sábado 19 de noviembre de 2011

Bondades horizontales



A veces uno olvida las bondades de la posición horizontal. La principal de todas quizás sea que, si uno está en un lugar abierto, se consigue una experiencia casi inigualable: ponerse de frente al cielo, a las estrellas, al espacio interminable. Poco a poco, si uno tiene suerte, logrará un instante vertiginoso, lleno de alegría y horror: ¿Y si me caigo al cielo?

Pero vayamos a una situación más cotidiana: el descanso de las horas de trabajo, cuando los huesos parecen más dispuestos que nuca a reposar encima de la tierra, a la cual, por otra parte, no le afecta en lo más mínimo soportar nuestro peso. Todos los huesos yacen al mismo tiempo, lo cual genera que la mente se ponga a deambular con toda libertad. Sólo es cuestión de que la mirada se pierda, o mejor aún, que se cierren los ojos, y entonces la memoria asumirá el mando, aunque cediéndolo muchas veces a los deseos, casi siempre tan numerosos como un pueblo enardecido dispuesto a emprender arrebatados movimientos.

Así, la posición horizontal se vuelve un caldero fáustico, una olla en donde los sueños reverberan sin parar, donde hierven escenarios que tal vez nunca ocurrirán; aunque también es posible que sí, aunque no de la manera imaginada. ¿Cuántos proyectos de toda índole nacen mientras uno recarga la cabeza, la espalda, las nalgas y las piernas en una cama, en el piso, en la tierra?

Pero la posición horizontal puede servir también como barca para el amor. El cuerpo recostado está hecho a la medida para los oleajes de distintos tamaños que acometen a los amantes, es montura exacta para el galope acompasado, ya que de esa forma permite que las miradas choquen entre sí como campanillas y generen profundidades inefables…

Por supuesto, es también la posición oficial del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte. Pero creo que de eso ya se ha visto más que suficiente.