jueves, 12 de enero de 2012

De los vicios de la soledad



Se dice que la soledad es la mejor forma de conocerse a sí mismo. Aun cuando eso implique el riesgo de encontrarse con cosas nada gratas, como ciertas inercias malsanas o círculos viciosos en los que uno se suele hundir casi sin darse cuenta. De hecho, estoy convencido de que si alguien logra estar a solas durante mucho tiempo, irá perdiendo el interés de juzgar a los demás, aunque también es cierto que se puede llegar al extremo de perder el interés en todo lo que concierne al prójimo –por ende a uno mismo– y así convertirse en un nuevo y flamante ciudadano del reino de la misantropía.

En el otro extremo está la gente que no concibe estar en soledad, cosa que a mí, personalmente, me causa una desconfianza que raya en la intolerancia, sobre todo porque también suelen padecer una incontinencia verbal que ellos mismos consideran de gran importancia para su interlocutor. Esas personas no acostumbran querer ni soportar a la soledad; y sin embargo, cuando se les obliga a naufragar en ella, es muy posible que se depriman enseguida, porque de esa manera no pueden escapar de sus propios pensamientos, y si éstos están corrompidos con la incansable perorata de la publicidad y sus “necesidades” cotidianas, tendremos la formula perfecta para encontrar el camino al suicidio. ¿Qué tanto vale la pena esta vida si no puedo obtener todo lo que la publicidad me asegura que deseo?

La soledad muestra sin pizca de gracia nuestras ridiculeces y contradicciones, incluso las potencia algunas veces, pero quizás eso sea mejor que ni siquiera notarlas, como sucede a quienes no la soportan… O tal vez no. Como en el ejemplo inquietante de La mujer zurda, de Peter Handke. Allí vemos a una mujer ante una disyuntiva igualmente plomiza: por un lado, aunque pasa los días con su pareja y su hijo de ocho años, en realidad está desamparadamente sola sin que a nadie parezca importarle; por el otro, cuando decide, a partir de una “iluminación”, que ya no quiere tener pareja sino sólo vivir con su hijo, se encuentra con una soledad igualmente gris que aquella de la que se libró, pero ahí sí parece importarles a varios su decisión de estar sola, al menos en apariencia. Es decir, ella no soporta estar con el hombre que “ama”, pero tampoco soporta estar consigo misma, y entonces se revuelve entre las infinitas pequeñeces que pueblan la cotidianidad, sin encontrar, y quizás sin la esperanza de encontrar, algún camino que la saque de ese laberinto de monotonía.

¿O sea que no hay una solución más o menos agradable? No soy yo quien podría responder a semejante pregunta. Digamos que tan sólo hallo un placer un tanto perverso en fastidiar a la gente con sus –mis– problemas de soledad.

Publicado originalmente en La Hoja de Arena