jueves, 21 de octubre de 2010

Dos noches


Hace apenas una semana me sucedió algo inesperado: durante dos noches seguidas, me acosté con la misma sensación epifánica atorada en la garganta, de esas que si te descuidas de inmediato te arrastrarán a las lágrimas. Lo curioso es que la sensación me dejó un par de sueños que me hicieron despertar y regresar a ellos una y otra vez, tal como las moscas que chocan en los cristales:

1

El escenario era magnífico: al parecer yo vivía en una inmensa casona de arquitectura de inicios del siglo XX, con enredaderas subiendo por diversos muros, en especial en aquellos que convivían cotidianamente con las sombras. Era un día lleno de un sol poderoso, aunque ya algo maduro, como el que suele colgarse en el cielo por allí de las 3 de la tarde en estas latitudes. En cierto momento apareció S. en la puerta de entrada, con esa mirada llena de mar que siempre me produjo un vértigo abrasador. Sonreía sin sarcasmo, como si buscara olvidar viejos e inútiles tragos amargos. Entró a la habitación en la que yo estaba y sin decir palabra nos pusimos a mirar el magnífico día que se dibujaba en la ventana. Era demasiado atrayente como para permanecer dentro de la casona, así que salimos a caminar al jardín. Sin embargo, decir jardín es algo bastante inexacto, porque aquel terreno abarcaba varias colinas sumamente asoleadas, algunas de las cuales estaban en barbecho, como si alguien las hubiera preparado para la siembra. Por doquier había tubérculos extraños, los cuales tenían el aspecto de haber sido arrancados recientemente. S. cogió una de aquellas raíces y me preguntó dulcemente por su nombre, a sabiendas quizás de mi afición por las plantas. “Oh, son sólo mandrágoras”, dije, y enseguida desperté con una sensación etérea…

2

Vagabundeaba por algún lugar de la ciudad. Estaba a la búsqueda de algo, como si tuviera que hacer un ajuste de cuentas. Pasado un rato encontré un edificio que parecía haber sido construido por un niño. Gigantescos dados y barras de colores conformaban los distintos niveles y habitaciones. Entré. En la recepción, un hombre cuya barba le escondía el cuello, custodiaba el acceso a los pisos superiores. Era más bien bajo de estatura, pero tenía cierto aire de ferocidad agazapada. Con voz lóbrega me preguntó mi nombre, y como de pasada me advirtió que tenía instrucciones de no dejar pasar a cierta gente non grata para S. Mientras él revisaba lentamente una lista, tuve una oleada de angustia, pero al final me dejó pasar. Comencé a subir, nivel tras nivel, y aquello parecía un enorme caos que, sin embargo, guardaba una misteriosa lógica. Y aunque subía y subía, no lo hacía sobre escaleras, sino trepando por enormes bloques de colores, lo que me implicaba grandes esfuerzos. Además, en cada nivel había gente ocupada en jugar con una seriedad asombrosa. Nadie parecía notar que yo subía y subía. Y así fue que llegué a los niveles más altos, en donde al fin apareció S. Su aspecto era fantástico: la mirada de mar, el vértigo abrasador; no tenía cabello, pero en su cráneo tenía incrustadas diversas clases de piedras preciosas, de las cuales emanaba un brillo violeta. Tampoco tenía ropa común, sino que su piel parecía al mismo tiempo un maravilloso atuendo con diversas tonalidades. Su mirada sonrió aún más que sus labios cuando me vio, y entonces entablamos un diálogo que ya no logro recordar. Al final, con una desfachatez deliciosa, me pidió que la esperara mientras ella iba a orinar. Y a pesar de que efectuó dicha operación prácticamente ante mi presencia, algo distinto atrajo aún más mi atención: noté, con un nudo en la garganta, que allí cerca había dos enormes ventanales en los que se podía comprobar la altura a la que estábamos. En el de la derecha se veía la ciudad, estirada hasta una montaña lejanísima e invadida por las sombras del crepúsculo, al mirar hacia abajo se distinguían ráfagas de viento moviéndose como olas; en el de la izquierda, un sol rojo, a punto de besar el horizonte, colmaba de danzarines reflejos las aguas de un mar sereno…

lunes, 4 de octubre de 2010

Alteraciones inexplicables

Digna cosa de verse son los parias de esta ciudad. Ese harapiento grupo compuesto de mendigos de todas las calañas, con diversas aptitudes, ya sea para el canto (actividad monopolizada casi enteramente por los ciegos), los versos, la venta de baratijas y piratería, o incluso para la recitación de profecías apocalípticas. Como el que la otra vez congregó una multitud a su alrededor en la Alameda, muy cerca del Palacio de Bellas Artes. Un hombre cuya edad oscilaba entre los 35 y los 60 años, con los cabellos cayéndole en percudida cascada hasta la cintura, y que en el rostro se le confundían con una barba hecha de yerbajos color ceniza. Vociferaba a la manera de los profetas antiguos, un Elías citadino que, mediante cambios inesperados de ritmo y ademanes enérgicos, denunciaba las mentiras de las grandes corporaciones alimenticias con una voz que me hacía pensar en hojalata arrastrando por el asfalto. Cuando finalizó, estuve a punto de aplaudirle; sin embargo, el lloriqueo con el que cerró su performance para pedir las consabidas monedas me disuadió y continué con mi triste camino.

Mas no ha sido ése el vagabundo que más ha logrado impresionarme. Ni siquiera aquel otro que se arrastra sin piernas por los vagones del metro, al tiempo que se aferra a los zapatos de los espantados viajeros; tampoco aquella mujer cuya cristalina voz de soprano eriza los cabellos del más flemático cuando uno descubre que las cuencas de sus ojos están vacías; menos aun aquél que muestra impúdicamente un pie gangrenado hasta la rodilla mientras mira a todos con desprecio. No, señores, nada de eso se compara a una inquietante dama que, vestida con indescriptible elegancia, una vez me abordó dentro de mi auto en la colonia Roma. Ocupado en estacionar un vocho dentro de un espacio ínfimo, comenzó a contarme una historia fantástica, llena de absurdas casualidades, todo para explicar que se había quedado “sin un quinto” para poner gasolina a su auto, con lo que, de la manera más atenta, me solicitaba “prestados” 200 pesos. El saber que la cuota había dejado de ser voluntaria, y que además era una tarifa estratosférica para mis medios, me sobrecogió de terror. Pero algo raro sucedió, un instante lleno de bruma y eternidad, porque de pronto me percaté de que mi mano obsequiaba un billete de 100 a otra más pequeña, cuajada de anillos, mientras que en la cara (me vi segundos después en el retrovisor) una mueca en forma de amable sonrisa me torcía los rasgos.

¿Qué había pasado? En el mundo tendría que haber una serie de trastornos inimaginables si yo no era capaz de procurar 5 ó 10 pesos a un verdadero necesitado, uno de esos andrajosos de mirada ausente que pululan sin cesar en las calles, mientras que a esta distinguida señora le otorgaba 100 casi sin parpadear. El desasosiego me duró hasta que por azar regresé al mismo sitio varios días después. Así fui testigo de que la dama de marras no sólo seguía allí, sino que arrojaba su elegante discurso a otro ciudadano que, al igual que yo, intentaba estacionar su auto en un espacio diminuto. Cuando observé el aterrorizado rostro del automovilista me tranquilicé un poco, en especial al notar que su mano alargaba un billete de 200 pesos a la delicada dama, quien agradecía la generosidad con una respetuosa inclinación de cabeza.

No quise quedarme a ver cuántos desconcertados ciudadanos le ofrecerían el tributo solicitado, sobre todo si pensamos que en esa calle la actividad vial es incesante. Lo que me desconsoló fue la certeza de que mientras ella seguramente “trabajaba” máximo un par de horas para mantener una situación desahogada, yo debía estar durante todo el día frente a una computadora para conseguir apenas lo que ella quizá gasta en insondables caprichos un martes cualquiera. Pero en fin, nadie dijo que la vida era fácil.

* Imagen: Detalle de Bebedores de absenta (1876), de Edgar Degas