miércoles, 19 de marzo de 2008

Sonidos bajo el agua (Parte 4 de 5)

Nueve cuadras corriendo y la lluvia sigue allí, hormigueando impasiblemente en los charcos. Miras de vez en cuando hacia atrás, los ojos perturbados, como de animal perseguido, cada vez menos aire en los pulmones. Jadeas y la respiración se te atraganta. Cuando escuchas el lamento lejano de una sirena te estremeces, un escalofrío te recorre la nuca, la espalda, los brazos, se te inserta en las entrañas; después, nuevamente tus pasos: ecos chapoteantes, al mismo tiempo amplificados y apagados por la lluvia. Casi llegas. Ahí se ve la entrada del metro y las escaleras pardas, las primeras todavía mojadas, las últimas con huellas resecas de lodo. Decides bajar con más lentitud, sabes que debes aparentar que es un escape normal de esa lluvia que ya parece eterna; respiras intentando no hacer mucho ruido, pero sientes el brincoteo de tu corazón no sólo en el pecho sino por todas partes: la cabeza, los dedos, el estómago… Buscas el boleto en tu bolsillo. Lo sientes húmedo, adherido con los otros tres que te sobran. Extraño: estás mojado, traes puesta tan sólo una camisa de franela y no tienes frío, en cambio en el auto no te podías controlar, eso sí, el tequila ayudó, pero de qué sirvió si al final todo se fue al carajo. Hasta el Morro, en los apuros de la escapada cometió un error de principiante, de pronto escuchaste la voz aguda, irreconocible, del Juanis cuando gritó ¡cuidado Morro!, y enseguida el golpe, el poste ladeado, los gritos del Morro, ¡ya valió verga, ya valió verga, ya valió verga! Puta, esta madre ya no arranca. Pinche Muelas, para qué mataste a la vieja, chingada madre, ya ni siquiera nos la pudimos coger. ¡Putísima…!, vámonos de aquí, esta madre de plano ya no quiso. Cada quien váyase por su lado y tranquilos ¿eh, cabrones?, porque ya saben lo que pasa con los chivatos, ¿oíste, Muelas? Sí, Morro, por mí ni siquiera lo digas. Más te vale que así sea. Nos vemos en un par de semanas en mi casa, dejen que esto se ventile un poco.
Y los tres se dispersaron corriendo.
Sigues allí, frenéticamente tranquilo, intentando colocar el boleto en el torniquete. Van dos veces que la máquina lo regresa pero no te rindes, debes hacerlo todo con calma. Escuchas una voz, es el policía... ¿descubierto? No, te dice que lo rompas y te pases, no sospecha nada. Está fastidiado, lleva mucho tiempo allí de pie. Expulsas aire y bajas la nueva ronda de escalones grises, pronto llegas a las cuevas que se unen con el andén. No te das cuenta a qué hora, pero de pronto, un grupo de niños mugrientos te rodea, todos te piden dinero atropellándose uno al otro, te empujan y te obligan a oler la fetidez de sus ropas renegridas, andrajosas. Los apartas de ti con las manos, como si espantaras una parvada de cuervos; les dices histéricamente que no tienes dinero. Ves con alivio que se alejan a la misma velocidad con que llegaron, dejando un rumor de pasos apresurados que se va apagando poco a poco, hasta que de pronto, en el andén de enfrente, cruzando la hendidura de las vías, observas a tres ciegos que caminan en fila india hacia a las escaleras. Antes de subir, el que camina hasta atrás se detiene, parece olfatear algo porque resopla como un viejo sabueso. Lenta, muy lentamente, dirige sus ojos inútiles hacia ti, parece como si te mirase. Con un nuevo escalofrío te das cuenta de que sonríe con toda la cara, haciendo de sus órbitas vacías unas rendijas oscuras, mientras que con la mano libre aprieta unas teclas del acordeón que carga al pecho, produciendo un sonido agudo, rayado, árido, que llena durante interminables segundos el andén. Se aleja riendo a carcajadas y el eco de su risa resuena en tus oídos como vidrios cayendo en un pozo. Tienes ganas de matarlo pero sabes que no lo harás. No esta noche. Aún así quieres tocar tu pistola, un poco de seguridad. Sin embargo, tu mano crispada no la encuentra, no está, ¿se cayó sin que lo notaras? Es casi imposible, ¿dónde...? Los pinches escuincles, dices con voz chillona y es una suerte que no haya nadie en el andén, porque habrían volteado a verte con desconfianza. Miras como un demente en todas direcciones, ¿hacia dónde se fueron?, pinches ratillas de mierda. Otra vez agitado, como en el auto. Te sientes frágil, vulnerable. No sabes qué hacer y estás dando grandes pasos a lo largo del andén. Te detienes repentinamente. Qué es ese ruido... suena... suena como una gigantesca exhalación... Estás temblando. Es extraño, no tienes frío pero estás temblando, ese ruido oscuro te asfixia como si fuera algo que inevitablemente habrá de llegar a ti. Se acerca, se acerca, y de pronto se transforma ante tus ojos en una mancha naranja ante la cual apenas alcanzas a sofocar un grito. Pero ya recuerdas: es el metro, gimes aliviado, y de pronto te parece que estás a punto de cruzar a la oscura frontera del anonimato, de perderte en la protección de esa gente que regresa a casa a tan altas horas de la noche.
El tren se detiene y las puertas se abren mostrándote un vagón desnudo, sucio; entras y te recuestas enseguida en un asiento doble. Entonces recuerdas los ojos del tipo que se colgó en el auto, parecen gotas en la oscuridad. Y la mujer, era casi una niña y ahora no es más que un cuerpo sanguinolento con la cabeza destrozada, ¿por qué se atravesó? Los dos muertos, descomposición que regresa a la tierra en forma de gusanos repugnantes. Las manos te apestan a muerte. Cada poro, cada pelo, la voz incluso te huele a muerte, un hálito verdoso, ondulante, se desperdiga y llega a todas partes. Despiertas sobresaltado, ¿dónde? El metro, es cierto. Una risa, ¿el ciego de nuevo? No, esta es una risa más aguda, exageradamente aguda y además suena muy cercana. A tu lado hay alguien, parece una mujer, ¿es hombre? Despiertas por completo y ves que hay más alrededor, muchas, muchos. Te quieres levantar, pero no, un relámpago te deslumbra y después, tinieblas.
¿Cuánto tiempo...? Dolor lacerante, es el culo, las entrañas invadidas, muchas manos apretándote las nalgas, abriéndote; risas estridentes, agudas; un trapo apretándote la boca, no puedes hablar. Algo te escurre por la frente, te nubla la vista y te deja con cierto ardor en los ojos, un chorro de color indefinido, ¿sudor?, ¿sangre?, o acaso… Demasiado dolor, otra vez las tinieblas.

3 comentarios:

Alexia Lefebvre dijo...

Gracias por darte una vuelta en el cajón.
Tus cuentos dan escalofríos.
Para mí, no hay nada más difícil de describir que la locura o el miedo. Bien logrado en ambas partes.
Nos estaremos viendo.

Alexia Lefebvre dijo...

Al contrario! Encantada con lo de la liga.
Nos andamos viendo.

Maykel González Vivero dijo...

Víctor, por favor...
Cuánto más hay que esperar para leer el final!!!
Leyéndote, por primera vez he sentido lo mismo que el sultán Schariar cuando Sherezade callaba.
La historia me atrapa, es más, me urge...
Creo que eso es lo que querías, así que puedes sonreír. Y nos leemos.