen, podrán presentar la prueba de que han sido amadas y han tenido amantes. Por eso, es costumbre que cada doncella lleve al cuello más de veinte baratijas o medallas, para mostrar que muchos amantes y hombres han tenido que ver con ella. Cuando una niñita ha conseguido una medalla se la cuelga al cuello y va toda contenta con su regalo; sus padres la reciben con alegría y honor, y es muy feliz la que ha recibido más presentes del mayor número de extranjeros. A ésta la tienen en gran estima y la desposan de buen grado, diciendo que es más que las demás en el amor de los dioses. No podrían ofrecer a su esposo dote más rica que todos estos presentes recibidos de los viajeros; no las estimarían nada, al contrario, despreciarían a las que no pudieran mostrar sus veinte medallas probando que han estado con veinte viajeros. A la celebración de las nupcias, presentan a cada uno sus medallas y regalos. Por lo que se refiere a la que queda encinta, el hijo es educado por el que se casa con ella, y hereda en la casa lo mismo que todos los demás nacidos luego. Pero, atención, una vez que han tomado una mujer de esta forma, la estiman mucho y les parecería abominable que uno de ellos se permitiera tocar a la mujer de otro, y todos se abstienen con muchísimo cuidado de ello.» [1]

Marco Polo, Libro de las maravillas, Ediciones B, S. A. Barcelona, 1997, pp. 282-284

lunes, 8 de noviembre de 2010

Dos noches (epílogo)


Inútilmente reacio a ser obsesivo, en particular si se trata de sueños, me di a la mística tarea de repasar incontables veces el post anterior, en busca de alguna revelación que clarificara diversos símbolos presentes (los cuales sólo fui capaz de ver una vez que los dejé por escrito), y que acaso mostrarían con otra luz diversos acontecimientos de mi propia vida, tal vez el cabo de un hilo que me llevara a la contemplación de un futuro menos enigmático, con todas las deudas saldadas al fin, por así decirlo. Sin embargo, lo que encontré fue una luz que, más que disipar las tinieblas, se conjuga a la perfección con ellas. Con esto paso la página hasta la próxima obsesión; hasta el próximo sueño, quiero decir:

Cuando el hombre se va a la cama, su alma lo abandona y asciende a lo alto. Pero, ¿en realidad ascienden todas las almas? No todas ven el rostro del Rey. Sin embargo, el alma sí asciende, y nada queda en el cuerpo más que cierta impresión de vida en el corazón; el alma se va y trata de ascender. Tiene que cruzar muchos niveles diferentes. Allí se mueve y es confrontada por las engañosas luces de la impureza. Si es pura y no fue contaminada durante el día, asciende a los reinos superiores. Pero si no es pura se contamina entre ellas, se une a ellas y no asciende más allá. Ahí recibe cierta información y con ella puede percibir lo que sucederá en el futuro inmediato. A veces se burlan de ella y le dicen mentiras. Sigue así durante toda la noche hasta que el hombre despierta y ella regresa a su lugar.[1]

[1] Zohar. Libro del esplendor, CONACULTA, México, 2002, pp. 151-152.

jueves, 21 de octubre de 2010

Dos noches


Hace apenas una semana me sucedió algo inesperado: durante dos noches seguidas, me acosté con la misma sensación epifánica atorada en la garganta, de esas que si te descuidas de inmediato te arrastrarán a las lágrimas. Lo curioso es que la sensación me dejó un par de sueños que me hicieron despertar y regresar a ellos una y otra vez, tal como las moscas que chocan en los cristales:

1

El escenario era magnífico: al parecer yo vivía en una inmensa casona de arquitectura de inicios del siglo XX, con enredaderas subiendo por diversos muros, en especial en aquellos que convivían cotidianamente con las sombras. Era un día lleno de un sol poderoso, aunque ya algo maduro, como el que suele colgarse en el cielo por allí de las 3 de la tarde en estas latitudes. En cierto momento apareció S. en la puerta de entrada, con esa mirada llena de mar que siempre me produjo un vértigo abrasador. Sonreía sin sarcasmo, como si buscara olvidar viejos e inútiles tragos amargos. Entró a la habitación en la que yo estaba y sin decir palabra nos pusimos a mirar el magnífico día que se dibujaba en la ventana. Era demasiado atrayente como para permanecer dentro de la casona, así que salimos a caminar al jardín. Sin embargo, decir jardín es algo bastante inexacto, porque aquel terreno abarcaba varias colinas sumamente asoleadas, algunas de las cuales estaban en barbecho, como si alguien las hubiera preparado para la siembra. Por doquier había tubérculos extraños, los cuales tenían el aspecto de haber sido arrancados recientemente. S. cogió una de aquellas raíces y me preguntó dulcemente por su nombre, a sabiendas quizás de mi afición por las plantas. “Oh, son sólo mandrágoras”, dije, y enseguida desperté con una sensación etérea…

2

Vagabundeaba por algún lugar de la ciudad. Estaba a la búsqueda de algo, como si tuviera que hacer un ajuste de cuentas. Pasado un rato encontré un edificio que parecía haber sido construido por un niño. Gigantescos dados y barras de colores conformaban los distintos niveles y habitaciones. Entré. En la recepción, un hombre cuya barba le escondía el cuello, custodiaba el acceso a los pisos superiores. Era más bien bajo de estatura, pero tenía cierto aire de ferocidad agazapada. Con voz lóbrega me preguntó mi nombre, y como de pasada me advirtió que tenía instrucciones de no dejar pasar a cierta gente non grata para S. Mientras él revisaba lentamente una lista, tuve una oleada de angustia, pero al final me dejó pasar. Comencé a subir, nivel tras nivel, y aquello parecía un enorme caos que, sin embargo, guardaba una misteriosa lógica. Y aunque subía y subía, no lo hacía sobre escaleras, sino trepando por enormes bloques de colores, lo que me implicaba grandes esfuerzos. Además, en cada nivel había gente ocupada en jugar con una seriedad asombrosa. Nadie parecía notar que yo subía y subía. Y así fue que llegué a los niveles más altos, en donde al fin apareció S. Su aspecto era fantástico: la mirada de mar, el vértigo abrasador; no tenía cabello, pero en su cráneo tenía incrustadas diversas clases de piedras preciosas, de las cuales emanaba un brillo violeta. Tampoco tenía ropa común, sino que su piel parecía al mismo tiempo un maravilloso atuendo con diversas tonalidades. Su mirada sonrió aún más que sus labios cuando me vio, y entonces entablamos un diálogo que ya no logro recordar. Al final, con una desfachatez deliciosa, me pidió que la esperara mientras ella iba a orinar. Y a pesar de que efectuó dicha operación prácticamente ante mi presencia, algo distinto atrajo aún más mi atención: noté, con un nudo en la garganta, que allí cerca había dos enormes ventanales en los que se podía comprobar la altura a la que estábamos. En el de la derecha se veía la ciudad, estirada hasta una montaña lejanísima e invadida por las sombras del crepúsculo, al mirar hacia abajo se distinguían ráfagas de viento moviéndose como olas; en el de la izquierda, un sol rojo, a punto de besar el horizonte, colmaba de danzarines reflejos las aguas de un mar sereno…

lunes, 4 de octubre de 2010

Alteraciones inexplicables

Digna cosa de verse son los parias de esta ciudad. Ese harapiento grupo compuesto de mendigos de todas las calañas, con diversas aptitudes, ya sea para el canto (actividad monopolizada casi enteramente por los ciegos), los versos, la venta de baratijas y piratería, o incluso para la recitación de profecías apocalípticas. Como el que la otra vez congregó una multitud a su alrededor en la Alameda, muy cerca del Palacio de Bellas Artes. Un hombre cuya edad oscilaba entre los 35 y los 60 años, con los cabellos cayéndole en percudida cascada hasta la cintura, y que en el rostro se le confundían con una barba hecha de yerbajos color ceniza. Vociferaba a la manera de los profetas antiguos, un Elías citadino que, mediante cambios inesperados de ritmo y ademanes enérgicos, denunciaba las mentiras de las grandes corporaciones alimenticias con una voz que me hacía pensar en hojalata arrastrando por el asfalto. Cuando finalizó, estuve a punto de aplaudirle; sin embargo, el lloriqueo con el que cerró su performance para pedir las consabidas monedas me disuadió y continué con mi triste camino.

Mas no ha sido ése el vagabundo que más ha logrado impresionarme. Ni siquiera aquel otro que se arrastra sin piernas por los vagones del metro, al tiempo que se aferra a los zapatos de los espantados viajeros; tampoco aquella mujer cuya cristalina voz de soprano eriza los cabellos del más flemático cuando uno descubre que las cuencas de sus ojos están vacías; menos aun aquél que muestra impúdicamente un pie gangrenado hasta la rodilla mientras mira a todos con desprecio. No, señores, nada de eso se compara a una inquietante dama que, vestida con indescriptible elegancia, una vez me abordó dentro de mi auto en la colonia Roma. Ocupado en estacionar un vocho dentro de un espacio ínfimo, comenzó a contarme una historia fantástica, llena de absurdas casualidades, todo para explicar que se había quedado “sin un quinto” para poner gasolina a su auto, con lo que, de la manera más atenta, me solicitaba “prestados” 200 pesos. El saber que la cuota había dejado de ser voluntaria, y que además era una tarifa estratosférica para mis medios, me sobrecogió de terror. Pero algo raro sucedió, un instante lleno de bruma y eternidad, porque de pronto me percaté de que mi mano obsequiaba un billete de 100 a otra más pequeña, cuajada de anillos, mientras que en la cara (me vi segundos después en el retrovisor) una mueca en forma de amable sonrisa me torcía los rasgos.

¿Qué había pasado? En el mundo tendría que haber una serie de trastornos inimaginables si yo no era capaz de procurar 5 ó 10 pesos a un verdadero necesitado, uno de esos andrajosos de mirada ausente que pululan sin cesar en las calles, mientras que a esta distinguida señora le otorgaba 100 casi sin parpadear. El desasosiego me duró hasta que por azar regresé al mismo sitio varios días después. Así fui testigo de que la dama de marras no sólo seguía allí, sino que arrojaba su elegante discurso a otro ciudadano que, al igual que yo, intentaba estacionar su auto en un espacio diminuto. Cuando observé el aterrorizado rostro del automovilista me tranquilicé un poco, en especial al notar que su mano alargaba un billete de 200 pesos a la delicada dama, quien agradecía la generosidad con una respetuosa inclinación de cabeza.

No quise quedarme a ver cuántos desconcertados ciudadanos le ofrecerían el tributo solicitado, sobre todo si pensamos que en esa calle la actividad vial es incesante. Lo que me desconsoló fue la certeza de que mientras ella seguramente “trabajaba” máximo un par de horas para mantener una situación desahogada, yo debía estar durante todo el día frente a una computadora para conseguir apenas lo que ella quizá gasta en insondables caprichos un martes cualquiera. Pero en fin, nadie dijo que la vida era fácil.

* Imagen: Detalle de Bebedores de absenta (1876), de Edgar Degas

jueves, 23 de septiembre de 2010

Adicciones tardías

Hace poco me propuse encontrar el origen de mi afición por las historias, esta propensión un tanto enfermiza por darles extraños matices a los acontecimientos más nimios. Me refiero a que nadie en mi familia me incitó nunca a la lectura (ya no digamos a la narración), tal como siempre parece suceder en las biografías de los escritores, quienes además leen "todo lo que cae en sus manos" desde la más tierna infancia. Los pocos libros que había en casa eran casi siempre recetarios o solemnes tratados acerca de la salud, aunque también había añejas revistas de escasa o nula categoría.

Me doy cuenta, incluso, de que tampoco mis abuelas fueron buenas para contar historias. Mi abuela paterna, por ejemplo, cuando comenzaba una, se saltaba los detalles que podían dotarla de algún misterio y abordaba abruptamente el final, como si apenas comenzado el relato se pusiera de pésimo humor y anhelara llegar al momento en que ya nadie le dedicaría su atención, en el que podría seguir calentando tortillas, o sirviendo café de olla, o haciendo todas esas cosas que la ponían en constante movimiento por la cocina. Así, los detalles de alguna desaparición, el milagrito que obraba un santo, el apresamiento de una bruja por los rumbos de Tulancingo, los asesinatos que llegaban a ocurrir en el pueblo, o las aventuras inconfesables de ciertas buenas gentes, quedaban tan descoloridos como si los hubiera leído en los cinco renglones de un periódico cualquiera.

Nada, en fin, parecía apropiado para engendrar afición por las palabras y los giros retóricos en un adolescente de los suburbios. Nada, salvo la casual adquisición de un libro que, para colmo, ni siquiera contenía ilustraciones: El zarco, de Ignacio Manuel Altamirano, que mi padre compró a un vendedor que tocó a nuestra puerta una tarde de sábado. Creo que fue el aspecto desvalido de aquel hombre con su traje raído (que seguramente tendría que seguir buscando el sustento en otras puertas), mientras nosotros nos disponíamos a disfrutar de la comida, lo que instigó a mi padre a darle algún dinero. Y quizá se lo habría dado sin esperar nada a cambio, si el hombre no le hubiera mostrado esas Obras Maestras de la Literatura Mexicana, con un discurso que, a juzgar por las previsibles entonaciones, seguramente descargaba cada tanto en los oídos de alguna víctima.

Ahí está la raíz entonces. La lectura, a los catorce años (una edad en la que solía hojear exclusivamente comics de superhéroes), de El zarco, novelilla que, según mi memoria, fue tan emocionante como para perderle el miedo a los libros (que antes veía como una encarnación del infinito con todas esas páginas llenas de palabras) y emprender la lectura de Edgar Allan Poe y Horacio Quiroga, aunque dos o tres años después. Con el tiempo llegaría la cascada: los autores que citan a otros autores, el descubrimiento de Macondo, de las oscuridades decimonónicas en Rusia, de los clásicos. Libro tras libro, febrilmente ahora sí, y a la par el gusto por aderezar cualquier aventura u ocurrencia con una palabra inesperada...

Es decir, adquirí el virus del lector irremediable que aún hoy me atosiga.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La raíz del odio


Pensaba en Danilo Kiš, o mejor dicho, en esa idea de una enciclopedia que albergue minuciosas biografías acerca de gente sin una pizca de celebridad. Y al igual que la mujer que busca los pormenores de la vida de su padre, me gustaría rastrear los detalles que forman la existencia de algunos de esos transeúntes que uno se encuentra en cualquier caminata cotidiana.

Hace unos días, por ejemplo, entre la muchedumbre del metro de pronto choqué hombro a hombro con un tipo que ostentaba unos músculos de proporciones anabólicas. El hecho de que alguien físicamente inferior como yo lo hubiera hecho trastabillar, resultó más fuerte que él y que sus músculos, porque de inmediato se puso a odiarme con una estridencia que muy pocas veces he visto. Lo supe por la mirada que me arrojó, y porque en seguida me hizo señas y rechinidos de dientes para que me bajara del vagón y él pudiera golpearme hasta que los nudillos le dolieran; pero yo me quedé entre los apretujones del interior y lo miré con un gesto de total aburrimiento –aunque por dentro, mi instinto de supervivencia era una liebre que temblequeaba en posición fetal debajo de un periódico viejo.

Lo curioso de todo es que el tipo nunca alzó la voz, como si a pesar de todo una especie de vergüenza le impidiera dejarse invadir por la ira. Se quedó cejijunto, mirándome a través del cristal mientras el tren avanzaba. Seguramente se desquitaría con el primero que se cruzara en su camino, lo cual no era nada difícil siendo la hora pico.

Ese mismo día me habría puesto a revisar su biografía en la Enciclopedia de los muertos, retroceder algunos párrafos, antes de aquellos que narrarían su encuentro conmigo, hasta llegar a la descripción de su adolescencia, muy probablemente frágil, al miedo morboso que seguramente le provocaba la idea del dolor físico, el posterior deslumbramiento de los gimnasios y las agujas, el amor por los espejos; el giro de la rueda, digamos. Pero me acabo de acordar que la Enciclopedia de los muertos sólo funciona cuando la persona muere, ya que solamente entonces se publicará su biografía. Pequeño detalle que da al traste con todo.

martes, 17 de agosto de 2010

Panadería de Pan...


Por circunstancias que no vienen a cuento, me encontré con El alcalde de Lagos y otras consejas, un extraño libro de Alfonso de Alba, quien hace una recopilación de anécdotas de dudosa veracidad en las que se celebra la exótica inteligencia de un antiguo alcalde de Lagos de Moreno, el preindependentista Diego Romero, así como de los propios laguenses de aquellas épocas. En su estudio, Alfonso de Alba atribuye las consejas a las envidias y resentimientos que la prosperidad de Lagos provocaba en las ciudades vecinas, y encuentra sus orígenes en relatos semejantes que se escuchaban en Europa y Asia. Al final lo que siempre me agrada es la capacidad de reírse de uno mismo:


Panadería de Pan


La nomenclatura de las calles ha sido siempre un problema urbano. En la naciente villa don Diego se propuso atacarlo. Y como había confusiones lamentables sobre todo lo referente a los nombres de las tiendas, dispuso que todos los negocios aclararan, mediante un letrero en la fachada, la especialidad de la tienda y el nombre del propietario.

El primero en obedecer fue el dueño de un cajón de lencería y miscelánea. Hizo pintar este rótulo: La Aurora de Leobino Jordán. Se venden listones de todos los colores y también verdes.

En una vinatería muy visitada, en la esquina de la Plaza del Hueso (local que hoy ocupa La Mensajera) se vendían, además, menudo, vísceras y guisadas menudencias para botana de los asiduos al copeo. Y el letrero que mandaron poner por una calle decía La Vida. Más abajo este rótulo explicativo que no cupo en un solo muro: Se vende hasta el ano, y a la vuelta, checer.

Días después don Diego citó al dueño de la panadería La Espiga Dorada y le impuso una multa de cuatro reales por no acatar debidamente la disposición. Abajo del nombre del establecimiento se leía Panadería de Pan. A don Diego causó verdadera indignación que el propietario hiciera mofa de su autoridad. Cómo éste alegara, que no decía de esa manera, el alcalde se trasladó a la panadería. El negocio estaba ubicado en la esquina de las calles Real y del Panteón. Efectivamente, en la primera se leía Panadería de Pan, y en la segunda, taleón Gómez.

Querella que terminó armoniosamente con el envío de don Diego de una canasta de fruta de horno.

Imagen: grabado de Alfredo Trejo

lunes, 2 de agosto de 2010

Convicciones del poder


En el clásico de Akira Kurosawa, La fortaleza escondida (1958), cuando los parias Tahei y Matakishi son apresados y reducidos a la esclavitud por el ejército de un dictador del cual no sabremos nunca el nombre, llama mucho la atención la forma en que éste arenga, desde una majestuosa silla, a todos los esclavos que son obligados a cavar sin descanso en una especie de pozo situado por debajo de él: “Escuchen atentamente", les grita, "5 000 piezas de oro están enterradas por aquí. Hasta que lo encuentre, ustedes no son humanos, son topos. ¡A cavar! ¡Caven hasta que mueran, topos!”, acto seguido escupe con insolencia y deja de mirar hacia abajo. Aunque el tono del film hace que se nos escape la risa antes que sentir pena o compasión por el negro destino de todos esos hombres, la escena ilustra con diabólica fidelidad la naturaleza misma del poder corrompido. El dictador impone sus órdenes a los esclavos, no sólo con la absoluta convicción de que será obedecido en el acto, merced a su fuerza superior, sino también haciendo notar que los esclavos son subhombres a los ojos de su señor, idea que nos recuerda a cierto dictador austriaco-alemán que antes del mediodía del siglo XX provocara una de las masacres más horrendas de las que tenga memoria la humanidad.

Imagen: escena de La fortaleza escondida (1958), dirigida por Akira Kurosawa.

martes, 13 de julio de 2010

Melancondrio



Quizá la característica más peculiar de este animal de sangre fría, es la incesante capacidad para odiar todo aquello que más admira, ya que sus limitaciones mentales han hecho de él un ser profundamente resentido contra la naturaleza. Esta notable ambivalencia la padece especialmente con relación a los itxangos, los cuales lo maravillan e irritan en igual medida por el desenfado con el que, desde la comodidad de los árboles, eructan, chillan, comen, defecan o incluso practican el onanismo, sin mostrar interés alguno por lo que sucede en el suelo, que es donde los melancondrios pasan toda su vida.

Los ejemplares de esta especie suelen vivir en las madrigueras paternas hasta bien entrada la madurez, y no conformes con ello, consagran el día a la pereza o a discurrir fanfarronamente por los alrededores, con lo que los padres, instigados por una lenta pero inexorable morriña, se pasan la vejez añorando una mudanza hacia lejanas tierras, aunque dejar sin cobijo a sus descendientes siempre les impide dar el primer paso, de suerte que mueren cerca de la madriguera y sirven de alimento para sus vástagos por algunos días.

Cuando los melancondrios son aquejados por la sed, emprenden un extraño rito, ya que prefieren acudir a depósitos de aguas tranquilas para contemplar exhaustivamente su reflejo con actitudes muy semejantes a las de los seres humanos, por lo que muchos estudiosos los han relacionado con personajes antiguos que se enamoran fatalmente de sí mismos. La paradoja es que los melancondrios sufren lo indecible cuando tratan de aparearse, y entonces, acaso sugestionados por las costumbres libertinas de los itxangos, practican un onanismo desenfrenado que los mantiene de pésimo humor durante los meses de más calor.

Se desconoce su lugar de origen debido a que en diversas culturas aparentemente inconexas, existen relatos que se refieren a los melancondrios y a la metamorfosis que sufre su apariencia según la distancia a la que se les mire, ya que de lejos parecen muy semejantes a cierta clase de primates, mientras que de cerca se advierten a la perfección sus lazos de parentesco con los reptiles.

lunes, 21 de junio de 2010

Inocentes palabras

No puedo evitarlo. Cuando empiezo a hablar de escritores, siempre adquiero una figura corporal que, aunada a un tiple un tanto gangoso, suele sacar de quicio a más de uno. En aquella ocasión, charlando con esta mujer bellísima, chillaba yo con voluptuosidad acerca de La Cultura, El Estilo, La Forma, El Lenguaje, y pronto los grandes nombres comenzaron a salir de mi boca en ráfagas que descomponían ligeramente su exquisito peinado: Tolstoi, Joyce, Camus, Cortázar, Paz…

Sin embargo, después de sorber con un ruidillo burbujeante mi taza de té, que para mi mala fortuna aún no tenía una temperatura bebible, la conversación recayó en Borges, con lo que todo pareció adquirir un aire sagrado en la cafetería. Me sentí, por decirlo así, en mi hábitat, como si estuviera destinado a oficiar una fastuosa misa: celebré lo inaprensible de su prosa, sus giros inesperados, la minuciosa búsqueda de las palabras, las indispensables referencias, y me entusiasmé tanto, que no dudé en lanzar abundantes loas a su “majestuosa envergadura”. Ella permaneció boquiabierta, embelesada, con unos ojos en los que de seguro se asomaban los secretos más profundos de los mares. Mas en cuanto hice la pausa para sorber nuevamente de mi té, después de que las últimas dos palabras quedaran resonando en el ambiente por algunos segundos, de pronto su semblante cambió: se sobresaltó y me observó con una especie de ofendida curiosidad, enseguida palideció y un segundo después estaba tan roja como las luces típicas de los lugares prohibidos. Antes de que pudiera seguir con mi panegírico, su palma ya se había estrellado en mi mejilla con un ruido como el que producen ciertas pistolas antiguas. A manera de limosna me dejó los restos de su perfume y un dramático “¡Cómo te atreves, el pobre…!” y de inmediato se alejó, llevándose con ella sus magníficas piernas.

Yo me quedé allí, por supuesto, sentado sobre mi culo como si nada hubiera ocurrido, dando vueltas con una cucharita al verdoso líquido que humeaba en mi taza y pensando en mil locuras que nada tenían que ver con el lugar en el que estaba. Un mecanismo de autodefensa, supongo. Por lo demás, a lo largo del par de horas que di vueltas con la cucharita a las diversas tazas que me llevó un camarero cada vez más enfurruñado, me fui convenciendo de que las palabras, aun aquellas que parecen más inocentes, en todo momento son acechadas por el sonriente demonio del malentendido.

martes, 1 de junio de 2010

De los escritores medianos


En Diario de Moscú, escrito entre 1926 y 1927, Walter Benjamin hace una curiosa reflexión acerca de la "necesaria existencia" de los autores medianos como una especie de barandal en el cual nos podemos afianzar frente al incesante brillo que emiten las Obras Maestras. Su misión consiste en reflejar el contexto y la común forma de pensar de una época, antes que provocar desvíos hacia los inefables territorios de la intuición o el desconcierto.

Y asimismo, Benjamin apunta hacia el éxito inmediato como algo fundamental para la existencia del escritor mediano o secundario, ya que la influencia de los grandes no se podría medir con algo tan efímero como el éxito presente. Su influjo es sencillamente histórico y sólo se puede observar “a través de la lente de los siglos”. Ahora bien, 6 ó 7 años más tarde, en Ferdydurke, Gombrowicz da su propia opinión acerca de los escritores “medianos”, pero contrariamente a Benjamin, no les concede el amparo del contexto de una época, sino que les propina una paliza metafísica, la cual transcribo no sin un escalofrío:

¿En qué, pues, consiste la situación del escritor secundario, sino en un solo y gran repudio? El primer y despiadado repudio se lo aplica el lector común, que terminantemente se niega a gozar de sus obras. El segundo e infame repudio se lo aplica su propia realidad, que él no supo expresar, siendo copiador e imitador de los maestros. Pero el tercer repudio y puntapié, el más infamante de todos, le viene de parte del Arte, en el que quiso refugiarse, y el cual lo desprecia por incapaz e insuficiente. Y esto ya colma la medida del oprobio. Aquí empieza ya la completa orfandad. Esto ocasiona que el secundario se convierta en objeto de una burla general, bajo el fuego graneado del repudio. En verdad, qué se puede esperar de un hombre repudiado tres veces y cada vez con más oprobio? ¿Acaso un hombre así acabado no debería desaparecer, esconderse en alguna parte para que no se le viera? ¿Acaso la insuficiencia, desfilante en pleno día, ansiosa de honores, no debe provocar hipo al universo?

Después de esto no culparía a aquellos valientes que decidan optar por los anchos caminos de la "vida productiva", antes que seguir poniendo en riesgo la frágil salud del universo. En algún momento yo mismo estuve a punto de cerrar los ojos y arrojarme de una vez a los menesteres de la realidad. Sin embargo, me doy cuenta que para ciertas cosas soy de una terquedad inaudita...

jueves, 20 de mayo de 2010

Los días llegan abrasados


Ahí estaremos. Ojalá que pueda ver a muchos de ustedes. Y si no viven cerca o de plano están en otro continente, con que antes de dormir eleven alguna palabra incendiada me conformo.
Den clic en la imagen para hacerla más grande.

jueves, 6 de mayo de 2010

Buharza


Lo primero que salta a la vista cuando se contempla una buharza, es su gesto de implacable solemnidad, como si cualquier acontecimiento, por anodino que sea, pudiera engendrarle horror y repugnancia infinitos. Eso, aunado a su figura de ave melancólica, ha hecho que, o se le tema y se le señale con el dedo como al Terrible Heraldo de las Calamidades, o se le eche a escobazos cuando se posa en las ramas bajas de árboles cercanos a las viviendas de los hombres, o incluso se les llegue a confundir con espíritus incitadores a la sumisión y el desamparo. Suelen tener las garras afiladas y las plumas carcomidas por diversos insectos, si bien es cierto que las lucen con dignidad aristocrática, con lo que a veces dan la impresión de ser grandes señoras venidas a menos.

En su cotidiana interacción con otros animales, las buharzas siempre sospechan que todos a su alrededor chapalean en los pantanos de la pereza, con lo que no dudan en graznarles severos sermones llenos de moralidad y buenas maneras con ese timbre fúnebre que las caracteriza, mientras que, para sorpresa de no pocos estudiosos, consienten e instigan los más ínfimos caprichos de los colosales grosopótamos, esas increíbles bestias consagradas a la abulia, dando pie con ello a incontables y escalofriantes leyendas acerca de sus amores contra natura.

Y contrastando con esto último, se cree que debido al deprimente espectáculo de sus ritos de apareamiento con miembros de su propia raza, las buharzas están condenadas a una lenta e inexpugnable extinción, con lo que diversas instituciones asumieron la tarea de recolectar ejemplares para analizar sus claves genéticas y asegurar su futuro en esta tierra; pero los recientes datos acerca de una extraña epidemia de tristeza, cuyos focos principales han sido ubicados en dichas instituciones por los expertos, han puesto en duda la posibilidad real de su subsistencia.

jueves, 22 de abril de 2010

Mapas



Una noche me puse a rememorar los hechos que habían tenido lugar ese mismo día. Burda cotidianidad en casi todo momento: mismas cosas, mismas sombras, mismas actividades, así hasta el imprevisto y fugaz encuentro con una persona cuya importancia pudo haber crecido hasta la demencia en mi vida. El encuentro, si es que se le puede llamar así, no pasó del silencio –un gran cristal nos separaba mientras yo caminaba en la calle y ella comía en un restaurante–, quizás apenas una intensidad descomunal en la mirada y una taquicardia que bajo otras circunstancias podría considerarse fatal. Unos cuantos segundos.

Y así el previsible florecimiento de los "hubieras", el repetitivo repaso de los acontecimientos, como quien cepilla una alfombra para intentar devolverle el color que el polvo le sustraía. Entonces llegué a la imagen de un mapa que, dependiendo las circunstancias, se acercaba o se alejaba de los detalles que envuelven la vida de uno: un mapa semejante a cualquier mapa, donde todos los seres humanos son puntos de cierto color uniforme, los cuales no cesan de moverse, rayoneándolo continuamente con sus diversas trayectorias. El movimiento de todos los puntos es un hormigueo colosal, enloquecedor, sin importar que sea de día o de noche. Mas de pronto, cuando en la vida uno se encuentra con alguien a quien no ha visto desde hace mucho tiempo; o más aún, cuando en ese momento se conoce recién a alguien, sin sospechar siquiera cuán importante será, para bien y para mal, su existencia en nuestro futuro, me convencí, en fin, de que algo debe suceder con esos puntos.

Porque con todos los garabatos que uno dibuja en ese mapa, con esas intrincadas distancias previas a un encuentro trascendental, los puntos del mapa deben cambiar de color y comenzar a generar significados; o sucede quizás que en lugar de garabatos trazamos en realidad una misteriosa escritura que habla de nosostros mismos, la cual, para nuestra propia fatalidad, nunca podremos descifrar en el momento oportuno.

jueves, 15 de abril de 2010

Los días incendiados


Durante siete días y siete noches estarán Los días incendiados (en versión PDF) al alcance de cualquier persona del planeta Tierra que decida estirar la mano y clicar dos o tres veces en el ratón de su ordenador. Después de ese lapso, que vencerá el miércoles 21 de abril de 2010 a las 23:59 (Hora del centro de México), el PDF tendrá un costo, meras aspirinas para el ego, de 2 €. El libro también estará disponible físicamente bajo el sistema de impresión bajo demanda de Bubok, con un costo de 9.50 € (hice la prueba en México y con todo y los gastos de envío a cualquier parte del país sale en 11.50 €, algo así como 190 pesos). A quienes viven en la Ciudad de México, pronto tendrán noticias de las presentaciones que se están planeando.

Así, con Los días incendiados inauguramos oficialmente el sello de escritores Mono de Piedra, y esperamos que sea el primero de varios proyectos que irrumpan, de una manera harto sencilla para el lector de hoy, en el planisferio general de las letras.


Palabras preliminares

Debo confesar que tras Los días incendiados se esconden las Crónicas de una adolescencia tardía, que era el primer intento de nombrar este puñado de tristes aventuras, nacidas en un lapso que va desde 2001 (como en el caso de "El ausente") hasta 2007 (como sucedió con "De las cosas que se van"). Sin embargo, cuando me di cuenta de que el nombre se parecía sospechosa y alarmantemente a un libro que respeto de forma casi mística, decidí alejarme de inmediato e intentar una ruta menos reveladora. La elegida para representar a las demás resultó ser la que menos hubiera pensado en un principio: "Los días incendiados", o bien, de cómo en la verdad se trasluce la mentira... Pero eso ya se verá a su debido tiempo.

Por lo pronto, quiero dejar constancia de que finalmente saldo mi deuda con el fantasma del silencio, quien no dudó en atormentarme durante todos estos años de debates hamletianos acerca de mi Yo como escritor. Así pues, hasta hoy los vientos propicios hincharán las velas. Es hora de dejarlo navegar, o acaso naufragar. Y que el buen lector juzgue y se apiade de los protagonistas de estos días llenos de fuegos no siempre asombrosos.


V. S.

viernes, 26 de marzo de 2010

Demonios cotidianos

Hace unos meses releí, después de muchos años, el pequeño relato “El demonio de la perversidad”, de Edgar Allan Poe, en la traducción de Julio Cortázar. En la primera lectura tenía menos de dieciocho años, estaba descubriendo apenas, tardíamente, el mundo de los libros y buscaba por sobre todas las cosas lecturas dañadas, aunque si alguien me hubiera preguntado acerca del significado de esa palabra, no habría podido explicarlo más que por alusiones inconexas: algo como Kafka, como Quiroga, o ya de perdida como Lovecraft. Por supuesto, en ese entonces me pareció un relato insulso, aburrido inclusive con esa rara particularidad de ser un cuento ensayístico en el que se describe una fascinación por la propia perdición, algo que además experimentan otros personajes del mismo Poe. Y si además agrego que no tenía nada de demoniaco como el título lo sugería, sino sólo una perorata explicativa…, en fin, la clase de cosas que algunos pensamos a esa edad.

El tiempo, las vivencias y un sinfín de pequeñas y grandes casualidades me llevaron nuevamente a ese relato, y lo curioso es que ahora alumbró descarnadamente diversos episodios de mi vida en los que he sido traicionado por mi propio pensamiento, en ocasiones para bien, casi siempre para mal. ¿Cuántas veces ese “actuar de cierto modo por la razón de que no deberíamos actuar” me ha llevado a situaciones incómodas? Tras el repaso nocturno de muchas de ellas, llego a la conclusión de que algo dentro de mí hizo que se me desatara la lengua o que reaccionara de un modo ya fuera indolente o agresivo, lo que al final de cuentas me resultaría contraproducente.

Gracias a Poe, ahora imagino ese impulso irracional como un demonio, y no puedo dejar de verlo sentado a horcajadas en mi hombro, acaso riendo de buena gana con mis estupideces o chillándome en la oreja de forma desabrida cuando voy a hacer algo de lo que después me arrepentiré. Aconsejándome a su manera, digamos. Sin embargo, lo que Poe no dice nunca es si existe una forma de liberarse de ese pequeño e indeseado ser, esa presencia sempiterna que acude con las mismas ganas tanto a las experiencias triviales como a las asombrosas o incluso a las inconfesables. ¿O acaso estoy condenado a verlo por siempre cerca de mí como un instigador, o peor aún: como un sardónico testigo de mi propia vida?

De sólo pensarlo, me dan unas ganas terribles de actuar impulsivamente…


* Imagen: detalle de El jardín de las delicias (1504), de Hieronymus Bosch (El Bosco).

martes, 9 de marzo de 2010

Los pasos son peces en aguas nuevas (II)


La fatiga apenas deja tiempo para el cultivo del amor:

tras diversos cristales

mis dedos tardos se entierran

en el fluido oscuro de tu pelo,

como tanteando un río que corre hacia la noche;

me reciben tus labios de veneno, tus senos,

y me asfixio dulcemente al inhalarte.

Y entonces enloquezco: te cubro de aliento,

te muerdo, te oprimo, te agobio,

te obligo a mirar tu angustia

en las aguas no siempre límpidas de los espejos.

Y después quedamos tendidos,

enredados de cualquier forma,

como marionetas abandonadas en la oscuridad

de un viejo teatro,

hasta que la luz transparente fractura

la glacial monotonía del reloj:

la hora de arrojar los pasos hacia el polvo del camino.


lunes, 15 de febrero de 2010

Una tarde

13 de diciembre de 2003. Seguimos en Florencia. Estoy recostado bocabajo en la gran cama doble de nuestra habitación. Es uno de los pocos días soleados que nos han tocado en esta ciudad. Los postigos están abiertos de par en par, dejando ver al sol justo en medio de la ventana, aunque detrás de un tenue velo de nubes. El día es bello, cierto, pero me siento oscuro, lúgubre, como chapoteando en una nostalgia inexplicable y con unas ganas terribles de estar en cualquier otra parte o en cualquier otro momento. Al mismo tiempo escucho una vocecilla dentro de mi cabeza: “Que parezca que eres feliz de estar en Florencia…” Mas no puedo, de hecho no sé si en realidad se pueda, aunque cuando lo imaginaba creía que así sería, en automático.

Ahora ella está asomándose por la ventana, mirando hacia esa calle de la que surgen rumores cada tanto: algún perro que ladra, pajarillos que parecen discutir acaloradamente, árboles temblorosos, conversaciones lejanas de las que es imposible entender nada; quizá ella está igual que yo, quizá quiera algo más; lo cierto es que el sol ya se desplazó con esa prisa tan característica de los días de acá. De pronto escucho el silbido que anuncia que el agua está lista para convertirse en té. Y así se lo hago saber. Pero en cuanto escucho mis palabras, me parecen huecas, oxidadas, como si las hubiera sacado recién de una caverna. Mientras tanto, ella sigue allí: con su contorno resplandeciendo en dorado gracias al ángulo oblicuo del sol. Entonces siento que ese “algo” me arrastra nuevamente hacia otras partes...

Ella: Carajo, si tan sólo pudiera moverse de allí, hacer algo por sí mismo, pero no, sólo permanece acostado, sin moverse, cubierto con esa película de polvo, petrificado en la acción de reventarse un grano majestuoso situado en medio del desierto de su mejilla.

Él: Es tan fácil sentir tu aroma que a veces pienso que vivo y duermo con una flor, la cual se agita sin cesar gracias a los oleajes nocturnos...

martes, 2 de febrero de 2010

Los pasos son peces en aguas nuevas (I)


El aire se desprende de su túnica de polvo,

permanece frío, desnudo,

ausente a la mirada entornada.

Lenta se desgrana la marcha,

igual que las hojas adormecidas bogando hacia la hojarasca.

Andamos y vamos con nuestras vidas a cuestas,

con el miedo normal de los extraños

que se asombran de los días ajenos, lejanos.

Los pasos,

sacudidos por gélidas ventoleras,

echan a volar por encima de las distancias azules,

entre el agudo vaho de la hierba,

del agua, de nuestra gris miseria.

Vamos con los ojos arropados de silencio,

listos para el asombro zigzagueante de las aceras,

para atrapar en capullos tibios

los rumores pulidos de las estrellas.

El camino aún es largo,

sin embargo, recién empieza.


Rebaños de nubes pacen sobre la orilla de la tarde

y a mitad de la calle entumecida, surge la pregunta,

como un bejuco inesperado

que trepara por la luz joven de la luna:

¿Así lo imaginabas...?

Y sin embargo no hay espinas en la voz:

la pregunta es una barca hendiendo la niebla densa,

como los sueños que se deshilachan

y muestran sus rostros verdaderos, pétreos,

sus andares vacilantes sobre piedras desiertas.

Con el cansancio se funde un asombro brumoso, engañoso,

mientras el sol aún alcanza a espolvorear nuestras huellas.

Colgamos una sonrisa ígnea en los labios morados,

¡y es que todo está tan lejos de las manos...!

lunes, 18 de enero de 2010

Un voto por el simio (NO) te hará más mono


Honorables ciudadanos de la Tierra:

Los he convocado en este día siniestro para hacerlos partícipes de un sueño. Porque déjenme decirles que he tenido un sueño. Un sueño loquísimo en donde se aparece (cierto, aún dibujado toscamente con carboncillo) un nuevo y resplandeciente mañana en el que las cosas, aunque siempre pueden ser peores de como lo han sido hasta hoy, algo que la realidad se empeña en demostrar brutalmente a diario y en todas partes del mundo, también podrían ser menos malas, aunque sea un poco, unas migajitas, digamos.

Les cuento: Revista de letras, publicación española enfocada en la literatura y su entorno, ha tenido la desquiciada idea de nombrar a este humilde blog como uno de los cinco flamantes finalistas del Premio Revista de Letras en la categoría de Mejores Blogs de Creación Literaria.

¿Y eso a mí qué? Dirán algunos de ustedes con razones de sobra, porque seamos sinceros, si acaso este mono, agradecido ya con la nominación, lograra hacerse de la victoria, sólo podría prometer que la vida seguirá su curso sin mayores sobresaltos: No aumentará su sueldo, No vivirán con más holgura, No tendrán un trabajo mejor remunerado, No amarán ni serán más amados por su pareja (y los que sean solteros, No encontrarán pareja), No tendrán las vacaciones que siempre han soñado, y, definitivamente, No resultarán ganadores de ninguna lotería en la que depositen sus más absurdas esperanzas.

Sin embargo, ínclitos ciudadanos, lo que sí puedo asegurarles, incluso con un puñetazo en la mesa, es que si su razón y buen entendimiento los hace otorgarme su voto, contribuirán a que las palabras que suelto en este espacio, tal como otros sueltan terribles virus y enfermedades en diversas partes del planeta, lleguen a más incautos de la web, quienes, una vez caídos aquí, se agitarán presas del pánico en la sutil telaraña que he tendido por todas partes.

Y si así no lo hiciera, que el pueblo me lo demande, a sangre y fuego, si acaso lo considera necesario.

He dicho.

Muchas gracias por su apoyo.